Decimosexta entrega de: Ā«Los infinitos nombres del diabloĀ». De campanarios y lugares del Barrio Gótico de Barcelona

Los campanarios de Barcelona

Barcelona, julio de 1971

Sería medianoche cuando me llamó Ripoll, cogí el teléfono en La
Parrilla, andaba comentando con el chef los pormenores de la cena
y que siguiera las recomendaciones que habĆ­amos acordado.
—¿Jorge?… Todo estĆ” pasando en mi distrito, parece la casa de los
horrores.
EsperƩ a que el chef se alejara para preguntar a Ripoll quƩ ocurrƭa;
no me dio tiempo, desde el otro lado del auricular oĆ­ su carraspeo y su
exclamación.
—”Se han cargado a PagĆ©s, o se lo han cargado o se ha suicidado!
—¿EstĆ”s seguro?
—Hombre, muy guapo no ha quedado, pero hemos confirmado que es
Ʃl. Ha caƭdo desde la torre de la basƭlica de San Justo y Pastor. Treinta y
cinco metros de vuelo. Murió en el acto.
—¿QuĆ© dirĆ”n esta vez los periódicos?
—No lo sĆ©. Si es un suicidio los del Opus no querrĆ”n admitirlo y si
ha sido empujado, tampoco. Aunque los de la autopsia aseguran que hay
ciertas marcas en el tórax que sugieren un fuerte golpe.
—¿Piensas en Sergio Congost?
—Hemos hecho indagaciones, es quiĆ©n creemos, en cuanto a lo de
hoy, Congost ha pasado todo el dĆ­a en el Hospital del Mar. A la hora del
deceso estaba operando.
—Nos estamos quedando sin sospechosos –dije contrariado.
—Como tĆŗ dices… siempre nos quedarĆ” SatĆ”n.
—HabrĆ” que tenderle una trampa. ĀæCómo se pesca al diablo?
—Con un polĆ­tico, son los mĆ”s afines –rĆ­o Ripoll.
—Nuestro quinto hombre lo es y de los importantes…
—Y de los mĆ”s cabrones –matizó el comisario. Quiero regresar esta
tarde al lugar de los hechos, podrĆ­a encontrar nuevas pistas Āæte apuntas?
—Claro, no me iba a perder.
Quedamos a la misma hora en que sucedió el accidente, valía la pena
valorar el momento de luz y el último paisaje que vio Pagés, eso nos ayudaría
a reconstruir la escena.
La basƭlica de los MƔrtires Justo y Pastor olƭa a humedad y a cirio, a
leyenda y a rezo. Algunos fieles permanecĆ­an sentados o arrodillados en
oración. El rector de la basílica se deshacía en explicaciones.
— No nos dimos cuenta de que todavĆ­a quedaba un feligrĆ©s, siempre
advertimos del cierre, no sé por qué no nos oyó.
—Nos gustarĆ­a subir al mirador de la torre –dijo Ripoll.
—Claro, claro… sĆ­ganme.
Pasamos por debajo de las cintas de prohibido el paso que habĆ­an colocado
los hombres de Ripoll. Subimos por la escalera de caracol, ciento
setenta y cuatro escalones nos conducirĆ­an a lo alto del campanario. OĆ­a a
mi espalda los resoplidos y maldiciones de Ripoll. Llegamos a la terraza
del carillón. Egidia, Pastora, Justa y Montserrada, las cuatro campanas de
la iglesia, nos vieron ascender el Ćŗltimo tramo, la puerta de acceso al mirador
permanecía abierta, me pareció que olía a azufre. Salimos, la terraza
ofrecĆ­a una vista espectacular a los cuatro puntos cardinales. La baranda
de piedra sólo llegaba hasta la rodilla. Era fÔcil perder el equilibrio y caer,
y mucho mÔs fÔcil si recibíamos un inesperado empujón.
—Hemos calculado, por la posición del cadĆ”ver y lugar en que cayó
a la plaza, que fue desde este punto donde se precipito al vacĆ­o –dijo
Ripoll-. No hemos encontrado huellas de zapatos ni seƱales que indiquen
que hubiese lucha o que fuese arrastrado hasta la baranda, salvo las
marcas en el pecho.
—¿Eran de manos o de garras?
—Si eran garras no le hirieron y si eran manos eran muy grandes, la
contusión pectoral, ademÔs de fuerte, era amplia.
Miramos con detalle en el quicio de la puerta de entrada, en las piezas
del arco y en el suelo. Nada, aparentemente. Ripoll, pese a que la luz declinaba,
descubrió unos pelos en el piso.
—Pueden ser de cualquiera de los que ayer estuvimos aquí… No obstante,
me los llevarƩ al laboratorio.
—¿Sabes que he notado olor a azufre?
—Yo tambiĆ©n, pero no he querido decirte nada al respecto para que no
siguieras con tus disparatadas teorĆ­as.
— No son mĆ­as, Enrique-dije, mientras olisqueaba alrededor.
— La verdad, es que sĆ­, que huele raro –confirmó Ripoll.
— AsĆ­ que tenemos un asesino que huele fatal, pierde pelo y empuja
con decisión.
—No, todavĆ­a no lo tenemos.
—Entonces, Āæa que esperamos?, nos queda sólo una pieza del quinteto-
dije convencido.
Ya en el hotel, tomƔndome un cafƩ con FƩlix Nogal, le contƩ la muerte
de PagƩs; tampoco Ʃl pudo aportarme nada al respecto.
—No puedo tener percepciones si lo sucedido es dentro de un templo
o en sus inmediaciones. Cualquier religión protege sus misterios con la
propia consagración de sus lugares de culto, la cristiana o la judía las que
mƔs; es como si tuviesen un aura protectora.
—Entonces no Ā«visteĀ» nada de lo acontecido.
—Yo no he dicho eso, he tratado de estar conectado a esos hombres
desde que me lo dijiste, Jordi. Con PagƩs ha sucedido algo muy especial,
no he podido presentir su muerte, en cambio sƩ que las manos que le empujaron
no eran humanas.
— No me digas, a ver cómo se lo cuento a Ripoll.
Un par de dƭas despuƩs, sobre las siete de la tarde, recibƭ una inesperada
visita. Se trataba de Sergio Congost, querĆ­a preguntar sobre el precio
de los menĆŗs para una cena de facultativos. Le recibĆ­ en La Parrilla, era
el sitio mƔs adecuado para hablar de banquetes, si tenƭa alguna duda podƭa
consultar con el chef que andaba preparando la carta de la cena. Hablamos
de distintos platos y acompaƱamientos. Sergio Congost era un tipo
alto, de anchas espaldas y rostro atractivo, podƭa pasar por un galƔn de
cine. No aparentaba los treinta y dos aƱos que tenƭa, parecƭa un jovencito
reciƩn salido de la facultad. Tenƭa el pelo moreno, algo ondulado, con prematuras
entradas. Una pequeƱa cicatriz en la frente y su estampa, le daban
un aire de luchador o de gladiador. Sus manos de pianista, dedos largos,
sin nudos, de cuidadas uƱas, se movƭan con cierto nerviosismo al escuchar
cualquiera de mis comentarios. VestĆ­a un elegante traje a medida,
por las hechuras deduje que podrĆ­a ser una pieza de Cortefiel, de la nueva
sastrerĆ­a Aramis en Rambla Catalunya o incluso de Gilbert Batet, uno de
los sastres mÔs prestigiosos de la ciudad. Advertí que lo de los menús era
lo de menos, me estaba examinando, tanto como yo a Ʃl. Su interƩs por el
banquete de los colegas era sincero, pero vino solo y eso me demostraba
su deseo de juzgarme a placer. Cerramos un menĆŗ de treinta comensales
para el Ćŗltimo viernes de julio.
—Es una cena de vacaciones, si es que al final alguno de nosotros
puede disfrutarlas –dijo.
—¿Mucho trabajo en el hospital?
—SĆ­, supongo que sabe lo que estĆ” ocurriendo. Lo tenemos todo controlado,
hay numerosos pacientes reales y otros que tienen todos los sĆ­ntomas
imaginarios, pero a los que tambiƩn tenemos que atender.
—¿Me permite una pregunta?
—Claro, Brotons, tratarĆ© de responderle.
—¿Por quĆ© el Manila? En la Barceloneta hay magnĆ­ficos restaurantes,
a dos pasos del Hospital del Mar, el Siete Puertas de la plaza Palacio, estĆ”
a menos de diez minutos. ¿Por qué aquí?
—Es un buen hotel con un celebrado restaurante. AdemĆ”s, querĆ­a conocerle.
GuardƩ los presupuestos en una carpeta, me girƩ hacia un camarero
que andaba preparando las mesas para la cena.
—Por favor, JosĆ©, trĆ”enos… ĀæQuĆ© quiere tomar?-preguntĆ© a Congost.
—Lo mismo que usted, Brotons.
—Dos de los mĆ­os, JosĆ© –le confirmĆ© al camarero.
El camarero trajo los dos J&B con los requisitos pertinentes y una
sonrisa, les gustaba servir al jefe y luego contar que yo habĆ­a bebido el
doble de lo que realmente habĆ­a trasegado. Nunca supe si eso era asĆ­ para
darme una fama que no merecƭa, o aprovechaban tambiƩn para hacerle los
honores al whisky entre bambalinas.
—VerĆ”, Brotons –dijo, despuĆ©s del primer sorbo-. Ya sĆ© que ando en la
lista de sospechosos del comisario Ripoll. Me he dado cuenta de que me
siguen y preguntan por mí al personal del hospital. Mi madre me comentó
que la habƭan visitado y, poco despuƩs, aparecieron los hombres de la
gabardina a mis espaldas.
—Muy raro, ha llovido poco estos dĆ­as.
—Ya me entiende, eran los hombres de Ripoll. No me extrañó, doy
todos los sĆ­ntomas. Aunque le aseguro que no soy el hombre que buscan,
pero tampoco tan inocente…
Confieso que me emocionƩ, detrƔs de sus palabras habƭa algo que no
sabĆ­amos y estaba a punto de ser revelado. BebĆ­ un largo trago y le pedĆ­
que continuara. Los camareros habĆ­an terminado ya de montar las mesas,
faltaba mƔs de una hora para que apareciera el primer cliente.
—No lo soy, pero podrĆ­a haberlo sido. Le voy a contar una larga historia
que seguro le sorprenderƔ. No sƩ si les consta que mi madre nunca me
dio el nombre de Robert Camperol ni me contó su historia. Sin embargo,
en un pueblo pequeƱo siempre hay alguien que estƔ dispuesto a informarte
de lo que no le afecta, sobre todo cuando eres niƱo. Crecƭ sabiendo
el chisme que de mi madre narraban, pero su dignidad fue un bƔlsamo
que me mantuvo indiferente ante los comentarios. Hace unos aƱos, con
no pocos esfuerzos, pudo enviarme a estudiar a Barcelona. AquĆ­ hice el
bachillerato y el preuniversitario, me asombraba que mi madre pudiera
seguir pagando los colegios privados y mi manutención; me habló de la
venta de unas tierras de sus padres, de unos ahorros… Yo, para ayudar
con los gastos, trabajaba de camarero algunas horas en de los bares de
moda de la ciudad. En uno de ellos, ya en último año de carrera, conocí
a una joven de la que me enamorƩ. Ella tenƭa diecinueve aƱos y yo veintiocho,
la edad no fue obstƔculo para que me correspondiera, tampoco la
diferencia social, era una de las hijas de un rico industrial barcelonĆ©s…
Me removí en mi silla, traté de dar un sorbo y uno de los hielos impactó
en mi nariz, unas gotas de whisky cayeron sobre la carpeta de los
presupuestos. Como un estallido en mi mente supe de pronto quƩ iba a
decirme y Ʃl supo por mi cara que lo habƭa adivinado.
—SĆ­, era ella, su… nuestra amiga, Eulalia Camperol.
Me quedé en silencio. Tenía un montón de preguntas que hacerle, pero
él me las respondió todas con un solo comentario.
—No lo sabĆ­a, tampoco lo sospechĆ© cuando me acostĆ© con ella.
—¿Cómo supo quiĆ©n era su padre?
—LlevĆ”bamos mĆ”s de un aƱo saliendo, su padre se enteró de nuestra
relación e investigo quién era yo. Un día vino a verme al hospital dónde
realizaba las prÔcticas y me contó toda la historia, incluida la ayuda que
le daba a mi madre para mis estudios. No supe que decirle. Ɖl me pidió
que dejara de verla, el argumento de que podía ser mi hermana cayó sobre
mí como una losa. Las pruebas serológicas pueden determinar el grupo
sanguĆ­neo de una persona basado en los grupos de los padres, pero no son
pruebas concluyentes, tampoco las recientes con la proteĆ­na HLA, cuyos
diferentes tipos varĆ­an de persona a persona. Hoy, por hoy, no existe todavĆ­a
forma de averiguar si somos hermanos.
—SerĆ­a un golpe duro tener que renunciar a ella, pero dĆ­game Āæcómo
sabe de mi amistad con Eulalia?
—Ripoll no es el Ćŗnico que tiene informantes.
—Ya, no obstante, todo lo que me ha contado no explica que usted
sepa la personalidad de los asaltantes de su madre.
—Cierto, y eso me obliga a relatarle la otra parte de la historia. Hace
unos meses volví a recibir la visita de Camperol. Me contó la identidad
de los otros violadores y que alguien les habĆ­a amenazado de muerte a
los cinco. Dedujeron que las amenazas partĆ­an de un enemigo comĆŗn y
los únicos que tenían cuentas pendientes con todos ellos a la vez éramos,
yo… y el diablo. Camperol les tranquilizó asegurĆ”ndoles que yo desconocĆ­a
sus nombres, entre los cinco imaginaron un sistema de alarma para
advertirse mutuamente de algĆŗn peligro. A pesar de todo, Camperol no se
quedó tranquilo y pensó que si ellos conocían mi existencia y mi nombre,
alguno de ellos, podrĆ­a tener tentaciones de eliminarme. Por eso me dio el
nombre de los otros cuatro.
—Rocambolesca historia, Congost, parece mĆ”s sencillo pensar que es
usted el que se los estĆ” cargando –dije, esperando su reacción.
—Supongo que, a estas alturas, ya habrĆ”n comprobado mis coartadas.
—En efecto, pero quiĆ©n tiene informantes tambiĆ©n puede tener cómplices…,
porque motivos le sobran.
—Efectivamente –dijo, depositando su vaso vacĆ­o sobre la mesa-.
Pero Āæcree usted posible que elija el Manila para cenar si tuviese algo que
ver con la muerte de Camperol o con la de los otros?
—Por lo menos veo tres razones. La primera porque, el nuestro, es un
buen restaurante; la segunda porque siempre se vuelve al lugar del crimen
y la tercera porque se morĆ­a por conocerme. Aunque, para su tranquilidad,
no creo que tenga usted nada que ver con esas muertes, a pesar de que
sepa manejar un bisturĆ­.
—Muchas gracias, Brotons, nos veremos el dĆ­a de la cena-dijo cogiendo
la carpeta con los presupuestos.
—Eso espero –le dije, mientras le acompaƱaba a la salida.
A la espera del elevador nos escrutamos de nuevo, era como en esos
wƩsterns americanos de duelo al sol, aunque estuviƩsemos a cubierto y
atardeciendo. Oímos llegar el ascensor, antes de entrar en él me miró a
los ojos:
—CuĆ©nteselo, Brotons, yo no tengo valor… no sĆ© si querrĆ­a escucharme.
Entró en el ascensor, encogido como el niño que acaba de contar una
travesura. Desde el campanario de la vecina iglesia del Carmen tocaban
las ocho.

Restaurante La Parrilla del Manila Hotel
CAMPANARIO DE LA CATEDRAL CON UNA DE LAS GƁRGOLAS QUE REPRESENTA UN CARACOL – FOTO AJUNTAMENT DE BARCELONA
Las terrazas de la Catedral de Barcelona. Foto: Catedral de Barcelona
La BasĆ­lica catedral del PĆ­ o del Pino. Foto: BCNHorasdeOficina.
Campanario BasĆ­lica del PĆ­. Foto: BCNHorasOficina

El campanario y frontal de la Basílica de la Merçè en Barcelona
Campanario de la Basílica de la Merçè .Foto: Viajabloc
Campanario del Arzobispado de Barcelona. Foto: El PaĆ­s. Aunque asĆ­ la titula el PaĆ­s, en realidad la foto corresponde a Santa MarĆ­a del Mar
Santa MarĆ­a del Mar Foto:MiBarcelona
DETALLE DEL CAMPANARIO. FOTO: MiBarcelona
Una iglesia del Raval necesita ayuda para salvar sus campanas
Campanas de la parroquia de Mare de Déu del Carme del barrio del Raval. Foto:Llibert Teixidó, para La Vanguardia

EsglƩsia Betlem - Barcelona.jpg
Iglesia y campanario DE BELƉN EN LAS RAMBLAS DE BARCELONA. Foto: Pere López – Fotografia pròpia.
Crucero y Campanario en la Iglesia de Santa Ana, BARCELONA
Campanario del antiguo monasterio de Santa Ana en Barcelona
Terraza de la Basƭlica de los MƔrtires San Justo y Pastor, en los aƱos 70 la barandilla metƔlica no existƭa.
Las Piedras de Barcelona: Sants Just i Pastor
Campanario de San Justo y Pastor. Foto: Las Piedras de Barcelona

Decimoquinta entrega del los Ā«Infinitos nombres del diabloĀ». Del aƱo del cólera y de saltos al vacĆ­o.

El verano del cólera


Barcelona, 4 de julio de 1971

El domingo día cuatro vi la final de Copa por televisión. Fue un gran
partido entre el Valencia y el Barcelona, el resultado despuƩs de
muchas alternativas y una larga prórroga, fue favorable al Barça
con un gol de Ramón Alfonseda, amigo de la infancia con el que había
compartido juegos durante los veranos en Granollers, una población cercana
a Barcelona. Vi el encuentro rodeado de clientes del hotel en el salón
del primer piso, ellos mostraban sus preferencias segĆŗn afinidades y yo
procuraba mantener una actitud diplomƔtica. Lo importante, ademƔs del
éxito de mi amigo, fue la facturación del bar.
Aquella noche recordƩ la carta que Lilith me habƭa prestado en un
arranque de sinceridad. BusquƩ en el bolsillo del traje de la noche del
viernes. Extraje el sobre y me dispuse a leer, antes de empezar la lectura
mi mirada se posó en el nombre del destinatario y el corazón me dio un
brinco: Sergio Congost. Ahora entendĆ­a muchas cosas, el gran amor de
Lilith era el hijo de MarĆ­a y de alguno de los personajes del quinteto,
incluido Robert Camperol. LeĆ­ el contenido de la misiva donde Eulalia
Camperol repetía la exposición de sus sentimientos y no comprendía
su actitud cobarde. «Mi padre no tiene ningún derecho a hacernos tanto
daño», decía en uno de los pÔrrafos. Cuando terminé me sentí abatido,
aquello daba un giro inesperado en nuestras indagaciones. LlamƩ a Ripoll
y rogÔndole mÔxima discreción, le conté mi descubrimiento. Esa información,
decĆ­a, colocaba a Sergio Congost, si es que era el mismo, como
favorito en las quinielas. Camperol le habĆ­a obligado a romper con Eulalia
y no sólo por cuestiones sociales, también porque podría ser su hijo.
Pero, ¿de dónde había sacado Sergio Congost la información?, su madre
nunca le dio el nombre de Camperol y esto habĆ­a ocasionado el drama con
Eulalia. Ripoll me confirmó que las posibles coartadas de Congost daban
todo el margen para la especulación. Me aseguró que iba a interrogarle
muy pronto y que me informarĆ­a de los resultados. Sin embargo, una inesperada
situación retrasaría nuestras pesquisas.
Todo el personal médico quedó alertado, pero no la población. En
la ribera del Jalón hubo un brote de cólera que llegó a Barcelona. Los
enfermos desarrollaban desde casos triviales, sin apenas sĆ­ntomas o con
diarreas leves, hasta cuadros severos con diarreas intensas. El perĆ­odo
de incubación era de dos o tres días y en los casos graves las abundantes
deposiciones producían una gran deshidratación. Los establecimientos
hoteleros no fuimos, al principio, informados del brote. Noticias procedentes
de distintos Ɣmbitos alertaban a sus entornos. A pesar de todo,
oficialmente no pasaba nada. El miércoles siete, la dirección general de
Sanidad hacĆ­a pĆŗblico un comunicado segĆŗn el cual los datos sobre el
cólera eran producto de una «información tendenciosa de algún periódico
extranjero». «No pasaba nada», aunque las fichas de entrada de extranjeros
eran especialmente controladas por la policĆ­a, sobre todo si venĆ­an de
África. Ripoll me confirmó que la pandemia de cólera existía y que era
peligrosa.
TomƩ todas las medidas posibles. La limpieza de las cocinas y de las
vajillas se extremó. Todo el personal que tocara y manipulara alimentos
tenía que lavarse las manos con jabón concienzudamente y las materias
primas de la cocina debĆ­an seguir un riguroso higienizado, las verduras
y legumbres muy cocidas, suprimimos el marisco crudo de la carta. Las
camareras fueron advertidas de que la ropa de cama con restos de excrementos
o de sangre se pusiera en cestas distintas y en la lavanderĆ­a las
trataran aparte y si alguna resultaba sospechosa fuese quemada. Inventamos
un comité de emergencia, con la idea de una intervención rÔpida si se
detectaba algĆŗn caso. Una de las actuaciones era la de clausurar cualquier
habitación por la que hubiese pasado algún afectado. La idea no era mía
sino de dos cineastas ingleses en un film de 1950 llamado ExtraƱo Suceso,
que desarrollaba una historia inquietante en un hotel de ParĆ­s durante
la Exposición Universal de 1889. No tuvimos que llegar a estos extremos;
no obstante, mantuvimos la guardia durante los tres largos meses que
durarĆ­a la alarma.
Sin embargo, la ciudad tuvo muchos casos de afectados y de posibles
infectados. En el Hospital del Mar se abrió una unidad de diagnóstico y
tratamiento del cólera en tres pabellones distintos. Sergio Congost y todo
el personal clƭnico tuvieron mƔs trabajo que de costumbre. A pesar de las
negaciones a lo evidente del Gobernador Civil, responsable de la salud pĆŗblica,
al fin recibió de Madrid la orden de vigilar el cumplimiento de las
disposiciones sanitarias y ordenar los servicios oportunos. MƔs tarde supimos
que hubo mƔs de 400 ingresos hospitalarios y que la cifra oficial de
muertos fue de tres. Ripoll y yo nos preguntƔbamos por quƩ la ciudad sufrƭa
una plaga decimonónica. Empezaba todo a ser un poco disparatado. Un
nuevo suceso terminarĆ­a por confirmar nuestras controvertidas sospechas.
Al anochecer, Ruth me llamó desde Niza, estaba en la finca de un millonario
entrado en aƱos, pero creso.
—Los periódicos franceses hablan de que hay cólera en Barcelona…
¿EstÔs bien?
—Bueno, ya sabes que los franceses son muy exagerados, hay algĆŗn
caso pero estÔ todo controlado. Estoy muy bien ¿Qué tal la playa?
—Fabulosa, Henry tiene una playita privada a la que se accede desde
su mansión, una maravilla. Nos juntamos mÔs de veinte invitados y él me
dice que yo soy la mƔs guapa.
—Lo creo. Es un tipo con muy buen gusto –contestĆ© riendo.
—SĆ­, estĆ” loco por mĆ­; pero, hasta que no me ponga un anillo de diamantes
y de muchos quilates en el dedo, va a tener que seguir deseƔndome.
—Me parece muy bien. Ya sabes lo del refrĆ”n. Mucho prometer antes
de…
—No, no lo sĆ©. ĀæCómo termina?
—No tiene importancia, es sólo un refrĆ”n del pueblo, Henry tampoco
lo entenderĆ­a.
—Te he comprado un traje precioso, Henry lo vio y me dijo que me
había equivocado de talla, ¿cómo le iba a decir que no era para él?
—Espero que la corbata y camisa que le hagan juego no me cuesten
un mes de sueldo.
—No, esas tambiĆ©n te las traigo, pago con la tarjeta de Henry.
No sé si me sentó bien que el tipo que estaba camelando a Ruth pagara
mis regalos. Pese a mis reservas, la veĆ­a tan feliz que no le dije nada. Nos
despedimos con millones de besos y con un saludo para Henry, si la cosa
seguĆ­a asĆ­, estaba condenado a admitirle como amigo. Y aunque perder a
una estupenda amante para ganar un nuevo conocido no me apasionaba,
entendía que mi relación con Ruth estaba basada en dos cosas fundamentales:
complicidad y libertad.

Muchos barceloneses, aprovechando que era verano y ante el peligro
del cólera, enviaron a sus familias fuera de la capital. Algunas gentes de
talente religioso acudĆ­an a los templos para rogar no ser contagiados por
la enfermedad, mƔs prƔctico les hubiese sido vigilar su higiene. Pero,
cada uno, encuentra consuelo donde lo busca. Uno de los penitentes que
confiaba mÔs en lo místico que en lo aséptico era Ramón Pagés. A pesar
de los consejos de Balcells que, desde su sabidurĆ­a en patologĆ­a recomendaba
calma, agua y jabón, Pagés envió a toda su familia a la finca de la
Costa Brava. Ɖl tuvo que quedarse en Barcelona atendiendo sus negocios
y se refugiaba muchas tardes en la BasĆ­lica de los Santos Justo y Pastor,
en la plaza del mismo nombre, que se escondƭa entre una maraƱa de calles
estrechas al lado de la plaza de San Jaime. La iglesia se levantó muy cerca
del anfiteatro romano que vio morir a los mƔrtires cristianos y cuenta la
leyenda que en esta basĆ­lica era donde se veneraba a la Virgen de Montserrat,
antes de que fuese escondida en la Santa Cueva para evitar que
cayera en manos musulmanas. El templo fue el refugio ciudadano en la
gran epidemia de peste negra del siglo XIV, su amplia nave acogĆ­a a miles
de barceloneses en busca de curación y consuelo, y docenas de ellos perecieron
y fueron enterrados en fosas comunes en el subsuelo de la sacristĆ­a.
Allƭ se encaminaba cada tarde PagƩs en busca de alivio, atemorizado
con la idea de que aquella epidemia tenƭa algo que ver con Ʃl. Se sentaba
en la capilla del SantĆ­simo y levantaba sus ojos para poder ver la magnĆ­fica
cĆŗpula donde, entre la negrura de su pintura, le parecĆ­a descubrir
rostros. En la penumbra del recinto, elevaba su plegarĆ­a para que fuera
localizado el conjuro que le permitiera romper aquel pacto diabólico.
Era ya muy tarde, casi la hora de cerrar la iglesia. PagƩs no lo sabƭa,
pero por alguna rendija el humo de SatanÔs entró en el templo. Sintió una
llamada y se dirigió como un autómata a la angosta escalera que conducía
a la parte alta de la torre. La escalera de caracol se estrechó un poco mÔs,
él siguió subiendo, primero contó cada uno de los peldaños y al llegar a
los cien dejó de hacerlo, miró hacia arriba, todavía faltaban tramos estaría
por la mitad de la subida. Quiso descender, una voz en su cerebro le
animaba a seguir subiendo y continuó con su empeño, la larga ascensión
por la estrechez de la escalera y la semioscuridad le hicieron distorsionar
la noción del espacio y del tiempo, su mente flotaba. Al fin reparó en
una luz, una esquirla de luz al final de su trayecto que le permitió ver la
entrada al mirador de la torre. La puerta de madera estaba abierta de par
en par, el soportal de piedra conducía al exterior. Salió, una bocanada de
aire fresco le llenó los pulmones, miró hacia abajo, calculó que estaba por
encima de los treinta o treinta y cinco metros. La perspectiva era idĆ­lica,
desde su atalaya tenƭa una vista perifƩrica de 360 grados; de norte a sur,
de mar a montaƱa, podƭa contemplar toda Barcelona. Las luces naranjas
y rojas del atardecer juliano pintaban los campanarios cercanos, el de la
Catedral aparecĆ­a con un aura sanguinolenta con la Sierra de Collserola
al fondo ya en penumbra; el de Santa MarĆ­a del Mar se coloreaba de un
pastel mƔs tenue resguardado por la mar; y los de Nuestra SeƱora del Pi
y la MercĆØ encendidos en escarlata. El mar se preparaba para recibir el
ocaso, todo era extraordinariamente bello. Una ligera brisa le acarició el
rostro, todo es perfecto, pensó. El aura roja cubrió la superficie celestial,
miró hacia abajo. ¿Por qué no terminar ahora?, pensó, o quizÔs lo escuchó.
Se reclinó sobre la barandilla construida antes de de Colón descubriera
América. «Hazlo», parecía decir el sol mientras entraba en el mar
por el horizonte. Levantó la pierna derecha y la apoyó sobre la baranda.
Se sintió frÔgil. Iba a volver a bajar la pierna cuando le vio en el quicio
de la entrada a la torre. Era el diablo de Flix, con su guerrera roja de insignias
desconocidas y galones amarillos. «Hazlo, me lo debes», dijo la
voz grave que resonó en el cerebro de Pagés. Trató de responder con una
negativa, un golpe redobló en su caja torÔcica, vaciló unos instantes y
cayó al vacío. El sol se ocultaba por occidente.

Ramón Alfonseda marca el gol del triunfo en la final de copa


Cólera 1971 | Fila para vacunación del cólera en la Jefatura… | Flickr
Cola en Barcelona para vacunarse contra el cólera en 1971


ACTUAL Y CURIOSO: Descubren un baptisterio del siglo VI en la ...
BasĆ­lica de los Santos Justo y Pastor de Barcelona


Flickriver: Photoset 'BASILICA DELS SANTS MARTIRS JUST I PASTOR ...
Detalle de la torre…



Las tentaciones del Diblo
Fitxer:EsglƩsia de Sant Just i Pastor (Barcelona) - 2.jpg ...
Interior de la BasĆ­lica
El campanar dels Sants Just i Pastor, obert al pĆŗblic | Nou Barris
Vista actual desde el campanario

Por si querƩis escuchar cantos gregorianos mientras mirƔis la pƔgina.

Decimocuarta entrega: Donde se habla de la sexualidad oculta en las familias burguesas y la del propio JB con Lilith.

El cuarto elemento

Barcelona, final de junio de 1971

Una indiscreción me descubrió la personalidad real de Ramón Pagés.
A pesar de mis advertencias y de mis desvelos, el Manila,
como cualquiera de los grandes hoteles del orbe, era un nido
de espƭas y no lo digo por otros hechos mƔs consistentes y de mƔs alta
repercusión diplomÔtica y política que algún día relataré, lo digo por las
situaciones cotidianas que suceden en el pequeƱo universo de un gran
hotel. El ir y venir de los clientes deja, en multitud de ellos, gratos o
controvertidos recuerdos, pero tambiƩn en la memoria del personal de
un hotel queda reflejado el paso de muchos de sus parroquianos, incluso
tiempo despuƩs de estar alojados. Si todo el personal de un centro hotelero
tiene capacidades detectivescas y fantasiosas, en los aƱos setenta el
centro de operaciones de espionaje estaba en la centralita de los hoteles,
allĆ­ se recibĆ­an los mensajes, se ponĆ­an las conferencias, se preguntaba y
se respondía a todo, mucho mÔs que en la conserjería o en la recepción.
Con el tiempo, la eliminación de aquellas centralitas acabó con una profesión
y una forma de fisgoneo selecto.
El caso es que, gracias a esta tradición de poner oreja en las clavijas,
algunas de mis conversaciones e indagaciones eran seguidas por un pĆŗblico
entusiasta. Para confirmarme lo que era de dominio casi general,
apareció aquella mañana una de las camareras de piso en la puerta de mi
despacho.
—¿Puedo pasar, JB?
—Claro MarĆ­a, adelante.
María avanzó desde la puerta con paso indeciso hasta llegar al centro
del despacho. Se detuvo y cruzó las manos sobre el uniforme a la altura
del vientre.
—Por favor no te quedes ahĆ­ de piĆ©, siĆ©ntate.
Retiró las manos del regazo y se sentó en una de las butacas.
—VerĆ”s, JB, he oĆ­do por ahĆ­ que estĆ”s interesado en un tal Ramón
PagĆ©s…
—SĆ­, MarĆ­a, supongo que habrĆ”s sabido algo por radio macuto.
Ella sonrió. Me conocía desde que era un muchacho de catorce años
recorriendo los pasillos del hotel. MarĆ­a era de las veteranas, estaba desde
el primer día que el hotel abrió sus puertas.
—Estuve sirviendo mucho tiempo en casa de los PagĆ©s, desde los trece
aƱos. Tanto en su piso de la plaza Calvo Sotelo como en su masƭa de
Cadaqués. ¿Qué quieres saber de los Pagés?
—¿Conoces bien a Ramón?
—SĆ­, fue justo al terminar la guerra. El seƱorito Ramón-dijo, todavĆ­a
con la mente puesta en el pasado –tendrĆ­a veintiuno o veintidós aƱos.
Tenƭa dos hermanos y cuatro hermanas. Ɖl era el mayor.
—¿Cómo era?
—No era mala persona a pesar de pasearse todo el dĆ­a con la camisa
azul. Lo hacĆ­a porque era muy tĆ­mido. Cada vez que una de nosotras le
preguntaba algo se ruborizaba. Iba un poco salido, cuando «hacíamos» el
suelo nos miraba le trasero. En aquellos tiempos limpiƔbamos de rodillas.
—Perdona la pregunta… Āællegó a propasarse alguna vez con alguna
de vosotras?
—No, que va, incluso habĆ­a una cocinera extremeƱa que le provocaba.
Ɖramos crĆ­as y jugĆ”bamos a eso con los seƱoritos, sin que lo viese la
seƱora… muy de misa ella. En aquella casa no pasaba lo que en algunas
otras que el seƱor o los seƱoritos andaban tras el servicio, en la de los
PagƩs todo lo vigilaba la seƱora.
Sonreƭ. Me imaginaba la fƩrrea mano de la dama controlando a su
marido y a sus vƔstagos.
—Al parecer eran buena gente-aventurĆ©.
—Bueno, ya sabes, muy suyos, muy católicos, la seƱora de misa diaria.
El seƱor con sus negocios. Eran primos hermanos, tuvieron que pedir
no sé que al Papa para casarse. En aquella casa sólo se hablaba catalÔn,
estaban orgullosos de que su hijo fuese falangista. «Me lo pidió Cambó»,
repetía el padre. El señorito Ramón utilizaba sus influencias con los gerifaltes
para los negocios de la familia.
—¿Y el tema del sexo?
—¿El Ʊaca, Ʊaca? Era muy familiar, en Calvo Sotelo todos guardaban
la compostura, pero al llegar a CadaquƩs todo se desmadraba.
Creo que Marƭa vio en mi cara la extraƱeza y las ganas locas de que
prosiguiera el relato, al fin y al cabo yo tambiƩn era de la cofradƭa de los
chafarderos.
—SĆ­, JB, en la masĆ­a de CadaquĆ©s, con el verano, el sol y la playa,
todo cambiaba. Venƭan a la finca las hermanas del seƱor y los hermanos
de la seƱora, todos primos, todos PagƩs, todos muy catalanes. Pillamos
varias veces al señorito Ramón haciendo cosas con dos de sus primas.
—¿A la vez?
—No, no. Con una en el jardĆ­n y con la otra en su dormitorio. Las dos
eran primas hermanas, una de un lado y otra del otro, las dos PagƩs. El
señorito tuvo que casarse con la primera de ellas que quedó embarazada.
No hubo escƔndalo; algunos de los cuƱados PagƩs tambiƩn jugaban con
sus primitas.
—”Caramba, MarĆ­a! Esta familia sabĆ­a divertirse.
—Uy, ahĆ­ no acaba todo –dijo MarĆ­a, misteriosa-. Cuando empezaba
el veraneo la seƱora se tiraba los tres meses con los pequeƱos en CadaquƩs.
La familia tenƭa un capellƔn que residƭa todo el verano en la masƭa
y daba misa todos los días en la capilla de la finca. La familia sólo asistía
los domingos, la seƱora a diario.
—Vaya, muy devota.
—SĆ­, muy devota… devota del capellĆ”n. Malas lenguas dicen que el
mĆ”s pequeƱo… bueno, el que ahora es sacerdote…
EstallƩ en una sonora carcajada.
—SĆ­, sĆ­, tĆŗ rĆ­ete, pero no has tenido que verle con la sotana arremangada
empujando desde atrĆ”s y la seƱora apoyada en el altar de la capilla…
y luego limpiarlo todo.
No podƭa mƔs, me estaba desternillando de risa. TratƩ de hacer un esfuerzo
y seguir indagando, no exento de morbo preguntƩ:
—¿Pero, vosotras, cómo lo veĆ­ais?
—A travĆ©s de una cristalera o por el ojo de la cerradura… y no te rĆ­as.
—No puedo evitarlo, perdona MarĆ­a. Te voy a preguntar algo muy en
serio. ¿Crees capaz a Ramón Pagés de cometer un asesinato?
—¿El seƱorito Ramón? QuĆ© va, es incapaz de matar una mosca.
—En la guerra mató a mĆ”s de una.
—SerĆ­a a caƱonazos y a distancia. Es un cobardica. Se desmayaba si
veía sangre. Un día, una de nosotras, Paulina, se cortó en un dedo y al
seƱorito le dio un vahƭdo.
—Gracias, MarĆ­a. Me has sido de mucha utilidad.
—Ya sabes, JB, si en algo puedo ayudarte… Pero, por favor, no le
digas a nadie todo lo que te he contado.
—Yo no se lo dirĆ© a nadie, MarĆ­a.
—Gracias, JB.
Salió del despacho contenta de haberme podido echar un capote, ahora
verƭamos cuƔl serƭa su aplomo cuando la interrogaran las telefonistas y
los mozos de equipajes, verdaderos agentes de información.

Una noche con Lilith

Barcelona, dos de julio de 1971

Lilith, según las antiguas culturas, fue la primera mujer de AdÔn.
Los sumerios ya contaron que su lujuria y rebeldía la llevó a abandonar
a AdÔn. El primer problema entre ambos surgió cuando ella
se cuestionó el porqué tenía que yacer debajo de AdÔn si también estaba
hecha de polvo como el primer hombre. Al parecer, no sólo era una cuestión
postural sino de igualdad. Eulalia Camperol cumplƭa con los cƔnones
de su predecesora, ella querĆ­a ser la protagonista de su vida, llevar la parte
cantante en las relaciones y elegir la postura del coito segĆŗn el momento.
Yo no tenĆ­a ningĆŗn inconveniente en aceptar cualquiera de estas condiciones.
Asƭ que esperƩ con paciencia a que ella iniciarƔ un nuevo contacto.
Una maƱana los dioses escucharon mis silentes ruegos y la tentadora
Lilith me llamó para proponerme una cita. Acepté encantado y quedamos
a medianoche en un bar cercano a Las Ramblas. Boadas era una coctelerĆ­a
de la calle Tallers, a pocos metros de Las Ramblas y a tiro de piedra del
Manila. Era un local pequeƱo y entraƱable, de forma triangular, en el que
JosƩ Luis y su esposa, Marƭa Dolores, hija del fundador Boadas, ejercƭan
de anfitriones. Nos sentamos en los dos taburetes de la barra principal que
formaban el vértice del triÔngulo. Nos atendió la mestressa en persona.
—Hola guapos-nos dijo. ĀæQuĆ© querĆ©is?, aunque ya sĆ©, Jordi, que me
vas a pedir un J&B como siempre. Espero que tu amiga tenga mƔs sentido
del gusto y me pida un cóctel.
—Te presento a Eulalia –dije.
Eulalia le dio dos besos a MarĆ­a Dolores.
—SĆ­, yo no soy de ideas fijas, sorprĆ©ndeme con uno de tus combinados.
A María Dolores Boadas se le iluminó el rostro. ”Por fin le traía una
persona de gustos exquisitos a la que poder maravillar con una de sus
creaciones!
— ĀæNunca le pides un cóctel para satisfacerla? –me dijo Lilith.
—Si, a veces, pero normalmente recurro al whisky.
—Vaya, veo que eres un hombre fiel… a las bebidas.
Marƭa Dolores seguƭa mezclando y dƔndole a la coctelera con agilidad
y ritmo.
—Toma cariƱo, mi mejor Dry, nueve partes de ginebra, una de vermut
seco, mucho hielo y mi toque mĆ”gico –le dijo a Lilith-. Y para ti, tu J&B.
Tienes suerte de que me recomiendas a los clientes del hotel, si no, no te
servirĆ­a ni una cerveza –dijo con fingido desdĆ©n y guiƱƔndole un ojo a
Lilith.
—Bonito local, estuve una vez con mis amigos, aunque habĆ­a mucha
gente y me pasó desapercibido.
—Por aquĆ­ ha transitado todo el mundo, desde Xavier Cugat a Serrat,
pasando por Joan Miró, Salvador Dalí, García Lorca, Picasso, Ernest Hemingway
saboreando sus mojitos, o Greta Garbo.
—FĆ­jate que sólo has mencionado a una mujer.
—No, Lilith, te he presentado a otra y excepcional. La gran dama del
Boadas.
Estuvimos dialogando por espacio de media hora larga. HablƔbamos
de nosotros, protegidos por un mƔgico halo que nos situaba al margen de
todos, la demƔs gente del establecimiento andaba desaparecida entre la
niebla del humo de los cigarrillos. Con un ligero gesto apartó su melena
de tonos cobrizos y me miró a los ojos. Supe que iba a contarme la historia
de su gran amor, una historia rota por la presión paterna.
—Nunca supe, si lo que le molestaba era que me llevara cerca de diez
aƱos de edad o, simplemente, por imponer su voluntad. El caso es que no
paró hasta conseguir que rompiéramos. Me traumatizó, pero me liberó, a
partir de entonces hice lo que me vino en gana, liguƩ con quien quise. El
problema es que en cada una de mis relaciones veo gestos de mi padre y
eso me impide amar a nadie.
En aquel momento María Dolores Boadas advirtió que nuestras copas
estaban vacías, con su habitual sonrisa preguntó si queríamos otra ronda.
—SĆ­, de lo mismo, estaba muy bueno –contestó Lilith.
La barman me observó con mirada desafiante para censurarme si le
pedĆ­a otro nuevo whisky. Esta vez la complacĆ­.
—Un Rob Roy, al fin y al cabo era un rebelde –dije.
María Dolores sonrió. La vimos coger el vaso mezclador y enfriarlo
vertiendo una cucharada de hielo picado y removerlo hasta refrigerar el
recipiente, tiró el hielo y puso casi tres cuartas partes de J&B de quince
años y el resto de vermut dulce, añadió dos gotas angostura, un chorrito
de jugo de cerezas y una cÔscara de limón, lo mezcló todo con una cucharita
larga e intentó servirlo en una copa de Martini, pero la cambió por un
vaso corto sonriƩndome.
—Es una concesión sólo para ti-dijo.
—Te lo agradezco.
Continuamos la conversación que María Dolores había interrumpido
para evitar que nos quedƔramos secos. Nuestros taburetes estaban pegados
el uno al otro con lo que nuestras pantorrillas se rozaban en cada
cambio de posición. Tuve la tentación de subirme la pernera del pantalón
por encima del calcetín para sentir su piel. Lilith lo adivinó, me cogió la
mano y fue recorriendo con sus dedos las lĆ­neas de la palma como si fuese
una experta en quiromancia.
—¿Sabes leerlas? –preguntĆ©.
—No, pero me gusta tocarla –dijo entrelazando sus dedos con los mĆ­os
y poniendo cara de niña mala por la ambigüedad de la respuesta.
CorrespondĆ­ a sus caricias poniendo mi diestra sobre su rodilla.
—A mĆ­ tambiĆ©n… –dije. Pero, sigue con tu historia, por favor.
—Poco mĆ”s hay que contar. Soy una mujer libre, tambiĆ©n quiso serlo
mi hermana y ante la imposibilidad de conseguirlo huyó para no enfrentarse
a mi padre.
—¿Hace mucho que estĆ” en Ibiza?
—Un par de aƱos… y dudo mucho que vuelva. Yo me quedĆ© aquĆ­, en
la misma ciudad que mi padre; preferĆ­ darle disgustos en distancia corta.
Fue una forma de vengarme.
—¿Y ahora que Ć©l ha muerto?
—No siento ninguna satisfacción, ni alivio, algo se rompió hace tiempo
en mi interior y trato de arreglarlo… sin prisas.
Nuestras bebidas fueron mermando a la misma velocidad que nuestros
cuerpos se buscaban sutilmente. Nos besamos. Sin embargo, no estƔbamos
cómodos, el local no era demasiado grande y pese a las cortinas de
humo y el Ʃxtasis del vapor etƭlico, nos ponƭamos en evidencia. Nos despedimos
de la mestressa, que nos regalo besos, sonrisas y consejos, salimos
a Las Ramblas y paramos un taxi. Lilith dio la dirección de su casa y
se acurrucó a mi lado como si quisiera fundirse en mí, su mirada era toda
una promesa, porque se pueden adornar las palabras hasta hacerlas convenientemente
creƭbles, pero la forma de mirar no engaƱa. Llegamos en
apenas un cuarto de hora, abrió la puerta y nos besamos en la semioscuridad
del patio, sin dejar de besarla tanteƩ los botones del ascensor hasta dar
con el de llamada, en cuanto el elevador abrió sus puertas entramos sin
mirar, por fortuna estaba vacío. Lilith se arremangó la minifalda y saltó a
mi cintura atenazƔndola con sus piernas, yo le sujetƩ el trasero por debajo
de la falda sin intención de renunciar a sus glúteos, por lo que tuvo que
ser ella la que pulsara el disco de su piso. De la misma guisa y sin dejar
de besarnos, dejamos el ascensor y, como pudimos, introducimos el llavĆ­n
en la cerradura de la puerta, una premonición de lo que iba a suceder poco
después en su tresillo. Como era de esperar Lilith me cabalgó con frenesí,
y a mĆ­ no me importó yacer debajo de ella. El orden de los factores…
Un par de horas mƔs tarde, reposƔbamos felices en su dormitorio.
—¿Le has vuelto a ver? –preguntĆ© al techo de la habitación.
—¿Te refieres a mi sujetador? Cayó a las primeras de cambio.
SoltƩ una carcajada y me girƩ hacia ella. No hizo falta volverle a preguntar.
—Mi padre solĆ­a ser muy convincente. No he sabido nada mĆ”s de Ć©l,
aunque por amigos comunes supe que vivĆ­a en Barcelona.
—La muerte de tu padre cambia mucho las cosas. ĀæTal vez, ahora?
— No temas, no me gustan los cobardes, se rindió demasiado pronto.
Incluso le escribƭ un par de cartas diciƩndole que estaba dispuesta a todo
por seguir con Ć©l… a todo, incluso dejar mi casa. No recibĆ­ respuesta. Mi
tercera misiva fue devuelta al remitente, no quiso ni abrirla.
— Lo siento.
—No tienes nada que sentir, es agua pasada y como te he dicho, entre
el uno y el otro me mostraron el camino de la libertad.
La abracƩ tiernamente y no preguntƩ mƔs. Mis inquisiciones eran sinceras,
pero no querƭa incomodarla. MirƩ la hora, tenƭa que regresar al
hotel, a la maƱana siguiente, es decir, al cabo de unas cuatro horas, empezaba
una jornada complicada, al mediodĆ­a recibĆ­amos un par de grupos
de turistas y despedĆ­amos a otros tantos.
—Tengo que irme princesa, Āæme llamarĆ”s?
Ella sonrió, sabía que la pregunta era sincera, pero un tanto sarcÔstica.
—Es posible que lo haga –dijo irónicamente.
Me metí en el baño, estaba lleno de potingues y de ungüentos, pero
muy bien ordenado. DejƩ que el agua de la ducha de deslizara por mi
cabeza para terminar de despejarme. Elegƭ un gel de baƱo del surtido de
media docena que reposaban en un estante de cristal. CantƩ un par de
estrofas de alguna canción y eso me trajo a la memoria mis días en el
coro de Notre Dame de Lausana. «Tengo que apuntarme en algún coro
de Barcelona», pensé. Al entrar de nuevo en el dormitorio, Lilith estaba
esperƔndome desnuda y con un sobre en la mano.
—Es la Ćŗltima carta que le escribĆ­ y que me fue devuelta. En ella le
contaba todos mis sentimientos y mi rabia por no haber luchado por mĆ­,
quiero que la leas y luego la destruyas. Con eso rompo con el pasado, ya
no actuaré ni por venganza ni por indolencia, lo haré a mi modo y cómo
decida.
—No sĆ© si debo… es tu vida.
—Y yo quiero hacerte participe de ella, asĆ­ no preguntarĆ”s nada mĆ”s,
tampoco deseo que me comentes tu parecer, serƭa baldƭo; acƩptalo como
un gesto de especial confianza.
Cuando terminƩ de vestirme cogƭ el sobre y lo guardƩ en uno de los
bolsillos de mi americana. Ella permanecĆ­a sentada en el borde de la
cama, me arrodillƩ para quedar a su altura.
—No te olvides de llamarme, todas las mujeres decĆ­s que lo harĆ©is y
luego si te he visto no me acuerdo.
—Eres un payaso, Jordi, –dijo, partiĆ©ndose de risa.
Di un portazo simulando mi salida, pero me quedƩ en el piso, entrƩ de
nuevo en el dormitorio y ella salió del baño algo asustada. Sonrió con su
carita de niƱa mala al verme allƭ parado.
—¿QuĆ© te has dejado? –preguntó.
—A ti-respondĆ­, besĆ”ndola en la boca.
Fue una despedida tierna, con sabor a cóctel a besos y a confidencias.
La ducha seguía martilleando sobre la bañera vacía, como una canción
de amor.

El Club Med de CadaquƩs, inaugurado
El Club Med de CadaquƩs, aƱos 70. Folo La Vanguardia
Foto Maspons. EL PAƍS
LA DAMA DEL BOADAS DE ABRCELONA
COCTELERƍA BOADAS
Imagen Publicitaria de Bocaccio. Teresa Gimpera, foto Leopoldo PomƩs.

HabĆ­a mujeres piratas? La historia de Anne Bonny y Mary Read - VIX

Decimotercera entrega: De viajes, filosofĆ­as y teologĆ­as

En un pequeƱo pueblo cercano a Flix

Ribera del Ebro, 28 de junio 1971

El pueblo se acunaba en el meandro, el Ebro le rodeaba como si quisiera
protegerlo de todo mal. Como muchos pueblos de la Ribera
estaba rodeado de campos de cultivo, tenĆ­a una ermita cercana,
una plaza con su ayuntamiento y una escuela municipal. Como tantos
otros pueblos de la Ribera tenĆ­a grandes proyectos de futuro sin olvidar el
pasado. Sus mujeres seguĆ­an haciendo encaje de bolillos y sus hombres
trabajando en el campo, como antes de que EspaƱa se desangrara en una
guerra incivil.
Mi Kadett dejaba Flix a la espalda a menos de siete kilómetros de
nuestro destino. Ripoll me iba contando, con las oportunas reservas, el
interrogatorio a GabaldĆ”.
—Me has contado tĆŗ mĆ”s cosas que GabaldĆ” al juez. Ni demonios,
ni violaciones, ni nada que ver con los asesinatos. Es mƔs, dice no haber
tenido demasiados contactos con sus antiguos camaradas. Ese cabrón asegura
que es un santo.
—Mientras le crean…
—Yo no, te podrĆ­a contar cosas de Ć©l que te sorprenderĆ­an. Ahora saca
la Senyera por todas partes, antes se descojonaba de todos los sĆ­mbolos
catalanes. Era un camisa azul convencido.
—Bueno, tambiĆ©n toma riesgos con su postura actual-dije, ya a la vista
del pueblo de MarĆ­a.
—Es una pose, le gustarĆ­a que le metiĆ©ramos en la cĆ”rcel por nacionalista,
asƭ se pintaba la aureola de mƔrtir. Los cambios estƔn cercanos,
Jorge, el gobierno, pese a todo, estĆ” abriendo la mano. Un tal Jordi Pujol
le ha tomado ventaja y GabaldĆ” quiere recuperar terreno.
Llegamos al pueblo de MarĆ­a. Nos dirigimos a la comandancia de la
Guardia Civil y preguntamos por el comandante de puesto. Un cabo con
aspecto aburrido nos recibió en un despacho presidido por un crucifico y
una litografía del jefe del Estado. Ripoll le enseñó sus credenciales y el
cabo se cuadró.
— SiĆ©ntanse por favor –dijo, seƱalando un par de sillas de madera-.
Ā”QuĆ© no nos molesten! –gritó al nĆŗmero de guardia.
Ripoll le contó de una forma muy somera lo que nos había traído al
pueblo.
—Sólo pretendemos averiguar el domicilio de una vecina llamada
Marƭa y si consta alguna denuncia durante o despuƩs de los dƭas de la
liberación del pueblo.
El cabo de la Benemérita puso cara de póquer ante la escasez de información,
Ripoll tuvo entonces que ampliar la exposición contando alguno
de los pormenores del caso en la confianza de que, en un pueblo tan pequeƱo,
todo el mundo estaría enterado de lo sucedido. El cabo se levantó
con parsimonia y se dirigió a un archivo metÔlico de color verde botella.
Lo abrió y el mueble mostró una serie de carpetas de color gris con anotaciones
en lƔpiz y bolƭgrafo.
—Denuncia no hubo ninguna, pero es natural dadas las circunstancias
y quienes eran los agresores. Estoy seguro de que en el ayuntamiento, si
la chica era de aquĆ­, alguien sabrĆ” alguna cosa sobre ello; voy a llamarles.
El cabo descolgó el teléfono de bakelita negra, giró el disco varias veces
y esperó. Alguien respondió al otro lado del auricular. Sin necesidad
de identificarse el comandante de puesto preguntó por María y el hecho
ocurrido en el 38. El interlocutor sabƭa sobre quiƩn le preguntaban porque
el cabo iba asintiendo con la cabeza y cada vez que pedía una aclaración
nos miraba previamente y respondĆ­a al informante con monosĆ­labos: ya,
ya… sí… esa… Cogió un bolĆ­grafo Bic de la mesa de madera que le servĆ­a
de escritorio. Garabateó un nombre y algunos datos en una cuartilla y
preguntó al interlocutor: «¿Sabéis su domicilio?». Quedó a la espera un
par de minutos, golpeaba rĆ­tmicamente la mesa con el bolĆ­grafo, hasta
que le dieron una dirección que escribió en el papel. «Gracias, luego nos
vemos en el bar», dijo para finalizar la conversación.
—Efectivamente, todos en el pueblo conocen la historia de MarĆ­a…
MarĆ­a Congost. Vive en Flix, me han dado la dirección –dijo, entregando
la hoja manuscrita a Ripoll.
—Muchas gracias por su ayuda –dijo Enrique.
QuedƩ gratamente sorprendido de la memoria de los vecinos de Marƭa
y de la eficacia de la Guardia Civil.
Desandamos los siete kilómetros que nos separaban de Flix. Al llegar
al pueblo preguntamos por la calle que tenĆ­amos anotada. No fue difĆ­cil
dar con la casa de MarĆ­a Congost. Era una de esas viviendas de dos pisos
con portalón de madera y balcón cargado de flores en la fachada, el aire se
colaba por una de las ventanas y movĆ­a los visillos mostrando impudente
parte del interior de la vivienda. Llamamos con la aldaba del portón un
par de veces sin recibir respuesta. Frente a la casa de MarĆ­a habĆ­a una
taberna de aspecto tranquilo. Algunos clientes se apoyaban en la barra y
otra media docena permanecĆ­an sentados y divertidos alrededor de una
mesa de mÔrmol donde jugaban al dominó o miraban el devenir de la
partida. Preguntamos por MarĆ­a y nos respondieron que la habĆ­an visto
salir pero que, a buen seguro, no tardarĆ­a en regresar. Pedimos un par de
cervezas y esperamos. A la media hora apareció al fondo de la calle. Su
aspecto era jovial a pesar de que pasarĆ­a de los cincuenta, cara redonda y
atractiva, de grandes ojos y amplia sonrisa. Adivinamos que era ella por
los detalles que nos habĆ­a proporcionado el tabernero. Pagamos las consumiciones
y salimos a su encuentro.
—¿MarĆ­a Congost? –preguntó Ripoll.
—SĆ­, soy yo. ĀæPuedo ayudarles? –dijo boquiabierta.
—Me gustarĆ­a hacerle unas preguntas –dijo Ripoll, con el mĆ”s puro
lenguaje policial y mostrando su placa.
—¿Ocurre algo?
—¿Podemos pasar dentro?
María nos abrió su domicilio, y sus recuerdos. Nos contó aquel terrible
momento, su desengaño respecto a Camperol y la humillación sufrida.
Mi amigo Ripoll le informó de la muerte de Camperol y de dos de sus
violadores, ella escuchaba cariacontecida el relato, se percibía que la evocación
de aquellos canallas la alteraba. A pesar de ello, Ripoll no pudo
dejar de pensar como un policía y le preguntó de súbito:
—¿Dónde estaba usted la madrugada de San Juan entre las cinco y las
seis?
Ella se mostró sorprendida por la pregunta, vaciló un poco…
—Era la verbena, la celebrĆ© con unos vecinos, fue aquĆ­ enfrente en la
taberna. Estuve hasta pasadas las siete, ya sabe, era verbena.
Ripoll no se dio por vencido y volvió a preguntar.
—¿Y el dĆ­a veinte entre las dos y las tres de la maƱana?
—Pues durmiendo… todos los dĆ­as no hay fiestas.
Estaba claro que, a pesar de tener poderosas razones, MarĆ­a no estaba
Ā· 105Ā·
cargƔndose a los del quinteto. Entre otras cosas porque nos dijo que desconocƭa
la personalidad de sus violadores, salvo la de Robert Camperol.
No obstante, Ripoll no las tenía todas consigo, se levantó de su asiento
y quedó de pie frente a María con la chaqueta abierta, procurando que
asomara la funda de su Astra. Sonreƭ para mis adentros, esa tƩcnica intimidatoria
daba ciertos resultados cuando los interrogados ocultaban algo,
pero MarĆ­a permanecĆ­a tranquila observando, desde la comodidad de su
asiento, los movimientos de Ripoll que daba una ojeada a las fotos que
María tenía sobre un platero. El poli detuvo su deambular, tomó una de
las fotos de marco bruƱido que representaba a la propia Marƭa con un niƱo
de pocos años y preguntó:
—¿Es alguien de la familia?
—Es mi hijo, la foto es antigua.
Extendió la mano en dirección al policía y le pidió la foto. La observó
con cariƱo.
—Tiene muchos aƱos, si no me equivoco es del 43, mi hijo tendrĆ­a
unos cuatro aƱos.
El comisario y yo nos miramos interrogantes. Me inclinƩ hacia Marƭa
y la miré a los ojos. Ella bajó su mirada.
—Si a lo que han venido es para averiguar si he sido capaz de matar
alguno de esos canallas, les adelanto que les perdonƩ hace mucho tiempo.
Uno de ellos es o fue el padre de mi hijo. No he olvidado, aquel terrible
dƭa tuve el mayor de mis desengaƱos, pero el mejor de mis regalos.
—¿Nunca se preguntó quiĆ©n podrĆ­a ser el padre? –dije, tratando mĆ”s
de consolarla que de hacer averiguaciones.
—¿Para quĆ©? No conocĆ­a a los otros cuatro. Era una pĆ©rdida de tiempo
presentar una denuncia contra cinco oficiales franquistas. Algunas jóvenes
del pueblo tambiƩn fueron violadas por soldados moros del mismo
regimiento. No tuvieron tanta suerte, al final de los ataques fueron vilmente
asesinadas. Hubiese sido inĆŗtil denunciarles. Robert conocĆ­a mi
domicilio, nunca se presentó ni para preguntarme cómo estaba. Cuando
los republicanos volvieron a reconquistar el pueblo supe que estaba prisionero,
dudƩ entre denunciarles o no, pero alguien me dijo que pronto
les fusilarƭan como ellos habƭan hecho con el alcalde, el mƩdico y otros
vecinos. Luego supe que pasados unos meses fueron liberados por el contraataque
nacional. El resto pueden imaginarlo –dijo, esgrimiendo la foto.
—¿Nunca supo nada mĆ”s de Camperol?
—SĆ­, una vez vino a verme, fue en el cincuenta y cinco. Me pidió per-
dón. Quiso compensarme con dinero, lo rechacé. En aquel momento llegó
mi hijo de la escuela. Robert adivinó en mis ojos la parte de la historia que
nunca le había contado. «¿Es mío?», preguntó. Me encogí de hombros, le
mirĆ© a la cara y le respondĆ­: Ā«No, es mĆ­oĀ». Ɖl insistió, como si esperarĆ”
una salida para justificar su propia conciencia. «¿Puedo ser el padre»? No
puedo saberlo, ni fuiste el primero ni el último, sólo uno de los cinco. Lo
que sĆ­ es seguro es que es hijo de una jugada del diablo. Ɖl retrocedió, mi
respuesta le impresionó mÔs de lo que yo esperaba. Gimoteó durante un
rato. Ā«Si algĆŗn dĆ­a necesitas mi ayuda…», dijo con poco convencimiento.
Salió de mi casa, cabizbajo y atemorizado. Yo le quise, le quise mucho,
nunca deseé su muerte y su visita me liberó, fue como una ola que borra
las huellas de un dibujo en la arena y sólo queda el canal por donde discurrió
el trazo.
Quedamos los tres en silencio, Ripoll tomó de nuevo la foto y la depositó
con delicadeza en el platero.
—Muchas gracias seƱora Congost, nos ha sido de gran ayuda. Le darĆ©
mi tarjeta por si quiere contarme alguna cosa mƔs.
Nos despedimos en el portón de madera de su casa, frente a la taberna
donde docenas de parroquianos habĆ­an compartido con ella la verbena de
San Juan. Me alegrƩ de la imposibilidad de que tuviese algo que ver con
el caso. Puse en marcha el Kadett, Ripoll se ajustó la americana.
—Eran una panda de cabrones –dijo.
—Hay un par que todavĆ­a lo son –contestĆ© mientras aceleraba.

Entre filosofĆ­as y teologĆ­as

Finales de junio, 1971

Tuvimos unos dĆ­as de mucho trabajo en el hotel. Ripoll seguĆ­a con
sus averiguaciones sin demasiados avances, habĆ­a localizado al
hijo de MarĆ­a Congost que vivĆ­a y trabajaba en Barcelona. Sutilmente,
sin entrar en contacto con Ʃl, controlaba los lugares por donde Sergio
Congost se movĆ­a y las amistades que compartĆ­a. Ripoll, como buen
policía, tenía siempre un hueco para su lista de sospechosos y la profesión
de Congost, que ejercĆ­a de cirujano en el Hospital del Mar , le suponĆ­a
hƔbil con el bisturƭ y por tanto capaz de ejecutar a las vƭctimas; sin embargo,
no era el único componente del listado policial, Balcells era médico,
PagƩs un arrepentido de dudosa personalidad y GabaldƔ un canalla capaz
de contratar a alguien para hacer un trabajo sucio, de hecho Ripoll pensaba
que no serƭa la primera vez que utilizara medios tan drƔsticos. Pero, de
todos, el único que podría tener interés de venganza era Sergio Congost;
no obstante, el hijo de MarĆ­a no conocĆ­a la personalidad de los componentes
del quinteto, salvo la de Robert Camperol. En la lista de Ripoll ya
no figuraban las dos hijas de Camperol puesto que habĆ­a comprobado las
cuartadas de ambas y de la viuda, principales beneficiaras del testamento.
«También te he borrado a ti», me decía entre risas. Yo le sugerí que faltaba
alguien en su registro: el Diablo.
A falta de mÔs candidatos me autorizó para que siguiera la pista del
famoso conjuro perdido y que el Opus aseguraba estaba en la biblioteca
de Egipcƭacas. Tal vez por ese lado del ovillo pudiƩramos encontrar un
nuevo indicio. En cuanto tuve un rato libre me plantƩ en la biblioteca. Fui
a la hora de cerrar para no interrumpir a Hipathia en su labor de descubridora
de libros dormidos y de sueƱos despiertos. La ayudƩ a cerrar las
puertas y nos dirigimos sin prisas a la cervecerĆ­a Baviera en Las Ramblas,
frente a la fuente de Canaletas. Anduvimos por la calle dels ƀngeles y
por la de d’Elisabets hasta salir a Las Ramblas. Subimos al primer piso
del establecimiento para tener mƔs intimidad, los escalones de madera
todavƭa conservaban los ecos de las tertulias de los jugadores del BarƧa
de los aƱos treinta al final de sus partidos de liga, y se enorgullecƭan de
ser el primer local de la ciudad en el que se servĆ­a caviar. Pedimos un par
de jarras de cerveza. Hipathia se extrañó.
— ĀæNo quieres un J&B en vaso corto y con dos hielos?
—Nunca antes de las diez de la noche… –me excusĆ© bromeando
Hablamos de nuevo de aquellos aƱos de mi infancia en que su biblioteca
y su personalidad eran punto de parada y disfrute. Al cabo de media
hora de reminiscencias y risas le contƩ las sospechas del Opus, mi interƩs
por todo lo que concernĆ­a al Codex Gigas lo conocĆ­a de sobras.
—SĆ­, recuerdo que vinieron a preguntarme por un conjuro de una de
las pÔginas del códice. Te aseguro que no tengo constancia de que este
documento estƩ en la biblioteca. Pero si la hubiera tenido, tampoco les
hubiese dicho nada.
—No entiendo por quĆ© insisten, Hipathia. Les dije que era una estupidez
suponer que guardƔis el conjuro y ellos mantienen que lo saben por
una confidencia. Tampoco quisieron decirme de quiƩn.
—Como puedes suponer tengo todos los libros y documentos perfectamente
catalogados. Allƭ no aparece nada, salvo que estƩ encriptado o
bajo un nombre ficticio. ¿Sabes cuÔntos documentos tenemos?
—Imagino que muchos, aunque sĆ­ sabrĆ”s quĆ© lectores te solicitan libros
sobre conjuros, pactos diabólicos, biblias demoníacas y todo eso.
—SĆ­, hay un lector que da este perfil. Y tĆŗ le conoces.
Puse cara de interrogación. Hipathia sonrió con malicia.
—No os caĆ­steis demasiado bien –dijo misteriosa.
—”El tipo de la verbena!
—El mismo, el profesor Gassiot.
—Vaya por Dios, no me digas que tengo que hablar con ese pedante.
Hipathia lanzó una discreta carcajada.
—¿No tendrĆ”s celos? –dijo bromeando, pero abriendo una inesperada
perspectiva.
—Tal vez –le contestĆ©.
Mi amiga me dio el telƩfono del departamento donde Albert Gassiot
ejercĆ­a de omnipotente profesor universitario. EscribĆ­ el nĆŗmero en mi
libretita verde, el suyo sería mi próximo contacto.
El despacho de Gassiot no estaba en los servicios centrales de la plaza
de la Universidad, ni en la zona alta de la ciudad en la llamada Zona
Universitaria. La Facultad de TeologĆ­a estaba ubicada desde hacĆ­a un par
de años en la calle Diputación, a tenor de una propuesta conjunta del
arzobispo de Barcelona y del Padre superior de la Compañía de Jesús.
Se eligió el edificio del Seminario Conciliar de Barcelona construido en
1879 por el arquitecto Elies Rogent. AcogĆ­a a las Facultades de TeologĆ­a,
FilosofĆ­a y Humanidades y entre sus paredes estaba la Biblioteca PĆŗblica
del Seminario, la mƔs antigua de la ciudad, creƭ recordar que se remontaba
a 1755. Ese si serƭa un buen lugar para esconder la pƔgina perdida del
códice.
El profesor Gassiot me recibió con aspecto triunfante, no entramos
en su despacho, me acompañó directamente a la biblioteca. El lugar
representaba todo lo que esperamos de un centro del saber. La sala de
lectura era enorme, casi doscientos cincuenta metros cuadrados acogĆ­an a
cuarenta y siete puntos de lectura. Como si leyera mi pensamiento y ante
mi admiración, amplió los datos sobre el lugar.
—Tenemos un almacĆ©n de mĆ”s de mil metros cuadrados y nuestro
fondo bibliogrÔfico estÔ formado por cerca de 350.000 volúmenes, especializados
en Ciencias EclesiƔsticas, Filosofƭa y Humanidades.
—Es impresionante, Āæsupongo que saben todo lo que tienen?
—No al completo, vamos codificando y comprobando cada uno de
los volĆŗmenes y documentos. Yo, por ejemplo, alterno mis clases con la
investigación y la organización bibliogrÔfica.
Supe que estaba en el lugar adecuado, no quise descubrir, todavĆ­a, el
verdadero objeto de mi visita.
—Imagino que Joan Deulovol, desde su puesto de archivero y candidato
fallido a arzobispo, tendría una fluida relación con la Institución.
—Por supuesto, colaborĆ”bamos en muchas averiguaciones y cambiĆ”bamos
impresiones a menudo.
—¿TambiĆ©n con el Opus? –preguntĆ© de sopetón.
—Con ellos no demasiado, estĆ”n a otro nivel en sabidurĆ­a eclesiĆ”stica.
—El dĆ­a de la verbena dejamos una conversación pendiente – dije.
—No, usted se cerró en banda y no quiso ser instruido.
Su actitud era petulante, me tenĆ­a allĆ­ para pedirle un favor y eso le
satisfacía sobremanera. Levantó las cejas y frunció el ceño esperando mi
preguntó.
—Imaginemos que alguien firma un pacto con el diablo. ĀæHay forma
de romperlo?
—Vaya, el incrĆ©dulo Brotons, empieza a cuestionar sus convicciones.
—No, no es eso Gassiot. Sigo siendo agnóstico en todo esto.
—La respuesta a su pregunta es no. Los humanos creen que pueden
engañar a Belcebú, con conjuros, tretas y rezos. De nada valen los últimos
porque al firmar con el diablo dejaron de ser hijos de Dios. Tampoco
con ardides o artimaƱas, SatanƔs es el rey de las astucias. En cuanto a los
conjuros…
EstƔbamos llegando al punto que yo querƭa.
—Los conjuros pueden, aparentemente, romper el pacto. Sin embargo,
la mayoría de las veces, el diablo exige otra alma en pago de la liberación
de la del contratante. En cuanto realiza el sacrificio se condena de
nuevo, con lo que su alma vuelve a quedar en poder del averno.
—Entonces, es posible que existan conjuros de este tipo.
—Es posible.
—¿En el Codex Gigas?
Gassiot me miró de forma enigmÔtica, chasqueó los labios y sonrió.
—Es posible, es un códice muy completo.
—Sigamos imaginando, Gassiot. Si en una de las pĆ”ginas arrancadas
del Gigas, contuviera uno de esos conjuros podrĆ­a ahora estar en estar en
cualquier biblioteca. Incluso en esta.
—SĆ­, podrĆ­a ser, aunque no me consta.
—Supongo que no se ha tomado la molestia de comprobarlo…
—No se lo dirĆ­a amigo Brotons, las cosas de la Iglesia y las del diablo
no son para los agnósticos.
—Touché… pero sĆ­ para los curiosos y yo lo soy desde la cuna.
Gassiot se rƭo divertido, Ʃl era tan seglar como yo, pero estaba acostumbrado
a navegar por los procelosos mares de las sotanas y se desenvolvĆ­a
muy bien entre legajos y biblias apócrifas; cabalgar entre jesuitas y
clƩrigos del arzobispado le concedƭa un plus de ocultismo religioso, algo
asƭ como un agente secreto del cristianismo, sin hƔbito, pero totalmente
entregado a la causa.
—Si, como usted dice, esos conjuros son inĆŗtiles, Āæpor quĆ© tanto misterio?
—Yo no le he dicho que sean inĆŗtiles le he dicho que son ineficaces,
que no es lo mismo. Al diablo no se le engaƱa fƔcilmente.
—… No obstante, es posible burlarle –dije, dispuesto a llegar al fondo
de la cuestión.
—Entra dentro de una remota posibilidad.
—Entonces –exclamĆ© tirando a matar- ĀæPor quĆ© no ayudaron a Joan
Deulovol?
Me di cuenta de que habĆ­a dado en el blanco, porque el rostro de Gassiot
se contrajo mostrando todos los surcos de sus líneas de expresión.
SentĆ­ chispas de su saliva estrellarse contra mi rostro al chasquear su labios
antes de responderme.
—Tal vez no lo mereciera –dijo prepotente.
—¿Significa que hubiesen podido ayudarle?
—No ponga en mi boca palabras que yo no he dicho, estamos hablando
de teorĆ­as.
La conversación terminó entonces, salvo algunas frases de cortesía.
Nos despedimos en la puerta del emblemƔtico edificio neorromƔntico,
hogar y cƔtedra de filosofƭas y teologƭas, magisterio de humanidades y
custodio de secretos insondables de la Iglesia… y de sus enemigos. La
conversación con Gassiot me había aportado datos muy interesantes, sin
querer me había descubierto que el conjuro del códice estaba o en su
poder o a su alcance y que no habĆ­a querido ayudar a Deulovol, tal vez
porque Ʃl tampoco creƭa en la fuerza del conjuro. Por otro lado, se ponƭan
en evidencia las verdaderas intenciones del Opus, ellos sabĆ­an que en
Egipcƭacas no estaba la pƔgina del conjuro, pero que mi amistad con Hipathia
me obligarĆ­a a seguir investigando para librarla de toda sospecha
y conducirles a quiƩn pudiese tenerla. Me permitƭ liar un poco la cosa,
entre sotanas andaba el juego y la situación empezaba a divertirme. Así
que llamé desde una cabina al despacho de Ramón Guardans. El yerno
de Francesc Cambó me atendió de inmediato.
—Es sólo una sospecha, Guardans, pero creo que en la biblioteca del
Seminario Conciliar tienen el conjuro y Gassiot es su cancerbero.
—Buen trabajo, Brotons. Le debemos un favor. Si algĆŗn dĆ­a quiere
ingresar en la Obra…
—Gracias Guardans, pero eso ya me lo propuso un ministro hace menos
de un mes.
En realidad no les habĆ­a descubierto nada, Gassiot estaba ya dentro de
sus sospechosos y mi supuesta confidencia liberaba a Hipathia de su campo
de acción y eso me tranquilizaba. Demasiados muertos, demasiados
diablos y demasiadas sotanas como para dejar ningĆŗn cabo suelto.
RegresƩ andando al hotel para despejarme. AtravesƩ la Plaza Urquinaona,
bajƩ por la calle Balmes y lleguƩ a La Rambla de los Estudios en
apenas diez minutos. El hotel estaba completo y eso siempre satisface a
un director. Me senté en mi despacho y Quendy me informó de las últimas
novedades, media docena de llamadas y un pequeƱo lƭo con el chef
que querĆ­a hacer uno de sus postres preferidos, sorbete Gala Placidia, y
que no tenƭa las copas adecuadas. TelefoneƩ a GrifƩ & Escoda y encarguƩ
dos docenas de copas talladas a mano con una preciosa ornamentación
floral y de cisnes de esbelto cuello, eran unos excelentes trabajos sobrevivientes
de la CristalerĆ­as Planell, que habĆ­an cerrado en el 57. El chef se
emocionó, su postre tendría el mejor de los servicios.

Casas en Flix - yaencontre

Un pueblo cercano a Flix…

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Opel Kadett – aƱo 71-

Antiguo Seminario Conciliar de Barcelona.

Biblioteca PĆŗblica Episcopal del Seminario de Barcelona ...
Facultad de TeologĆ­a

Seminari Conciliar Barcelona | Història del Seminari

Al Codex Gigas le faltan algunas pƔginas

09/01/2017 Centre Civic CristalerĆ­as Planell en 2020 | Objetos de ...

DuodĆ©cima entrega: De cómo perder la cabeza y viejas historias.

Si pierdes la cabeza, no sonrĆ­as

Madrugada de San Juan, 1971

El cambio de solsticio no habĆ­a acabado todavĆ­a, unos se purificaban
en la mar, otros buscaban un trƩbol que les trajera la suerte y
alguien preparaba un asesinato reclamando una cuenta pendiente.
Una figura no demasiado voluminosa vestida en negro, de oscuras
y perversas intenciones, se movĆ­a como una sombra entre los grupos de
juerguistas que todavía pululaban por las calles de la ciudad. Atravesó la
plaza de la Catedral, el edificio catedralicio pareció estremecer a la sombra
que apretó el paso. Llegó frente al Archivo Diocesano en la calle del
Obispo. La entrada estaba protegida por una enorme puerta de madera
que, a pesar de la hora, estaba abierta. Deulovol trasteaba en su despacho
de archivero, un enorme ficus aportaba calidez y ornato a la sala, lo tenĆ­a
desde hacĆ­a tiempo, lo regaba con asiduidad y le dedicaba todos sus mimos;
las plantas tambiƩn tienen sentimientos, solƭa decir.
La sombra, aparentemente humana, atravesó el patio y subió por la
escalera principal. Se movĆ­a con comodidad como si hiciese siglos que
conociera el lugar. Entró sigilosamente en el despacho del archivero,
Deulovol andaba consultando unos documentos.
—AhĆ­ no lo encontrarĆ”s –dijo una cavernosa voz surgiendo de la negrura.
Deulovol se giró, tenía en su mano un antiguo legado con el sello del
Vaticano.
—AhĆ­ no lo encontrarĆ”s –repitió la voz.
—Me importuna este juego –dijo, al fin, Deulovol.
—Yo tengo algo que tĆŗ deseas y tĆŗ algo que vengo a reclamarte.
—No tienes derecho…
—Oh… sĆ­ lo tengo, Ɖl me lo otorga.
El pretendiente a arzobispo, antiguo falangista, nuevo nacionalista e
impune violador y asesino, sintió miedo por primera vez en muchos años.
Retrocedió unos metros y su coxis tropezó con su mesa de archivero.
Una bandeja que soportaba un tintero, algunas plumas y media docena de
lÔpices tembló con el golpe.
—Hicimos un trato –atinó a decir Deulovol.
—Un trato que habĆ©is pretendido romper.
—¿CuĆ”ntas mĆ”s vidas quiere?
—La tuya le bastarĆ”, de momento.
Trató de lanzarse sobre la sombra, pero su complexión oronda de doctor
de la Iglesia cayó contra el suelo del despacho sin hacer apenas ruido
y quedó de cara al piso. La sombra saltó con agilidad sobre la espalda
del capellƔn. Fue como si un relƔmpago cruzara la estancia, con la mano
derecha el atacante levantó la cabeza del caído y el acero de un bisturí
apareció en su mano izquierda como por encanto. Casi no hubo lucha,
la garganta sebosa de Deulovol se abrió como la boca de una hucha de
arcilla por donde manó la sangre en abundancia. El ficus recibió las salpicaduras
del rojo elemento y se manchó con la sangre de su custodio. El
homicida se aupó sobre el cuerpo de su víctima. Su mirada se dirigió hacia
un escudo decorativo colgado en la pared de enfrente. Sobre el soporte
de madera y piel se cruzaba una espada de doble filo que, pese al uso
ornamental, estaba visiblemente afiliada; podĆ­a pasar por una de aquellas
que se destinaban para decapitar a los nobles. El asesino la blandió con
extraordinaria facilidad y de un solo tajo, separó la testa del tronco de
Deulovol cuando el sacerdote todavĆ­a agonizaba entre desagradables estertores.
La cabeza del asesinado rodó por el piso como fruta madura. La
expresión de sorpresa y terror de Deulovol al ser degollado había dejado
una mueca de falsa sonrisa en su rostro. El criminal levantó su trofeo y
lo depositó en la bandeja de plata a la que previamente había vaciado de
sus objetos, las estilogrƔficas y el tintero se estrellaron contra el suelo con
estrepito. Al igual que la de San Juan Bautista, cuyo dĆ­a se estaba celebrando,
la testa quedó severa y sanguinolenta sobre el plato. Era patético
contemplar aquel rictus risueƱo mirando hacia el tronco podado de lo que
habĆ­a sido Joan Deulovol, casi coadjutor y que ya nunca llegarĆ­a a arzobispo.
La sombra despareció del lugar del crimen con la misma facilidad
con la que llegó. Fuera, los últimos petardos saludaban la salida del sol.
El teléfono de mi habitación sonó con insistencia. Me desperecé y
me desesperé, ”eran las seis de la madrugada!, apenas había dormido dos
horas. La telefonista de noche estaba al otro lado de auricular. Era una
antigua actriz de reparto venida a menos y que ejercĆ­a de telefonista en el
hotel sin perder ni un Ɣpice de sus condiciones para el melodrama.
—Le he dicho que estabas descansando JB, pero ha insistido de una
forma casi violenta, repite que es algo de gran importancia. Es el seƱor
Nogal.
Imaginé los teatrales aspavientos de mi empleada y la posición de la
clavija de la centralita para no perderse ni una palabra de mi conversación
con Nogal.
—Dime FĆ©lix… y usted, Lurdes, desconecte.
Oƭ el clik de la clavija, seƱal de que ya no podƭa oƭrnos y volvƭ a imaginar,
divertido, la expresión de la telefonista al sentirse pillada.
—Jordi, he tenido un visión, he percibido… –dijo poniendo mucho
Ʃnfasis en el verbo-. He percibido a SalomƩ pidiendo la cabeza de Juan
Bautista.
—¿Antes o despuĆ©s de la danza de los velos?
— No, en serio Jordi, alguno de nuestros amigos ha perdido la cabeza.
—¿QuĆ© quieres decir, FĆ©lix?
—Que alguien de nuestro quinteto ha dejado este mundo y se despide
de Ʃl sin su cabeza. Le han decapitado.
—Me dejas de piedra. LlamarĆ© a Ripoll para indagar. Te dirĆ© algo.
Un policía respondió a mi llamada. El comisario Enrique Ripoll no
estaba de guardia y tenƭa fiesta hasta el dƭa siguiente. EsperƩ impaciente
para llamarle a una hora prudente a su casa de Castelldefels, me respondió
su hija Ana.
—PapĆ” estĆ” navegando, hoy tiene fiesta.
—Gracias Ana, dile que en cuanto pueda me llame, es urgente.
No pasó ni una hora cuando Ripoll, carraspeando mÔs que de costumbre,
me llamó al hotel.
—Joder, Jorge, no puedo ni navegar tranquilo, me han llamado de
comisaria y Ana me ha dicho que tú también. Y me temo, no sé por qué,
que una cosa estĆ” relacionada con la otra.
—Veras, comisario, Nogal a tenido una premonición…
—Ya, que a tu amigo Deulovol le cortaban la cabeza despuĆ©s de rebanarle
el cuello.
—¿Cómo lo sabes?
—DĆ­melo tĆŗ. Me llamas a las nueve a casa, media hora despuĆ©s de que
los curas del Palacio Arzobispal descubrieran el zancocho. O estabas allĆ­
o te lo ha contado el asesino.
—No sabĆ­a que se trataba de Deulovol. La historia de Nogal era sobre
una cabeza cortada, no pudo «ver» al asesinado.
—El juez estĆ” levantando el cadĆ”ver. De la central de Layetana me
han pasado el muerto, primero porque el Archivo es de nuestro distrito y
luego, porque mis distintas consultas sobre lo de Flix han convencido al
comisario jefe de que este asesinato, el de Torras, y la muerte de Camperol,
tienen un nexo comĆŗn.
Al dĆ­a siguiente Ripoll me ponĆ­a al corriente de las investigaciones
policiales. Carecían de pistas sólidas o de huellas. Los interrogatorios a
los sacerdotes habían sido infructuosos, nadie oyó nada, el cadÔver fue
descubierto por uno de ellos sobre las ocho de la maƱana. La policƭa cientƭfica
apuntaba la muerte pasadas las cinco. TenĆ­an la espada ejecutora,
pero no la verdadera arma del crimen. Y luego estaba aquella enigmƔtica
sonrisa en la testa huƩrfana de tronco.
—Puede decirse que nos la sirvieron en bandeja-dijo Ripoll para terminar
su historia.
—Diabólico –dije, sin tratar de hacer un chiste.
—Voy a tratar de confirmar al quinto hombre y de llevar a declarar a
GabaldĆ”, a ver si le saco algo.
—Esta vez estoy libre de sospecha –bromeĆ©.
—Tampoco, a menos que me digas dónde estabas entre las cinco y las
seis.
Le escuche reƭr a travƩs del auricular. Le encantaba hacer este tipo de
preguntas, medio en broma, medio en serio… seguĆ­a siendo un poli.
—Pues durmiendo en el hotel, el rato que pude.
—Entre unos y otros me fastidiasteis la navegación y la fiesta de hoy,
el comisario jefe quiere avances rÔpidos en la investigación, demasiados
pƔjaros influyentes estƔn cayendo en Barcelona y no es por el calor.
Me quedƩ impresionado, aunque nada sorprendido. Nuestro quinteto
se estaba ganando el infierno y, siguiendo la increĆ­ble historia de Nogal, el
diablo sus almas. Giré el interruptor del hilo musical de mi habitación, la
voz de Carlos Gardel cantaba Por una cabeza. «No olvides, hermano, vos
sabĆ©s, no hay que jugar…» Jugar con segĆŗn quiĆ©n era un reto demasiado
peligroso, pensƩ.
La prensa se ocupó muy poco o nada del asesinato de Joan Deulovol.
Al igual que con la muerte de Torras «alguien» había procurado que los
casos pasaran casi desapercibidos por la opinión pública. En el caso de
Torras habĆ­a sido el Opus el que habĆ­a intentado tapar su muerte, en el
caso de Deulovol eran el arzobispado y el nuncio de su Santidad los que
utilizaban sus influencias para que el hecho fuese poco publicitado. A todos
los efectos, Joan Deulovol, habĆ­a sufrido un accidente en su despacho
y un objeto cortante de adorno le había causado heridas de consideración
en la cabeza. Lo curioso fue que su muerte no fue demasiado lamentada
por los cƭrculos que reclamaban un arzobispo catalƔn, otros encabezarƭan
estas exigencias.

Una vieja historia

Barcelona, 25 de junio, 1971

Si alguien me pregunta por un viernes especial, dirƩ que fue aquel del
25 de junio. Tuve una llamada de Balcells, el catedrƔtico del Opus.
Ya estaban enterados del asesinato de Joan Deulovol, tambiƩn de la
forma en que habĆ­a muerto y de datos que todavĆ­a figuraban como secreto
de sumario, pensé que sus servicios de información estaban muy bien
desarrollados o que debajo de las tĆŗnicas de algunos jueces, fiscales y
funcionarios judiciales latía un corazón de la Obra. El caso es que tenían
mucho interƩs en volver a hablar conmigo. Me sugirieron visitarles de
nuevo en PremiƠ de Dalt, me neguƩ, con cortesƭa, pero me neguƩ.
—No puedo abandonar mi trabajo, les propongo entrevistarnos esta
vez en mi despacho. Pero, es muy posible que sepan mƔs que yo de lo
sucedido a tenor de sus fuentes de información.
—No se trata de esto –dijo Balcells-. Esta vez somos nosotros quienes
vamos a presentarle a alguien que resolverĆ” alguna de sus dudas.
—Bien, ya saben que tengo mucho interĆ©s en el caso. DĆ­ganme una
fecha.
—¿Esta tarde?
—Vaya, tenemos prisa… ĀæDebo advertir a Ripoll?
—Preferimos verle a usted a solas, aunque estamos seguros de que
luego le contarĆ” todo a su amigo.
—Ni lo dude, Balcells. ĀæLes parece bien a las nueve?
—AllĆ­ estaremos, le presentaremos a alguien que, seguro, le va a interesar.
EsperƩ con impaciencia a que llegaran las nueve mientras resolvƭa una
docena de problemas domƩsticos, el hotel era un gran hogar donde recibƭamos
a muchos primos lejanos que esperaban encontrarse como en su
casa. Sin embargo, habĆ­a dos diferencias notables, pagaban su estancia
Ā· 93Ā·
y deseƔbamos con sinceridad que volvieran lo antes posible, salvo unas
pocas excepciones.
Fueron puntuales. Acudieron Balcells y Guardans acompaƱados de
un tercer hombre. Desde recepción me llamaron para informarme de su
llegada. Quendy les hizo pasar a mi despacho. Me levantƩ para saludarles.
Todos iban con trajes oscuros, sobrios y elegantes, camisas blancas
bien planchadas con corbatas gris perla, demasiado aristocrƔticas para la
apariencia del terno, y zapatos muy lustrados. DespuƩs de los saludos a
Balcells y Guardans me presentaron a Ramón Pagés i Pagés. Les rogué
que tomaran asiento, mientras me arremolinaba en mi sillón frente a ellos.
Balcells y PagƩs se sentaron en las butacas de los extremos, dejando a
Guardans la del centro. Balcells empezó la conversación.
—SĆ© que no le gusta andarse con rodeos, Brotons, irĆ© a la cuestión
que nos ha traído aquí de la forma mÔs directa. Ramón Pagés estuvo allí.
Creí saltar del sillón, pero me contuve. ”Tenía la última pieza del quinteto!
No quise aparentar impaciencia ni indiferencia. TambiƩn fui al grano.
—¿Se refiere a Flix?
—AsĆ­ es. PagĆ©s le va a contar una historia sorprendente, verĆ­dica y
terrible, para que valore nuestra sinceridad y nuestras ganas de colaborar.
Me pareció una situación inaudita. Tres importantes miembros del
Opus me pedĆ­an ayuda y uno de ellos se preparaba para contarme el relato
que yo mÔs deseaba. Ni me paré a meditar dónde me metía. Sabía que
aquello no era una fineza para satisfacer mi curiosidad y que a cambio
tendrƭa que compensarles o pagarles. Por un momento pensƩ que el precio
iba a ser mi alma, aunque ninguno de los tres tenĆ­a rabo ni depositaron
sobre mi mesa un documento en latƭn para que lo firmara. GirƩ mi asiento
en dirección a Pagés, crucé la pierna derecha sobre la izquierda y esperé.
Ramón Pagés i Pagés se enderezó en su butacón, era un hombre de aspecto
tímido, de cabeza cónica, orejas pequeñas y pegadas a la cabeza, nariz
chata y labios delgados, parecĆ­a un rostro todavĆ­a sin terminar; inacabado.
Echó un vistazo a sus dos compañeros como pidiendo su aprobación,
luego me miró fijamente y estiró el cuello como si la camisa le molestara.
—Tengo que remontarme a 1936, cuando los dirigentes de la Lliga,
Cambó, Ventura y otros, hicieron un llamamiento a los jóvenes catalanes
para escapar de Catalunya y huir a Burgos. TenĆ­amos claro nuestro ideario,
pero era preferible arriesgar con Franco que dejar que los sindicalistas,
anarquistas, socialistas, comunistas y masones se hicieran con nuestra
patria y mancillaran al catolicismo…
Iba a decirle que era la patria de todos, me traguƩ las ganas y me
contuve. TenĆ­a que escuchar su historia y oĆ­rla desde su punto de vista si
querĆ­a conocerla con un mĆ­nimo de sinceridad.
—Mi padre era gran amigo de Cambó –continuó- y le escribĆ­ para
que me aconsejara, su respuesta no admitĆ­a duda: AlĆ­state en un movimiento
joven e imaginativo como la Falange. Fuimos bastantes los que
nos integramos en la Primera Centuria catalana de Falange EspaƱola, la
bautizamos «Virgen de Montserrat», tenía que quedar muy clara nuestra
catalanidad, porque yo era, y soy, un nacionalista convencido –dijo, antes
de pedirme un poco de agua.
—Por supuesto –dije sarcĆ”sticamente-. ĀæY ustedes que desean tomar?
Vacilaron unos instantes. ImaginƩ que valoraban quƩ tipo de bebida
debĆ­an pedir.
—Yo voy a tomarme un J&B –dije para animarles.
Se miraron interrogantes unos a otros. Al final, Balcells, en nombre de
todos, aceptó el envite. Llamé a Quendy.
—Por favor, que nos suban una botella de J&B con cuatro vasos cortos
y una cubitera con mucho hielo.
En apenas cinco minutos apareció un camarero con las bebidas, sirvió
los cuatro primeros whiskys y dejó la botella y la cubitera a mi alcance.
Bebimos un primer trago y dada la composición de la reunión, puedo
decir que nos supo a gloria. Pagés prosiguió.
—Nuestro bautismo de fuego fue en el sector de Espinosa de los Monteros.
Fue un combate terrible, tuvimos que tomar Herbosa heroicamente
a bayoneta calada. Al anochecer los supervivientes temblƔbamos de miedo
ante los próximos combates. Para animarnos, el mando, hizo que las
jóvenes fascistas del pueblo nos vinieran a cantar una coplilla que ya nunca
olvidarƩ: En las cumbres de Espinosa / hay una fuente que mana / sangre
de los catalanes / que murieron por EspaƱa. Pero faltaba lo peor…
Sonrió como un imbécil al recordar la copla de las jovencitas de Espinosa,
incluso ladeó la cabeza como si quisiera cantarla, Balcells le miró
con severidad. Le rogué que prosiguiera. Bebió un par de tragos.
—Me incorporaron a la Segunda Centuria Catalana y me enviaron
al frente de Madrid. Allí fue cuando nació nuestra amistad, me refiero a
la de los cinco que usted ya conoce. En los momentos de descanso en la
Ciudad Universitaria cambiÔbamos impresiones de cómo debería ser la
nueva Catalunya. AllĆ­ nos llegaban los ejemplares del semanario Destino,
la revista del bando nacional en cuya redacción abundaban los catalanes
Un dĆ­a integraron la centuria en la Bandera MarroquĆ­ de la Falange, una
verdadera fuerza de choque. Reunidos en un cobertizo, antes de entrar en
combate, compartiendo nuestros miedos, Camperol dijo aquella terrible
frase: «Vendería mi alma al diablo para sobrevivir a esta guerra», los
demƔs estuvimos de acuerdo ante la inverosƭmil propuesta. Mas el diablo
tiene muchas formas de engaño. Alguien había oído nuestra conversación
y SatanÔs aceptó nuestra propuesta. Se trataba, en apariencia, de un soldado
de aspecto extraƱo de barba y bigote imperio, con insignias desconocidas
en una guerrera roja con galones amarillos; utilizaba un lenguaje
pedante y exaltado. Su voz sonaba desde nuestras mentes, la oĆ­amos como
la marcha de una mÔquina de tren en el eco de la lejanía. Nos prometió
la supervivencia, el regreso a Barcelona como vencedores, y los mejores
logros de vida, tanto económicos como sociales. El precio eran nuestras
almas. Para demostrar la veracidad de su oferta nos advirtió de la dureza
extrema de los próximos combates, la centuria sería diezmada y entre los
pocos supervivientes estaríamos nosotros. Dudamos. «Nada tenéis que
perder, si uno de vosotros es herido o cae en el combate confirmarĆ” la
falacia o la locura de mi propuesta, si por el contrario resultƔis ilesos se os
pedirĆ” una prueba de maldad que os asegure el resto de la ofertaĀ»
Ante el insólito relato de Pagés la camisa no nos cabía en el cuerpo,
ni a mĆ­ ni a mis invitados. Aquello parecĆ­a una broma de mal gusto o
una enajenación propia de los tiempos de guerra. Habíamos consumido
nuestras copas y servĆ­ una nueva ronda para los cuatro. Guardans hizo un
gesto con la mano a PagƩs para que prosiguiera.
—Los siguientes combates fueron terrorĆ­ficos. Como habĆ­a anunciado
el extraƱo soldado, la centuria fue diezmada, nosotros no tuvimos ni un
solo rasguƱo. AdemƔs fuimos escogidos para realizar el curso de oficiales
de complemento en un campamento cercano a Burgos. Semanas despuƩs,
con nuestra estrella en la bocamanga, nos dieron a cada uno de nosotros
el mando de una sección en el mismo batallón. El imparable avance
nacionalista nos llevó a conquistar Flix y los pueblos de alrededor; el
lado occidental del Ebro era nuestro. Entramos en una localidad cercana.
Reunimos al alcalde, al maestro y a todos los rojos en la plaza y les fusilamos.
Allƭ quedamos acantonados por un tiempo. DisfrutƔbamos de un
merecido permiso. Camperol incluso tuvo tiempo de conocer a una bella
muchacha, una guapa campesina de pelo lacio y castaƱo, nariz pequeƱa y
enorme sonrisa. Se hicieron novios, o eso le hizo creer Camperol. Mientras
nosotros ahogƔbamos nuestras soledades en la cantina, Camper
iniciaba los primeros escarceos amorosos aprovechando los atardeceres
y un establo abandonado donde el heno servĆ­a de improvisado sofĆ”, porque
la moza concedƭa a Robert sus primeros y mƔs apasionados besos,
sus abrazos y poco mƔs. Se negaba a tumbarse sobre el forraje porque
se sentía vulnerable en posición horizontal cuando la falda quedaba a
merced del embravecido galƔn de estrella en bocamanga y borla en la
gorra. Ella preferĆ­a quedarse sentada protegiendo con la mano el vuelo y
el levantamiento de su ropa. Pero le querĆ­a, asĆ­ se lo manifestaba abriendo
sus bonitos ojos hasta volverse grandes y brillantes, y asĆ­ nos lo contaba
Camperol quien, dĆ­a tras dĆ­a, conquistaba un nuevo e inexplorado territorio
en el cuerpo de su amada. Estando así las cosas una noche apareció el
extraƱo soldado, habƭamos comprobado que no estaba en ninguna de las
compañías del batallón, por lo que propuse jalarle por la barba o pegarle
un tiro por espĆ­a republicano. La voz grave del portavoz del infierno,
como él mismo se proclamaba, nos intimidó. «Ahora tenéis que cumplir
con vuestra palabraĀ», dijo. Vacilamos, Ć­bamos a arrestarle cuando oĆ­mos
el motor de un avión republicano, a una señal suya el ruido cesó; quedó
todo inmerso en un sepulcral silencio. «Va a lanzar una bomba que os
matarĆ” a los cinco y el averno os espera-dijo con voz cavernosa -, puedo
hacer que la bomba estallé fuera de aquí. Decidid». No dijimos nada, un
silbido nos heló la sangre y la bomba estalló fuera del chamizo. Sin querer
habĆ­amos pedido los cinco interiormente que la bomba fallara, con lo
que aceptÔbamos tÔcitamente el contrato. «Quiero la prueba de maldad,
maƱana violarƩis a la chica entre los cinco, su sangre virgen serƔ la firma
del contratoĀ».
Nos quedamos estupefactos y expectantes escuchando la narración de
Pagés, no sólo yo, también Balcells y Guardans, el uno pensando como
médico los efectos de una violación brutal y Guardans imaginando las
conquistas virginales con el poder y el dinero que hicieron popular su suegro
Francesc Cambó. Traté de servir una nueva ronda, Balcells y Guardans
la rechazaron, tampoco yo me serví. Pagés extendió su vaso, mÔs
sediento por su vehemencia que por sed. CambiƩ de postura esperando a
que prosiguiera el relato.
—El resto pueden ustedes imaginarlo, tuvimos que vencer las resistencias
de Camperol. Le convencimos. Si el pacto era una quimera, la
violación de una chica de un pueblo rojo tampoco era tan grave. No le
dijimos que, ademƔs, serƭa divertido. Aparecimos cuando se estaba besando
con Robert en el establo de sus encuentros…, cuando terminamos con
nuestra infamia limpiamos nuestros fluidos con una bandera de Catalunya
que habían escondido los lugareños a nuestra llegada, la Senyera quedó
tan violada como la muchacha. Ella se levantó como pudo de aquel heno
en el tantas veces había besado a Camperol, se dirigió hacia la puerta
sujetƔndose la falda arrancada por la violencia. Nos quedamos dormidos
sobre el montĆ­culo de yerba testigo de nuestra canallada. Aquella madrugada
los rojos contraatacaron, cruzaron el Ebro y nos pillaron a los cinco.
Creo que el resto ya lo sabe-dijo dirigiƩndose a mƭ.
—Aparte de la repugnancia que me ha producido su historia –dije sin
ningĆŗn reparo-, no imagino que se crean eso del pacto con Lucifer. Tal
como me dijeron en nuestra primera reunión, ustedes son médicos, profesores,
abogados, financieros, teólogos… no les veo sentados frente a un
macho cabrĆ­o firmando un pacto de sangre.
—No es exactamente como lo expone, Brotons. Pero sĆ­ sabemos que
estos acuerdos con el Maligno existen. Tres miembros de la Obra, el que
hubiese sido arzobispo de Barcelona y quien serĆ” alguien muy importante
en la polĆ­tica catalana, pecaron, no lo negamos, aunque no del asesinato
de las autoridades locales de aquel pueblo, eso estĆ” dentro de las leyes
de la guerra. ¿Qué cree que le hubiese pasado a Josemaría EscrivÔ si no
hubiese huido a Francia?, tampoco lo de la joven, tenga en cuenta que no
la mataron… Lo que ahora preocupa es que hay dos seres humanos que
creen que tiene un pacto que pone en peligro sus almas y alguien, humano
o no, que quiere eliminarlos.
Por primera vez tuve la sensación de creer en el diablo porque estuve
a punto de enviarlos al infierno. ĀæNo eran seres humanos los republicanos
fusilados o la joven violada?, estuve a punto de gritarles, pero me volvĆ­
a contener, quería llegar al fondo de la cuestión para poner a Ripoll en
conocimiento de todo.
—Y a mĆ­ Āæpara quĆ© me necesitan?
—Al Codex Gigas le faltan algunas pĆ”ginas, desaparecieron durante
la Guerra de los Treinta AƱos, no sabemos si en Bohemia o ya en Estocolmo.
Lo que sƭ sabemos es que una de las pƔginas arrancadas contenƭa
un conjuro para romper un pacto demonĆ­aco. Gabriele, nuestro Miquel
Torras, estuvo buscando durante aƱos la famosa pƔgina, incluso tenƭa
pensado viajar a Estocolmo para indagar sobre ello, ya sabe cómo terminó
el intento. Estamos al corriente de que, el conjuro en cuestión, estÔ en
Barcelona y es muy posible que en la Biblioteca de EgipcĆ­acas.
Me quedƩ helado. Aparentando una firmeza que no sentƭa, preguntƩ
—¿En quĆ© se basa esta suposición?
—No podemos citar nuestras fuentes –dijo Balcells-. Sólo pretendemos
hacernos con el conjuro para liberar a PagƩs, salvar su alma inmortal
y devolver luego el texto a la biblioteca.
No sabía si reír o llorar. ”Creían de veras lo del pacto con SatÔn!
—¿Y los muertos? –preguntĆ©.
—No hemos podido evitarlo, el Lucifer se ha cobrado su precio.
MirƩ a PagƩs, estaba temblando, los ojillos se le iban cerrando por
efecto de los whiskys y por esa extraña vergüenza que siente uno cuando
le pillan desnudo. SabĆ­a que habĆ­a desnudado su alma y no la tenĆ­a demasiado
bonita.
—¿Por quĆ© no van a la biblioteca ustedes y preguntan directamente?
—Ya lo hemos hecho. Su amiga Luisa no nos tiene demasiada simpatĆ­a
y ni siquiera se ha tomado la molestia de investigarlo.
—Sus razones tendrĆ”. Tal vez sepa que el tal manuscrito nunca ha
estado allĆ­.
—Si no estĆ” ahora, ha estado en algĆŗn momento y ella puede saber
quién se lo llevó.
—¿QuĆ© les hace pensar que quiero ayudarles? Tal vez tampoco me
caigan demasiado bien.
—Usted es un hombre sensato y demasiado curioso… –calló lo de
fisgón-, para no sentir interés en saber cómo termina todo esto. ¿Me equivoco?-
dijo Guardans, buen conocedor de las curiosidades humanas.
—Supongo que les consta que toda esta conversación la pondrĆ© en
conocimiento de Ripoll.
—Contamos con ello. Las cosas que le hemos contado ya han prescrito
o pueden considerarse acciones de guerra. En cuanto a lo del diablo…
¿Quién iba a creerle?
—Me queda lo de la bandera…
Enmudecieron. Sin querer habían puesto una información en mis manos
que podƭa perjudicar las ƭnfulas nacionalistas de PagƩs y de GabaldƔ.
—Les ayudarĆ© si me dan el nombre de la chica.
—MarĆ­a… creo que se llamaba MarĆ­a, nunca supe el apellido-masculló
PagƩs.
AnotƩ el nombre en mi libretita verde. Nos despedimos, el hielo de
la cubitera se habĆ­a fundido, en cambio el mĆ­o por aquel individuo habĆ­a
crecido en la misma proporción que los crímenes de su historia. A la mañana
siguiente llamƩ a Ripoll y se lo contƩ todo.
—Gracias, Jorge, me va a ser de mucha utilidad para cuando interrogue
a GabaldĆ”.
—Imagino que no podrĆ© estar presente –dije, sin demasiadas esperanzas.
—Esta vez no, Jorge, es un interrogatorio oficial y en presencia del
juez.
ComprobƩ en mi libretita todos los datos y anotƩ en la agenda: llamar
a Hipathia. Sonó el teléfono. Marisa, la telefonista, cantó el nombre de
Ruth.
—PĆ”samela-dije, esbozando una sonrisa que nadie vio.
—¿Jordi? No te lo vas a creer, he conocido a dos super millonarios, y
”de mÔs de sesenta años! Me lo estoy pasando en grande. ¿Y tú?
—Va, rutina. Lo de siempre, clientes, reservas y algĆŗn pequeƱo lĆ­o.
—Nada importante, espero.
—No, tonterĆ­as. Disfruta mucho y coge un buen bronceado.
—Para que tĆŗ lo disfrutes Āæeh, pillĆ­n?
Nos enviamos montones de besos y de promesas de difĆ­cil cumplimiento.
Luego, en un par de lƭneas mƔs abajo escribƭ en la agenda: Te
echo de menos.
Medité sobre el relato de Ramón Pagés. La hipótesis del pacto diabólico
era demasiado novelesca para tenerla en cuenta; sin embargo, todos
sus detalles daban consistencia a la historia, aunque, en ocasiones, las
apariencias pueden llevarnos a equĆ­vocos…
Recuerdo que, cuando era un simple botones, paraba por el hotel un
gran periodista. CƩsar GonzƔlez Ruano colaboraba con La Vanguardia
de Barcelona; era de pluma fƔcil y mordiente. Cuando estaba por Catalunya
residĆ­a en Sitges. Su lugar favorito para escribir era el chiringuito
del Paseo MarĆ­timo, con toda probabilidad el primer establecimiento
playero con ese genƩrico, como asegura una placa en el muro trasero del
local. Con bastante frecuencia, Ruano, viajaba a Barcelona y se alojaba
en el Manila. Me encantaban muchos de sus artĆ­culos, hasta que le vi en
persona. Estaba sentado en el salón del primer piso, tuve que avisarle
de que le llamaban de Madrid. CantƩ su nombre y una mano huesuda
apareció del fondo de un sillón, no me respondió, se limitó a levantar el
brazo para indicar con un gesto del Ć­ndice que me acercara. Cuando lo
hice quedƩ estupefacto, mi mente infantil, influenciada por las lecturas de
Egipcíacas, lo relacionó con el diablo. Delgado, seco-en todos los aspectos-
repeinado hacia atrƔs, rostro demacrado, invadido por una gran nariz;
el labio superior fino, cabalgado por un bigotito delgado que recordaba
a los mostachos de BelcebĆŗ, el inferior caĆ­do y aborbonado; sus manos
macilentas de dedos luengos y esquelƩticos adornados por unas uƱas de
gran tamaƱo, en particular las de los meƱiques exageradamente largas y
con las que se hurgaba a menudo en los oĆ­dos en busca de cerumen. Todo
esto le confería un aspecto diabólico. Alguien me dijo que la catadura no
lo era todo y que nada tenƭa que ver el periodista madrileƱo con SatanƔs.
Luego me enterƩ de la verdadera personalidad de Ruano, de sus andanzas
por Alemania y Francia en tiempos de guerra, de sus supuestas
denuncias a los nazis de judƭos y de espaƱoles exiliados, despuƩs de prometerles
ayuda. Eran tantos sus trapicheos, que fue recluido en la cƔrcel
de Cherche-Midi por la propia Gestapo por traficar con visados. Era un
animal literario y por eso le cundieron creativamente los menos de tres
meses pasados en prisión. Terminada la guerra fue juzgado en ausencia
por el nuevo Gobierno francƩs y condenado en rebeldƭa a veinte aƱos de
prisión por «inteligencia con el enemigo». Ruano había delatado a los
nazis a sus compañeros de reclusión. Sus escritos mantenían la fuerza de
la adolescencia y la mala leche de los rencorosos. Un artĆ­culo de Ruano
de 1949 en el periódico Arriba y La Vanguardia, privó a Margarita Xirgu
de regresar a España. El incisivo escritor lo titulaba, ”Ya se salvó el teatro!
La mariposuela, nombre que daba a sus artĆ­culos, dedicada a la Xirgu, insinuaba
que era una artista vulgar y llena de rencor. Por eso nunca dudƩ de
que, el verdadero Ruano, tenĆ­a mucho que ver con su apariencia fĆ­sica. Su
cuerpo delgado, algo encorvado, su mirada torva, el bigotito procesional,
sus uƱas escarbando insistentes en el oƭdo externo y su dudoso historial,
creaban en mi mente adolescente la exagerada perspectiva de contemplar
a un ser infernal.
Al día siguiente leí en el periódico el fallecimiento de otro gran periodista,
Manuel del Arco. Este sƭ tenƭa todo mi beneplƔcito y su muerte
fue una terrible noticia. El rey de las entrevistas, como yo le llamaba,
era capaz de desnudar el alma de sus entrevistados. TenĆ­a por costumbre
enterarse por conserjes y recepcionistas-tambiƩn por las inefables telefonistas-
si en el hotel se alojaba algĆŗn famoso y entonces le pedĆ­a una
conversación para su columna Mano a mano a la que al final añadía una
caricatura muy personal del entrevistado. Algunos aƱos atrƔs habƭa podido
ayudarle a conseguir citas periodĆ­sticas con Salvador DalĆ­ y con Lola
Flores, entre otros. Nunca defraudaba al lector y muy pocas veces al ego
del personaje. Manolo del Arco era la antĆ­tesis de Ruano en su aspecto
humano. Rostro noblote y mirada profunda, escondĆ­a su innata timidez
en una aparente rudeza. Si Ruano me parecĆ­a fantasiosamente un habitante
del averno, Manolo me daba la sensación de un Ôngel tosco pero genial,
por lo menos en la forma de conducir sus diƔlogos. Y tal vez lo fuera.

El diablo en la Catedral de Arequipa (PerĆŗ)




GonzƔlez Ruano
Manuel del Arco
Diablo del Templo SatƔnico de Detroit
GƔrgola de la Iglesia de Betheelm en Nantes
El autor en la puerta del Palacio del Arcediano, bajo la sombra demonƭaca una gƔrgola de la Catedral. Foto Nanae

UndĆ©cima entrega: De tortugas, sotanas y verbenas.

La tortuga y la sotana


Barrio Gótico, junio 1971

LlamƩ a Enrique Ripoll un par de veces para que me pusiera al corriente
de los interrogatorios al personal del hotel presente en la Ćŗltima
cena de Camperol. Sabƭa, por los comentarios de los demƔs,
que uno de los ayudantes de camarero habĆ­a sido, merced a una generosa
propina de Torras, el que sustituyó la servilleta del finado. No quise tomar
ninguna decisión al respecto antes de hablar con Enrique. Me limité a esperar
su llamada. A eso de las seis de la tarde, Esperanza, una de nuestras
telefonistas, me anunció que Ripoll estaba al teléfono.
—El crio ha cantado de plano –dijo, con el tĆ­pico argot policial-. Proporcionó
una servilleta de vuestro ajuar a Torras y este se la devolvió
con la nota que escribió en ella después de pincharse en el índice con un
pequeño punzón y obtener tinta de plasma.
—Una estupidez para ganarse una propina…
—Y se la ganó, nadie notó nada, excepto el propio Camperol.
—¿Pudo Ć©l envenenar el plato?
—No, quĆ©date tranquilo, el plato salió directo de las cocinas como los
otros y el camarero que se lo sirvió a Camperol fue otro. Por otro lado
hemos podido comprobar que Torras no tuvo acceso ni al office ni, desde
luego, a la cocina.
—Entonces… –dije, cambiĆ”ndome el auricular de oreja y cruzando las
piernas sobre el escritorio.
—Entonces… debemos volver a la teorĆ­a del infarto. Nadie tuvo acceso
ni a la cocina, ni al plato. Tu muchacho sacó la servilleta que proporcionó
a Torres de unos de los aparadores que habƩis venido utilizando todos
esos dĆ­as y, que yo sepa, no han habido mĆ”s muertos –dijo con sorna.
—Si mis empleados no pudieron, tal vez debamos volver a la teorĆ­a
del diablo.
—Jorge, el demonio no tiene carnet de identidad y dudo que acuda a
un requerimiento policial o a un exhorto del juzgado.
—Por cierto, Āæsabes algo de nuestra lista de candidatos?
—SĆ­, es una larga lista de mĆ”s de cien catalanes que participaron en el
combate, si en el inventario sólo contamos a los que cayeron prisioneros
queda un listado de noventa y dos nombres, pero si la reducimos sólo a los
oficiales y a los alfƩreces de complemento, nos quedamos con dieciocho
de los que sobrevivieron al final de la guerra un total de once candidatos.
— Buen trabajo, Enrique. ĀæEstĆ” en la lista Joan Deulovol?
—¿El cura del lĆ­o de los obispos catalanes?
—El mismo.
—Esa sĆ­ que es buena –dijo, y se hizo un silencio de algunos segundos,
pronto oí su habitual carraspeo-. Sí, estÔ en la lista, ¿cómo lo sabías?
—Era una de las voces que detectó Nogal, por cierto ha confirmado la
de Camperol; estĆ” en nuestra lista, supongo.
—SĆ­, tambiĆ©n estĆ” Torras, nos faltan sólo dos.
El conjunto de la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona
acogĆ­a entre sus muros la residencia del arzobispo y el Palacio
Episcopal, cuya fachada daba a la Plaza Nueva. PreguntƩ a un conserje de
sotana con lamparones por Deulovol, supuse piadosamente que las manchas
blanquecinas serĆ­an de cera. Me dijo que mi visita estaba anunciada
y que me esperaba en el Archivo Municipal, a pocos metros del Palacio.
El Archivo estaba situado en otro palacete, la antigua casa de l’Ardica,
el diÔcono de la catedral. Era un edificio ecléctico de base gótica, apoyado
en la primitiva muralla romana. AdemƔs de su interƩs investigador y
cultural como archivo, su patio central era digno de verse, una hermosa
fuente y una elegante palmera datilera, le convertĆ­an en un lugar idĆ­lico y
tranquilo. Deulovol me esperaba en la escalera que conducĆ­a a la terraza
superior. Era grueso, casi orondo, como los cardenales del renacimiento,
sus escasos cabellos se habĆ­an hecho fuertes en el cogote y sobre las orejas,
grandes y carnosas, su rostro era innoble pese a su dignidad eclesiƔstica.
La negra sotana se dibujaba en el primer descansillo, su indumentaria
contrastaba con mi polo rojo, parecĆ­amos la bandera de la CNT… o la de
la Falange. Me hizo una seƱal y le seguƭ hasta la galerƭa. Algunos turistas
paseaban indiferentes por ella admirando las formas del edificio.
—AquĆ­ hablaremos tranquilos.
—VerĆ”, le he pedido esta cita porque creo que estĆ” en peligro.
—Los servidores de Dios siempre estamos preparados para le peligro
y las tentaciones –dijo, como si estuviese dando un sermón.
—No me voy a andar con rodeos, Deulovol, sĆ© lo de Flix y el nombre
de los cinco –dije para sonsacarle-. Seguro que estĆ” al corriente de las
muertes de sus camaradas, trato de evitar que a usted le pase lo mismo.
—No sĆ© de quĆ© me habla, Brotons.
—Bien, entonces esperarĆ© a asistir a otro sepelio. Buenos dĆ­as.
—Espere, espere, Brotons. ĀæPor quĆ© cree que necesito ayuda? – preguntó
en tono nervioso.
—El mismĆ­simo Opus me la ha pedido… estĆ”n tan despistados y acojonados
como usted –le respondĆ­ sosegado, pero imperativo.
—Vamos a imaginar que le creo, cómo puede ayudarme. ĀæCuĆ”l es su
historia?
—No es la mĆ­a, es la suya. Tengo constancia del supuesto pacto con
SatÔn y todo lo ocurrido, un oficial republicano les oyó la noche anterior
a que fuesen liberados. Trato de descubrir quiƩn desea eliminarles, porque
no veo al Maligno vengƔndose de ustedes. Si hubo pacto, sus almas ya no
les pertenecen, sus cuerpos todavĆ­a sĆ­.
—EstĆ” usted diciendo tonterĆ­as, Brotons, quĆ© es eso del pacto con SatanĆ”s…
—No me diga que la Iglesia no cree en el diablo.
—Ni afirmo ni niego, aunque eso de pactar con el demonio es propio
de la edad media.
—Ya, como el Codex Gigas y sus conjuros.
—No entiendo, ĀæquĆ© quiere decir? –dijo con disimulada sorpresa.
—Torras escribió el nombre del códice con su propia sangre en una
servilleta, trataba de avisar a Camperol de algĆŗn peligro que a la postre
les causó la muerte a ambos. Esa era la señal que tenían ustedes cinco
para comunicarse.
—¿QuĆ© es lo que quiere, Brotons?
—Advertirles de que alguien va tras de ustedes y no pararĆ” hasta verles
muertos, haga lo que quiera, yo he cumplido con la misión de avisarle
y ahora le ruego que usted haga lo mismo con los otros o si prefiere tambiƩn
lo harƩ yo-dije apostando al todo o nada.
—A GabaldĆ” llĆ”mele usted, hace mucho tiempo que no nos hablamos.
Me pareció una suerte inesperada, Deulovol confirmaba su participación
y me daba el nombre de otro de los violadores; estaba impaciente
por contƔrselo a Ripoll y a Nogal.
Salí mÔs satisfecho de lo esperado. Pasé por delante del buzón modernista
de la fachada y, como buen barcelonés, acaricié el caparazón de la
tortuga para tener unos días de suerte. La necesitaba. Era un buzón tan
peculiar como bello, labrado sobre piedra, de la Ʃpoca en que el archivo
era el Colegio de Abogados a finales del siglo XIX. A la tortuga, que
representa la lentitud de la justicia, la acompaƱan cinco golondrinas figurando
con su vuelo la independencia de la propia justicia y siete hojas de
hiedra que simbolizan los enredos burocrƔticos. Mis indagaciones eran
tan lentas como la tortuga y farragosas como la hiedra, pero tenĆ­a que
evitar que mis cinco golondrinos quedaran inmunes de su pecado, por eso
me encomendƩ a la justicia humana y a la divina.
Ripoll disfrutó con mis averiguaciones, Carles GabaldÔ i Flores era
uno de los personajes que mƔs despreciaba.
—Es nuestro cuarto jinete del Apocalipsis –dije, mientras nos sentĆ”bamos
en sendos taburetes del bar del hotel.
—Es un indecente, el hombre de las mil caras, un oportunista que
ahora presume de catalanismo, pero que fue un perseguidor de todo lo
que oliera a rojo, masón e independentista, como él siempre decía. Me
avergüenzo de que estuviese en el ejército nacional. La verdad, Jordi, es
que no me importaría que fuese el próximo de la lista.
—”Por Dios, Enrique, eres un poli!
—Precisamente por eso, sabemos distinguir entre un chorizo y un cabrón
de guante blanco y te aseguro que nos caen mejor los primeros que
los segundos. Si se me pusiera a tiro de esta… –dijo– , acariciando la funda
y la culata de su Astra.
Tuve que apagar su indignación con un J&B doble. Ripoll carraspeó
despuƩs del primer trago.
—”Es que no puedo verle! –exclamó-. Ahora Ćŗnicamente nos queda
averiguar el nombre del quinto. Y ya sabes, no hay quinto bueno.
Sacó del bolsillo de su americana una lista con los nombres que me
había adelantado por teléfono. Subrayó el nombre de Carles GabaldÔ.
—”Ese cabrón! –farfulló-. Se ha cambiado el nombre de Carlos por
Carles para parecer mƔs catalƔn, pero con el apellido no le dejan arreglar
lo del acento. Ɖl estaba en Falange y su hermano menor en el Tercio de
Nuestra SeƱora de Montserrat, era el mejor de la familia, los tuyos le
pegaron cuatro tiros en uno de los ataques de la Sierra de Cavalls, en el
Ebro.
—Siempre mueren los mejores.

—Los otros tambiĆ©n mueren, quizĆ” un poco mĆ”s tarde, pero tambiĆ©n.
A ver si hay suerte. Teniendo la lista casi completa y viendo el pelaje de
esos tipos, me serÔ bastante fÔcil localizar al último. Dame un par de días.
Salió del hotel convencido de que entre los supervivientes o en su
entorno tenĆ­amos al asesino. Lo que habĆ­a empezado con un inesperado
infarto se estaba convirtiendo en un caso con todos los ingredientes de un
cóctel policĆ­aco de primer orden y eso le encantaba a Ripoll… y tambiĆ©n
a mĆ­.

Noche de verbena

Barcelona, 23 de junio de 1971

Mi amiga Hipathia, la bibliotecaria de Egipcíacas, me llamó por
telƩfono.
—MaƱana es la verbena de San Juan, Āæsigue en pie la cena?
—Por supuesto, el cambio de solsticio siempre es un buen presagio.
—TambiĆ©n es noche de brujas –dijo, en tono jocoso.
—Bueno, correrĆ© el riesgo…
La verbena de San Juan era una de las fiestas mƔs celebradas en Barcelona,
desde los hogares mƔs pudientes hasta las mƔs humildes moradas
loaban la entrada del verano con evocación pagana. Las cocas ocupaban
los escaparates de todas las pastelerƭas de la ciudad, las ventas de champaƱa
se disparaban y tambiƩn la de los efectos pirotƩcnicos; era la noche del
fuego. El cielo de Barcelona se llenarĆ­a de luminosos y ensordecedores
fuegos de artificio y en las calles y plazas las hogueras consumirĆ­an los
muebles viejos y objetos de madera que los niƱos de cada barrio habƭan
podido recoger de sus vecinos durante toda la semana. Antiguas cómodas,
listones carcomidos, puertas cansadas de abrir y cerrar, mesas con viejas
heridas de muescas y araƱazos, sillas astilladas y todo lo que pudiese
arder, formaban una lĆŗdica pila, coronada en ocasiones, por una escoba
simbolizando a las brujas o por un monigote de paja que representaba al
diablo o a un espĆ­ritu perverso; sabido es que el fuego purificador aleja
y atemoriza a los malos espĆ­ritus que campan a su albedrĆ­o durante esta
noche. Todo culminaba con el ritual de los baƱos de medianoche porque
el agua se cargaba de fuerza sanadora. Era una noche propicia para las
curaciones y los rituales mƔgicos.
En todos los barrios y en muchas terrazas los barceloneses celebraban
la llegada del nuevo solsticio con mĆŗsica y baile y degustando la famosa
coca, rellena con frutas, chicharrones, crema o cabello de Ɣngel; la orto-
doxia exigĆ­a que la coca fuese el doble de larga que de ancha. Con todos
esos componentes la noche se convertƭa en mƔgica.
Cenamos entre el fantƔstico estallido de las pirotecnias y el conjuro
de las luces surcando el espacio, dibujando las mƔs caprichosas formas.
Palmeras y cascadas de destellos multicolores acompaƱaban a los raudos
cohetes que cruzaban el cielo antes de silbar y detonar con estrƩpito,
rompiendo el imposible silencio de aquella noche. No nos pudo faltar el
champƔn y por supuesto la coca de crema preparada en nuestras cocinas.
Brindamos por los lejanos dĆ­as en que descubrĆ­ que un libro suele contener
un sueƱo. Hablamos precisamente de aquellos tiempos y me atrevƭ a
contarle que fue una de mis musas preferidas en mis primeros escarceos
por el mundo del erotismo. Se rió de mis comentarios, sobre todo de mis
espionajes infantiles cuando colocaba los libros en las estanterĆ­as.
—Te aseguro de que no era consciente, para mĆ­ siempre fuiste aquel
niƱo de pelo rizado y alborotado, con una tremenda avidez de saber y que
me miraba con ojos interrogantes.
—Es que tu biblioteca tenĆ­a todos los ingredientes de una aventura.
Lecturas maravillosas, un hada madrina y aquel olor a libros mezclado
con tu agua de colonia. Deberían homologarlo como el rincón de las palabras
sabias y las sensaciones placenteras.
Ella me miró como la profesora orgullosa del alumno que destaca.
Dejó con parsimonia su copa sobre la mesa.
—Te propongo ir a la verbena de unos amigos. No estĆ” demasiado
lejos de aquĆ­.
AceptƩ, el hotel estaba tranquilo, pese a que mƔs de un cliente estarƭa
acordƔndose de la familia de los artificieros. En el restaurante, los pocos
comensales que todavĆ­a se resistĆ­an a dar por finalizada la velada, apuraban
sus Ćŗltimos licores y en el bar del hotel las conversaciones y el humo
subĆ­an de consistencia, los camareros no daban abasto, augurando una
buena caja; todo normal en una noche de San Juan.
Nos desplazamos a pie a una finca de la calle Balmes. Las calles olĆ­an
a pólvora y los voladores de fuegos artificiales se cruzaban como estrellas
fugaces. Grupos de verbeneros felices y chispeados desafiaban a los
semƔforos en Ɣmbar. El enƩsimo quemado ingresaba en las urgencias de
algĆŗn hospital y oleadas de gente se dirigĆ­an a la playa de la Barceloneta
para baƱarse en las aguas mediterrƔneas. Al llegar a uno de los portales,
Hipathia apretó un de los timbres del portero automÔtico. El portal se abrió
sin que nadie preguntara quiénes éramos. Subimos en ascensor al último
piso, en la puerta un cartel advertĆ­a de que la juerga estaba en el terrado,
no hubiese hecho falta el aviso puesto que se oĆ­a perfectamente la mĆŗsica
y la algarabƭa. Ascendimos a piƩ un piso mƔs, la puerta abierta de la azotea
mostraba una animada verbena. Farolillos de colores se alternaban con
banderitas de paĆ­ses reales e inexistentes, el tocadiscos cantaba el Rock
de la cÔrcel con la sensual voz de Elvis, la fiesta de la prisión de Presley
se mezclaba con la de la terraza provocando el baile desenfrenado de las
parejas. Sobre una mesa las copas de champƔn y las suculentas cocas saciaban
los excesos del bailoteo y los vacĆ­os estomacales. Algunos grupos
trataban de mantener una conversación entendible entre el sonido excesivo
de la orquesta de presos de la prisión roquera. En uno de esos corrillos
alguien disertaba sobre un tema inentendible para un oƭdo reciƩn llegado.
Era un tipo de unos cincuenta aƱos, delgado y aparentemente fibroso,
de estatura superior a la media, rostro alargado, de agresivos ojos pardos
que protegĆ­a bajo los cristales de unas gafas de pasta cabalgando sobre
una prominente nariz. Boca grande y labios gruesos que separaba con un
chasquido cada vez que empezaba la frase. Destacaban sus grandes manos
de luengos dedos huesudos y algo deformes, uƱas excesivamente largas,
aunque cuidadas, las de los meñiques superaban a sus hermanas; me recordó
a las de un periodista y cliente del hotel: CƩsar GonzƔlez Ruano.
El orador verbenero me pareció un bocazas con gestos de charlatÔn y con
una suficiencia desmedida, el auditorio le escuchaba como quiƩn atiende
a un portador de orÔculos. Hipathia y yo nos acercamos, ella esperó a que
terminase uno de sus interminables monólogos y me presentó.
—El profesor Albert Gassiot…, mi amigo Jordi Brotons, director del
Manila Hotel –dijo, como si esto fuese alguna garantĆ­a de erudición.
—Encantado –contestó Ć©l, extendiĆ©ndome aquella monumental mano,
pero mirando a Hipathia de forma descarada.
Estuve a punto de retirar la mĆ­a y dejar su saludo al aire; no obstante,
si era amigo de mi bibliotecaria, no podĆ­a ser un mal tipo.
—Es un gran experto en temas medievales. Ɖl fue quiĆ©n me amplió
algunos de los datos del Codex Gigas.
—Fue un placer, amiga Luisa, –dijo, descubriĆ©ndome el verdadero
nombre de mi amiga, que nunca habĆ­a sabido o que tal vez habĆ­a olvidado-.
Luisa me comentó que tenía usted mucho interés en los temas demoníacos.
—Bueno, no en toda su extensión, sólo en un tema en concreto –dije,
apurando mi copa de champƔn.
—¿Puedo preguntar en cuĆ”l?

—En los pactos demonĆ­acos y en la forma de romperlos.
—Vaya, interesante tema. ĀæCree de verdad que se puede pactar con
SatanƔs?
—No, no lo creo… incluso dudo mucho de su existencia; sin embargo,
hay gentes que opinan lo contrario y lo que me interesa es el curso mental
y la visión de la realidad de estos individuos.
— A la sazón, usted piensa que no hay poderes extrasensoriales-dijo,
elevando el tono de voz por encima de los gorgoritos de los Bee Gees cantando
How Can You Mend a Broken Heart, preguntÔndose cómo podían
reparar un corazón roto. No sé el porqué, pero pensé en Camperol.
—Por supuesto que sĆ­ –respondĆ­-. El ser humano posee percepciones y
clarividencias extraordinarias, un sexto sentido, aunque estƩ inexplorado
para la mayorĆ­a de nosotros.
—Entonces tambiĆ©n creerĆ” en los poderes ocultos-dijo, elevando la
voz e intentando captar la atención de todos.
—¿Se refiere a los de la banca o a los polĆ­ticos? –preguntĆ©, levantando
una carcajada entre el corro de oyentes, que no gustó nada a Gassiot.
— Me refiero a los de seres que habitan en el infierno… repuso, chasqueando
sus labios de forma exagerada y salpicando de saliva a un par de
boquiabiertos asistentes.
—Seres malignos, infierno, pecadores, demonios… Āæno le parece que
tenemos mƔs que suficientes en nuestro entorno sin tener que bajar al
averno?
—Le voy a decir algo, Brotons, que espero entienda en toda su dimensión.
Los Ɣngeles caƭdos estƔn entre nosotros. SatanƔs y los demonios fueron
creados naturalmente buenos, su lucha para hacerse con el poder divino
les hizo caer en desgracia. ¿Y sabe por qué? Porque perdieron aquella
batalla. Otras leyes, otras verdades y otras razones mĆ­sticas prevalecerĆ­an
en caso de haber vencido y hoy serĆ­an otros los malos y los perversos.
—Mire, Gassiot, a mĆ­ lo que me parece maravilloso fue lo del Apolo
XI. Aquello sĆ­ fue un pacto con el progreso, permĆ­tame que ponga en
duda que seres superiores o malignos influyen en nuestras vidas; la culpa,
querido Bruto, no estĆ” en nuestras estrellas sino en nosotros mismos que
consentimos en ser inferiores –dije, parafraseando a Shakespeare.
—¿Y en las posesiones diabólicas?
—Tampoco creo en ellas, puesto que no creo en el diablo. No creo
que uno se despierte un dĆ­a y por las malas se encuentre poseĆ­do por el
demonio.
—No, no es asĆ­. Sucede si ese uno se relaciona con el mal.
—En ese caso, Gassiot, serĆ­an millones los poseĆ­dos.
La discusión terminó en aquel momento. Gassiot me miró desde sus
gafas de pasta como si fuese un ignorante irrecuperable. Hizo un gesto de
negación con su mano derecha, los dedos parecieron romperse y las uñas
brillaron a la luz de los farolillos, se dio media vuelta y se dirigió hacia
otro grupo cuyos componentes y conversación le fuesen mÔs propicios.
—Vaya, Jordi –dijo Hipathia-, creo que no os habĆ©is caĆ­do demasiado
bien…
—La verdad es que no es mi tipo.
—Hubo un tiempo en que sĆ­ fue el mĆ­o-dijo mi amiga, sorprendiĆ©ndome.
—¿Uno de aquellos tipos que te hacĆ­an llegar ruborizada por las maƱanas?
Hipathia esbozó una enorme sonrisa.
—SĆ­, sĆ© que es un creĆ­do y que le gusta hablar ex cĆ”tedra, pero es un
hombre con muchos conocimientos, capaz de deslumbrar a una joven con
poca experiencia.
Nos apartamos de las demÔs conversaciones hasta un rincón retirado
del terrado, desde allĆ­ podĆ­a verse el principio de Las Ramblas y parte de
la plaza de Catalunya.
—Al cabo de poco tiempo lo dejamos, descubrĆ­ que era yo la que
deslumbraba. Me di cuenta de que podĆ­a vivir, no una vida, sino varias.
Cada relación me abría un abanico de posibilidades. Si en una biblioteca
podemos disponer de los pensamientos de los mejores, ¿por qué debemos
satisfacernos con una o dos experiencias de vida? En un mundo en que las
mujeres somos seres de segunda división, nuestro intelecto y belleza puede
satisfacer todas las necesidades de relación escogiendo a los mejores
de cada momento, sin comprometerse atƔndose a un solo hombre. PensƩ
que no debĆ­a conformarme con alguien que podĆ­a destrozar mi existencia
o convertirla en vulgar, si podƭa enmaraƱar la vida de muchos sin estropear
la mĆ­a.
—¿Y el amor?
—El amor no llegó, o no ha llegado todavĆ­a, cuando aparezca lo sabrĆ©.
—¿Debo desear que sea pronto?
—Me quedan todavĆ­a muchos libros por leer –dijo sonriendo.
Pasadas las tres de la madrugada la acompaƱƩ a su casa. Nos besamos
frente a su portal.
—Debo hacerme a la idea de que has crecido. Sigo viendo aquel niƱo
de pelo rizado y ojos grandes-dijo, a modo de disculpa.
La observé entrar en el portal, con sus andares de neoplatónica griega,
girarse y enviarme un beso con la mano, tan casto como mis pensamientos
las primeras veces que la vi.

Buzón de la Casa de l’Ardiaca. Antiguo Colegio de Abogados y antes, casa del Arcediano. Foto: Nanae
Casa del Arcediano. Foto Nanae.
Catedral de Barcelona. Foto Nanae
Barcelona 60s "Nit de Sant Joan" | Fotos de barcelona, Fotos de ...
Dibujo para la novela de Anii Dream

DĆ©cima entrada: Donde se habla de las noches barcelonesas del aƱo 1971

Barcelona la nuit

Barcelona, junio 1971

RecibĆ­ una conferencia desde ParĆ­s, era de Ruth. Me contaba que
estaba en su salsa, conociendo gente, todavĆ­a no alternaba con los
multimillonarios, aunque todo se andaría. Apareció por el hotel
mi amigo Jaime Gil de Biedma, se marchaba el lunes siguiente a Filipinas
por cuestiones de trabajo. Era sƔbado por la noche y vino a buscarme para
darnos una vuelta por las nocturnidades condales. DudƩ un poco porque
con Jaime y sus amigos la cosa podĆ­a acabar entre las cuatro y las seis de
la maƱana o perderse misteriosamente a la media hora y dejarte tirado.
—Venga, Jordi, Ā”quĆ© la vida va en serio!
—De acuerdo, Jaime, tienes que detallarme eso de Nihilismo.
—CoƱo, eso es fĆ”cil. Pasa de todo.
Barcelona empezaba a recibir oleadas de turistas y digo oleadas porque
la VI Flota aportaba lo suyo, pero todavĆ­a estaban por llegar los
tsunamis masivos, en parte porque la mayorĆ­a de los japoneses no habĆ­an
descubierto las vacaciones. La ciudad ya llenaba sus terrazas y paseos
con miles de forƔneos. Julio era el mes de los franceses, agosto el de
los norteamericanos de clase media y el de los italianos, septiembre el
de los ingleses y octubre el de los yankees ricos. Durante todo el dĆ­a los
visitantes reclamaban su lugar en el sol barcelonés y no sólo en la playa.
Sin embargo, las noches de Barcelona eran para los barceloneses, estaba
muy lejos todavĆ­a el turismo de borrachera, si excluimos a los chicos de
la VI; el de los conciertos masivos, o el de los follaerasmus. Era difĆ­cil
ver turistas en las discotecas y boƮtes de la ciudad, salvo en las cercanƭas
de los establecimientos hoteleros o las que comisionaban a los conserjes
de hotel y a los taxistas. Barcelona la nuit, era solamente para nosotros.
Quedamos en el Pipermint en la calle Bori i FontestĆ  esquina Ganduxer,
sobre la medianoche. El local, no demasiado grande y con mucho enĀ·
canto, era uno de los preferidos de Jaime, a menos de un cuarto de hora a
pie desde su sótano-vivienda de la calle Muntaner; muchas de sus poesías
habĆ­an sido paridas en alguna de sus mesas mientras veĆ­a desfilar por la
barra del establecimiento a toda la fauna de la parte alta de la ciudad. «La
barra de un bar, Jordi, es la forma mÔs refinada del acompañamiento»,
me decĆ­a.
Le localicƩ precisamente en la barra, sentado en uno de los taburetes,
con su perenne whisky en una mano y el cigarrillo en la otra, como
si fuesen apƩndices de sus dedos. Sonaba Lo importante es la rosa, de
Gilbert Becaud. Sonrió al verme, no pudo llamar mi atención al entrar
porque la canción y el ruido de las conversaciones de los parroquianos
impedían la propagación de la voz, salvo que levantaras mucho el tono.
Por otra parte, el tamaƱo del lugar permitƭa localizar un rostro amigo con
un par de vistazos a travƩs de la bruma del humo del tabaco. Me sentƩ a
su lado en un taburete milagrosamente libre, tal vez porque el ocupante
habĆ­a tenido la imperiosa necesidad de cambiar aguas, las copas del Pipermint
eran generosas.
—EcharĆ© de menos este lugar en Manila –dijo a modo de saludo.
—¿EstarĆ”s mucho tiempo fuera?
—Un par de meses, tengo que visitar la planta y repasar las cuentas…
—Imaginó que allĆ­ habrĆ” sitios como este.
Sonrió, dio una calada y la mente se le escapó hacia algún tugurio de
Manila.
—Los hay, tal vez con otro estilo. TendrĆ­as que acompaƱarme en uno
de esos viajes, hablarƩ con el presidente.
El presidente de Tabacos de Filipinas y el del hotel eran la misma
persona, Luis María de Zunzunegui, por lo que la proposición no era descabellada.
—Si le convences…, no digo este aƱo, pero dentro de uno o de dos,
me encantarĆ­a.
La fama de Jaime le precedĆ­a, era un bon vivant, pero todo un caballero.
Su homosexualidad era de todos conocida, aunque era recomendable
no dejarle a solas con tu novia. Lo que mƔs destacaba en su modo de ser
era el extraordinario respeto para con sus amigos, su estilo de vida no
comprometĆ­a a nadie, salvo que ese alguien quisiese implicarse, por otro
lado y siguiendo sus propias enseƱanzas, nunca le juzguƩ porque, ademƔs
de no tener derecho, me gustaba su visión de la vida y sus filosofías.
—Cómo va el trabajo, Āæy las investigaciones? –dijo, a la par que pedĆ­a
al camarero otro Chivas.
—Bien, ya te contĆ© que ando tras la historia de las muertes de Torras
y de Camperol.
—Vaya tipos, en teorĆ­a eran unos mĆ­sticos, muy sensatos y juiciosos,
pero tú y yo sabemos quiénes eran, aunque no compartieran ninguno de
nuestros ambientes Por eso sƩ que eran unos canallas, las gentes sin pecado,
sin debilidades aparentes, son los peores. No me extraƱa que fuesen
tras la Biblia del Diablo, tanto miedo por LeviatƔn significa que no tenƭan
la conciencia muy tranquila.
No quise contarle la historia de Nogal, no, hasta que pudiese verificarla.
—Entonces no crees que la hizo el diablo en una sola noche –dije con
mucho cachondeo.
—Ni loco, Jordi. No existe Dios, tampoco su Ć”ngel rebelde, porque si
existiera, seguro que nos conocerĆ­amos… y mira que he estado en infiernos.
ReĆ­mos a gusto. Paralelamente, alrededor nuestro, se desarrollaban un
sinfín de conversaciones y alguna que otra parada nupcial. Los jóvenes
barceloneses mostraban sus plumas a las jovencitas con intención de deslumbrarlas
y ellas les manifestaban una aparente inapetencia, envueltas
en el hechizo de sus minifaldas y de sus botas altas. Conforme avanzaba
la noche la indiferencia se iba desvaneciendo y las minifaldas menguando
desinhibidas por el alcohol. Jaime sonreĆ­a malicioso, conocĆ­a aquellas
maneras de actuar como la palma de su mano, era un gran observador.
—¿QuĆ© te parece si cambiamos de garito? A esta hora Bocaccio
debe estar ya despegando –dijo.
Estuve de acuerdo, Bocaccio era una discoteca situada en la calle
Muntaner que era el centro de la vida nocturna barcelonesa. En un sƔbado
de mediados de junio era obligado pasar por allĆ­, sobre todo para
los representantes de la gauche divine. Hasta la verbena de San Juan no
comenzaba la diƔspora de los fines de semana a las veleidades nocturnas
de la Costa Brava –sobre todo Platja d’Aro- y a las de Sitges, a setenta kilómetros
de la capital, que llenaban sus discotecas de capitalinos ansiosos
de aventuras que contar. En esos litorales sĆ­ se podĆ­a pescar una turista
quemada por el sol. Atravesamos Via Augusta y la calle CopƩrnico hasta
llegar a la ronda del General Mitre, en honor al primer presidente de la
RepĆŗblica Argentina, y de allĆ­ a Muntaner. La discoteca era un lugar con
encanto, siempre a rebosar, decorado imitando formas modernistas, puertas
–sobre todo la principal- espejos, mostradores, mesas y sillas ondulaban
sus lƭneas en madera, dƔndole un aspecto agradable y sensual, incluso
las grandes copas balón que se soportaban sobre un largo y delgado pie.
El portero nos facilitó la entrada, Jaime era mÔs conocido en Bocaccio
que su diseƱador Xavier RegƔs. Dentro, el ambiente era divertido y ensordecedor,
allí estaban en animada conversación, Oriol, principal accionista
de la disco, su hermana la escritora Rosa RegÔs y Colita, la fotógrafa que
mejor supo retratar aquel tiempo y aquellos lugares. El grupo fue creciendo
con la llegada del escritor Juan Marsé, el fotógrafo Pomés y la de la
actriz Teresa Gimpera, tambiƩn socia, y que acudƭa de caterva en caterva
para ejercer su labor de musa de Bocaccio. Al cabo de una hora el grupo
habĆ­a crecido y se habĆ­a disgregado media docena de veces, Jaime estaba
en animada conversación con un joven de pantalones ajustados e ínfulas
de actor en ciernes.
Me pareció ver en una de las mesas una cara conocida, por un momento
me costó situar aquel rostro femenino en algún cuadro de memoria
reconocible. Una luz se encendió en mi cerebro embotado por el humo de
los fumadores, la pluralidad de las conversaciones y los J&B consumidos.
Me acerqué a la joven que bebía un cuba libre con la misma fruición
que el llorado Che Guevara.
—Perdone, creo que nos conocemos –dije, en un alarde de originalidad.
Me miró de arriba abajo, era muy probable que yo fuese el quinto o el
sexto merodeador que utilizaba la taimada frase.
—No recuerdo, tal vez me confunde –respondió indiferente.
—Soy, Brotons, el director del Manila Hotel, fue en el…
No pude terminar de explicarle que habĆ­a sido en el entierro de su
padre, Robert Camperol.
—Pues claro, ahora le recuerdo, me perdonarĆ”, pero habĆ­a tanta gente…
La miré, estaba mÔs guapa que en el sepelio. Un mechón de su melena
pelirroja le tapaba parte del rostro. Aunque el rĆ­mel ya estaba ausente,
sus ojos miel seguƭan siendo sus mejores embajadores, incluso mƔs que
sus bien formadas pantorrillas que mostraba generosa asomando de una
minifalda encogida por la postura.
—¿Quiere sentarse? –dijo seƱalando una silla frente a ella en la
mesa que compartĆ­a con un grupo de gente.

Me sentƩ. Ella estaba esplƩndida, sus amigos ausentes y los camareros
atentos; todo era perfecto. PedĆ­ otro cuba libre de ron para ella y un J&B
para mí, tuve que insistir que se olvidaran de sus copas de balón habituales
y me lo sirvieran en vaso corto y con solo dos hielos. Iniciamos una
conversación pueril sobre Bocaccio, la discoteca no el escritor, pensé en
iniciar un sutil interrogatorio sobre el padre; no obstante, en aquel momento
me interesaba mÔs la hija y desistí. Evité las estúpidas preguntas
de Āævienes mucho por aquĆ­?, porque era obvia, y aquella de Āæestudias o
trabajas?, porque en aquel momento no era eso lo que me importaba. Le
dije que habĆ­a venido con un amigo, sin mencionar que era Gil de Biedma,
para no parecer pedante y que me sentƭa muy a gusto en su compaƱƭa.
—Un placer inesperado –dije.
—Ah, Āæes que te vas? –contestó, burlona.
—No sin ti –respondĆ­ desafiante.
CreĆ­ ver que se ruborizaba, a pesar de que la luz del local no era tan
esplendente como para percibirlo.
—¿Vas a raptarme?, Āæeres un pirata? –preguntó, estirando su ya
largo y sensual cuello.
—No, la que bebe ron eres tĆŗ, si acaso nos raptaremos mutuamente.
—Me parece perfecto. Marca tĆŗ el rumbo.
No me despedĆ­ de Jaime porque le vi entregado a la filosofĆ­a con el
joven de los pantalones ajustados y tenĆ­amos la norma de que dos son
compaƱƭa y tres… tener que dar explicaciones. Salimos al exterior con
los oĆ­dos taponados por la cantinela de la mĆŗsica y de las conversaciones,
tenĆ­amos los pulmones necesitados de aire limpio. Bajamos andando por
Muntaner, la calle descendĆ­a hacĆ­a el mar como una riera de asfalto, orillada
de plƔtanos, atravesando gran parte de Barcelona, aunque sin llegar
a la playa, desembocando mansamente en la Ronda de Sant Antonio.
CharlƔbamos sobre la vida nocturna de la ciudad. Al llegar al cruce de
Vía Augusta, se detuvo, me miró con desparpajo y me preguntó:
—¿Adónde me llevas?
—Pues no tenĆ­a pensado nada… tal vez a Tuset…
—Vaya un pirata… Vamos te invito a una copa.
Caminamos algunos minutos por VĆ­a Augusta, se detuvo frente a un
portal que en apariencia no albergaba ningĆŗn establecimiento nocturno.
La mirƩ interrogante.
—Es mi piso, creo que todavĆ­a me queda J&B.
A pesar de tratar de disimularlo, creo que esbocƩ una enorme sonrisa.
—No te alegres tanto, vamos sólo a tomar una copa… no a descubrir
el sentido de la vida.
—Esta noche, el sentido de la vida eres tĆŗ –le dije, mientras el ascensor
llegaba al sƩptimo piso.
Se alzó sobre las puntas de los pies y me besó en la boca. La cogí por
la cintura, justo cuando se abrƭa la puerta automƔtica del artefacto y me
refiero al ascensor. Repetimos el beso.
—Sabes, seƱorita Camperol, que desconozco tu nombre de pila.
—Me llamo Lilith –dijo, al entrar en el recibidor.
—No me extraƱa, me lo imaginaba, pero ĀæquĆ© pone en tu carnet de
identidad?
Sonrió al entrar en el salón y no contuvo sus siguientes besos, como
queriendo darle misterio a su respuesta. Al llegar al dormitorio me miró
fijamente a los ojos.
—Eulalia, mis amigos me llaman Lilí… y mis amantes de muchas
formas.
—¿No me habĆ­as prometido un whisky? –dije, al verla lanzarse a mis
brazos como si no hubiese un maƱana.
—DespuĆ©s podrĆ”s beberte la botella entera, ahora tenemos que descubrir
el sentido de la vida.
Tenía toda la razón, en aquel momento descubrir era prioritario a beber
y sentir mucho mƔs importante que hablar. Recorrimos el mar de su
dormitorio de orilla a orilla, en un carrusel de sensaciones atracando en
las ensenadas de su cuerpo, navegando entre la bahĆ­a de sus muslos y fondeando
en la gruta de la vida. Echamos anclas cuando el capitƔn pirata,
después de varias navegaciones, se replegó al cofre del muerto.
Apoyó su cabeza en mi vientre y me contó alguno de sus sueños.
Le acariciƩ la melena rojiza que, a pesar de los humos de Bocaccio, todavƭa
olĆ­a a colonia cara.
—Me dejarĆ­a raptar de nuevo-dijo, mientras su cabeza descendĆ­a traviesa
hacia el palo de mesana –¿Y si el sentido de la vida estuviese aquĆ­?
—No lo sĆ© cariƱo, pero puedes tratar de averiguarlo…
Estallamos los dos en una erótica carcajada, porque sus investigaciones
coincidieron con un saludo de agradecimiento del mƔstil pirata.
Después de dos horas de navegación, volvimos al salón, ligeros
de bagaje y vestidos de nÔufragos en día de colada de taparrabos. Sirvió
un par de whiskys y se acomodó a mi lado en el tresillo.
—Salud, brindemos por ti, princesa.
—Por nosotros.
Los vasos de cristal chocaron sabedores de que nos habĆ­amos ganado
su espiritoso contenido.
—Vamos, pregĆŗntame lo que quieras –dijo.
PasƩ mi mano libre sobre su hombro, la besƩ en los labios y ella se
arremolinó sobre mi pecho.
—¿Por quĆ© crees que tengo preguntas?
—Vamos, Jordi, se cargan a mi padre en tu hotel y luego a unos de sus
amigos a pocos metros del Manila, ni el mƔs ingenuo pirata se cree que
son coincidencias.
—Quisiera saber cosas de tu padre.
—No me andarĆ© con rodeos, mi padre era un canalla, no sólo con mi
madre a la que engaƱaba constantemente, tambiƩn con sus enemigos y
con su amigos… sus objetivos –que solo conocĆ­a Ć©llos– conseguĆ­a pasando
por encima de todo y de todos. Rompió la única relación de verdad que
he tenido porque a él no le gustaba. Fastidió la vida de mi hermana todo
lo que pudo porque es un ser libre y contestatario. Su lema era: yo, yo, yo
y los demƔs. En cuanto a su entorno y amigos ya ves de que pelaje son.
—Supongo que tenĆ­a grandes ambiciones y grandes enemigos.
—Se creĆ­a un salvador y un lĆ­der. Si lo que quieres preguntar es si
alguien tenĆ­a razones para matarle, la lista no cabrĆ­a en este sofĆ”: mujeres
engaƱadas, socios timados, competidores arruinados, aliados defraudados.
Sólo el Opus le tenía cogida la medida.
—Entonces, Āæera un hombre creyente?
—Mi padre era el diablo, Jordi. Y si no lo era, tenĆ­a un pacto con Ć©l.
Habíamos llegado al punto mÔs interesante de la conversación.
—No me interpretes mal, ni creas que es una pregunta estĆŗpida. ĀæSabĆ­as
si practicaba cierto tipo de rituales?
Ella me miró interrogante.
—Como nuestra navegación, seguro que no. Supongo que era de tiro
rƔpido. Y aparte de los del Opus, no sabrƭa quƩ decirte.
No quise preguntarle mƔs. Como en muchas familias, las actividades
paternas son un misterio para sus allegados.
Pasamos la noche juntos y no volvimos a hablar del tema, nos dedicamos
a descubrirnos, a contarnos lo justo para dejar de ser unos desconocidos
y a no violar el jardĆ­n privado que acotamos en nuestras mentes. Hay
respuestas que se dan sin que se pregunte y preguntas cuya respuesta no
nos aportarĆ­a nada, porque son brisas que han impulsado a otros bajeles.

Nos despedimos haciƩndome prometer que no la llamarƭa para una nueva
cita, como buena Lilith ella decidƭa cuƔndo volver a navegar.
Cuando necesite un nuevo rapto, lo sabrĆ”s –susurró mientras el ascensor
arribaba al sƩptimo cielo.
En el exterior, en una casi vacĆ­a VĆ­a Augusta, la luz del amanecer
atravesaba los jardines del Turó Park e iniciaba el milagro cósmico de un
nuevo dĆ­a.

La voz del pasado

Paseo de Gracia, junio de 1971

Tenía una nariz romana, un pasado terrible, una desvergüenza desmedida
y un pacto con el diablo y ademƔs, una hija preciosa de
melena irlandesa y otra hippie, nada de eso pudo evitar que acabara
en los dominios de Pedro Botero, si es que tal lugar existe fuera de
nuestras mentes y de la parafernalia religiosa. Confirmar si tambiƩn era
uno de los violadores de Flix estaba en la capacidad sensorial de Nogal.
Me puse en contacto con Salvador Escamilla, locutor de radio Barcelona
y cliente del hotel. Sin darle grandes explicaciones, le pedĆ­ si en los
archivos radiofónicos de la emisora tendrían alguna grabación de Robert
Camperol. Al cabo de pocos días me llamó para decirme que disponían de
un par de cintas con la voz del difunto. QuedƩ con FƩlix Nogal en el hotel
para ir juntos en taxi a la emisora barcelonesa. El taxista frunció el ceño
cuando, JesĆŗs Lucea, el portero de turno, le dijo nuestro destino a pocos
minutos del Manila. Muchos taxistas esperaban horas en la puerta del
hotel con la esperanza de que les saliera una buena carrera al aeropuerto,
hasta alguna población de la periferia o a un punto distante de Las Ramblas,
para que su contador marcara un generoso guarismo y contando con
una esplĆ©ndida propina, pero un trayecto de apenas setecientos metros –
kilómetro y poco en coche-, hasta la calle Casp, casi esquina con Passeig
de Gràcia, truncaba esas expectativas; corrigió su expresión al comprobar
que el servicio era para mĆ­, convenĆ­a estar a buenas con el dire. No
obstante, dio un magnífico rodeo y tardó bastante mÔs que si hubiésemos
ido a pie. A pesar de la pequeƱa triquiƱuela le di una propina rumbosa.
ConvenĆ­a estar a buenas con los taxistas.
Subimos al primer piso, nos recibió Salvador Escamilla, director de
Radioscope, la ventana a las ondas de la llamada Nova CanƧo. Su programa
habĆ­a descubierto y promocionado a un buen grupo de representanĀ·
tes de éxito de la canción catalana, entre ellos Joan Manuel Serrat, Lluís
Llach o el grupo La Trinca.
—Pasad, pasad, en los archivos han localizado cintas de actos oficiales
con la intervención de Camperol-dijo con su magnífica voz de cantante
y locutor.
Entramos en uno de los estudios que estaba vacƭo, un tƩcnico puso
desde la cabina las cintas seleccionadas. Las pasó un par de veces, una de
ellas correspondía a un pequeño discurso de una inauguración y la otra
de una entrevista a Camperol, precisamente en radio Barcelona. Nogal
confirmó, sin ninguna duda, que la voz de la entrevista y la de orador eran
la del llorón de Flix.
—Era el que gimoteaba –aseveró.
Le estaba dando las gracias a Escamilla por su favor, cuando Nogal
nos sorprendió de nuevo.
—El tipo que le presenta en la inauguración, tambiĆ©n estaba allĆ­.
—No jodas, exclamó Escamilla, ĀæsabĆ©is quiĆ©n es?
—Me temo que sĆ­ –dije.
—”Con la iglesia habĆ©is topado! –exclamó Salvador.
—¿QuiĆ©n es? –dijo Nogal con impaciencia.
—Luego te lo cuento.
Salimos de la emisora, y en vez de regresar al hotel le propuse a FƩlix
tomar algo en la terraza de la CafeterĆ­a Navarra. Nos sentamos en
una de las mesas del exterior porque el ruido de la circulación del
Passeig de Gràcia disimularía parte de nuestra conversación, que no importaba
a nadie mƔs que a nosotros. En cuanto estuvimos acomodados,
entrƩ con la excusa de pedir nuestras consumiciones y poder asƭ admirar
la cristalera modernista del techo. Degustando nuestros riojas le aclarƩ
quiƩn era su tercer hombre.
—Joan Deulovol.
—Joder, Āæel cura?
—El capellĆ”n, uno de los hombres fuertes de Modrego, el arzobispo
anterior, y ahora, despuƩs del nombramiento hace tres aƱos de Marcelo
GonzÔlez, uno de los mÔximos impulsores de la campaña de movilización
nacionalista que exige obispos catalanes. Deulovol tiene todos los nĆŗmeros
para ser nombrado coadjutor, con derecho a sucesión, y paralelamente
se habla de un inminente traslado de Marcelo y en cuanto esto suceda…
—O sea que en unos meses tendremos a un violador que ha firmado un
pacto con SatanƔs de arzobispo de Barcelona.
—Ese es el intento, la presión de la campaƱa Volem bisbes catalans,
estĆ” dando sus frutos.
—Espero que haya otros candidatos.
—Los hay, se habla de Narciso Jubany, pero Deulovol tiene todas las
preferencias.
—¿Cómo sabes tanto de estos asuntos, Jordi.
—Un hotel es como un gran confesionario, FĆ©lix y ademĆ”s con camas
y restaurantes, por nuestro negocio conocemos a los pecadores de pereza,
gula y lujuria, pero tambiĆ©n los de soberbia o envidia… y de avaricia e
ira, en cuanto les pasamos la factura, tanto seglares como clƩrigos. FƩlix
estalló en una gran carcajada.
—No me imagino… –dijo, y no obstante, a pesar de su negación, FĆ©lix
andaba fabulando con algĆŗn prelado pecando de gula o de lujuria.
—Ya te he dicho que es como un gran confesionario y jamĆ”s revelamos
los secretos de confesión.
Paramos otro taxi para regresar al hotel. Nogal subió el primero y lo
hizo con la soltura de un vidente.
—Al hotel Manila –dije, una vez acomodado.
El taxista, farfulló algo en voz baja que no entendimos. Imaginamos
que su enunciado no le hubiese gustado a ningĆŗn purpurado.
—Les llevo por VĆ­a Layetana o por Arco del Triunfo – preguntó, para
calibrar sibilinamente nuestros conocimientos en rutas callejeras.
—Directos a Las Ramblas –dijo FĆ©lix-, soy ciego, pero no turista.
El conductor no contestó, puso la primera y arrancó. Miré a Nogal y
sonreĆ­mos.
Yo me bajarƩ en el hotel y despuƩs mi compaƱero continuarƔ hasta
Sants.
El taxista sonrió al saber que, a la postre, no sería una carrera corta

Jaime Gil de Niedma

Novena entrega: Panorama desde la casa del Opus…

Conversaciones al otro lado del puente


PremiĆ  de Dalt, junio de 1971

Enrique Ripoll apareció por el hotel una mañana para contarme, según
dijo, muchas cosas. Fuimos a mi despacho y le pedĆ­ a Quendy,
la secretaria de dirección, que no nos molestase nadie.
—Traigo noticias, Jorge –dijo Ripoll, resollando.
—SiĆ©ntate, Enrique, y tómate un respiro, no serĆ” tan urgente.
—Lo es, lo es. Ā”Tenemos el arma del crimen!, bueno, la hoja de un
bisturí apareció en la plaza del Pi en una papelera. Sin huellas, claro, es
de una cuchilla de cirujano de hoja intercambiable, nada peculiar.
—Esto se pone interesante-dije, con la garganta seca por la emoción.
El rostro de Enrique no podía ocultar su entusiasmo, había caso ”y de
los gordos!, se desabrochó la americana, se desplomó sobre el sillón y
continuó.
—Y hay mĆ”s novedades. El Opus quiere vernos, no sólo a mĆ­ como
inspector que lleva el caso, me han pedido, expresamente, que me acompaƱes.
—”QuĆ© sorpresa!, yo tambiĆ©n tengo ganas de hablar con ellos. ĀæLos
has citado en la comisarĆ­a?
—No, me han sugerido que vaya a Castelldaura, una residencia que
tienen en PremiĆ  de Dalt… una antigua casona del siglo XIX.
—Y tĆŗ has aceptado la invitación.
—Claro, asĆ­ en su casa se sentirĆ”n mĆ”s confiados. Quiero averiguar
todo lo que pueda y saber quƩ quieren de ti.
—¿Y para cuĆ”ndo dices que serĆ”? –dije, mirando la montaƱa de trabajo
que yacĆ­a sobre mi mesa esperando turno.
—MaƱana…
ConsultƩ la agenda con las reservas y las salidas para el dƭa siguiente y
quedamos sobre el mediodƭa. No podƭa creerme el interƩs del Opus.
A la mañana siguiente se presentó Ripoll con un coche policial conducido
por un agente de uniforme. Sentí una rara sensación al sentarme con
Enrique en la parte trasera del coche oficial: no olĆ­a a misterio, como me
hubiese gustado, era un olor rancio a parque móvil y a algo que no podía
distinguir, me entró una extraña claustrofobia. Era un modelo común de
SEAT, concretamente un 1400 y no obstante, el hecho de que fuese un
vehículo policiaco, imponía. Ripoll advirtió mi incomodidad y sonrió,
se abrió la americana y mostró la sobaquera con el arma. «Huele a eso»,
dijo. No quise preguntarle si se referĆ­a a la piel de la funda, al arma o al
sobaco. Atravesamos el rĆ­o Besos, pasamos por Badalona, recorrimos la
costa hasta llegar a Mongat y El Masnou, siempre paralelos al mar. Ya a
la vista de PremiĆ  de Mar nos dirigimos al interior hacia Castelldaura.
Nada mƔs cruzar el puente que unƭa PremiƠ de Mar con PremiƠ de
Dalt, nos dimos de frente con Castelldaura, una antigua mansión decimonona
rodeada de pinos mediterrƔneos y por un muro con verjas. Merced
a la elevación del terreno quedaba el mar a nuestra espalda y a cierta
distancia, dƔndole un inesperado horizonte a la carretera de acceso. Nos
abrieron la cancela de la gran puerta de dos hojas que daba paso a la finca,
dos perros de piedra coronaban las pilastras de la entrada. «Un poco
pequeños los canes», comentó Ripoll. Sonreí, efectivamente, el tamaño
de los pƩtreos guardianes desmerecƭan la magnitud del portal de acceso.
El automóvil policial se adentró por el pasaje que conducía a la casa y
que cruzaba un gran jardĆ­n, El camino hasta el edificio estaba flanqueado
por plƔtanos y palmeras; deduje que aquella finca habƭa sido la casa de
veraneo de algún rico «americano», como llamaban en Catalunya a los
indianos regresados con fortuna. Era una magnífica construcción con un
torreón a la izquierda presidido por un balcón que imitaba el gótico medieval.
Los cipreses escoltaban el entorno, haciendo bueno, si es que el
Todopoderoso gustaba de esos lares, el tƭtulo de la novela de JosƩ Marƭa
Gironella, Los cipreses creen en Dios, la primera de su trilogĆ­a sobre la
Guerra Civil.
Llegamos a la entrada. El policía de uniforme se quedó al lado del coche
y nosotros subimos los peldaƱos de la escalera central que conducƭa
a la morada, el arranque sĆ­ estaba bien guarnecido por dos bellas figuras
de aguadoras, tan grandes como las columnatas donde reposaban. Frente
a la puerta de acceso estaba el doctor Balcells, Ramón Guardans y un sacerdote
de larga y negra sotana y de aspecto serio. A los dos primeros les
conocƭa como clientes y, en el caso de Guardans, tambiƩn como consejero
de Tabacos de Filipinas.
—Bienvenidos –dijo Balcells- les presento a don Ɓlvaro del Portillo,
miembro de Consejo General y secretario general de la Obra. A Guardans
y a mĆ­ creo que nos conocen de sobras.
Correspondimos a los saludos y nos dejamos acompaƱar a uno de los
salones. Tomamos asiento en unos tresillos capitonƩ de color gris, que se
me antojaron incómodos o tal vez fuese la situación la que me incomodaba.
Ripoll y yo nos apropiamos de uno de ellos y frente a nosotros de cara
al jardƭn, en otro gemelo, los tres anfitriones. QuedƔbamos de espaldas a
la luz, pero podíamos vigilar la puerta de entrada; pronto se nos disipó
todo temor. Nuestros interlocutores estaban tan Ɣvidos de saber lo que
ocurría como nosotros. Antes de iniciar la conversación observé a aquellos
tres hombres.
Ramón Guardans tenía la mirada penetrante y decidida, de estatura
media, buen gourmet, con cierta tendencia a engordar, eran numerosos
sus compromisos y responsabilidades en Banesto y en Tabacos de Filipinas
que terminaban frente a una buena mesa. En sus aƱos mozos, cuando
era un brillante abogado, paseaba su palmito por la Barcelona franquista,
hasta que en un viaje a Buenos Aires conoció a Helena Cambó, la hija de
político Francesc Cambó, y regresó casado con ella, como administrador
de sus bienes y adalid de la memoria del que hubiese sido su suegro. Sus
catorce hijos con Helena, su cuantiosa fortuna y sus grandes contactos
con el nuevo nacionalismo, le convertĆ­an en el supernumerario perfecto.
Alfonso Balcells no le iba a la zaga, alto, elegante, peinado hacia atrƔs,
parecƭa mƔs un actor de teatro que mƩdico. Escritor, brillante orador, catedrƔtico,
rector durante aƱos de la Universidad de Salamanca, ahora catedrƔtico
de PatologĆ­a General de la Facultad de Medicina de Barcelona.
En cuanto al tercer hombre, no tenƭamos ni idea de quiƩn era, la sagacidad
de Ripoll descubrió que se trataba de un pilar importante de la Obra. Se
habƭa alistado voluntario en el ejƩrcito republicano, para poder pasarse al
franquista en cuanto tuvo ocasión. No me dejé impresionar por tan influyente
cónclave y lancé la primera pregunta.
—Me gustarĆ­a saber quĆ© pretendĆ­a de mĆ­ el difunto Gabriele.
Ripoll, me cogió la muñeca en un gesto de protección paternal al niño
que ha hecho una pregunta inoportuna o precipitada en una reunión de
adultos.
—Perdonen a Brotons, si no les importa empezarĆ© yo con las preguntas.
¿Supongo que el fallecido era miembro de su asociación?
—SĆ­, efectivamente, era un valioso y viejo numerario-contestó Portillo.
—¿TenĆ­a algĆŗn enemigo o estaba envuelto en algo turbio?, Brotons,
me dijo…
—Por eso hemos querido que le acompaƱara el amigo Brotons –dijo
Guardans-, tenía relación con el otro asesinado y la actitud de los últimos
momentos de Torras ha podido parecer… –dudó un momento antes de
continuar- un poco extraƱa.
—¿Cómo quĆ© el otro asesinado? –dijo Ripoll- Camperol murió de un
ataque al corazón.
Se miraron entre ellos y luego a Ripoll. El sacerdote se removió en su
asiento un tanto nervioso.
—Creemos, comisario, que a Camperol le Ā«ayudaronĀ» a morir.
No pude evitar esbozar una sonrisa de satisfacción, estuve a punto de
gritar: Ā”lo sabĆ­a, lo sabĆ­a…!
—¿Por quĆ© piensan que pudo ser asĆ­? –preguntó el comisario.
—Camperol tenĆ­a proyectos, muchos proyectos. No le vamos a engaƱar,
estamos dispuestos a tomar el timón de los destinos de España, pero
tambiƩn los de Catalunya. Intentamos, para bien del paƭs, estar en todas
las instituciones y en las entidades financieras y culturales, ya saben, Omnium,
Orfeón CatalĆ”n –matizó Portillo en castellano-, el Club Catalónia,
la Junta de Museos de Barcelona, el Museo de Arte de Catalunya, el
Círculo Artístico San Lluc, la Editorial Católica, el Instituto Cambó, el
mundo universitario y sobre todo, en la nueva polĆ­tica catalana y Camperol
tenƭa que aterrizar en unos cuantos mƔs, estaba entusiasmado con sus
objetivos; apasionado, fuerte y decidido –concluyó, un tanto excitado.
—El corazón es un órgano que a veces falla sin avisar, sobre todo si se
quiere abarcar demasiadas cosas –dije.
—Le hicimos una revisión hace tan solo un mes en una clĆ­nica privada,
estaba bien, con algunos achaques, pero bien-terció de nuevo Balcells.
—¿Quieren presentar una denuncia? –dijo Ripoll.
—Sólo servirĆ­a para desesperar a la familia y alertar al asesino.
—Y en todo esto ĀæquĆ© pinta Torras y su viaje a Estocolmo?, y Āæpor quĆ©
se hacƭa llamar Gabriele?-preguntƩ.
— ĀæY por quĆ© escribió el mensaje en la servilleta?, hemos comprobado
que la sangre era suya –aƱadió Ripoll.
—VerĆ”n, la Obra estĆ” al servicio de Dios. Como ve somos cientĆ­ficos,
filósofos, empresarios o escritores, metidos en el mundo de la fe, aunque
estamos abiertos a cualquier suposición y mÔs si procede del Maligno.
–dijo Guardans.
—”Por Dios! –exclamó Ripoll elevando la voz- no creerĆ”n…
—Ni creemos, ni dejamos de creer. Torras era un investigador, un mĆ©dico
del alma. Hizo un par de cursos en el Vaticano en la prestigiosa Universidad
Pontificia de Roma para preparase como exorcista. Las clases,
en este tipo de enseƱanzas, van desde la antropologƭa del satanismo y la
posesión diabólica, hasta el contexto histórico y bíblico del diablo. Por
eso cambió su nombre por el de Gabriele, en honor a su maestro, Gabriele
Amorth. No tenemos miedo a SatƔn, en palabras del Padre Amorth
trabajamos en nombre del Señor del Mundo y el diablo sólo es el mono
de Dios-dijo Portillo.
—SerĆ” un mono, pero ustedes le dan mucha importancia. ĀæQuĆ© buscaba
Torras en el Codex Gigas? –preguntĆ©.
—Respuestas, buscaba respuestas. Y usted, amigo Brotons, tambiĆ©n
las busca, lo sabemos.
—Se equivocan, yo busco verdades, a su numerario no lo mató el demonio,
por lo menos no sería él quién empuñó el bisturí asesino.
—Nada es lo que parece, amigos –dijo Balcells-. Cuando la Obra se
instaló en Barcelona, yo mismo, sin ser todavía miembro, alquilé un piso
para los numerarios. Incluso alojamos un par de veces en Ʃl a nuestro
fundador, era un piso pequeƱo en la calle Balmes casi esquina con la calle
Aragón, le llamÔbamos El Palau, como no teníamos capilla hice poner un
enorme crucifico de madera, muy sencillo, tosco, desnudo, sin la figura
del SeƱor y pintado en negro. Al poco tiempo, vecinos y curiosos aseguraban
que allĆ­ crucificĆ”bamos a seres humanos… como si fuĆ©semos una
secta diabólica.
Estallaron los tres en una carcajada. Sin querer me estremecĆ­, habĆ­a
oƭdo hablar de las sospechas populares y siempre pensƩ que eran falsas;
sin embargo, no pude evitar sentir un escalofrĆ­o mientras tomaba nota en
mi libretita verde.
—A JosemarĆ­a EscrivĆ” le dolió la absurda afirmación –aƱadió Portillo-,
tanto, que hizo sustituir esa cruz por otra muy pequeƱa. Siempre
dice bromeando: Asƭ no podrƔn decir que nos crucificamos, porque no
cabemos.
Volvieron a reĆ­rse. Ripoll y yo esbozamos una sonrisa de compromiso.
—Bien –dijo al fin Ripoll-, les informarĆ© de los avances que tengamos,
siempre que no estƩn bajo secreto de sumario.

—No se preocupe comisario, de la información judicial ya nos ocupamos
nosotros, tenemos contactos en la judicatura. En cuanto a usted,
Brotons, nos gustarĆ­a que nos tuviera al corriente de sus averiguaciones.
Por favor.
—Siempre y cuando, ustedes me tengan informados de las suyas.
¿Quién irÔ a Estocolmo?
—TodavĆ­a no lo sabemos –contestaron casi al unĆ­sono-. ĀæTal vez le
interese ir a usted, Brotons?
—Me gustarĆ­a, no crean, pero tengo demasiado trabajo, esperarĆ© a que
retorne su enviado.
Ya de regreso, salió el Ripoll de siempre.
—Estos tĆ­os estĆ”n como cabras. No, no te rĆ­as que tĆŗ tampoco tocas.
Seguro que hay un asesino con dos piernas y dos brazos, sin cola y si lleva
cuernos no son de los que se ven…
Me reĆ­ a gusto, el coche tomaba de nuevo la carretera del Maresme,
rumbo a la ciudad Condal. Entendí que a Ripoll le faltaba parte de la información
y le contƩ toda la historia y las sospechas de Nogal.
—¿Por quĆ© no les has dicho que sus numerarios no eran precisamente
unos santos?
—Porque ya lo saben, aunque tal vez no sepan la historia completa.
—TratarĆ© de averiguar quiĆ©nes eran los otros tres, los archivos militares
tendrƔn constancia. Me pondrƩ en contacto con Segovia.
A lo lejos se adivinaba la Avenida de la Meridiana. EstƔbamos ya en
Barcelona.

Castelldaura
Meridiana, aƱos 70 Fotos: Ajuntament de Barcelona

Octava entrega: En la que se habla de lugares en que puede aguardar la muerte y de pactos de Herman, el monje, con el diablo.

La muerte espera en las esquinas


Barcelona, junio de 1971

Aquella mañana, Gabriele, no asistió a la oración de los Libros de
Meditaciones. Tampoco habĆ­a dormido en su cama de la casa
que compartƭa con otros numerarios. Yo no me enterƩ hasta que
recibí la visita de mi amigo Ripoll. No me sorprendió en absoluto, la
clarividencia de Nogal me lo habĆ­a dejado muy claro. Los nudillos del
comisario golpearon la puerta de mi despacho, no me costó adivinarlo al
ver su familiar sombra a través del vidrio. Su mediana estatura se agigantó
por el efecto óptico del cristal y también la de su nariz, ya prominente
al natural. EscuchƩ su caracterƭstico carraspeo.
—Adelante, Enrique, pasa.
—Buenos dĆ­as Jorge –dijo con voz seria, mientras tomaba asiento en
uno de los sillones.
Carraspeó de nuevo un poco y preguntó:
—¿Sabes a quĆ© he venido?
— Me gustarĆ­a decir que no, pero me temo que por algo grave…
—Efectivamente, todavĆ­a ni ha salido en los periódicos, el Opus tiene
mucha mano. Uno de sus numerarios falleció ayer por la noche en plena
calle.
—¿AlgĆŗn conocido?
—MĆ­o no, pero sĆ­ tuyo… de hecho fuiste la Ćŗltima persona con quiĆ©n
habló.
—Vaya por Dios, Āæcómo lo sabes?
—Salió de tu hotel pasada la una de la madrugada, todo el mundo os
vio dialogando antes de que te sentaras en el bar.
—Lo siento Āæde quiĆ©n se trata? –dije, aunque conocĆ­a de sobras la
respuesta.
—De Miquel Torras, en la Obra le conocĆ­an como Gabriele.
TratƩ de demostrar asombro, aunque a Ripoll no era fƔcil engaƱarle.
LevantƩ el torso y me inclinƩ ligeramente sobre los antebrazos, antes de
lanzar la pregunta.
—Puedo preguntarte de quĆ© y cuĆ”ndo murió.
—Claro, y voy a aƱadirte dónde, en la calle Petrixol frente a la chocolaterĆ­a
La Pallaresa, a menos de trescientos metros de este hotel y cinco
minutos despuƩs de hablar contigo.
—¿Muerte natural? –preguntĆ©, tragando saliva.
—Hombre, si entiendes por natural que te claven un estilete en el hĆ­gado…
podrĆ­amos considerarlo asĆ­ –dijo recostĆ”ndose en el sillón y estirando
las piernas casi por debajo de mi mesa.
—¿Nadie vio nada?, aquella hora todavĆ­a hay gente por la calle.
—Al parecer no murió de inmediato, se arrastró hasta un portal vecino
y allí agonizó. El sereno nos avisó a eso de las dos y media de la madrugada.
Le encontró en posición fetal, desangrado.
—Pues sĆ­, le conocĆ­a del funeral de Camperol, aquella misma noche
me salió al paso en Vía Layetana, quería información sobre un libro.
Ripoll se removió en su sillón, encogió las piernas y agudizó el oído
para escuchar mis palabras. Suspiré antes de contarle la conversación, la
nota de la servilleta, la historia del Codex Gigas, y el proyectado viaje del
finado a Estocolmo.
—¿Conservas la servilleta?
—Pues claro, y los cubiertos. SabĆ­a que me lo pedirĆ­as… no imaginĆ©
que tan pronto.
—No sĆ© cómo te las apaƱas, siempre estĆ”s en mitad de estos fregados,
me voy a llevar las pruebas y tú…
—SĆ­, ya sĆ©, no me muevo del hotel.
Asintió con la cabeza antes de abandonar la comodidad del sillón, yo
le imitƩ y me incorporƩ al unƭsono. Ya de piƩ, Ripoll me hizo la esperada
pregunta.
—¿TĆŗ te crees esa bazofia del libro del diablo?
—Yo tal vez no, pero ellos sĆ­ creĆ­an que el libro contenĆ­a algo que les
interesaba, Torras lo escribió a modo de aviso, de advertencia y lo hizo
con su propia sangre para que Camperol no tuviese dudas.
—¿Y cuĆ”ndo lo hizo? Torras no estaba entre los invitados, Āæverdad?
—No, no lo estaba y no entiendo de quĆ© forma pudo hacerse con la
servilleta, rotularla y dejarla en el servicio de mesa. TenĆ­amos media docena
de camareros, dos jefes de rango y un maƮtre sirviƩndoles, ademƔs
de un par de ayudantes para cambiar platos y cubiertos.
Me miró, se llevó la mano derecha a los labios y los presionó, en un
gesto espejo, como si tratara de exprimir su cerebro y callarse algo.
—Quiero hablar con todos.
—¿Ahora?
—No, antes he de analizar las pruebas, esperar la autopsia del muerto
y hablar con los del Opus.
—¿Puedo ir contigo?
—Ya veremos… en cuanto a tu personal…
—SĆ­ ya sĆ©, que no salgan de Barcelona.
Ya solo, meditƩ sobre los acontecimientos. Tenƭa dos fiambres que,
según Nogal, y él pocas veces se equivocaba, habían coincidido en un
tiempo y un lugar en el pasado y tambiƩn en el presente, ambos eran depositarios
de algĆŗn terrible secreto que ya nunca podrĆ­an contar y que a la
vista de los hechos, les habĆ­a costado la vida. Y parte del misterio estaba
en el códice, en la Biblia del Diablo, Gabriele pretendió averiguarlo y
alguien se tomó la molestia de impedirlo, no podía asegurar si humano o
sobrenatural.
TratƩ de olvidarlo por lo menos durante unas horas. TrabajƩ durante
todo el dĆ­a sin casi tener tiempo de pegar un bocado. Llegaba un grupo de
jubilados norteamericanos Ɣvidos de conocer mi ciudad, comprar castaƱuelas,
probar la paella y asistir a una corrida de toros. Arribaban a uno de
los hoteles mƔs exclusivos y caros de Barcelona en bermudas y sandalias,
eso sƭ, con calcetines. La EspaƱa de los setenta les recibƭa con los brazos
abiertos. Barcelona iba transformƔndose, todavƭa no era el enorme parque
temƔtico de un par de dƩcadas despuƩs. En los setenta para los turistas
todos Ʃramos toreadores, bandoleros, cƔrmenes y curas. En su memoria
llevaban las imÔgenes del año 50 cuando Ava Garner rodó Pandora y el
holandƩs errante en una bella, salvaje y poco conocida Costa Brava y de
sus amorƭos con el torero catalƔn Mario CabrƩ. O las del 54 cuando Frank
Sinatra la tuvo que rescatar de los brazos de Luis Miguel DominguĆ­n.
Influenciados tambiƩn por las historias de Hemingway y los Sanfermines,
preguntaban en recepción a qué hora soltarían los toros, mientras cambiaban
ventajosamente sus dólares por pesetas.
A las nueve de la noche estaba rendido, pero no vencido. LlamƩ a
Ruth y en menos de una hora estƔbamos cenando en la Parrilla. Sonaba
el Concierto de Aranjuez de JoaquĆ­n Rodrigo y ella estaba bellĆ­sima.
DegustƔbamos unos langostinos que el maƮtre habƭa flambeado con ron.
Brindamos con un Sauternes, el aroma de las salvajes uvas Sauvignon
Blanc, la dulzura del Moscadelle y la fragancia de la nectarina, formuladores
de aquel vino, nos envolvieron.
—Por nosotros –dije.
—Y por la vida –matizó Ruth.
Bebimos un par de sorbos, las Ćŗltimas notas del maestro Rodrigo escapaban
por el restaurante buscando el camino a los jardines del Palacio
Real de Aranjuez. La velada terminó en mi habitación, repartiendo los
besos con sabiduría anatómica, enredados con el deseo y con el corchete
de su sujetador que no terminaba de soltarse, o eso querĆ­a yo que pareciera,
para escuchar una de sus expresiones favoritas llegado este momento.
—Rómpelo y tambiĆ©n las bragas… –susurraba impaciente.
Por supuesto, yo nunca le rompĆ­a aquella ropa interior tan cara y tan
parisina, aunque me encantaba quitƔrsela con fingida violencia y lanzarla
fuera de la cama por encima del hombro. CaĆ­a en sitios tan insospechados
que mƔs de una vez tuvo que volver a casa sin alguna de esas prendas.
Terminada la refriega permanecimos uno frente al otro con las piernas
entrelazadas e intentando descubrir signos y caracterĆ­sticas en la piel del
otro a las que antes no habíamos prestado atención o nos habían pasado
inadvertidas. PequeƱas seƱales cutƔneas, cicatrices de caƭdas infantiles,
pliegues escondidos… lugares recónditos, donde besar y acariciar. Estando
inmersos en nuestra exploración epidérmica me miró a los ojos, los
suyos parecĆ­an brillar en la semioscuridad del dormitorio violada por los
faros y las luces nocturnas que se colaban intermitentes por la ventana.
Entre el espejuelo de la luz verde de un semƔforo y el destello caramelo
del fanal de un automóvil, me lo dijo:
—Me voy la semana que viene a ParĆ­s y luego a la Riviera francesa,
unos amigos tienen un palacete en Cannes y me han invitado.
—Me parece genial, cariƱo. ĀæMuchos dĆ­as?
—No lo sĆ©, Jordi. En Niza y Mónaco hay muchos millonarios…
Me reí a carcajadas. Ruth estaba dispuesta a conseguir sus propósitos
de ser multimillonaria y nuevamente viuda antes de los cuarenta.
—Espero que fracases –le dije divertido.
—Vaya amigo que tengo, deberĆ­a hacerte feliz que llegara a ser una
lady como las Mitford o la seƱora de un multimillonario naviero griego,
como Jacqueline. AdemƔs yo te seguirƩ queriendo.
—Ya, como dice el bolero: Porque te quiero tanto me voy.
—Un dĆ­a me lo tienes que cantar… me gustan mucho los tangos.

—Bolero, es un bolero, cariƱo.
La acompaƱƩ al garaje del hotel donde tenƭa aparcado su Mini negro,
regalo de su difunto marido, un color que resultó premonitorio. Me besó
apasionadamente al llegar a la altura de su vehículo, se arremangó la minifalda
para facilitarse el acceso al cubĆ­culo del conductor.
—Presta atención, Jordi, esta vez la prenda que no he encontrado es la
de abajo, ya me la devolverƔs cuando regrese.
Valió la pena el aviso, pude ver el vértice del apetito carnal al final de
aquellas largas piernas y suspirƩ profundamente, me iba a costar pasar el
verano sin Ruth.

Se acaba un libro, muere un hombre.

Monasterio de Podlažice, seis de junio de 1230

Herman el monje, o Hermann inclusis, como le llamaba el resto
del monasterio, se desplomó agotado sobre la hoja que acababa
de terminar, no sabƭa ni quƩ hora era ni en quƩ fecha estaba. Habƭa
permanecido mucho, muchĆ­simo tiempo encerrado en su celda escribiendo,
copiando de otros libros, ilustrando y dibujando el gran libro. Un
códice gigante que contenía toda la sabiduría humana y que tenía unas
proporciones extraordinarias. Con tremendo esfuerzo depositó en el suelo
de su celda el último cuadernillo. Lo acarició, era el postrer capítulo con
el contenido de todos los libros y sabidurĆ­as que la Orden Benedictina
le había proporcionado. Entre las pÔginas del códice estaba la regla de
San Benito; las traducciones latinas de Flavio Josefo y su Historia de los
Judios; el Antiguo y Nuevo Testamento; la EtimologĆ­a –Etymologiae u
Originum sive etymologiarum libri viginti-, los veinte libros de San Isidoro.
Tres tratados mƩdicos dedicados a la medicina prƔctica, escritos por
Constantino el Africano, otro monje benedictino. Otros ocho libros mƩdicos,
Ars medicinae, de origen griego y bizantino, utilizados como libros
de texto para la enseñanza de la medicina. La Crónica de Bohemia, escrita
por Cosmas de Praga. Santorales, calendarios, listas de benefactores y
miembros de la comunidad monƔstica; esquelas; antiguas historias; curas
medicinales y encantamientos mÔgicos. Una confesión de los pecados y
una serie de conjuros, entre otros textos y escritos. Todo profusamente
iluminado y con dibujos de la mano del autor, incluido uno de BelcebĆŗ y
que sólo Herman conocía el porqué de su terrorífico retrato.
Hermanus Monachus Inclusus, fue la firma que estampó al llegar a
la pƔgina seiscientos veinticuatro del libro dando por acabado su colosal
trabajo. Todo estaba listo para la encuadernación de los cuadernillos de
pergamino y la elaboración de la cubierta. Se tomó un ligero respiro. El
dƭa en que fue recluido se propuso el colosal trabajo organizƔndose mediante
el horario del monasterio. Siete espacios temporales monacales
contemplados en la Regla de San Benito, en armonĆ­a con El Libro de los
Salmos en el que podƭa leerse: Siete veces al dƭa te alabarƩ, y a medianoche
me levantarƩ para darte gracias.
En cuanto escuchaba los Maitines, rezaba o meditaba una hora y empezaba
a trabajar hasta los Laudes, descansaba medĆ­a hora para ver amanecer
desde el ventanuco de su celda y seguĆ­a hasta la Prima, comĆ­a algo,
proseguĆ­a hasta la Tercia y la Sexta, comĆ­a de nuevo y no paraba hasta
la Nona en la que descansaba durante un par de horas y luego seguĆ­a
ilustrando y dibujando; en las VĆ­speras, desmenuzaba un trozo de pan,
llevƔndoselo a la boca con lentitud y saboreƔndolo como un manjar, seguƭa
hasta las Completas y entonces se acostaba rendido para escuchar los
nuevos Maitines apenas tres horas despuƩs. Le llevaban comida y agua
cada dos dƭas y tenƭa que racionarse Ʃl mismo. Al principio controlaba los
dƭas, el canto en gregoriano del Agnus Dei durante los salmos del sƔbado
le confirmaba que había pasado una semana. Pero pronto dejó de anotar
y empezó una sucesión de amaneceres sin cuento, su única comunicación
eran las notas que pasaba al recibir la comida solicitando pergaminos y
sobre todo, tintas. HabĆ­a elegido cinco colores: rojo, azul, amarillo, verde
y oro. En el monasterio las fabricaban con metal o con insectos triturados,
él había insistido en que fuesen de este último tipo y que no tardasen mÔs
de cuarenta y ocho horas en suministrar su pedido con objeto de que las
tintas tuviesen la misma luminosidad y que secaran los escritos antes de
las setenta y dos horas en que hubiesen sido fabricadas, asĆ­, el brillo, el
tono y los colores serĆ­an uniformes en todo el texto y no se distinguieran
los primeros escritos de los postreros.
Todo esto le permitió, durante los primeros tiempos, llevar cierto control
temporal, que fue perdiƩndose con el paso de los dƭas, las semanas
y los meses. Recordaba haber estado enfermo en alguna ocasión y sólo
entonces cambiaba su sistema de trabajo, la fiebre le postraba en su camastro
durante algunas horas o dƭas y entonces cualquier cƔlculo se iba al
traste, por eso dejó de contar y de percibir el tiempo en toda su dimensión.
Luchó por mantener un orden estricto en su trabajo. Creyó que podía escribir
una lĆ­nea cada veinte segundos, una columna cada treinta minutos
y una pÔgina cada hora. A pesar de sus conjeturas, erró en sus cÔlculos
porque la mano se le adormecƭa y los ojos se le cansaban. AdemƔs, a sus
cómputos como escribano, había que añadir los tiempos de ilustrador y
dibujante. Las miniaturas de las letras capitales ocupaban en ocasiones
el margen izquierdo de una pƔgina completa, en otras hojas tenƭa que
dibujar media docena y de distintos colores. TambiƩn le llevaba muchas
horas los preparativos, antes de escribir en cada pƔgina tenƭa que dibujar
un sutil rayado para evitar ladearse o esquinarse y las guías para la iluminación,
pensar en la combinación de las tintas, sobre todo en las letras
capitales. El diseño de los dibujos precisaba también de mucha dedicación,
al igual que el lavado y raspado de los errores, las correcciones y los
gazapos cometidos.
Mejoró su técnica al mÔximo. Con la ayuda del cañivete, abría la
punta de las plumas de ave en dos, asĆ­ la tinta, se mantenĆ­a en la abertura
practicada y corrƭa con mƔs facilidad sobre el pergamino, y procuraba
un suave deslizamiento de la pluma. La operación era muy delicada, de
ella dependía el tipo de utilización que Herman quería darles, pues según
el tipo de corte podía realizar diferentes trabajos sobre el códice. Con la
hendidura en el medio y simƩtrica obtenƭa una escritura de trazos verticales
fuertes, trazos horizontales finos y trazos oblicuos anchos. Con el
corte sesgado de derecha realizaba trazos mƔs uniformes y finos, y con el
corte a la izquierda alternaba los trazos llenos y delgados. La pluma de
oca era la que mƔs le gustaba, pero la intendencia le proporcionaba tambiƩn
de buitre, de cuervo o de pato salvaje. La iluminación de las pÔginas
era uno de los pocos placeres de Herman. AllĆ­ encontraba la libertad para
interpretar cuanto Ʃl querƭa. Adornaba las pƔginas escritas con escenas o
letras floreadas La forma rectangular de las enormes pƔginas le permitƭa
hacer composiciones alargadas en las que la letra inicial adornada se situaba
en la altura mƔs adecuada. Una vez terminaba la caligrafƭa del texto,
dibujaba la iluminación en el espacio que previamente había reservado
para tal efecto. Cuando daba una pƔgina por finalizada suprimƭa con cuidado
y delicadeza los trazos del borrador previo o las guĆ­as para el dibujo.
Y asƭ, lƭnea a lƭnea, columna a columna, pƔgina a pƔgina, cuadernillo a
cuadernillo, pergamino a pergamino.
HabĆ­a sido una tarea penosa y agotadora que Herman pagaba con una
importante pérdida de visión, un dolor cotidiano en la espalda y en los
riƱones, y un malestar permanente en las costillas que le impedƭa una
respiración cómoda. A todo eso se añadía una fatiga crónica y un dolor
agudo en las articulaciones de la mano derecha. En algunos momentos
sentĆ­a que perdĆ­a las fuerzas, entonces se sentaba en el suelo de la celda
y dejaba que la luz lunar iluminara las montaƱas de pergaminos ya secos
o los que colgaban hasta el total enjugado, eso le producĆ­a cierta relajación…
y terror en ocasiones, porque las figuras y las letras parecĆ­an adquirir
dimensiones extraordinarias. Creía poder tocarlas desde su rincón
sin apenas alargar la mano. Cuando se iniciaban los rezos y los cƔnticos
en la capilla o las lecturas en el refectorio, imaginaba a sus hermanos
embutidos en su hƔbito negro blasfemando, la distancia y las paredes de
Podlažice le devolvían sólo ecos y era imposible entender las oraciones
y los cƔnticos en latƭn. Se dio cuenta de que habƭa perdido la paz de su
alma y de que nunca conseguiría su propósito. Rezó a Dios en busca de
consuelo y de apoyo, el eco de los muros le devolvĆ­a distorsionadas las
oraciones de los otros monjes y el de sus propias maldiciones.
Hacƭa ya un par aƱos que, durante una noche de tormenta y torrencial
lluvia, le pareció ver entre las sombras de su celda la figura de un extraño
ser. De repente sintió miedo, a pesar de sus temores la efigie se limitó a
jugar a las sombras con los destellos celestiales. Creyó que era un Ôngel.
«Lo soy», repuso una voz en el interior de su cabeza. Sin que un solo
sonido partiera de su garganta, Herman hizo una pregunta. «Luzbel o
Samael como me llamó mi padre, yo fui quien te inspiré para salvarte».
El monje se sintió aterrorizado, la fantasmagórica voz interior siguió hablÔndole.
«Me lo has pedido muchas veces y hoy he venido a satisfacerte,
terminarƔs tu obra, para gloria mƭa porque los monjes que te castigaron y
todos los futuros poseedores del códice pecaran de vanidad y de soberbia,
mataran, violaran y robaran para tener el libro o sus secretos y tĆŗ sobrevivirĆ”s…
y sĆ­, te respondo a tu silente pregunta, el precio serĆ” tu almaĀ».
En el exterior la tormenta seguƭa dibujando extraƱas formas y delirios en
las paredes del convento. Herman cayó de hinojos ante una pared vacía y
desconchada, sin mƔs vida que una miserable cucaracha.
A partir de entonces una extraña fuerza le acompañó en sus trabajos.
El codex avanzó como él nunca imaginó. Incluso le fueron transmitidos
los nombres de las siete hermanas de SatƔn: Ilia, Restilia, Fogalia, Suffogalia,
Affrica, Ionea e Ignea. Como agradecimiento, homenaje o sumisión
al Pateta que le concediera las fuerzas para terminar el trabajo, realizó un
dibujo del Tentador en la pÔgina yuxtapuesta a la de la representación del
cielo. Lo representó feroz, con cuernos, doble lengua, con cuatro dedos
en pies y manos terminados en garras, cubierto sólo por un taparrabos decorado
con colas de armiƱo en seƱal de realeza, al fin ya al cabo era el rey
de los infiernos. Lo simbolizó atrapado entre dos columnas, casi prisionero
como él, emparedado en su propia condición de Princeps Tenebrarum.
Lo pintó en la pagina 290 que sumada todas sus cifras da un once. Sí la
plenitud es el diez, que simboliza un ciclo completo, el once es la maestrĆ­a,
pero tambiƩn el exceso, la desmesura, la incontinencia y la violencia;
como decĆ­a San AgustĆ­n: El once es el escudo de armas del pecado.
Pero, ahora, concluido el libro, se daba cuenta de las futuras consecuencias
de su pacto. Sin embargo, hacĆ­a meses que tenĆ­a preparada una
salida a las dudas y preguntas que martilleaban su cabeza. ĀæY si fuese verdad
que la figura de aquella noche era la del diablo?, Āæy si ahora tenĆ­a que
pagar por su debilidad?, después de tanto y tanto esfuerzo. Cogió uno de
los cuadernillos que había apartado a un rincón especial de la celda, bajo
el título de Conjuros había una pÔgina cuyo texto sólo era la capitular C
pintada en verde y copió un antiguo conjuro judaico que permitía romper
un pacto con el mismísimo diablo. Esperó a los Maitines de aquella fecha
que desconocía y cuando uno de los monjes se acercó a entregarle algo de
comida, Herman le cogió por la muñeca.
—Espera, dile al abad que el libro estĆ” acabado y listo para la encuadernación.
No tuvo que esperar a Laudes, el abad, el prior y otros miembros de la
congragación acudieron prestos a su celda. A la vista del espectÔculo contuvieron
la respiración, en una parte de la celda se amontonaban los cuadernos
de las pƔginas, numerados y listos para su cosido, encordado y encuadernado.
La cƔtedra aparecƭa llena de muescas y araƱazos, entre sus cuatro
patas podĆ­a verse la armadura de la cajonera muy canteada de tanto abrirla
y cerrarla, en ella reposaban un par de pergaminos no usados y las plumas
de oca y otras aves utilizadas por Herman. Sobre las patas del escritorio,
delante del asiento, dos barras de madera sujetaban el tablero inclinado sobre
el que el benedictino recluso apoyaba el cuaderno en el que trabajaba. A
ambos lados del mueble se amontonaban los textos originales que habĆ­a recopilado.
Docenas de vasitos de cerƔmica de diferentes tintas aparecƭan secos
en otro rincón de la celda, Herman había procurado mantener la calidad
y frescura de los colores para que no desmerecieran unas pƔginas de otras.
Los monjes comprobaron el contenido de los textos. Quedaron impresionados.
El monje cautivo habĆ­a superado todas las expectativas. La obra
quedaba concluida a falta del encuadernado que realizarĆ­an el resto de los
monjes. Había tardado dieciocho años en terminar el códice; la fecha: el
seis de junio del 1230. La gloria del monasterio quedaba asegurada para
la eternidad, nadie advirtió los tres seises de la data, la cifra diabólica;
tampoco que dieciocho aƱos eran tres veces seis.

Aquella noche de noviembre Herman se sintió mal, desde que terminara
el libro no podƭa casi conciliar el sueƱo, su antigua suficiencia y altanerƭa
hacía tiempo que se habían esfumado al igual que su deseo de vivir. Trató
de incorporarse, estaba como atado a su camastro, no podĆ­a levantarse, hizo
un esfuerzo sobrehumano para ponerse en pie, faltaba mƔs de una hora para
los Maitines. TambaleÔndose se dirigió a la biblioteca del monasterio, allí,
sobre un gran atril, reposaba su códice ya encuadernado y abrigado por las
tapas de madera forradas en piel y adornadas con detalles metƔlicos en cantoneras
y en el centro. Abrió el códice por el capítulo donde se encontraban
los conjuros. Buscó uno que, bajo un titulo ficticio y encabezado por una
gran C de color verde, contenía la fórmula para deshacer su pacto con el
diablo. Leyó el texto con solemnidad entre el silencio del recinto y la luz
espectral de una vela, cada palabra parecĆ­a rebotar entre las paredes monacales.
Le pareció ver sombras que bailaban abigarradas alrededor del cirio.
No se detuvo, continuó desgranado las libertarias palabras en latín que le
darían paz y sosiego. Sintió que algo le atenazaba la garganta, no era físico,
tampoco interior, era un estrangulamiento mental; a pesar del dolor y del
miedo, siguió hasta terminar el conjuro. Entonces, todo quedó en silencio,
un silencio roto por un grito infrahumano. Como un alarido se escuchó una
maldición del Señor de las Tinieblas. Herman volvió a sentir aquella voz
que oyera en la celda. «Quiero otra alma en tu lugar, alguien mÔs prestigioso
». El monje dio un paso atrÔs, comprendió que Lucifer no soltaría su
presa tan fÔcilmente. «No preguntes quién, lo sabes», dijo la cavernosa voz
que parecĆ­a brotarle de su propio cerebro.
Dejó el códice abierto y con paso cansado se dirigió a la celda del
prior, pero antes atravesó el refectorio, entró en la cocina y se hizo con
el enorme cuchillo de cortar carne y que sólo se utilizaba en fechas muy
señaladas, la dieta de Podlažice adolecía de músculo. Se acercó a la cama
del prior y de un solo tajo le rebanó el pescuezo, el sacrificado quedó boca
arriba con los ojos abiertos, antes de su Ćŗltimo suspiro habĆ­a despertado
y sentido la agonía de morir ahogado en su propia sangre. El monje regresó
a la biblioteca con las manos ensangrentadas y la vista perdida en
un infinito impreciso. En otra ala del monasterio, otro monje de manos
callosas y aspecto somnoliento se disponía a tocar Maitines. Herman llegó
a la altura del codex, repitió la última parte del conjuro y levantó sus
ensangrentadas manos. Entonces se desplomó muerto sobre las baldosas
de la biblioteca. Su rostro parecĆ­a, al fin, tranquilo y feliz. Tal vez no tuvo
en cuenta que los asesinos tambiƩn son carne de averno.

El GIGAS CODEX
EL DIABLO DEL GIGAS CODEX
PAG 290
la habitación cerrada: LOS MONASTERIOS MEDIEVALES Y LA ...
Los secretos de la biblia del diablo
Foto de:
Eco Misterio, aƱo Cero

FacsĆ­mil para la Feria del Libro de Zaragoza. Obra de Nanae.
El facsímil en la presentación de la novela en la Diputación Provincial de Zaragoza

SĆ©ptima entrega: de los adoquines de Barcelona, curas del Opus e historias de la Guerra Civil

Los adoquines de Barcelona


Las calles de Barcelona, junio 1971

A principio de los aƱos setenta las calles de Barcelona todavƭa estaban
adoquinadas y en el Distrito Quinto, ademƔs, los adoquines
tenĆ­an historia. En mi barrio sĆ­ era cierto el pensamiento parisino
de Mayo del 68, de que debajo del adoquinado estaba la playa. Las losetas
de las aceras, los panots, tambiƩn eran peculiares y de cuatro o cinco tipos.
Las mƔs abundantes eran las que representaban una flor de cuatro pƩtalos,
en concreto la del almendro, aunque los barceloneses la llamaban la
de la rosa; era tan habitual y familiar que acabarĆ­a siendo un sĆ­mbolo de la
ciudad. No obstante, los adoquines del barrio llevaban una larga tradición
escrita en ellos. HabĆ­an servido como parapetos ante el enemigo; para
levantar trincheras contra la intolerancia; y como arma arrojadiza ante las
dictaduras. No habĆ­a momento de la historia de la Barcelona del siglo diecinueve
y veinte, en que los adoquines barceloneses no hubiesen tomado
protagonismo. Caminar sobre ellos o sobre las aceras de panots, era un
privilegio; incluso para detectar cuando alguien te sigue de madrugada.
Por eso agudicƩ el oƭdo cuando en la vacƭa Vƭa Layetana y camino de
la plaza de la Catedral, escuchƩ unos pasos que hacƭan eco a los mƭos y
que se detenƭan cada vez que yo paraba mi marcha. ImaginƩ que la Bestia,
representada por Herman, andaba tras mis pisadas, luego recordƩ que tenƭa
garras y que las largas uƱas sonarƭan de forma distinta, ademƔs, andar
en taparrabos de madrugada cerca de la comisaria de Layetana, sede de la
Brigada Social, era un peligro por muy Pateta que seas. A los esbirros de
Vicente Juan Creix les hubiese gustado echar mano a cualquier diablillo o
Ɣngel que no tuviera carnet del Movimiento. DoblƩ la esquina de la calle
de la Tapineria, dispuesto a salir a la plaza lo antes posible. La luz amarillenta
de una farola dibujó mi silueta sobre aquellos adoquines delatores.
CaminƩ unos metros a la espera de que mi perseguidor alcanzarƔ el haz
de luz y su alargada sombra se extendiera hasta mi altura. Me parƩ en
seco y girƩ sobre mis talones. Allƭ estaba mi husmeador, bajo el embozo
protector de un sombrero de cinta negra. VestĆ­a un traje cruzado de mil
rayas, camisa oscura y clƩriman; sus delatores zapatos brillaron a la luz
del fanal. Se detuvo y yo retrocedĆ­ a su encuentro. Al llegar a su altura
descubrƭ al miembro del Opus con el que cambiƩ impresiones el dƭa del
funeral de Camperol.
—”Querido amigo! –dijo, aparentando una casualidad imposible.
—Caramba, Ā”quĆ© susto me ha dado usted!, creĆ­ que me perseguĆ­a el
mismĆ­simo diablo.
—No, precisamente. Nosotros somos la antĆ­tesis de Belfegor –exclamó
con su gutural e inconfundible voz
Dudé de tal afirmación. Los componentes de cualquier grupo, corporación,
hermandad, cofradĆ­a o secta, tienen entre sus filas personas con
valores y otras deleznables, es la ley de las probabilidades.
—SĆ© que me seguĆ­a, Gabriele –dije, recordando su nombre-. Le ruego
que me diga el motivo de su insistencia.
—¿Y si fuĆ©semos algĆŗn sitio para poder hablar?
—Me dirigĆ­a al hotel, he quedado con un amigo, si quiere podemos
charlar por el camino. Y me cuenta el porquƩ de tanto secreto.
—Los socios de la Obra, abominamos del secreto. Son palabras de
JosemarĆ­a EscrivĆ”.
No respondĆ­ a su comentario. Cruzamos frente a la Catedral, camino
de Las Ramblas, a la altura de las murallas romanas se detuvo, el sombrero
de fieltro le ocultaba parte del rostro dƔndole un aspecto entre misterioso
y peligroso, se llenó de aire los pulmones antes de hablar.
—He de pedirle un favor, Brotons, sĆ© que estĆ” investigando sobre el
Codex Gigas, me gustarĆ­a que me informara sobre sus avances.
—Y a mĆ­ me gustarĆ­a saber quĆ© interĆ©s tiene usted con el libraco.
—Ya le dije en el hotel que hay cosas que usted no entenderĆ­a.
—Si no soy incapaz de entender sus razones, menos capacidad tendrĆ©
para descubrir lo que el códice esconde-dije, mientras iniciaba de nuevo
la marcha por la calle Portaferrisa.
Gabriele permaneció callado durante un rato. Se desabrochó la americana
blazer. Me pareció ver que su mano izquierda buscaba la sobaquera
derecha. Me puse en guardia. No sabƭa quƩ pretendƭa, aunque no era
cuestión de morir a cinco minutos del hotel y sin saber por qué. Para mi
sorpresa y alivio, Gabriele sacó de su chaqueta un billete de avión.
—Me voy a Estocolmo, concretamente a la Biblioteca Nacional. Ya
debe imaginar a quƩ-dijo casi triunfante.
—Imagino que la Biblia del Diablo tiene algo que ver con su viaje.
—Efectivamente, todavĆ­a no tenemos sede en Estocolmo y debo desplazarme
personalmente. El aƱo pasado no pude hacerlo porque los suecos
habĆ­an prestado el libro al Metropolitan Museum de Nueva York. Por
eso me serĆ­a de mucha utilidad saber sus discernimientos sobre el libro y
su contenido para poder corroborarlos in situ.
No quise preguntarle cómo conocía mi interés, desde la conversación
del Manila intuĆ­ que estaba al tanto del escrito en la servilleta de Camperol
y que yo andaba tras su oculto mensaje; sin embargo, nadie mƔs lo
sabƭa, salvo el comisario Ripoll, yo mismo, y el asesino. Me aventurƩ a
sonsacarle.
—Mi noticia sobre la existencia del libro es muy reciente, su nombre
llegó a mí de una forma totalmente fortuita.
—En la servilleta de Robert Camperol y escrita con sangre,-dijo con
misterio.
—Lo escribĆ­ yo mismo-concluyó, en un tono que me heló la sangre.
—Me sorprende, Gabriele. Eso podrĆ­a significar que…
No me dejó continuar, se llevó su dedo índice larguirucho y nudoso a los
labios en súplica de silencio, llegÔbamos a la puerta del hotel, varios clientes
esperaban taxis y nuestro portero les atendĆ­a con prontitud. Entramos.
—No conjeture, yo no tuve nada que ver con su muerte, era Ćŗnicamente
un aviso, un aviso de amigo, de camarada y sólo con sangre podía saber
Camperol que era autƩntico.
Envuelto en el enigma de mi interlocutor llegamos al bar del hotel
donde esperaba mi amigo FƩlix, sonaba el New York, New York, de Sinatra;
Gabriele se detuvo antes de alcanzar la barra.
—Tal vez maƱana podamos continuar esta conversación, Brotons, no
es tema para hablar en pĆŗblico.
—Estoy de acuerdo, ademĆ”s, como le he dicho, me aguarda un amigo,
comentƩ, seƱalando el mostrador donde FƩlix ya estaba esperando.
Si quiere, maƱana a las diez le puedo atender en mi despacho, estaremos
mucho mƔs tranquilos.
—De acuerdo, serĆ© puntual, las cosas del diablo no admiten demoras.
Le vi girar sobre sus talones, ponerse de nuevo el sombrero de fieltro y
salir hacia la puerta giratoria. Me quedƩ observando hasta que me asegurƩ
de que no regresaba y me dirigƭ al encuentro de FƩlix.

FƩlix Nogal era un viejo amigo, delgado, fibroso, bastante alto, de rostro
noble con un poblado mostacho que le cruzaba el labio superior casi
ocultÔndolo. Desconocía su edad, pero por su interesante conversación y
las historias que me contaba, pasaba de los cincuenta, aunque su apariencia
era mƔs jovial y conservaba todo el pelo que acostumbraba a llevar
revuelto como un niƱo travieso; pero con estilo propio. Pinta y manos de
artista bohemio y alma de mago. Porque FƩlix Nogal innovaba con sus
intuiciones y premoniciones cualquier suposición o prejuicio. Nunca se
jactaba de ello y no obstante, descubría cómo eran las personas con quien
trataba al primer vistazo. Y eso era harto complicado porque FƩlix Nogal
era ciego.
HabĆ­a perdido el don de la vista defendiendo a la RepĆŗblica en los campos
de batalla del Ebro. Al terminar la contienda, su ceguera le evitó dar con
sus huesos en un campo de concentración o en la cÔrcel, pero no impidió que
su condición de ex oficial republicano le cerrara todas las puertas, incluso
las de la ONCE franquista, a la que no pudo acceder hasta los sesenta. Ahora
ocupaba un puesto en el nuevo sistema del audio libro que habĆ­a iniciado su
andadura hacƭa apenas un aƱo. Sin embargo, la verdadera esencia de Nogal
era la precognición, su lóbulo temporal derecho se había súper desarrollado
con la pérdida de la visión. Los déjà vu de mi amigo, aunque a él no le gustaba
esta acepción, podían asombrar a mÔs de uno. Como decía Nogal, quitÔndole
importancia a su don, su cabeza era una ventana abierta al tiempo.
Me acerqué a él, sabiendo que ya me había «visto». Se dirigió al camarero,
antes de que yo me sentara a su lado.
—Por favor, traiga un J&B para su director.
—No dejarĆ”s de asombrarme –le dije al llegar a su altura.
—Y mĆ”s que te voy a sorprender. ĀæQuiĆ©n era ese tipo?
—¿El que acabo de despedir?
Bajó la cabeza en señal de afirmación y levantó las cejas sobre las
gafas de cristal oscuro, seƱas de que barruntaba algo. Nos sentamos en
una mesa cercana.
—DĆ­melo tĆŗ –le retĆ©.
—PodrĆ­a pasar por un cura, pero ese hombre estĆ” mĆ”s cerca del diablo
que de Dios.
—SĆ­ –dije sonriendo-, al parecer el Ɓngel del Averno es su punto flaco.
—Porque estĆ” muy cerca de Ć©l.
—No me digas que es un demonio.
—No, no lo es, pero tampoco un santo.
—Vaya veo que tus dotes no estĆ”n oxidadas.
—Esta vez juego con ventaja, Jordi.
—¿Le conoces?
—Me temo que sĆ­. He de contarte una historia.
Reconozco que este era el punto favorito de mis conversaciones con
FƩlix, el momento en que se ponƭa serio e iniciaba uno de sus interesantes
relatos que me fascinaban, aunque en algunas ocasiones fuesen tan prodigiosos
que costaba creerlos. Y a pesar de todo, pocas veces se equivocaba.
Ɖl me predijo que acabarƭa siendo director del hotel, cuando era un
simple ayudante de recepción. Adivinó… o vio, mi estancia en La Escuela
de HostelerĆ­a de Lausana; nunca dejaba de impresionarme. PedĆ­ otra
ronda al barman y me acomodƩ en la butaca dispuesto a escuchar lo que
Nogal iba a contarme. El camarero trajo los dos whiskys, su Macallan, sin
hielos, y mi J&B con dos cubitos, ambos servidos en vasos cortos.
—Durante la batalla del Ebro, mi compaƱƭa estaba acantonada cerca
de Flix. HabĆ­amos iniciado el combate por la tarde y avanzado, aprovechando
el desconcierto enemigo, mƔs de lo previsto. Con las primeras
sombras nocturnas entramos con tres de nuestras compaƱƭas, incluida la
mía, en uno de los pueblos de la zona y sorprendimos a toda la guarnición
franquista desprevenida, el combate fue muy breve y el batallón enemigo
se rindió casi sin lucha. El coronel que los mandaba, un militar profesional,
lanzaba pestes sobre varios de sus oficiales de complemento que no
estaban en sus puestos, facilitando con ello nuestro ataque. «”Esos catalufos!
Ā» –gritaba con acento andaluz- Ā«Ya me los echarĆ© a la caraĀ». Pero
no era la única anécdota del día. Los oficiales a los que el coronel aludía
habĆ­an sido capturados todos juntos a la salida de unos corrales. Luego se
supo que aquellos cinco tipos habĆ­an violado a una joven del pueblo. La
indignación por lo sucedido corrió entre nuestras tropas. No era la única
salvajada que reprochar a los franquistas, los dirigentes municipales de la
población habían sido fusilados al llegar los nacionales.
Félix detuvo su relato y bebió un sorbo de su vaso.
—EstĆ” bueno este whisky –dijo, levantando las cejas.
—Ya puede estarlo es de 25 aƱos –corroborĆ©, deseando impaciente
que prosiguiera.
—No te impacientes, ahora sigo.
Me pregunté cómo adivinaba la expresión de mi rostro, no acababa
de acostumbrarme a esta extrema sensibilidad sƭquica de mi amigo. Ɖl
prosiguió con su narración.
—A las espera de juicio, se les encerró en un calabozo a todos juntos,
excepto al coronel, que andaba en otra estancia maldiciendo a sus hombres.
Unos meses despuƩs, en una noche de insomnio, salƭ del cobertizo
donde tenía extendido el jergón para fumarme un cigarrillo a la luz de la
luna. Un centinela me dio el alto. Me identifiquƩ y continuƩ con mi paseo
nocturno. Me apuntalƩ en una pared para saborear el pitillo, liado con
papel de fumar republicano y con tabaco capturado al enemigo. MirƩ las
volutas de humo ascendiendo con la osada pretensión de ocultar aquella
hermosa luna. El silencio era total, salvo la cantinela de algunos grillos
que frotaban las patas para atraer a las hembras. Unas voces mitigadas
por el grueso de la pared salĆ­an por una ventana enrejada. Me di cuenta
que estaba apoyado en la casona cuyos bajos se usaban de calabozo, del
cuchitril partían lloros y comentarios en catalÔn. Presté toda la atención
para escuchar lo que decĆ­an.
—TenĆ­amos que hacerlo, tenĆ­amos que hacerlo –repetĆ­a uno de los
prisioneros.
—”Fue terrible, asqueroso! Yo la querĆ­a –dijo una de las voces entre
sollozos.
—Ya sabes cuĆ”l era la condición. TenĆ­amos que hacer una prueba de
fe, una prueba de maldad.
—Pero Āæcon ella?
—¿QuĆ© mĆ”s podĆ­amos hacer?, ya nos habĆ­amos cargado al alcalde
rojo y a su cuadrilla.
—AdemĆ”s fue idea tuya –dijo alguien a quiĆ©n todavĆ­a no habĆ­a escuchado.
—Lo mĆ”s jodido es quĆ© nuestro intento de salvación no se va a cumplir,
los rojos nos fusilan un dĆ­a de estos –comentó una cuarta voz.
—Eso no lo sabemos, Ć©l nos prometió sobrevivir a esta guerra y disfrutar
de nuestra victoria –aseveró un quinto individuo.
—¿Y quiĆ©n puede confiar en el PrĆ­ncipe del Averno?
—Nosotros lo hemos hecho y hemos pagado por ello-repuso el llorón.
—CoƱo, Robert, deja de gimotear –dijo otro.
En aquel momento pasó frente a mí un grupo de soldados.
—Salud camarada –dijeron casi en coro.
—Salud –respondĆ­.
Pasaron de largo y yo me quedƩ a la espera de que los prisioneros
reanudaran aquella extraña conversación, pero ya nada sucedió. Deduje
por su silencio que sospecharon que alguien podrĆ­a oĆ­rles y callaron.

Al día siguiente quise ir a la celda y ver aquellos rostros de catalanes que habían sido capaces de asesinar y pactar con el diablo. Quería contÔrselo a mis superiores; sin embargo, ya no tuve tiempo. Al amanecer, la artillería franquista empezó a obsequiarnos con unos regalitos del cinco y medio y era mÔs que probable que se tratara del inicio de un contraataque. En
efecto, al cesar los obuses las tropas enemigas atacaron con denuedo.
DefendĆ­ con mis hombres una de las posiciones avanzadas en las afueras
del pueblo, a pesar de la dureza del combate no podĆ­a quitarme de la
cabeza la conversación de los prisioneros. Estaba dispuesto a contemplar
aquellas caras para que nunca se me olvidasen, De repente, algo estalló
frente a mi rostro, la última visión que tuve fue la de un ser maligno que
reĆ­a al unĆ­sono con el estruendo del fatal estallido. PerdĆ­ el conocimiento.
Cuando recobrƩ el sentido estaba semienterrado por cadƔveres y tierra, no
veĆ­a nada, la sangre me resbalaba por el rostro. OĆ­ el ruido de un grupo
de soldados que se acercaban, el inconfundible clic, clic del cierre de sus
armas les delataba. TratƩ de incorporarme.
—”AquĆ­ hay un oficial y es de los nuestros! –gritó un voz. El resto ya
lo sabes te lo he contado otras veces.
Félix se reclinó en el sillón del bar y dio un largo sorbo que terminó
con el resto del Macallan, dejando el vaso expedito. Le pedĆ­ al barman
dos nuevos whiskys.
—Un terrible historia, gracias por contĆ”rmela –le dije a FĆ©lix- , Āæpero,
quƩ tiene que ver con el cura del Opus?
—Vaya, encima del Opus… Pues sĆ­ tiene que ver, Jordi, uno de aquellos
hombres del calabozo era el tipo que hablaba contigo.
—No jodas, FĆ©lix, ĀæestĆ”s seguro?
—ReconocerĆ­a esa voz gutural donde fuera y pasasen los aƱos que
pasasen.
—¿A pesar de la mĆŗsica? –dije. En el bar sonaba el aria Il dolce suono
de Lucia di Lammermoor.
—SĆ© distinguir al mismo tiempo la voz de La Callas y la de un canalla.
Me quedƩ estupefacto.
—¿SerĆ­as capaz de reconocer el resto de las voces de aquella noche?
—Con toda seguridad, Jordi, aquel dĆ­a nunca se me olvidarĆ”, en ninguno
de sus detalles.
—VerĆ© la forma de traerlo de nuevo y que tĆŗ estĆ©s cerca para asegurarnos.
—Te digo que no hace falta, era Ć©l. AdemĆ”s no podrĆ”s hacerlo, tu amigo
del Opus ya no estĆ” entre nosotros.
—Pero ĀæQuĆ© dices?
—He tratado de mantener contacto sĆ­quico con Ć©l y hace ya un rato
que lo he perdido. Te aseguro que este tipo no podrĆ” ya viajar, salvo al
infierno.
—¿Cómo sabĆ­as lo del viaje?
—No lo sabĆ­a, me lo dijo.
—¿Te lo dijo?
—Con sus gestos…
Ya no le preguntƩ nada mƔs, la respuesta serƭa demasiado complicada.
Hay cosas que mi percepción no capta, a pesar de tener mis cinco sentidos
despiertos. RecordƩ que, en la historia que me habƭa contado, el prisionero
gimiente se llamaba Robert, demasiadas casualidades. Aquella noche
me dormĆ­ sabiendo que Gabriele no acudirĆ­a a la cita.

Panot
VĆ­a Layetana
Entrada del Manila Hotel