Si pierdes la cabeza, no sonrĆas
Madrugada de San Juan, 1971
El cambio de solsticio no habĆa acabado todavĆa, unos se purificaban en la mar, otros buscaban un trĆ©bol que les trajera la suerte y alguien preparaba un asesinato reclamando una cuenta pendiente. Una figura no demasiado voluminosa vestida en negro, de oscuras y perversas intenciones, se movĆa como una sombra entre los grupos de juerguistas que todavĆa pululaban por las calles de la ciudad. Atravesó la plaza de la Catedral, el edificio catedralicio pareció estremecer a la sombra que apretó el paso. Llegó frente al Archivo Diocesano en la calle del Obispo. La entrada estaba protegida por una enorme puerta de madera que, a pesar de la hora, estaba abierta. Deulovol trasteaba en su despacho de archivero, un enorme ficus aportaba calidez y ornato a la sala, lo tenĆa desde hacĆa tiempo, lo regaba con asiduidad y le dedicaba todos sus mimos; las plantas tambiĆ©n tienen sentimientos, solĆa decir. La sombra, aparentemente humana, atravesó el patio y subió por la escalera principal. Se movĆa con comodidad como si hiciese siglos que conociera el lugar. Entró sigilosamente en el despacho del archivero, Deulovol andaba consultando unos documentos. āAhĆ no lo encontrarĆ”s ādijo una cavernosa voz surgiendo de la negrura. Deulovol se giró, tenĆa en su mano un antiguo legado con el sello del Vaticano. āAhĆ no lo encontrarĆ”s ārepitió la voz. āMe importuna este juego ādijo, al fin, Deulovol. āYo tengo algo que tĆŗ deseas y tĆŗ algo que vengo a reclamarte. āNo tienes derecho⦠āOh⦠sĆ lo tengo, Ćl me lo otorga. El pretendiente a arzobispo, antiguo falangista, nuevo nacionalista e impune violador y asesino, sintió miedo por primera vez en muchos aƱos. Retrocedió unos metros y su coxis tropezó con su mesa de archivero. Una bandeja que soportaba un tintero, algunas plumas y media docena de lĆ”pices tembló con el golpe. āHicimos un trato āatinó a decir Deulovol. āUn trato que habĆ©is pretendido romper. āĀæCuĆ”ntas mĆ”s vidas quiere? āLa tuya le bastarĆ”, de momento. Trató de lanzarse sobre la sombra, pero su complexión oronda de doctor de la Iglesia cayó contra el suelo del despacho sin hacer apenas ruido y quedó de cara al piso. La sombra saltó con agilidad sobre la espalda del capellĆ”n. Fue como si un relĆ”mpago cruzara la estancia, con la mano derecha el atacante levantó la cabeza del caĆdo y el acero de un bisturĆ apareció en su mano izquierda como por encanto. Casi no hubo lucha, la garganta sebosa de Deulovol se abrió como la boca de una hucha de arcilla por donde manó la sangre en abundancia. El ficus recibió las salpicaduras del rojo elemento y se manchó con la sangre de su custodio. El homicida se aupó sobre el cuerpo de su vĆctima. Su mirada se dirigió hacia un escudo decorativo colgado en la pared de enfrente. Sobre el soporte de madera y piel se cruzaba una espada de doble filo que, pese al uso ornamental, estaba visiblemente afiliada; podĆa pasar por una de aquellas que se destinaban para decapitar a los nobles. El asesino la blandió con extraordinaria facilidad y de un solo tajo, separó la testa del tronco de Deulovol cuando el sacerdote todavĆa agonizaba entre desagradables estertores. La cabeza del asesinado rodó por el piso como fruta madura. La expresión de sorpresa y terror de Deulovol al ser degollado habĆa dejado una mueca de falsa sonrisa en su rostro. El criminal levantó su trofeo y lo depositó en la bandeja de plata a la que previamente habĆa vaciado de sus objetos, las estilogrĆ”ficas y el tintero se estrellaron contra el suelo con estrepito. Al igual que la de San Juan Bautista, cuyo dĆa se estaba celebrando, la testa quedó severa y sanguinolenta sobre el plato. Era patĆ©tico contemplar aquel rictus risueƱo mirando hacia el tronco podado de lo que habĆa sido Joan Deulovol, casi coadjutor y que ya nunca llegarĆa a arzobispo. La sombra despareció del lugar del crimen con la misma facilidad con la que llegó. Fuera, los Ćŗltimos petardos saludaban la salida del sol. El telĆ©fono de mi habitación sonó con insistencia. Me desperecĆ© y me desesperĆ©, Ā”eran las seis de la madrugada!, apenas habĆa dormido dos horas. La telefonista de noche estaba al otro lado de auricular. Era una antigua actriz de reparto venida a menos y que ejercĆa de telefonista en el hotel sin perder ni un Ć”pice de sus condiciones para el melodrama. āLe he dicho que estabas descansando JB, pero ha insistido de una forma casi violenta, repite que es algo de gran importancia. Es el seƱor Nogal. ImaginĆ© los teatrales aspavientos de mi empleada y la posición de la clavija de la centralita para no perderse ni una palabra de mi conversación con Nogal. āDime FĆ©lix⦠y usted, Lurdes, desconecte. OĆ el clik de la clavija, seƱal de que ya no podĆa oĆrnos y volvĆ a imaginar, divertido, la expresión de la telefonista al sentirse pillada. āJordi, he tenido un visión, he percibido⦠ādijo poniendo mucho Ć©nfasis en el verbo-. He percibido a SalomĆ© pidiendo la cabeza de Juan Bautista. āĀæAntes o despuĆ©s de la danza de los velos? ā No, en serio Jordi, alguno de nuestros amigos ha perdido la cabeza. āĀæQuĆ© quieres decir, FĆ©lix? āQue alguien de nuestro quinteto ha dejado este mundo y se despide de Ć©l sin su cabeza. Le han decapitado. āMe dejas de piedra. LlamarĆ© a Ripoll para indagar. Te dirĆ© algo. Un policĆa respondió a mi llamada. El comisario Enrique Ripoll no estaba de guardia y tenĆa fiesta hasta el dĆa siguiente. EsperĆ© impaciente para llamarle a una hora prudente a su casa de Castelldefels, me respondió su hija Ana. āPapĆ” estĆ” navegando, hoy tiene fiesta. āGracias Ana, dile que en cuanto pueda me llame, es urgente. No pasó ni una hora cuando Ripoll, carraspeando mĆ”s que de costumbre, me llamó al hotel. āJoder, Jorge, no puedo ni navegar tranquilo, me han llamado de comisaria y Ana me ha dicho que tĆŗ tambiĆ©n. Y me temo, no sĆ© por quĆ©, que una cosa estĆ” relacionada con la otra. āVeras, comisario, Nogal a tenido una premonición⦠āYa, que a tu amigo Deulovol le cortaban la cabeza despuĆ©s de rebanarle el cuello. āĀæCómo lo sabes? āDĆmelo tĆŗ. Me llamas a las nueve a casa, media hora despuĆ©s de que los curas del Palacio Arzobispal descubrieran el zancocho. O estabas allĆ o te lo ha contado el asesino. āNo sabĆa que se trataba de Deulovol. La historia de Nogal era sobre una cabeza cortada, no pudo Ā«verĀ» al asesinado. āEl juez estĆ” levantando el cadĆ”ver. De la central de Layetana me han pasado el muerto, primero porque el Archivo es de nuestro distrito y luego, porque mis distintas consultas sobre lo de Flix han convencido al comisario jefe de que este asesinato, el de Torras, y la muerte de Camperol, tienen un nexo comĆŗn. Al dĆa siguiente Ripoll me ponĆa al corriente de las investigaciones policiales. CarecĆan de pistas sólidas o de huellas. Los interrogatorios a los sacerdotes habĆan sido infructuosos, nadie oyó nada, el cadĆ”ver fue descubierto por uno de ellos sobre las ocho de la maƱana. La policĆa cientĆfica apuntaba la muerte pasadas las cinco. TenĆan la espada ejecutora, pero no la verdadera arma del crimen. Y luego estaba aquella enigmĆ”tica sonrisa en la testa huĆ©rfana de tronco. āPuede decirse que nos la sirvieron en bandeja-dijo Ripoll para terminar su historia. āDiabólico ādije, sin tratar de hacer un chiste. āVoy a tratar de confirmar al quinto hombre y de llevar a declarar a GabaldĆ”, a ver si le saco algo. āEsta vez estoy libre de sospecha ābromeĆ©. āTampoco, a menos que me digas dónde estabas entre las cinco y las seis. Le escuche reĆr a travĆ©s del auricular. Le encantaba hacer este tipo de preguntas, medio en broma, medio en serio⦠seguĆa siendo un poli. āPues durmiendo en el hotel, el rato que pude. āEntre unos y otros me fastidiasteis la navegación y la fiesta de hoy, el comisario jefe quiere avances rĆ”pidos en la investigación, demasiados pĆ”jaros influyentes estĆ”n cayendo en Barcelona y no es por el calor. Me quedĆ© impresionado, aunque nada sorprendido. Nuestro quinteto se estaba ganando el infierno y, siguiendo la increĆble historia de Nogal, el diablo sus almas. GirĆ© el interruptor del hilo musical de mi habitación, la voz de Carlos Gardel cantaba Por una cabeza. Ā«No olvides, hermano, vos sabĆ©s, no hay que jugarā¦Ā» Jugar con segĆŗn quiĆ©n era un reto demasiado peligroso, pensĆ©. La prensa se ocupó muy poco o nada del asesinato de Joan Deulovol. Al igual que con la muerte de Torras Ā«alguienĀ» habĆa procurado que los casos pasaran casi desapercibidos por la opinión pĆŗblica. En el caso de Torras habĆa sido el Opus el que habĆa intentado tapar su muerte, en el caso de Deulovol eran el arzobispado y el nuncio de su Santidad los que utilizaban sus influencias para que el hecho fuese poco publicitado. A todos los efectos, Joan Deulovol, habĆa sufrido un accidente en su despacho y un objeto cortante de adorno le habĆa causado heridas de consideración en la cabeza. Lo curioso fue que su muerte no fue demasiado lamentada por los cĆrculos que reclamaban un arzobispo catalĆ”n, otros encabezarĆan estas exigencias.
Una vieja historia
Barcelona, 25 de junio, 1971
Si alguien me pregunta por un viernes especial, dirĆ© que fue aquel del 25 de junio. Tuve una llamada de Balcells, el catedrĆ”tico del Opus. Ya estaban enterados del asesinato de Joan Deulovol, tambiĆ©n de la forma en que habĆa muerto y de datos que todavĆa figuraban como secreto de sumario, pensĆ© que sus servicios de información estaban muy bien desarrollados o que debajo de las tĆŗnicas de algunos jueces, fiscales y funcionarios judiciales latĆa un corazón de la Obra. El caso es que tenĆan mucho interĆ©s en volver a hablar conmigo. Me sugirieron visitarles de nuevo en PremiĆ de Dalt, me neguĆ©, con cortesĆa, pero me neguĆ©. āNo puedo abandonar mi trabajo, les propongo entrevistarnos esta vez en mi despacho. Pero, es muy posible que sepan mĆ”s que yo de lo sucedido a tenor de sus fuentes de información. āNo se trata de esto ādijo Balcells-. Esta vez somos nosotros quienes vamos a presentarle a alguien que resolverĆ” alguna de sus dudas. āBien, ya saben que tengo mucho interĆ©s en el caso. DĆganme una fecha. āĀæEsta tarde? āVaya, tenemos prisa⦠¿Debo advertir a Ripoll? āPreferimos verle a usted a solas, aunque estamos seguros de que luego le contarĆ” todo a su amigo. āNi lo dude, Balcells. ĀæLes parece bien a las nueve? āAllĆ estaremos, le presentaremos a alguien que, seguro, le va a interesar. EsperĆ© con impaciencia a que llegaran las nueve mientras resolvĆa una docena de problemas domĆ©sticos, el hotel era un gran hogar donde recibĆamos a muchos primos lejanos que esperaban encontrarse como en su casa. Sin embargo, habĆa dos diferencias notables, pagaban su estancia Ā· 93Ā· y deseĆ”bamos con sinceridad que volvieran lo antes posible, salvo unas pocas excepciones. Fueron puntuales. Acudieron Balcells y Guardans acompaƱados de un tercer hombre. Desde recepción me llamaron para informarme de su llegada. Quendy les hizo pasar a mi despacho. Me levantĆ© para saludarles. Todos iban con trajes oscuros, sobrios y elegantes, camisas blancas bien planchadas con corbatas gris perla, demasiado aristocrĆ”ticas para la apariencia del terno, y zapatos muy lustrados. DespuĆ©s de los saludos a Balcells y Guardans me presentaron a Ramón PagĆ©s i PagĆ©s. Les roguĆ© que tomaran asiento, mientras me arremolinaba en mi sillón frente a ellos. Balcells y PagĆ©s se sentaron en las butacas de los extremos, dejando a Guardans la del centro. Balcells empezó la conversación. āSĆ© que no le gusta andarse con rodeos, Brotons, irĆ© a la cuestión que nos ha traĆdo aquĆ de la forma mĆ”s directa. Ramón PagĆ©s estuvo allĆ. CreĆ saltar del sillón, pero me contuve. Ā”TenĆa la Ćŗltima pieza del quinteto! No quise aparentar impaciencia ni indiferencia. TambiĆ©n fui al grano. āĀæSe refiere a Flix? āAsĆ es. PagĆ©s le va a contar una historia sorprendente, verĆdica y terrible, para que valore nuestra sinceridad y nuestras ganas de colaborar. Me pareció una situación inaudita. Tres importantes miembros del Opus me pedĆan ayuda y uno de ellos se preparaba para contarme el relato que yo mĆ”s deseaba. Ni me parĆ© a meditar dónde me metĆa. SabĆa que aquello no era una fineza para satisfacer mi curiosidad y que a cambio tendrĆa que compensarles o pagarles. Por un momento pensĆ© que el precio iba a ser mi alma, aunque ninguno de los tres tenĆa rabo ni depositaron sobre mi mesa un documento en latĆn para que lo firmara. GirĆ© mi asiento en dirección a PagĆ©s, crucĆ© la pierna derecha sobre la izquierda y esperĆ©. Ramón PagĆ©s i PagĆ©s se enderezó en su butacón, era un hombre de aspecto tĆmido, de cabeza cónica, orejas pequeƱas y pegadas a la cabeza, nariz chata y labios delgados, parecĆa un rostro todavĆa sin terminar; inacabado. Echó un vistazo a sus dos compaƱeros como pidiendo su aprobación, luego me miró fijamente y estiró el cuello como si la camisa le molestara. āTengo que remontarme a 1936, cuando los dirigentes de la Lliga, Cambó, Ventura y otros, hicieron un llamamiento a los jóvenes catalanes para escapar de Catalunya y huir a Burgos. TenĆamos claro nuestro ideario, pero era preferible arriesgar con Franco que dejar que los sindicalistas, anarquistas, socialistas, comunistas y masones se hicieran con nuestra patria y mancillaran al catolicismo⦠Iba a decirle que era la patria de todos, me traguĆ© las ganas y me contuve. TenĆa que escuchar su historia y oĆrla desde su punto de vista si querĆa conocerla con un mĆnimo de sinceridad. āMi padre era gran amigo de Cambó ācontinuó- y le escribĆ para que me aconsejara, su respuesta no admitĆa duda: AlĆstate en un movimiento joven e imaginativo como la Falange. Fuimos bastantes los que nos integramos en la Primera Centuria catalana de Falange EspaƱola, la bautizamos Ā«Virgen de MontserratĀ», tenĆa que quedar muy clara nuestra catalanidad, porque yo era, y soy, un nacionalista convencido ādijo, antes de pedirme un poco de agua. āPor supuesto ādije sarcĆ”sticamente-. ĀæY ustedes que desean tomar? Vacilaron unos instantes. ImaginĆ© que valoraban quĆ© tipo de bebida debĆan pedir. āYo voy a tomarme un J&B ādije para animarles. Se miraron interrogantes unos a otros. Al final, Balcells, en nombre de todos, aceptó el envite. LlamĆ© a Quendy. āPor favor, que nos suban una botella de J&B con cuatro vasos cortos y una cubitera con mucho hielo. En apenas cinco minutos apareció un camarero con las bebidas, sirvió los cuatro primeros whiskys y dejó la botella y la cubitera a mi alcance. Bebimos un primer trago y dada la composición de la reunión, puedo decir que nos supo a gloria. PagĆ©s prosiguió. āNuestro bautismo de fuego fue en el sector de Espinosa de los Monteros. Fue un combate terrible, tuvimos que tomar Herbosa heroicamente a bayoneta calada. Al anochecer los supervivientes temblĆ”bamos de miedo ante los próximos combates. Para animarnos, el mando, hizo que las jóvenes fascistas del pueblo nos vinieran a cantar una coplilla que ya nunca olvidarĆ©: En las cumbres de Espinosa / hay una fuente que mana / sangre de los catalanes / que murieron por EspaƱa. Pero faltaba lo peor⦠Sonrió como un imbĆ©cil al recordar la copla de las jovencitas de Espinosa, incluso ladeó la cabeza como si quisiera cantarla, Balcells le miró con severidad. Le roguĆ© que prosiguiera. Bebió un par de tragos. āMe incorporaron a la Segunda Centuria Catalana y me enviaron al frente de Madrid. AllĆ fue cuando nació nuestra amistad, me refiero a la de los cinco que usted ya conoce. En los momentos de descanso en la Ciudad Universitaria cambiĆ”bamos impresiones de cómo deberĆa ser la nueva Catalunya. AllĆ nos llegaban los ejemplares del semanario Destino, la revista del bando nacional en cuya redacción abundaban los catalanes Un dĆa integraron la centuria en la Bandera MarroquĆ de la Falange, una verdadera fuerza de choque. Reunidos en un cobertizo, antes de entrar en combate, compartiendo nuestros miedos, Camperol dijo aquella terrible frase: Ā«VenderĆa mi alma al diablo para sobrevivir a esta guerraĀ», los demĆ”s estuvimos de acuerdo ante la inverosĆmil propuesta. Mas el diablo tiene muchas formas de engaƱo. Alguien habĆa oĆdo nuestra conversación y SatanĆ”s aceptó nuestra propuesta. Se trataba, en apariencia, de un soldado de aspecto extraƱo de barba y bigote imperio, con insignias desconocidas en una guerrera roja con galones amarillos; utilizaba un lenguaje pedante y exaltado. Su voz sonaba desde nuestras mentes, la oĆamos como la marcha de una mĆ”quina de tren en el eco de la lejanĆa. Nos prometió la supervivencia, el regreso a Barcelona como vencedores, y los mejores logros de vida, tanto económicos como sociales. El precio eran nuestras almas. Para demostrar la veracidad de su oferta nos advirtió de la dureza extrema de los próximos combates, la centuria serĆa diezmada y entre los pocos supervivientes estarĆamos nosotros. Dudamos. Ā«Nada tenĆ©is que perder, si uno de vosotros es herido o cae en el combate confirmarĆ” la falacia o la locura de mi propuesta, si por el contrario resultĆ”is ilesos se os pedirĆ” una prueba de maldad que os asegure el resto de la ofertaĀ» Ante el insólito relato de PagĆ©s la camisa no nos cabĆa en el cuerpo, ni a mĆ ni a mis invitados. Aquello parecĆa una broma de mal gusto o una enajenación propia de los tiempos de guerra. HabĆamos consumido nuestras copas y servĆ una nueva ronda para los cuatro. Guardans hizo un gesto con la mano a PagĆ©s para que prosiguiera. āLos siguientes combates fueron terrorĆficos. Como habĆa anunciado el extraƱo soldado, la centuria fue diezmada, nosotros no tuvimos ni un solo rasguƱo. AdemĆ”s fuimos escogidos para realizar el curso de oficiales de complemento en un campamento cercano a Burgos. Semanas despuĆ©s, con nuestra estrella en la bocamanga, nos dieron a cada uno de nosotros el mando de una sección en el mismo batallón. El imparable avance nacionalista nos llevó a conquistar Flix y los pueblos de alrededor; el lado occidental del Ebro era nuestro. Entramos en una localidad cercana. Reunimos al alcalde, al maestro y a todos los rojos en la plaza y les fusilamos. AllĆ quedamos acantonados por un tiempo. DisfrutĆ”bamos de un merecido permiso. Camperol incluso tuvo tiempo de conocer a una bella muchacha, una guapa campesina de pelo lacio y castaƱo, nariz pequeƱa y enorme sonrisa. Se hicieron novios, o eso le hizo creer Camperol. Mientras nosotros ahogĆ”bamos nuestras soledades en la cantina, Camper iniciaba los primeros escarceos amorosos aprovechando los atardeceres y un establo abandonado donde el heno servĆa de improvisado sofĆ”, porque la moza concedĆa a Robert sus primeros y mĆ”s apasionados besos, sus abrazos y poco mĆ”s. Se negaba a tumbarse sobre el forraje porque se sentĆa vulnerable en posición horizontal cuando la falda quedaba a merced del embravecido galĆ”n de estrella en bocamanga y borla en la gorra. Ella preferĆa quedarse sentada protegiendo con la mano el vuelo y el levantamiento de su ropa. Pero le querĆa, asĆ se lo manifestaba abriendo sus bonitos ojos hasta volverse grandes y brillantes, y asĆ nos lo contaba Camperol quien, dĆa tras dĆa, conquistaba un nuevo e inexplorado territorio en el cuerpo de su amada. Estando asĆ las cosas una noche apareció el extraƱo soldado, habĆamos comprobado que no estaba en ninguna de las compaƱĆas del batallón, por lo que propuse jalarle por la barba o pegarle un tiro por espĆa republicano. La voz grave del portavoz del infierno, como Ć©l mismo se proclamaba, nos intimidó. Ā«Ahora tenĆ©is que cumplir con vuestra palabraĀ», dijo. Vacilamos, Ćbamos a arrestarle cuando oĆmos el motor de un avión republicano, a una seƱal suya el ruido cesó; quedó todo inmerso en un sepulcral silencio. Ā«Va a lanzar una bomba que os matarĆ” a los cinco y el averno os espera-dijo con voz cavernosa -, puedo hacer que la bomba estallĆ© fuera de aquĆ. DecididĀ». No dijimos nada, un silbido nos heló la sangre y la bomba estalló fuera del chamizo. Sin querer habĆamos pedido los cinco interiormente que la bomba fallara, con lo que aceptĆ”bamos tĆ”citamente el contrato. Ā«Quiero la prueba de maldad, maƱana violarĆ©is a la chica entre los cinco, su sangre virgen serĆ” la firma del contratoĀ». Nos quedamos estupefactos y expectantes escuchando la narración de PagĆ©s, no sólo yo, tambiĆ©n Balcells y Guardans, el uno pensando como mĆ©dico los efectos de una violación brutal y Guardans imaginando las conquistas virginales con el poder y el dinero que hicieron popular su suegro Francesc Cambó. TratĆ© de servir una nueva ronda, Balcells y Guardans la rechazaron, tampoco yo me servĆ. PagĆ©s extendió su vaso, mĆ”s sediento por su vehemencia que por sed. CambiĆ© de postura esperando a que prosiguiera el relato. āEl resto pueden ustedes imaginarlo, tuvimos que vencer las resistencias de Camperol. Le convencimos. Si el pacto era una quimera, la violación de una chica de un pueblo rojo tampoco era tan grave. No le dijimos que, ademĆ”s, serĆa divertido. Aparecimos cuando se estaba besando con Robert en el establo de sus encuentrosā¦, cuando terminamos con nuestra infamia limpiamos nuestros fluidos con una bandera de Catalunya que habĆan escondido los lugareƱos a nuestra llegada, la Senyera quedó tan violada como la muchacha. Ella se levantó como pudo de aquel heno en el tantas veces habĆa besado a Camperol, se dirigió hacia la puerta sujetĆ”ndose la falda arrancada por la violencia. Nos quedamos dormidos sobre el montĆculo de yerba testigo de nuestra canallada. Aquella madrugada los rojos contraatacaron, cruzaron el Ebro y nos pillaron a los cinco. Creo que el resto ya lo sabe-dijo dirigiĆ©ndose a mĆ. āAparte de la repugnancia que me ha producido su historia ādije sin ningĆŗn reparo-, no imagino que se crean eso del pacto con Lucifer. Tal como me dijeron en nuestra primera reunión, ustedes son mĆ©dicos, profesores, abogados, financieros, teólogos⦠no les veo sentados frente a un macho cabrĆo firmando un pacto de sangre. āNo es exactamente como lo expone, Brotons. Pero sĆ sabemos que estos acuerdos con el Maligno existen. Tres miembros de la Obra, el que hubiese sido arzobispo de Barcelona y quien serĆ” alguien muy importante en la polĆtica catalana, pecaron, no lo negamos, aunque no del asesinato de las autoridades locales de aquel pueblo, eso estĆ” dentro de las leyes de la guerra. ĀæQuĆ© cree que le hubiese pasado a JosemarĆa EscrivĆ” si no hubiese huido a Francia?, tampoco lo de la joven, tenga en cuenta que no la mataron⦠Lo que ahora preocupa es que hay dos seres humanos que creen que tiene un pacto que pone en peligro sus almas y alguien, humano o no, que quiere eliminarlos. Por primera vez tuve la sensación de creer en el diablo porque estuve a punto de enviarlos al infierno. ĀæNo eran seres humanos los republicanos fusilados o la joven violada?, estuve a punto de gritarles, pero me volvĆ a contener, querĆa llegar al fondo de la cuestión para poner a Ripoll en conocimiento de todo. āY a mĆ Āæpara quĆ© me necesitan? āAl Codex Gigas le faltan algunas pĆ”ginas, desaparecieron durante la Guerra de los Treinta AƱos, no sabemos si en Bohemia o ya en Estocolmo. Lo que sĆ sabemos es que una de las pĆ”ginas arrancadas contenĆa un conjuro para romper un pacto demonĆaco. Gabriele, nuestro Miquel Torras, estuvo buscando durante aƱos la famosa pĆ”gina, incluso tenĆa pensado viajar a Estocolmo para indagar sobre ello, ya sabe cómo terminó el intento. Estamos al corriente de que, el conjuro en cuestión, estĆ” en Barcelona y es muy posible que en la Biblioteca de EgipcĆacas. Me quedĆ© helado. Aparentando una firmeza que no sentĆa, preguntĆ© āĀæEn quĆ© se basa esta suposición? āNo podemos citar nuestras fuentes ādijo Balcells-. Sólo pretendemos hacernos con el conjuro para liberar a PagĆ©s, salvar su alma inmortal y devolver luego el texto a la biblioteca. No sabĆa si reĆr o llorar. Ā”CreĆan de veras lo del pacto con SatĆ”n! āĀæY los muertos? āpreguntĆ©. āNo hemos podido evitarlo, el Lucifer se ha cobrado su precio. MirĆ© a PagĆ©s, estaba temblando, los ojillos se le iban cerrando por efecto de los whiskys y por esa extraƱa vergüenza que siente uno cuando le pillan desnudo. SabĆa que habĆa desnudado su alma y no la tenĆa demasiado bonita. āĀæPor quĆ© no van a la biblioteca ustedes y preguntan directamente? āYa lo hemos hecho. Su amiga Luisa no nos tiene demasiada simpatĆa y ni siquiera se ha tomado la molestia de investigarlo. āSus razones tendrĆ”. Tal vez sepa que el tal manuscrito nunca ha estado allĆ. āSi no estĆ” ahora, ha estado en algĆŗn momento y ella puede saber quiĆ©n se lo llevó. āĀæQuĆ© les hace pensar que quiero ayudarles? Tal vez tampoco me caigan demasiado bien. āUsted es un hombre sensato y demasiado curioso⦠ācalló lo de fisgón-, para no sentir interĆ©s en saber cómo termina todo esto. ĀæMe equivoco?- dijo Guardans, buen conocedor de las curiosidades humanas. āSupongo que les consta que toda esta conversación la pondrĆ© en conocimiento de Ripoll. āContamos con ello. Las cosas que le hemos contado ya han prescrito o pueden considerarse acciones de guerra. En cuanto a lo del diablo⦠¿QuiĆ©n iba a creerle? āMe queda lo de la bandera⦠Enmudecieron. Sin querer habĆan puesto una información en mis manos que podĆa perjudicar las Ćnfulas nacionalistas de PagĆ©s y de GabaldĆ”. āLes ayudarĆ© si me dan el nombre de la chica. āMarĆa⦠creo que se llamaba MarĆa, nunca supe el apellido-masculló PagĆ©s. AnotĆ© el nombre en mi libretita verde. Nos despedimos, el hielo de la cubitera se habĆa fundido, en cambio el mĆo por aquel individuo habĆa crecido en la misma proporción que los crĆmenes de su historia. A la maƱana siguiente llamĆ© a Ripoll y se lo contĆ© todo. āGracias, Jorge, me va a ser de mucha utilidad para cuando interrogue a GabaldĆ”. āImagino que no podrĆ© estar presente ādije, sin demasiadas esperanzas. āEsta vez no, Jorge, es un interrogatorio oficial y en presencia del juez. ComprobĆ© en mi libretita todos los datos y anotĆ© en la agenda: llamar a Hipathia. Sonó el telĆ©fono. Marisa, la telefonista, cantó el nombre de Ruth. āPĆ”samela-dije, esbozando una sonrisa que nadie vio. āĀæJordi? No te lo vas a creer, he conocido a dos super millonarios, y Ā”de mĆ”s de sesenta aƱos! Me lo estoy pasando en grande. ĀæY tĆŗ? āVa, rutina. Lo de siempre, clientes, reservas y algĆŗn pequeƱo lĆo. āNada importante, espero. āNo, tonterĆas. Disfruta mucho y coge un buen bronceado. āPara que tĆŗ lo disfrutes Āæeh, pillĆn? Nos enviamos montones de besos y de promesas de difĆcil cumplimiento. Luego, en un par de lĆneas mĆ”s abajo escribĆ en la agenda: Te echo de menos. MeditĆ© sobre el relato de Ramón PagĆ©s. La hipótesis del pacto diabólico era demasiado novelesca para tenerla en cuenta; sin embargo, todos sus detalles daban consistencia a la historia, aunque, en ocasiones, las apariencias pueden llevarnos a equĆvocos⦠Recuerdo que, cuando era un simple botones, paraba por el hotel un gran periodista. CĆ©sar GonzĆ”lez Ruano colaboraba con La Vanguardia de Barcelona; era de pluma fĆ”cil y mordiente. Cuando estaba por Catalunya residĆa en Sitges. Su lugar favorito para escribir era el chiringuito del Paseo MarĆtimo, con toda probabilidad el primer establecimiento playero con ese genĆ©rico, como asegura una placa en el muro trasero del local. Con bastante frecuencia, Ruano, viajaba a Barcelona y se alojaba en el Manila. Me encantaban muchos de sus artĆculos, hasta que le vi en persona. Estaba sentado en el salón del primer piso, tuve que avisarle de que le llamaban de Madrid. CantĆ© su nombre y una mano huesuda apareció del fondo de un sillón, no me respondió, se limitó a levantar el brazo para indicar con un gesto del Ćndice que me acercara. Cuando lo hice quedĆ© estupefacto, mi mente infantil, influenciada por las lecturas de EgipcĆacas, lo relacionó con el diablo. Delgado, seco-en todos los aspectos- repeinado hacia atrĆ”s, rostro demacrado, invadido por una gran nariz; el labio superior fino, cabalgado por un bigotito delgado que recordaba a los mostachos de BelcebĆŗ, el inferior caĆdo y aborbonado; sus manos macilentas de dedos luengos y esquelĆ©ticos adornados por unas uƱas de gran tamaƱo, en particular las de los meƱiques exageradamente largas y con las que se hurgaba a menudo en los oĆdos en busca de cerumen. Todo esto le conferĆa un aspecto diabólico. Alguien me dijo que la catadura no lo era todo y que nada tenĆa que ver el periodista madrileƱo con SatanĆ”s. Luego me enterĆ© de la verdadera personalidad de Ruano, de sus andanzas por Alemania y Francia en tiempos de guerra, de sus supuestas denuncias a los nazis de judĆos y de espaƱoles exiliados, despuĆ©s de prometerles ayuda. Eran tantos sus trapicheos, que fue recluido en la cĆ”rcel de Cherche-Midi por la propia Gestapo por traficar con visados. Era un animal literario y por eso le cundieron creativamente los menos de tres meses pasados en prisión. Terminada la guerra fue juzgado en ausencia por el nuevo Gobierno francĆ©s y condenado en rebeldĆa a veinte aƱos de prisión por Ā«inteligencia con el enemigoĀ». Ruano habĆa delatado a los nazis a sus compaƱeros de reclusión. Sus escritos mantenĆan la fuerza de la adolescencia y la mala leche de los rencorosos. Un artĆculo de Ruano de 1949 en el periódico Arriba y La Vanguardia, privó a Margarita Xirgu de regresar a EspaƱa. El incisivo escritor lo titulaba, Ā”Ya se salvó el teatro! La mariposuela, nombre que daba a sus artĆculos, dedicada a la Xirgu, insinuaba que era una artista vulgar y llena de rencor. Por eso nunca dudĆ© de que, el verdadero Ruano, tenĆa mucho que ver con su apariencia fĆsica. Su cuerpo delgado, algo encorvado, su mirada torva, el bigotito procesional, sus uƱas escarbando insistentes en el oĆdo externo y su dudoso historial, creaban en mi mente adolescente la exagerada perspectiva de contemplar a un ser infernal. Al dĆa siguiente leĆ en el periódico el fallecimiento de otro gran periodista, Manuel del Arco. Este sĆ tenĆa todo mi beneplĆ”cito y su muerte fue una terrible noticia. El rey de las entrevistas, como yo le llamaba, era capaz de desnudar el alma de sus entrevistados. TenĆa por costumbre enterarse por conserjes y recepcionistas-tambiĆ©n por las inefables telefonistas- si en el hotel se alojaba algĆŗn famoso y entonces le pedĆa una conversación para su columna Mano a mano a la que al final aƱadĆa una caricatura muy personal del entrevistado. Algunos aƱos atrĆ”s habĆa podido ayudarle a conseguir citas periodĆsticas con Salvador DalĆ y con Lola Flores, entre otros. Nunca defraudaba al lector y muy pocas veces al ego del personaje. Manolo del Arco era la antĆtesis de Ruano en su aspecto humano. Rostro noblote y mirada profunda, escondĆa su innata timidez en una aparente rudeza. Si Ruano me parecĆa fantasiosamente un habitante del averno, Manolo me daba la sensación de un Ć”ngel tosco pero genial, por lo menos en la forma de conducir sus diĆ”logos. Y tal vez lo fuera.
El diablo en la Catedral de Arequipa (PerĆŗ)
GonzƔlez Ruano
Manuel del Arco
Diablo del Templo SatƔnico de Detroit
GƔrgola de la Iglesia de Betheelm en Nantes
El autor en la puerta del Palacio del Arcediano, bajo la sombra demonĆaca una gĆ”rgola de la Catedral. Foto Nanae