Decimonovena entrada de “Los infinitos nombres del diablo” Esta vez de arrestos e interrogatorios policiales.

Operación: Arrestar al diablo

Barcelona, julio 1971

Ripoll tenía en sus manos la orden judicial para detener a Albert Gassiot.
Dos coches Z le acompañarían en la operación.
—Jorge, tengo la excusa perfecta para que vengas con nosotros, tú le
conoces.
—Eres un genio, Enrique.
—Sí, pero quiero que lleves esto… Gassiot tiene malas bromas.
Me entregó una pistola Browning FM1922 con su cargador y su funda.
—Yo no…
—Sí ya sé que no tienes licencia de armas, ya me he ocupado de eso,
firma aquí, es un autorización provisional de uso de armas cortas, aprobada
por el director general de Seguridad.
Leí el documento, de acuerdo con un decreto de 27 diciembre de 1944,
el director general me concedía una licencia del tipo D, reservada a procuradores
en cortes y las autoridades civiles, judiciales y administrativas.
Firmé el escrito. Ripoll vio la extrañeza en mi rostro.
—La discrecionalidad del reglamento permite al director general de
Seguridad dar estas licencias. ¿Sabrás usarla?
—No me hace ninguna gracia llevarla, pero sé cómo usarla.
—Cuando tengamos a Gassiot me la devuelves, la tengo registrada a
mi nombre, procura no cargarte a nadie.
—Tendría que pasar algo muy gordo para sacarla de su funda.
La funda de cuero era doble, tenía un apartado para el cargador, de
forma que podías llevar el arma y el cargador por separado, una tira de
cuero sujeta a la solapa de la funda evitaba que se cayera el arma con un
movimiento o un salto brusco. Mediante una trabilla se podía colgar en el
cinturón y eso hice.
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No podíamos ir al edificio de la facultad preguntar por él y esperar a
que bajara a la recepción, sabíamos que era muy peligroso y que, seguramente,
llevaba el bisturí asesino encima. La idea policial era arrestarle
sorpresivamente en la facultad de Teología. Evitaríamos el momento de
las clases para impedir que ningún estudiante saliera herido. Gassiot comía
en un pequeño restaurante cercano, detenerle en el momento en el
que entrara o saliera del establecimiento podía poner en peligro a paisanos
-según argot policial- de los alrededores, o a los clientes del restaurante.
Pasadas las 16.30 regresaba y algunos minutos más tarde se reincorporaba
en la biblioteca a su trabajo de clasificación e investigación documental.
El lugar permanecía casi vacío hasta las 17.30 en que llegaban
los primeros profesores y estudiantes para hacer consultas o en busca de
algún volumen. Por eso se eligió a las cinco de la tarde como la hora más
propicia. Las dos dotaciones de coches Z convergerían en las dos fachadas
de la facultad, uno en la principal de la calle Diputación y otro en la
trasera de la calle Balmes. Llegarían sin poner las sirenas y se situarían
discretamente en las puertas para impedir, a partir de las cinco en punto,
cualquier entrada o salida al edificio. Ripoll, tres agentes de paisano y yo
llegaríamos cinco minutos antes, neutralizaríamos cualquier oposición y
rápidamente nos dirigiríamos a la biblioteca, uno de los agentes se quedaría
en la entrada de la sala para evitar la huída. Ripoll y el otro policía
esperarían a que les indicara quién era Gassiot tan pronto entráramos en
la biblioteca, entonces enseñarían sus placas y le detendrían, mientras yo
quedaba en retaguardia, me había advertido Ripoll insistentemente. Todo
dependía, según el plan, de pillarle en la biblioteca, y de que no hubiese
demasiada gente cerca del profesor. La operación había sido bautizada
por la Brigada de Investigación Criminal como: Arrestar al Diablo.
A las cinco menos cinco de la tarde aparecimos en el hall de acceso a
la facultad, uno de los agentes se quedó para dar explicaciones al conserje
y a un jesuita metomentodo, nosotros cuatro nos dirigimos veloces hacia
la biblioteca atravesando el corredor de arcos del primer piso y que daba
al patio central de columnas y palmeras, uno de los policías se quedó en
la puerta para evitar que Gassiot escapara y que nadie entrara. Irrumpimos
en la sala de lectura, estábamos de suerte, Gassiot estaba enfrascado
leyendo en uno de los puntos, un par de sacerdotes también leían, pero
en lugares más cercanos a la puerta de entrada.
—No hay duda es él –dije señalando al pupitre del fondo.
—Quédate aquí –me ordenó Ripoll.
El comisario y el policía restante se encaminaron hacia el profesor.
—Buenas tardes, somos de la Brigada de Investigación Criminal –dijo
Ripoll, mostrando sus credenciales.
—Buenas tardes –contestó Gassiot, incorporándose y quedando de pie
frente a los dos agentes.
—Le ruego que nos acompañe a la comisaría.
Gassiot se mostró tranquilo, incluso sonrió a Enrique. El policía que le
acompañaba sacó unas esposas. Yo permanecía a unos metros observando
la escena, los otros lectores también se habían incorporado de sus butacas
y miraban la acción desde lejos. Apenas pasaban dos minutos de las cinco
de la tarde, las dos dotaciones de los Z ya habrían tomado posiciones. De
repente, Gassiot pegó un brinco, un salto prodigioso impropio de su edad
y de su aparente condición física, superó a Ripoll y con su mano izquierda
golpeó en el rostro del policía de las esposas quien, en un acto reflejo, se
llevó la mano a la cara. En su mano derecha apareció, como por ensalmo,
un bisturí de afilada hoja. Traté de interponerme en su camino, sus
enormes pies le impulsaron como a un jugador de baloncesto en busca de
la canasta y superó mi posición al tiempo que profería un infrahumano
grito. Me giré a tiempo para ver como empujaba al policía de la puerta
y salía veloz de la biblioteca. Corrí en su persecución mientras desbrochaba
la tira de cuero de la funda en un gesto maquinal, entonces grité.
¡Cuidado va armado! Gassiot llegaba a la puerta principal, el policía de la
dotación de Ripoll desenfundó su arma reglamentaria. En los jardines de
acceso dos de sus compañeros uniformados y uno de paisano guardaban
entradas y salidas, Gassiot no tenía escapatoria. El agente de la entrada
lanzó la advertencia de rigor: ¡Alto o disparo! Ripoll y yo escuchamos
la detonación, en aquel momento llegábamos al lugar de los hechos. La
bala se estrelló en una de las paredes a pocos centímetros de la cabeza de
Gassiot, este se giró, su rostro parecía el de una máscara china o japonesa,
el rictus contraído, la lengua fuera como la de un perro apaleado, los ojos
inyectados en sangre. Pegó un prodigioso salto y se estrelló contra uno de
los ventanales de la fachada principal y lo atravesó, los trozos del vitral
salieron despedidos por todo el recinto.
—¡Avise a los del exterior! –gritó Ripoll al policía que había efectuado
el disparo.
Desde otra ventana vimos a Gassiot caer al suelo con ambas piernas
flexionadas, como un atleta que acaba de hacer un doble mortal. Ripoll
le apuntó con su Astra, aunque no pudo disparar porque los dos policías
uniformados se lanzaron sobre el profesor y un tercer agente se incorporó
al grupo. Enrique puso de nuevo el seguro a su arma. El profesor quedaba
oculto entre los tres funcionarios que le sujetaban, antes de que pudiéramos
darnos cuenta se había deshecho del trío y los policías rodaban por
el suelo mientras él huía a grandes saltos, sus gafas de pasta quedaron
tiradas en el jardín y rotos ambos cristales. Salió pitando calle Diputación
abajo y giró en la esquina. Uno de los Z, aparcado en el patio delantero,
arrancó su motor e inició una maniobra para perseguirle, pero tuvo que
ir primero en dirección contraria a la de la huída de Gassiot y girar por
Muntaner hasta encontrar Balmes, para aquel entonces ya había desaparecido.
Los dos coches descendieron por la calle Balmes con las sirenas
puestas, una de las dotaciones examinando a los transeúntes y la otra a los
vehículos. Sin éxito.
Quise situarme en lugar de Gassiot, había golpeado a dos policías
poniendo de manifiesto su culpabilidad, no podía regresar a su casa; su
descripción, nada vulgar, estaría en manos de cualquier policía nacional o
municipal de Barcelona. ¿Dónde podía refugiarse o pedir ayuda? Presumí
que sus horas de libertad estaban contadas.
—Lamento no poder haber sido de más ayuda. –dije a Ripoll y traté
de devolverme el arma.
—No, Jordi, consérvala, Gassiot está libre y no sería de extrañar que
quisiera hacerte una visita.
—A mí tal vez no; sin embargo, podría ocurrírsele pedir ayuda Hipathia.
—Cabe dentro de la posibilidad, enviaré a un policía para que vigile la
casa de tu amiga. También los edificios de Gassiot y de Gabaldá. Llámala
para advertirla.
—Ahora mismo, Enrique, ahora mismo.
Llamé a Hipathia a la biblioteca, le conté someramente lo sucedido
con Gassiot y que la policía le pondría vigilancia frente a su edificio hasta
que lo arrestasen.
—No creo que vaya a casa –repuso Hipathia.
—Es mejor prevenir, cuando termines tomas un taxi y directa a casita.
—Vaya, pareces un novio celoso.
Reí la ocurrencia de mi amiga. Desde la ventana de mi despacho que
daba a la calle Pintor Fortuny, justo encima de la entrada principal, vi
llegar un taxi. Papi, uno de nuestros porteros, se apresuró a abrir la puerta
trasera del vehículo. De él descendieron Backster y su guardaespaldas,
pensé que sí, que tenían toda la pinta de ser agentes de la CIA. Me prometí
asistir a la conferencia que tenía que dar mi cliente al día siguiente
en la Cámara.

La historia de un demonio

Barcelona, julio de 1971

El profesor Gassiot detuvo un taxi en la plaza Urquinaona, estaba
exhausto, con una veloz carrera había escapado de cerco, el eco de
las sirenas policiales podía oírse atravesando la plaza de Catalunya
y bajando por Vía Layetana. Lo primero que hizo, después de recuperar
el aliento, fue llamar al rector de su facultad y contarle que la policía
había tratado de arrestarle y era muy probable, mintió, que fuese por su
pensamiento político contrario al Régimen. Le rogaba su intervención.
—Escóndase por esta noche, haré unas llamadas, póngase en contacto
conmigo mañana por la mañana.
Gassiot colgó el teléfono y se quedó pensando a dónde podía ir. Unos
nudillos golpeando la cabina le sacaron de su ensoñación, el corazón le
dio un brinco.
—¿Ha terminado? –dijo una mujer al otro lado del cristal.
No respondió, se limitó a salir de la cabina con el rostro semioculto
por la solapa de su americana. Paró un taxi y le dio una dirección en Pedralbes.
Veinte minutos después el vehículo le dejaba frente a un edificio
de oficinas. Pagó la carrera y se dirigió a la entrada. En cuanto el taxi se
alejó atravesó la Diagonal y buscó el edificio donde habitaba Gabaldá.
Observó a un hombre con aspecto de policía secreta vigilando la calle. Se
detuvo. El agente efectuaba pequeñas rondas frente al inmueble controlando
la entrada. Prefirió alejarse unos metros hasta el acceso a los garajes.
El complejo de viviendas era amplio y el trajín del parking privado
bastante intenso durante aquellas horas. Se ocultó aguardando ver llegar
el coche de Gabaldá. La espera le dio tiempo a rememorar cómo se conocieron
y las circunstancias que le habían llevado hasta allí.
Fue apenas iniciado el año. Gabaldá fue a verle a la facultad.
—¿Profesor Gassiot?, mi nombre es Carles Gabaldá.
—He oído hablar mucho de usted, señor Gabaldá, ¿en qué puedo ayudarle?
—Vera, sé que es usted especialista en demonología y que su talante
es muy abierto respecto a esa materia.
— Si lo que quiere preguntarme, amigo Gabaldá, es si estudio y creo
en el diablo, debo responderle que soy un experto, tal vez el mejor.
—Me alegra oír eso. Voy a contarle una historia que necesita de su
franca credibilidad.
—Le aseguro que tendrá que ser muy buena para sorprenderme.
—Y yo le aseguro que lo es…
Gabaldá refirió punto por punto el pacto con Satán, sus consecuencias
y el deseo de romperlo por parte de los cinco. Gassiot escuchó atentamente,
aquella historia le fascinó. Hacía años que investigaba estos casos,
pero ese relato colmaba todas sus expectativas.
—¿Cómo puedo saber que no es usted un alucinado? –preguntó.
—Puede comprobar toda la historia, si lo desea.
Gassiot no cabía en sí de gozo; ahora comprendía el interés de Joan Deulovol por el Codex Gigas, un códice del que Gassiot presumía ser un experto. A pesar de que Deulovol podría llegar a ser arzobispo de Barcelona y los otros cuatro a protagonistas influyentes en la vida económica y política
de la ciudad, él tenía aquello por lo que los demás suspiraban, les había tomado la delantera en las investigaciones. Sí, él, Albert Gassiot, el mejor conocedor del diablo, tenía en su poder el conjuro arrancado del códice que permitía romper un pacto con Mefistófeles. Lo había encontrado de una forma casual hacia unos años en la biblioteca de la calle Egipcíacas. No le fue difícil deslumbrar a la bibliotecaria, una joven deseosa de saber y de experimentar, y cautivarla para poder sustraer el documento a sus espaldas y sustituirlo por otro fútil de la biblioteca del Seminario que cumpliera con los requisitos de búsqueda y codificación de la evocación satánica. Ahora, la portentosa historia de Gabaldá, le confirmaba la existencia real y viva de una quimera que había estado buscando durante mucho tiempo.
—No me hace falta, Gabaldá, su historia tiene toda la pinta de ser
cierta. Pero, ¿por qué me la ha contado?
—Sé y no me pregunte cómo, que usted tiene en su poder un conjuro
de un antiguo códice que permite romper un pacto con el diablo.
—Eso es mucho suponer.
—No tanto, yo deseo romper aquel pacto y sé que, como entonces,
tendré que hacer otra prueba de maldad.
—Efectivamente, para romper ese pacto, Satanás tendrá que ver un
gesto muy especial por su parte, puede ser su suicidio, la muerte de quién
considere su maestro o…
—O darle cuatro almas por la mía –dijo Gabaldá.
—Eso sería una buena propuesta para Belcebú.
Gassiot volvió a la realidad, había pasado más de una hora y seguía
esperando. El policía también seguía en su puesto. Sé preguntó cuánto
más tendría que esperar. Su mente regresó al momento en que aceptó la
propuesta de Gabaldá y se dispuso a preparar el sortilegio. Nadie, que él
supiera, había realizado algo similar en tiempos modernos, iba a ser el
primero en contactar con el diablo. Cada día que pasaba se sentía más cerca
de Satanás, más compenetrado con el Príncipe de los Infiernos. Llegó a
la conclusión de que su cuerpo deforme no era fruto de un mal hereditario
ni de una malformación del tejido conectivo, sus huesos infrahumanos,
como le habían dicho los médicos, los sentía ahora elásticos, capaces de
realizar prodigios y su mente estaba clara y rápida. Se sentía más especial
que de costumbre, más sabio y con más poder. Quería ser el mismísimo
diablo, por eso le propuso a Gabaldá ser él, personalmente, quien recaudara
las almas para romper con el pacto.
El ruido de un automóvil distrajo su atención. Era Gabaldá. Le vio
sacar la mano por la ventanilla y girar el llavín en la cerradura de la puerta
basculante, esta se abrió obediente y el Mercedes entró hacia su plaza de
parking. Antes de que la puerta regresara a su posición, Gassiot se coló en
el garaje y se plantó frente a Gabaldá.
—¡Gassiot, que hace usted aquí!
—La policía anda tras mis talones. Necesito un lugar para pasar la
noche.
—Creí que podría esconderse en el infierno –dijo Gabaldá con doble
intención.
Carles Gabaldá miró con cierto desprecio a su interlocutor. ¡Qué
distinto de la última vez que estuvieron juntos! Ahora tenía ante sí un
hombre agobiado y temeroso. En su postrer encuentro, Gassiot, se había
mostrado poderoso y prepotente, tanto, que no le cupo ninguna duda creer
que estaba poseído. Entonces, el profesor actuó como un ser demoníaco,
magno y crecido, leyendo el conjuro con voz grave y profunda, moviendo
sus largas manos como si ondulara el aire, con la pose de un maestro de
ceremonias demoníaco; prometiendo al Señor de los infiernos las cuatro
almas para romper el pacto, mientras las luces de las velas se inclinaban
todas en un mismo sentido y cambiaban al unísono de orientación como
si recibieran aliento de algo desconocido. Tuvieron la sensación de estar
envueltos en llamas. En aquellos momentos, Gassiot era la encarnación
de un sacerdote de misa negra que gestionaba los asuntos del diablo como
propios. Sin embargo, ahora, le parecía un ser pequeño y miedoso.
—¿Por qué debería ayudarte? –oso preguntar.
De un salto, Gassiot se encaramó al techo del Mercedes, su cara se iluminó
como por encanto y su cuerpo tomó una dimensión distinta. Ilusoriamente
era una metamorfosis total que encogió el órgano que Gabaldá
tenía por corazón.
—No te confundas Gabaldá, él está en mí.
—Tengo un piso en el barrio de Sants –balbuceó-. Nadie, excepto yo,
conoce su existencia, ni siquiera mi familia. Puedes pasar la noche allí.
Hay comida en la nevera.
—De acuerdo –respondió Gassiot.
Gabaldá abrió de nuevo el coche, se inclinó frente a la guantera y
extrajo de ella un juego de llaves. Luego garabateó sobre un papel la dirección
del apartamento.
—Ahora abre la puerta del garaje, espera que se aleje el policía y avísame
cuando pueda salir sin peligro –dijo Gassiot.
Gabaldá cumplió al pie de la letra las órdenes de Gassiot. Quien salió
disparado en cuanto tuvo ocasión. Ya en la calle se alejó a pie del lugar,
primero despacio, luego apresuró el paso. Dedujo que la policía podía
haber alertado a los taxistas y decidió tomar el metro.
Mientras tanto, Gabaldá se dirigió veloz al policía de guardia.
—Soy Carles Gabaldá, suba a mi casa, debo hablar con su jefe inmediatamente.
El agente llamó a la comisaria de Doctor Dou, en cuanto se puso el
comisario le pasó el teléfono a Gabaldá.
—¿Ripoll?, el profesor ha estado aquí… sí, me ha amenazado y he
tenido que prestarle mi apartamento de Sants… No, no me moveré. Le
paso la dirección…
Ripoll, montó el dispositivo para la detención de Gassiot, dos unidades
móviles de la policía se dirigieron al domicilio que Gabaldá les había
proporcionado. En aquel mismo momento, el interfecto trataba de pasar
desapercibido en el andén de transbordo del metro.
Llegó a la dirección de Sants pasadas las nueve de la noche de aquella
tarde llena de sobresaltos. Buscó la casa, introdujo el llavín en la cerra·
dura, el portal estaba casi a oscuras, tenuemente iluminado en su parte
delantera por la claridad que todavía llegaba de la calle y en sombras
en la parte del ascensor. La falta de sus gafas le hizo vacilar dentro del
sombrío portal. Trató de buscar el interruptor, dos pistolas Astra le apuntaron
directamente a la cabeza, oyó la voz de Ripoll repitiendo una letanía
policial en la que le anunciaba que estaba detenido por orden judicial, un
tercer hombre le inmovilizó. Notó el contacto frío de las esposas en sus
muñecas y se rindió.

Rituales de exorcismo
Rambla Catalunya años 70, foto: Catalá Roca
Enrique Ripoll
Foto de la novela de @books zen

Los infinitos nombres del diablo. Decimoctava entrega, donde se cuenta de nuevo sobre el diablo y sobre clientes del Manila Hotal

En la piel del diablo


Barcelona, julio 1971

Decidimos resolver de una vez el misterio antes de que Gabaldá
fuese asesinado. Era más una cuestión policial y humana que
apego por salvar la vida del personaje en cuestión. Le propuse a
Ripoll una reunión sin límite de tiempo y contar con la presencia de Félix
Nogal para las aportaciones extrasensoriales. Nos sentamos los tres en mi
despacho en sendos butacones, teníamos que estar cómodos y bien pertrechados
para un largo debate. Está comprobado que el alcohol nubla las
ideas; no obstante, en pequeñas cantidades pueda dar una visión distinta
de las cosas y nosotros la necesitábamos. Así que nos suministramos de
una botella de J&B y otra de Macallan y provisiones hielo y agua. Ninguno
de los tres fumábamos por lo que nos aseguramos de un ambiente
saludable y respirable. Las americanas colgaban del perchero, incluso la
sobaquera de piel de Ripoll con su Astra reglamentaria; en previsión de
sustos innecesarios, Ripoll, mantuvo el cargador en el bolsillo y, aunque
las armas las cargue el diablo, le iba a ser difícil meterle mano al bolsillo
del pantalón del comisario.
—Gracias a los dos por haber venido –les dije-. Tengo una teoría que
quiero compartir con vosotros y que nos puede ayudar a resolver el caso.
Ripoll y Nogal afirmaron con la cabeza dándome su beneplácito. Bebieron
sendos tragos de whisky, me di cuenta que tendría que ser rápido
en mi exposición si pretendía que encontráramos al asesino antes de ponernos
a cantar el Asturias patria querida.
—Trataré de ser breve. Este caso nos ha llevado de cabeza porque
hemos sido racionales. Sin embargo, debemos dejar por unos momentos
la razón de lado.
—¿Dónde quieres llegar?, Jorge –preguntó Ripoll.
—Os pido que dejéis de razonar como policía y pensador, quiero que
os abstraigáis y abráis vuestra imaginación.
Se acomodaron en sus sillones a la espera de alguna explicación estrafalaria.
—Imaginemos que todo fue verdad y que, Satanás, hizo un pacto de sangre con aquellos cinco canallas y que para confirmarlo debían abusar de María. Así evitaron ser fusilados por los republicanos, conseguir sobrevivir a la guerra y alcanzar puestos importantes en la sociedad. Tres de ellos ingresan en el Opus Dei y confiesan su pacto, buscando una solución que les permita romperlo. La Obra le pide a Miquel Torras que investigue sobre esa posibilidad, lo envían a Roma a estudiar todo lo que sabe la Iglesia Católica
al respecto. Incluso el tema de los exorcismos con el padre Gabriele Amorth, el mejor. En sus averiguaciones llega a conocer la existencia del Codex Gigas, su creación puede ser una fábula, pero sus contenidos son reales y entre ellos hay un conjuro para romper un pacto con Mefistófeles. Hay precedentes en la literatura, la leyenda, y en las historias no oficiales, para creer que hubo otros pactos que se rompieron. El Opus lo acepta a pies juntillas, y considera que es muy importante hacerse con el documento.
Mis compañeros empezaron a mostrarse más que interesados con mi
historia y en llenar de nuevo sus vasos. Proseguí.
—El Diablo, Satanás, el Maligno o como se llame la criatura, es invocada
por Gabaldá y le cuenta que sus antiguos compañeros quieren romper
el acuerdo. El Señor del Averno le propone que sea él quién recupere
su alma matando a los otros. No hace falta que lo haga en persona, sólo
con desearlo sus compinches morirán, como en el inicio de la Barca sin
pescador, de Alejandro Casona.
—Espera, espera –dijo Ripoll, yo no he leído ese libro…
—Es una obra de teatro y no os voy a contar todo el libreto, es sobre
una hipótesis atribuida a Rousseau que plantea en una de sus metáforas,
El Mandarín, y que abre en el lector una disyuntiva moral. Casona la
incluía en los programas de la representación de la obra con un texto de
Chateaubriand que, más o menos, decía:
En el más remoto confín de China vive un mandarín inmensamente
rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Sí
pudiéramos heredar su fortuna y para hacerle morir bastara apretar un botón
sin que nadie lo supiese
… ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?
—Tentadora propuesta –dijo Nogal.
—Matar apretando un botón o haciendo sonar una campanilla, el sueño
de todo asesino –apuntó Ripoll.
—Gabaldá es un hombre sin moral e incapaz de comprender el dolor ajeno y acepta la propuesta del diablo. Y entonces empiezan las muertes –dije con entusiasmo-, la primera la de Camperol, aparentemente fortuita, pero que al final estoy seguro de que descubriremos que fue provocada. Era el primer aviso. Torras, Gabriele para el Opus, decide ir a Estocolmo para revisar el códice y el diablo lo mata a pocos metros del hotel. Joan Deulovol, por su cuenta, está investigando desde los archivos arzobispales la existencia
del conjuro. Satán no deja que continúe y le cercena la cabeza. Ramón Pagés es el último miembro del grupo que sigue confiando en las gestiones de la Obra, está demasiado nervioso y le es fácil a la Bestia pillarlo en el mirador de la basílica, le empuja y termina con él. Al diablo no le importa absolver a Gabaldá, sabe que le será más útil en la política: prevaricaciones,
corrupciones, robos, mentiras, falsedades y sobre todo, una legión de
partidarios y muchos hijos para que sigan con su criminal legado. Todo ello camuflado en un extremado catolicismo y en un irrefutable nacionalismo.
Miré a mis amigos, ahogaban su incredulidad entre sorbos de whisky.
Su rostro expresaba todas las dudas del mundo. No les dejé intervenir.
—Ahora quiero que volváis a la razón. Como en una ecuación, cambiad
la x de diablo por la y de asesino. Imaginad que alguien cree que es
un ser diabólico, imaginad a un esquizofrénico cuya personalidad dominante
es la del mismísimo Satanás. O, simplemente, un loco de atar. Un
maniático zurdo de manos grandes, inhumanas, que dejan huella en el
pecho de Pagés, un chiflado que corta la cabeza a Deulovol y apuñala
a Torras con un bisturí… y lo hace con la mano izquierda. Alguien con
conocimientos suficientes para «ayudar» a morir a Camperol. Alguien
que conoce la existencia del Codex Gigas y que tiene acceso o posee el
conjuro, que no es extraño verle removiendo legajos y documentos en la
biblioteca de Egipcíacas o en la del Seminario. Un perturbado capaz de
convencer a Gabaldá de que puede romper el pacto con Mefistófeles si
condena a sus compañeros a muerte, unas ejecuciones que él hará con
gusto. Alguien con una enfermedad degenerativa que puede afectar al
corazón y también al tejido conectivo y que tiene prisa por conseguir sus
objetivos antes de que sus dolencias puedan impedírselo. Alguien que
pueda meterse en la piel del diablo porque se siente parte de él.
—Alguien a quién pertenezcan los pelos que encontré –dijo Ripoll.
—Al principio la historia me pareció rocambolesca, pero ahora sospecho
que ese alguien hasta podría haber estado con nosotros en Flix.
–apuntó Nogal.
—¿Y el olor a azufre que perduró durante horas? –inquirió Ripoll.
—Llama al rector de San Justo y Pastor, pregúntale si algún extraño
subió antes que nosotros al mirador, a pesar de estar la torre clausurada
–dije, facilitándole el teléfono de mi mesa.
A los pocos minutos la telefonista preguntaba por Ripoll, había localizado
al rector del santuario. Ripoll tomó el aparato y tras una breve
conversación nos aclaró la situación.
—Efectivamente, antes de subir nosotros, un tipo, haciéndose pasar
por periodista, le pidió al rector permiso para subir a la torre. El sacerdote
no le puso pegas, durante unos veinte minutos estuvo visitando el campanario
y después salió pitando. Era un hombre alto, de rostro alargado y
manos extraordinariamente grandes.
—Y ¿por qué regresa al día siguiente, poniéndose en riesgo? –dijo
Nogal.
—Los asesinos vuelven porque temen haber dejado alguna huella, alguna
prueba o, simplemente, por el morbo de recrear su crimen –le aclaró
Ripoll.
—Eso se va animando. Permitidme que haga una llamada –dije, pidiéndole
a la telefonista que me pusiera con Hipathia.
Escanciamos un poco más de whisky a la espera de que nos comunicaran
con mi amiga. Sonó el teléfono.
—¿Hipathia?, necesito hacerte una pregunta. El compuesto que te hacían
en la herboristería para Gassiot… ¿qué contenía?
—No lo sé –respondió Hipathia-, creo que había azufre, por lo menos
olía mucho a ácido sulfhídrico o a huevos podridos.
—Gracias Hipathia, me has hecho un gran favor.
—¿Me he ganado una cena?
—Sí, claro que sí y de las grandes –respondí.
Me giré hacia mis compañeros.
—Efectivamente, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Nos
será muy fácil comprobar lo de la barba y si el soldado Gassiot estaba en
Flix durante aquellos hechos del 38.
—Eso será bastante fácil de averiguar –dijo Ripoll.
—Veo que os ha gustado mi historia.
—No está mal –dijo Nogal-, casi es mejor que las mías. Pero quiero
añadir algo, ¿y si en realidad el asesino está poseído por Lucifer?
—Pues entonces tenemos una ecuación con dos incógnitas la x y la y.
—Yo sólo tengo potestad para arrestar a y –respondió Ripoll.
Nos reímos mientras apuramos nuestros vasos. Me congratulé de haber
podido exponer mi teoría sin necesidad de llegar a excesos etílicos.
Las botellas también las carga el diablo. El próximo paso sería comprobar
las pruebas y detener a Gassiot.

Siempre les quedará París


Barcelona, julio 1971

El hotel volvía a estar completo. Centenares de grupos organizados
de turistas pululaban por Barcelona con ganas de descubrir
la ciudad. El Manila hotel se nutría de un par de esos grupos, los
agentes de viajes sólo eran un parte de nuestros parroquianos. La mayoría
de nuestros clientes lo eran por contrataciones individuales o empresariales.
Una de mis preocupaciones, desde que me hice cargo de la dirección,
era la de buscar entidades o sociedades a las que ofrecer los servicios de
nuestro hotel para sus clientes, invitados y empleados. Desde mis tiempos
de jefe de reservas había conservado todos los contactos. Las empresas e
instituciones agradecían esta disponibilidad porque les descargaba de la
búsqueda de hospedaje o restauración para sus convidados. Eso me permitía
tener el hotel casi siempre lleno ya fuese con clubs de fútbol y federaciones
deportivas, directivos y responsables de sociedades importantes,
públicas y privadas, o invitados de entidades oficiales; ese era tipo de
clientes con los que nos asegurábamos el máximo de pernoctaciones. El
sistema tenía su parte delicada porque, al igual que me llenaban el hotel
en las temporadas bajas, en los momentos de mucha ocupación, confiados
en conseguir habitaciones sólo con llamarme o enviarme un fax, me
ponían en serios apuros cuando, con menos de veinticuatro o cuarenta y
ocho horas, reservaban hospedaje para sus compromisos con la seguridad
de que no les fallaría. Mi máxima de satisfacerles me obligaba a exprimir
todas las opciones para no defraudarles nunca.
Cuando la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de
Barcelona, me solicitó un par de habitaciones para el día siguiente y durante
tres noches, no les dije que no. Pero la situación, con el hotel a
rebosar, era complicada. Schnellmann, el jefe de recepción, un suizo afincado
en Barcelona hacía años, meneó su pelada cabeza; su sonrisa fue de
desaprobación. Schnellmann tenía una forma de complacerte, sonriendo,
y también tenía la misma forma para exteriorizar su oposición, con una
sonrisa parecida. Era una media risita en la que enseñaba los alambres
de su puente dentario superior. Sólo tenías que distinguir si la sonrisa era
una o la otra y esta vez no había dudas, no existía ninguna posibilidad
de rascar una habitación y mucho menos, dos. A pesar de ello, le dije
que anotara las reservas de la Cámara a nombre de un conferenciante
norteamericano, míster Backster. Tenía menos de veinticuatro horas para
buscarle alojamiento en el Manila.
La primera habitación podía ser la mía. Tenía la posibilidad de dormir
en casa de mis padres, así que llamé a la gobernanta y le pedí que un
par de camareras hicieran mis maletas y que los mozos lo llevaran todo
al cuarto de equipajes. La segunda iba a ser más complicada, repasé las
reservas pendientes y comprobé que no hubiese ninguna anulación pendiente,
sin suerte. Revisé el listado de clientes. Llegué a la C y… ¡allí
estaba la solución!, ¡míster Collins!
El señor John Collins era un cliente norteamericano de mediana edad,
cada julio reservaba una habitación en el Manila desde hacía una docena
de años. Paralelamente, lord Woolfolk, reservaba la suya para las mismas
fechas, no pedían ni habitaciones contiguas ni en el mismo piso; no
obstante, ya desde el primer año, les veíamos siempre juntos, cenando
en La Parrilla, paseando por la ciudad o en la reserva para espectáculos
nocturnos. Sabíamos que por las noches compartían dormitorio y procuraban
deshacer la cama de la habitación que quedaba desocupada. Ambos
estaban casados, existía una señora Collins y una lady Woolfolk, pero
aquellos quince días de julio eran exclusivamente para ellos dos. Sabía,
por alguna discreta confidencia en el bar del hotel, que se habían conocido
durante la Segunda Guerra Mundial, uno comandando un batallón en
el ejército de Patton; el otro, al mando de una brigada de las divisiones
de Montgomery. Su amistad, forjada en los campos de batalla de Normandía,
se había consolidado en un pequeño hotel de París después de
la liberación de la ciudad. Precisamente ellos me contaron que París, a
pesar de lo que referían las crónicas, había sido liberado la noche del 24
de agosto por republicanos españoles. La Nueve, una de las compañías de
la Segunda División Blindada del general Leclerc, compuesta casi en su
totalidad por españoles, fue la primera que entró en la ciudad. «Deberíais
estar orgullosos», decía Collins. Yo les respondía que, la heroicidad de
La Nueve, tardaría en saberse en una España nada democrática y de me-
moria débil para lo que le convenía al poder. Estas confidencias de media
noche, mientras ellos se miraban tiernamente entre whisky y whisky, me
otorgaban la suficiente confianza para hacerles una propuesta un tanto
temeraria.
Esperanzado, bajé a recepción dispuesto a organizar el cambalache.
—¡Schnellmann!, ¿Tenemos la suite reservada para el señor Houston?
—Sí, reservó una doble para hoy y nosotros le hemos destinado una
suite como cortesía, ya sabes que viene muy a menudo.
—Bien, dígale que esta vez le hemos reservado mi propia habitación.
¿Cuántos días estará?
—Dos, igual que otras veces.
—Estupendo, deje libre la suite. Por favor, avíseme cuando vuelvan
de su paseo los señores Collins y Woolfolk, dígales que les invito a tomar
un whisky en el bar, no me moveré de mi despacho hasta que regresen.
Schnellmann puso cara de banquero suizo cuando le piden la titularidad
de una cuenta y calló su respuesta. No quise adelantarle mi jugada
hasta que la hubiese completado con éxito. En aquel momento la telefonista
me anunció una llamada de Hipathia.
—Hola, Jordi, ¿qué tal esta noche?
—¿Esta noche? –le pregunté
—La cena. ¿No me debes una cena?
—Claro, por supuesto, pero esta noche tengo un lío mayúsculo en el
hotel. Y por no tener, no tengo ni cama, tendré que dormir en casa de mis
padres.
Escuché la carcajada de Hipathia al otro lado del auricular.
—¿Por qué no vienes a dormir a mi casa?, tengo una habitación libre.
—No sé ni a qué hora terminaré.
—No importa, te esperaré despierta.
—De acuerdo, Hipathia, eres una gran amiga.
—Te espero.
Al cabo de una hora me llamó Schnellmann.
— Lord Woolfolk y míster Collins le aguardan en el bar.
—Genial, Schnellmann, ahora bajo.
Los dos amigos estaban haciendo tiempo en la barra frente a tres J&B,
conocían mis gustos… y yo los suyos. Nuestra conversación se prolongó
por espacio de media hora.
—No les pediría este favor si no fuese porque mañana necesito sus
habitaciones, a cambio les instalaré en una magnífica suite.
· 152·
Se miraron como imagino que se miraron en París. Collins tomó la
palabra.
— Lo hacemos porque nos cae muy bien, Brotons, ¿cuándo quiere que
nos traslademos?
—No necesito las habitaciones hasta mañana, aunque la suite está disponible
desde este instante. Ustedes deciden.
Se miraron de nuevo. Sonrieron.
—Ahora mismo prepararemos los equipajes –dijo lord Woolfolk.
—No hace falta, las camareras se ocuparan de todo. Gracias –repetí.
Tuve que contarle un par de veces la operación a Schnellmann. Al
final, sonrió. Era su gesto de aprobación o eso me pareció adivinar. No
quise trasladarme a una de las habitaciones «liberadas» y preferí aceptar
la invitación de mi amiga, con Barcelona llena a rebosar no nos fue difícil
ocupar por aquella noche ambas estancias.
Llegué pasadas la una de la madrugada a casa de Hipathia con un
pijama, una botella de vino, el cepillo de dientes, una camisa para el día
siguiente y hecho unos zorros.
—Un día duro ¿eh? –dijo Hipathia.
—No te lo puedes ni imaginar.
—¿Has cenado?
—Sí, he comido algo mientras preparábamos el menú de mañana.
—¿Quieres contármelo?
Descorché la botella de vino. Hipathia sacó dos copas del aparador.
Dejé que la botella respirara un poco, nos sentamos en el tresillo y serví
el vino.
—Por nosotros –dije.
Brindamos y bebimos un par de sorbos, le conté cómo había ido aquel
largo día. Los ojos se me cerraban. Luché. Hipathia sonreía.
—Anda, vete a la cama, mañana tendrás que estar pronto en el hotel.
—A las ocho –dije, compadeciéndome de mí mismo.
Entré en la habitación de invitados, sábanas limpias y olor a jazmín, sonreí. Las hadas siempre huelen bien. Me embutí en el pijama, me metí en aquella cama de aspecto confortable y lejos del barullo del hotel. Antes de que pudiera conciliar el sueño, Hipathia llamó a la puerta del dormitorio.
—Pasa –dije.
Se sentó al borde de la cama, me removió el pelo como cuando iba a
pedirle las aventuras de Emilio Salgari y me tapó con la sábana. Me sentí
muy cómodo.
—Que descanses –me susurró al oído.
—¡Vaya cita!, ¿querrás volver a verme?
—Claro, ha sido precioso.
Me besó en la mejilla y se alejó con andares de diosa griega. A la mañana
siguiente fui yo quién la besó, dormía relajada y etérea, al igual que
una hada. Se despertó y sonrió.
—¿Has desayunado?
—Lo haré en el hotel. Gracias por todo.
—Gracias a ti, pero me sigues debiendo una cena…
A pesar de mis recelos el Manila seguía en pie. Estaba todo perfecto,
por un momento pensé que no me necesitaban para nada, pero enseguida
empezaron las preguntas, la lista de los líos y los recados de las telefonistas.
Sonreí. No podían pasar sin mí, pensé en un exceso de inmodestia. A eso de las nueve llegaron los clientes norteamericanos acompañados por
un empleado de la Cámara, un hombre locuaz y atento con sus invitados.
Les adjudicamos las habitaciones que nos habían cedido lord Woolfolk y
míster Collins. Una vez acomodados míster Backster y su compañero, me
quedé hablando con el acompañante de la Cámara de Comercio. Era un
tipo regordete de cara redonda y labios carnosos, correctamente vestido,
y muy dicharachero. Aproveché para sonsacarle quiénes eran los clientes.
—Son dos ex agentes de la CIA –dijo sin dudarlo y en voz baja-.
Míster Backster, el más alto de ellos, fue un importante técnico de la
Agencia que desarrolló nuevas técnicas con el polígrafo, viene a dar una
conferencia sobre ello. El otro es su guardaespaldas, estoy seguro de que
sigue siendo un agente en activo, lleva pistola… –sentenció bajando la
voz y temblándole la papada de emoción-. Es una suerte que tuviese dos
habitaciones libres en el Manila. Barcelona está a tope.
—Sí, ha sido una suerte –dije sonriendo.

La Biblia del diablo
Folleto del Manila Hotel. Propiedad del autor.
Lucifer, por Gustavo Doré

Míster Backster, científico de la CIA

Otros documentales - Espías en la arena, Objetivo España - RTVE.es
Oficial norteamericano. Segunda Guerra Mundial TVE

Decimoséptima entrega de: Los infinitos nombres del diablo. Esta vez sobre las andanzas del diablo y de encuentros amorosos.

El quinto hombre

Barcelona, mediados de julio, 1971

Nos habíamos quedado sin pistas, salvo los cabellos que encontró
Ripoll en la torre de la basílica de los Santos Justo y Pastor, que
resultaron ser pelos de barba, y el olor a azufre, que persistía
un día después de la muerte de Pagés. Por fortuna todavía teníamos una
posible víctima.
—Esperemos que nos dure –le dije a Ripoll mientras subíamos por
Passeig de Gracià.
—Ese les será más difícil, te aseguro que es un hueso duro de roer.
Carles Gabaldá nos esperaba en una de sus oficinas. El lugar, en teoría
un bufete de abogados, era un caos de mesas de despacho, sillas y archivos.
Advertimos que allí se cocía algo importante. Se trataba del embrión
para la sede de una formación de carácter político. Gabaldá se sentía heredero
del más rancio nacionalismo catalán, incluso a la derecha de la
Lliga de Cambó. La policía sabía que sus huestes se nutrían de apellidos
muy catalanes, los mismos que antes de la guerra contrataban pistoleros y
matones para amedrentar a los sindicalistas o para reventar huelgas. Sus
héroes eran los hermanos Badia. Miguel y Josep Badia fueron dos personajes
del nacionalismo de preguerra que, iluminados por los independentistas
irlandeses, quisieron crear un ejército catalán de corte paramilitar.
Los camisas verdes se instruían militarmente en la sierra de Collserola,
en el Montseny y en el Pirineo. Ambos hermanos murieron a manos de
los anarquistas en la puerta de su casa de la calle Muntaner, apenas tres
meses antes de iniciarse el golpe de estado. Ahora Gabaldá recogía el
testigo, todos aquellos apellidos que le apoyaban -según las pesquisas
policiales- habían combatido con el ejército franquista o habían esperado
escondidos hasta lo que llamaban la «liberación», para denunciar a los
comités obreros que habían gestionado sus empresas y fábricas.
—Fueron los héroes del Estat Català –nos dijo Gabaldá, refiriéndose
a los Badia, al vernos mirar las fotografías antiguas de su entierro donde
cientos de camisas verdes acompañaban a los féretros.
No quise recordarle el uso que hicieron de la bandera de Catalunya
en aquel maldito establo del pueblo de María. Nos llamó la atención una
pizarra en la que había varios calificativos tachados y reescritos, estaba
claro que era la búsqueda de un nombre para la formación de Gabaldá.
Como si leyera nuestro pensamiento nos dio algunas explicaciones.
—Queremos huir de la acepción «democrática» para nuestra formación,
no porque no lo sea, sino porque hay otros grupos como los de Pujol
que manejan este concepto. Nosotros nos llamaremos Conveniencia Unida
para Catalunya, es decir, El CUC. Más pronto que tarde tendremos
una ley de asociaciones políticas.
—Verá señor Gabaldá –dijo Ripoll un tanto nervioso-. Nosotros estamos
aquí…
No le dejó continuar.
—Imagino que vienen a contarme lo de Pagés… un mareo cuando miraba la ciudad desde la torre de San Justo y Pastor, ya lo he leído en los periódicos.
—Usted puede ser el siguiente –dijo Ripoll con la paciencia perdida.
—No lo creo, tengo todavía muchas cosas que hacer, comisario.
—Sí, sobre todo contestarme a unas preguntas.
—Estaba aquí, si es lo que quiere saber, precisamente buscando un
nombre para mi futura asociación política, éramos unos treinta, puede
hablar con cualquiera de ellos.
—No, no voy a preguntarle dónde estaba ni a qué hora volvió a casa…
¿Conoce a Sergio Congost?
La pregunta sorprendió a Gabaldá que puso cara de asombro y negó
con la cabeza.
—No me diga que también ha muerto –dijo con desdén.
La paciencia es una virtud que se pierde en cuanto insultan a nuestra
inteligencia y Gabaldá estaba tensando demasiado la cuerda. Podía mostrarse
indiferente con todo, menos con la consecuencia viva de su canallada.
No me pude contener.
—No, no ha muerto –contesté-. Sigue vivo para poder contar al mundo
lo que hicieron cinco cobardes fascistas con su madre.
Gabaldá enrojeció de ira, él también había perdido su paciencia
porque arrasó los documentos de una de las mesas con la mano derecha,
desperdigando fotos y papeles por el suelo.
—¡A mí no me hable así, Brotons, está usted en mi casa! No sé qué
pinta este hombre, que no es policía ni agente judicial –gritó, dirigiéndose
a Ripoll.
—Es un testigo, Gabaldá, usted no es quién para decirle a la policía
quién debe acompañarle. Por otro lado, no le ha acusado de nada, se ha
limitado a exponer el estado anímico de otro investigado. ¿O es que se ha
dado usted por aludido?
—Les ruego que abandonen el local, salvo que quiera detenerme y
acusarme de algo; ahora mismo llamaré a su superior…
Ya en la calle nos partíamos de risa.
—Ha perdido la paciencia.
—Nosotros también. ¿CUC no quiere decir gusano en catalán? –preguntó
Ripoll.
—Sí, un nombre muy apropiado. Supongo que ahora te pondrá en un
brete con tus jefes.
—No importa, cada vez me parece más culpable.
—Claro, ya no nos queda nadie más –dije casi en soliloquio.
—Ahora ha perdido muchas de sus influencias –continuo Ripoll-, en
la Brigada Política no ven nada bien esos movimientos regionalistas por
muy de derechas y adictos al régimen que sean. A tus «amigos» de la
Social todo lo que huela a catalanismo no les gusta nada, venga de donde
venga. Al alcalde Porcioles ya se le ha llamado la atención más de una vez
y eso que su fidelidad está fuera de toda duda.
—No sólo son ellos Ripoll, son muchos los que luchan para acabar con
la dictadura y por Catalunya. Sindicalistas, obreros, intelectuales; desde
partidos políticos clandestinos, hasta sacerdotes de parroquias obreras.
—Con todos estos líos no me entiendo –dijo Ripoll- . En mis tiempos
era más fácil, rojos o azules. Ahora hay de todo, ¿qué diferencia hay entre
un catalanista o un nacionalista?
—Toda. Un catalanista puede considerarse a alguien que ama a Catalunya
y a sus raíces, respetando el pensamiento ajeno, la pluralidad y
las diversidades; el nacionalista es un supremacista excluyente que odia
a quién no piense como él. O se es patriota como ellos lo entienden o no
se es.
—Más o menos como pensábamos nosotros en la Cruzada…
—Sí, es el mismo talante.
—Entiendo, ¿y qué es un demócrata cristiano? –dijo para provocarme.
—Ya sabes, lo dice la palabra, cristianos de cintura para arriba y demócratas
de cintura para abajo.
Nos partimos de risa. Empezaba a llover, lo que ocurriría después del
diluvio todavía estaba lejos.
Decidimos darle un empujón a la investigación. Para ello teníamos
que conseguir acorralar a Gabaldá. Sabíamos que su tranquilidad no era
un exceso de valentía, sino del que tiene la seguridad de que no puede ser
devorado porque es él el depredador. El hecho de que fuese diestro y que
los golpes de bisturí habían sido hechos por un zurdo, no le excluía como
instigador ni como cómplice.
Mi primera visita fue para Hipathia, quería tranquilizarla. Le conté mi
coloquio con su amigo Gassiot y la plática telefónica con el Opus para
liberarla de los recelos de la Obra. Hipathia se había enterado por los
periódicos de la muerte de Pagés, pero no lo relacionaba con nuestro caso.
—Estuve con tu amigo Gassiot, buff, qué tipo.
—Sigue sin caerte bien ¿eh?
—Lo que no entiendo es cómo podía gustarte, es un pedante, un vanidoso,
con esa nariz tan larga y esa barbita… y sin la gracia de Cyrano de
Bergerac, y esas extremidades, grandes y deformes.
—Gassiot sufre una enfermedad hereditaria que afecta al tejido conectivo
y al corazón –dijo entonces Hipathia.
—No sabía… –repuse, un tanto avergonzado de mis comentarios.
—La sufrieron importantes personajes en distintas formas y complejidades,
entre ellos tu admirado Niccolò Paganini.
—No me había dado cuenta, debería haber caído en ello.
—Yo misma le encargaba un remedio homeopático en la herboristería
de la calle Elisabets, muy cerca de aquí.
—La recuerdo, de niño me pico una abeja y allí me curaron con arcilla.
—¿Qué debo saber de vuestra conversación? –preguntó Hipathia.
—Es posible que un tipo llamado Gabaldá o alguien de parte suya
vengan por aquí con la historia del conjuro del códice, envíales al Seminario
de Gassiot, así te los quitarás de encima.
—¿Sigues creyendo que quieren deshacer un pacto con Belcebú?
—Aunque te parezca ridículo estoy convencido. El tal Gabaldá cree,
a pies juntillas, que el pacto existió y que prevalece vigente. Lo que no
me explico es su aparente tranquilidad, cuando todos sus compañeros han
ido cayendo.

—¿Pensáis que tiene algo que ver con las muertes?
—Seguro, no sabemos si directa o indirectamente. Pagés vivía atemorizado
pese a la ayuda y apoyo del Opus, Gabaldá sigue con su vida y
muy tranquilo…
Nos despedimos en la puerta de la biblioteca. Cuando me había alejado
unos metros me llamó.
—¡Jordi!… ¿Sabes que has crecido mucho estos días?
Sonreí. Mi bibliotecaria favorita seguía estando igual de guapa.
En uno de los momentos de tranquilidad en el trajín constante del hotel,
aproveché para llamar a Guardans.
—Les acompaño el sentimiento por la pérdida de Pagés –dije casi sincero.
—Gracias, Brotons, sabemos que la investigación está en punto muerto,
por eso hemos decidido hacer algunas indagaciones por nuestra cuenta,
tres miembros de la Obra han perdido la vida… y el alma, no lo olvidaremos.
Encontraremos al culpable, sea demonio o humano.
—¿Han hablado con Gabaldá? –pregunté, por el morbo de escuchar
su respuesta.
—No, ahora ya no hace falta, ni puede ni queremos ayudarle –dijo
misterioso.
Comprendí que Gabaldá tenía más enemigos que Satanás y el asesino,
en caso de que fueran tres personalidades distintas. La luna, como en la
canción de Henry Mancini, dibujaba un río de luz que envolvía al edificio
del Manila con un aura argenta, tal vez con intención de protegerlo o de
protegerme.

La última vez que besé a Lilith

Barcelona, julio 1971

Eulalia Camperol, Lilí para los amigos y Lilith para sus incondicionales,
me llamó para tener una nueva cita con derecho a compartir
pecados nada inocentes.
—¿Tienes mucho trabajo para esta noche?
—El que tú me des.
—Te advierto que será considerable y no valen desmayos.
—¿Podré perseguirte por tu camarote?
—El pirata eres tú… es tú elección, las princesas sólo podemos resistirnos.
—Perfecto, si yo escojo, me pido arriba.
—No, Jordi, la cubierta está pedida a ti te toca remar abajo.
—¿Pero no me has dicho que yo decidía?
—No, tú decides si quieres raptarme, pero yo elijo si me dejo raptar.
—De acuerdo –dije conteniendo la risa-. Podíamos quedar en…
—El Boadas, me gustó el combinado –respondió tajante.
Colgué sin poder quitarme la sonrisa del rostro. Los encuentros con
Lilith debían ser así, sin subterfugios o la tomabas como era, o la dejabas.
Además, tenía ganas de estar con ella y resolver mi conflicto moral. ¿Debía
contarle la historia de Sergio Congost? No estaba seguro de poderla
ayudar y, por otro lado, tampoco podía engañarla ocultando aquel secreto
que la había hecho infeliz.
Coincidimos en la puerta de Boadas, los dos llegamos puntuales. Sonreímos,
ninguno de los dos había querido hacer esperar al otro.
—Muchas ganas tienes de raptarme…
—Muchas.
Entramos en el reino de María Dolores, la barra principal estaba llena
de parroquianos y nos acomodamos en una de las laterales.
—¿Qué vais a tomar? –preguntó la mestressa desafiante.
Inquirí a Lilith con gesto divertido.
—A mí me gustaría que me sorprendiera con uno de sus combinados.
Miré a nuestra anfitriona a los ojos, estaba preparada para criticar lo
que yo pidiera fuese lo que fuese. Pero esta vez la sorprendí.
—Dos de lo que tú nos aconsejes, pero con alcohol.
María Dolores se quedó estupefacta y sonrió emocionada.
—¿Lo que yo os aconseje?
—De eso mismo –respondí, haciéndola la más feliz de las mujeres.
Al segundo Cóctel Boadas ya estábamos con aquel puntito de dicha
que da el champán y la buena conversación. Y no sólo gracias al espumoso;
el brandy, el vodka, el azúcar, la angostura y el triple seco, los otros
componentes del combinado, iban haciendo mella en nuestras voluntades
y reforzándolas en nuestro objetivo de embarcarnos juntos aquella noche
en el bajel pirata.
—El hotel está más cerca que tu casa –dije apremiante.
—En mi cama estaremos mejor.
Fin de la discusión, agradecimos a María Dolores sus desvelos y salimos
pitando en busca del taxi más cercano. Por fortuna los taxistas de
Barcelona nunca se fijan en las parejas que aprovechan los trayectos para
besarse apasionadamente, si al final del mismo les das una buena propina.
Subimos a golpe de ascensor y de desabroche. La blusa se abrió para
mostrarme las jarcias de su sujetador y la vela mayor de su falda se elevó
como si Eolo soplara bajo ella. Puse rumbo a la isla del tesoro y el galeón
se detuvo en el sexto piso. Abrimos la puerta de su apartamento, ya
medio desnudos. Tropezando con mis pantalones bajados a la altura de
las pantorrillas y sin dejar de besarnos, tomamos rumbo a su espléndida
cama; un mar de sensaciones nos esperaba. La travesía fue infinita hasta
el encuentro con Morfeo. Nos despertamos el uno pegado al otro. No me
atrevía a preguntarle si había roncado porque sabía de sobras la respuesta.
En la penumbra de su habitación, seguro ya de que nuestras naves habían
plegado velas por aquella noche, me sinceré con Lilith.
—He de contarte algo.
—Lo que tú quieras cariño, lo que no puedo asegurarte es que te crea
–dijo, partiéndose de risa.
—No, en serio Eulalia…
—Uy, si me llamas por mi nombre de pasaporte me da mucho miedo.
—Verás, he conocido a Sergio Congost.
Ella guardó silencio, no podía apreciarlo, pero imaginé que había mudado
el rostro. Se libró de mi abrazó y quedó en decúbito supino mirando
al techo.
—¿Quieres que te lo cuente?
—No, no quiero saber nada de él –susurró-. ¿Cómo le localizaste?
—No fui yo, fue él. Vino a contarme una vieja historia…
—No quiero saberla.
—A pesar de todo, quiero contártela.
— Haz lo que quieras, pero luego, lárgate.
—No me andaré con rodeos, Sergio es hijo de María Congost, una
mujer de un pueblecito cercano a Flix.
—¿Y?
—Esa mujer fue violada durante la ocupación de los nacionales por tu
padre y cuatro fascistas más. Sergio es el fruto de aquella canallada.
Oí su silencio transformado en una respiración profunda, después de una eternidad de algunos minutos se sentó en la cama. Sus hermosos pechos
quedaron libres al caer la sábana, la luna jugaba con ellos al contraluz.
—¿Cómo supiste…?
—Sergio estaba entre la lista de los sospechosos por la muerte de tu
padre y de los otros tres.
— ¿Estaba?
—Si sus coartadas son muy sólidas.
Le conté toda la conversación con Sergio Congost, incluida la visita
y las recomendaciones de Camperol. Incluso la ayuda económica que,
durante años, recibió Sergio sin saberlo.
—Quiere hablar contigo y contarte el porqué de su abandono.
—Me temo que ya es tarde.
—Él no tuvo la culpa, dale la oportunidad de explicarse.
—¿Y eres tú quién me lo pide?
—Sí, princesa. Tienes que enfrentarte al pasado y también al futuro.
—¿No tienes miedo a perderme?
—Tengo más miedo a que pienses en otro mientras me besas.
No dijo nada más durante un largo rato.
—Dale mi teléfono –dijo al fin.
—¿No prefieres llamarle tú?
—No, todavía me debe la respuesta a mi carta.
Nos besamos en la puerta de su piso esperando la llegada del ascensor.
Fue un beso pasional, pero con un componente amargo a despedida.
Pasaron unos largos días, tuve muchas ganas de llamarla y preguntarle
cómo había ido con Sergio. Sin embargo, me contuve. Ella llamaría si
tenía que decirme algo. En algunos momentos pensé que aquel beso en la
puerta del ascensor podía haber sido el último.
Aquella mañana recibí su llamada, quería verme, pero no en Boadas ni
en otro bar. Le propuse que viniera a mi despacho. Quedamos a las nueve
de la noche. Apareció radiante, guapa de veras, con un conjunto de los
caros, probablemente de Chanel.
—¿Quieres tomar algo?, tenemos bármanes tan buenos como los de
Boadas.
—No, Jordi, no quiero nada. He venido a contarte mi encuentro con Sergio.
La miré a los ojos, no podía adivinar si estaba feliz o insatisfecha, su
cara era indescifrable como el día del entierro de su padre. Se subió un
poco la falda para sentirse más cómoda.
—Quedamos en mi casa. Dijo que compró un ramo de rosas, pero que
le pareció ridículo y las había tirado en una papelera cercana. No sabía la
forma de enfocar su explicación. Se lo puse fácil para que el instante pasará
rápido. Una vez superado el primer momento, volví a ver al hombre
del que había estado tan enamorada, los mismos gestos y el mismo miedo
a mi padre, que podía ser el suyo. Lloró, lloró más que yo y pidió perdón
un montón de veces. Traté de consolarle y… no sé cómo paso, pero me
acosté con él.
Sentí una especie de escalofrío, algo de rabia y un poco de celos. Ella
continuó.
—Después de amarnos le vino una especie de arrepentimiento. «Podríamos
ser hermanos», dijo. «Sólo hay un veinte por ciento de posibilidades
», le contesté. «Sin embargo, podría ser», insistió, como si en vez de
mi hermano fuese mi padre. «Por qué no te lo preguntaste hace una hora»,
le repuse. Él bajó la cabeza y trató de justificarse, no acepté sus excusas y
salió de mi apartamento cabizbajo y dolido.
—Le pudo la posibilidad de que fuerais hermanos.
—¿Y qué importaba a esas alturas?
—Pero ¿le quieres? –pregunté.
—Sí, pero como a otro amante casual, no puedo volver a amarle como
entonces. Soy hasta capaz de olvidar que puede, remotamente, ser mi
hermano; aunque no puedo aceptarle como el hombre de mi vida. Aquello
se acabó.
—¿Y ahora que harás?
Me miró con esa elegancia natural que poseía, ladeó su melena de
tonos rojizos y dijo:
—Llamarte cuando te eche de menos.
—Sí, pero me pido cubierta –dije más contento que unas Pascuas.
—Eso ya lo veremos…
Se marchó después de besarme con fogosidad, la abracé tratando de
no arrugarle el Chanel. Me había equivocado, aquel beso del ascensor no
había sido ni sería el último.

El diablo vigilando el Manila Hotel. Dibujo de Anii Dream
Boadas. María Dolores.
Besos con Ruth
Foto Nanane

Decimosexta entrega de: “Los infinitos nombres del diablo”. De campanarios y lugares del Barrio Gótico de Barcelona

Los campanarios de Barcelona

Barcelona, julio de 1971

Sería medianoche cuando me llamó Ripoll, cogí el teléfono en La
Parrilla, andaba comentando con el chef los pormenores de la cena
y que siguiera las recomendaciones que habíamos acordado.
—¿Jorge?… Todo está pasando en mi distrito, parece la casa de los
horrores.
Esperé a que el chef se alejara para preguntar a Ripoll qué ocurría;
no me dio tiempo, desde el otro lado del auricular oí su carraspeo y su
exclamación.
—¡Se han cargado a Pagés, o se lo han cargado o se ha suicidado!
—¿Estás seguro?
—Hombre, muy guapo no ha quedado, pero hemos confirmado que es
él. Ha caído desde la torre de la basílica de San Justo y Pastor. Treinta y
cinco metros de vuelo. Murió en el acto.
—¿Qué dirán esta vez los periódicos?
—No lo sé. Si es un suicidio los del Opus no querrán admitirlo y si
ha sido empujado, tampoco. Aunque los de la autopsia aseguran que hay
ciertas marcas en el tórax que sugieren un fuerte golpe.
—¿Piensas en Sergio Congost?
—Hemos hecho indagaciones, es quién creemos, en cuanto a lo de
hoy, Congost ha pasado todo el día en el Hospital del Mar. A la hora del
deceso estaba operando.
—Nos estamos quedando sin sospechosos –dije contrariado.
—Como tú dices… siempre nos quedará Satán.
—Habrá que tenderle una trampa. ¿Cómo se pesca al diablo?
—Con un político, son los más afines –río Ripoll.
—Nuestro quinto hombre lo es y de los importantes…
—Y de los más cabrones –matizó el comisario. Quiero regresar esta
tarde al lugar de los hechos, podría encontrar nuevas pistas ¿te apuntas?
—Claro, no me iba a perder.
Quedamos a la misma hora en que sucedió el accidente, valía la pena
valorar el momento de luz y el último paisaje que vio Pagés, eso nos ayudaría
a reconstruir la escena.
La basílica de los Mártires Justo y Pastor olía a humedad y a cirio, a
leyenda y a rezo. Algunos fieles permanecían sentados o arrodillados en
oración. El rector de la basílica se deshacía en explicaciones.
— No nos dimos cuenta de que todavía quedaba un feligrés, siempre
advertimos del cierre, no sé por qué no nos oyó.
—Nos gustaría subir al mirador de la torre –dijo Ripoll.
—Claro, claro… síganme.
Pasamos por debajo de las cintas de prohibido el paso que habían colocado
los hombres de Ripoll. Subimos por la escalera de caracol, ciento
setenta y cuatro escalones nos conducirían a lo alto del campanario. Oía a
mi espalda los resoplidos y maldiciones de Ripoll. Llegamos a la terraza
del carillón. Egidia, Pastora, Justa y Montserrada, las cuatro campanas de
la iglesia, nos vieron ascender el último tramo, la puerta de acceso al mirador
permanecía abierta, me pareció que olía a azufre. Salimos, la terraza
ofrecía una vista espectacular a los cuatro puntos cardinales. La baranda
de piedra sólo llegaba hasta la rodilla. Era fácil perder el equilibrio y caer,
y mucho más fácil si recibíamos un inesperado empujón.
—Hemos calculado, por la posición del cadáver y lugar en que cayó
a la plaza, que fue desde este punto donde se precipito al vacío –dijo
Ripoll-. No hemos encontrado huellas de zapatos ni señales que indiquen
que hubiese lucha o que fuese arrastrado hasta la baranda, salvo las
marcas en el pecho.
—¿Eran de manos o de garras?
—Si eran garras no le hirieron y si eran manos eran muy grandes, la
contusión pectoral, además de fuerte, era amplia.
Miramos con detalle en el quicio de la puerta de entrada, en las piezas
del arco y en el suelo. Nada, aparentemente. Ripoll, pese a que la luz declinaba,
descubrió unos pelos en el piso.
—Pueden ser de cualquiera de los que ayer estuvimos aquí… No obstante,
me los llevaré al laboratorio.
—¿Sabes que he notado olor a azufre?
—Yo también, pero no he querido decirte nada al respecto para que no
siguieras con tus disparatadas teorías.
— No son mías, Enrique-dije, mientras olisqueaba alrededor.
— La verdad, es que sí, que huele raro –confirmó Ripoll.
— Así que tenemos un asesino que huele fatal, pierde pelo y empuja
con decisión.
—No, todavía no lo tenemos.
—Entonces, ¿a que esperamos?, nos queda sólo una pieza del quinteto-
dije convencido.
Ya en el hotel, tomándome un café con Félix Nogal, le conté la muerte
de Pagés; tampoco él pudo aportarme nada al respecto.
—No puedo tener percepciones si lo sucedido es dentro de un templo
o en sus inmediaciones. Cualquier religión protege sus misterios con la
propia consagración de sus lugares de culto, la cristiana o la judía las que
más; es como si tuviesen un aura protectora.
—Entonces no «viste» nada de lo acontecido.
—Yo no he dicho eso, he tratado de estar conectado a esos hombres
desde que me lo dijiste, Jordi. Con Pagés ha sucedido algo muy especial,
no he podido presentir su muerte, en cambio sé que las manos que le empujaron
no eran humanas.
— No me digas, a ver cómo se lo cuento a Ripoll.
Un par de días después, sobre las siete de la tarde, recibí una inesperada
visita. Se trataba de Sergio Congost, quería preguntar sobre el precio
de los menús para una cena de facultativos. Le recibí en La Parrilla, era
el sitio más adecuado para hablar de banquetes, si tenía alguna duda podía
consultar con el chef que andaba preparando la carta de la cena. Hablamos
de distintos platos y acompañamientos. Sergio Congost era un tipo
alto, de anchas espaldas y rostro atractivo, podía pasar por un galán de
cine. No aparentaba los treinta y dos años que tenía, parecía un jovencito
recién salido de la facultad. Tenía el pelo moreno, algo ondulado, con prematuras
entradas. Una pequeña cicatriz en la frente y su estampa, le daban
un aire de luchador o de gladiador. Sus manos de pianista, dedos largos,
sin nudos, de cuidadas uñas, se movían con cierto nerviosismo al escuchar
cualquiera de mis comentarios. Vestía un elegante traje a medida,
por las hechuras deduje que podría ser una pieza de Cortefiel, de la nueva
sastrería Aramis en Rambla Catalunya o incluso de Gilbert Batet, uno de
los sastres más prestigiosos de la ciudad. Advertí que lo de los menús era
lo de menos, me estaba examinando, tanto como yo a él. Su interés por el
banquete de los colegas era sincero, pero vino solo y eso me demostraba
su deseo de juzgarme a placer. Cerramos un menú de treinta comensales
para el último viernes de julio.
—Es una cena de vacaciones, si es que al final alguno de nosotros
puede disfrutarlas –dijo.
—¿Mucho trabajo en el hospital?
—Sí, supongo que sabe lo que está ocurriendo. Lo tenemos todo controlado,
hay numerosos pacientes reales y otros que tienen todos los síntomas
imaginarios, pero a los que también tenemos que atender.
—¿Me permite una pregunta?
—Claro, Brotons, trataré de responderle.
—¿Por qué el Manila? En la Barceloneta hay magníficos restaurantes,
a dos pasos del Hospital del Mar, el Siete Puertas de la plaza Palacio, está
a menos de diez minutos. ¿Por qué aquí?
—Es un buen hotel con un celebrado restaurante. Además, quería conocerle.
Guardé los presupuestos en una carpeta, me giré hacia un camarero
que andaba preparando las mesas para la cena.
—Por favor, José, tráenos… ¿Qué quiere tomar?-pregunté a Congost.
—Lo mismo que usted, Brotons.
—Dos de los míos, José –le confirmé al camarero.
El camarero trajo los dos J&B con los requisitos pertinentes y una
sonrisa, les gustaba servir al jefe y luego contar que yo había bebido el
doble de lo que realmente había trasegado. Nunca supe si eso era así para
darme una fama que no merecía, o aprovechaban también para hacerle los
honores al whisky entre bambalinas.
—Verá, Brotons –dijo, después del primer sorbo-. Ya sé que ando en la
lista de sospechosos del comisario Ripoll. Me he dado cuenta de que me
siguen y preguntan por mí al personal del hospital. Mi madre me comentó
que la habían visitado y, poco después, aparecieron los hombres de la
gabardina a mis espaldas.
—Muy raro, ha llovido poco estos días.
—Ya me entiende, eran los hombres de Ripoll. No me extrañó, doy
todos los síntomas. Aunque le aseguro que no soy el hombre que buscan,
pero tampoco tan inocente…
Confieso que me emocioné, detrás de sus palabras había algo que no
sabíamos y estaba a punto de ser revelado. Bebí un largo trago y le pedí
que continuara. Los camareros habían terminado ya de montar las mesas,
faltaba más de una hora para que apareciera el primer cliente.
—No lo soy, pero podría haberlo sido. Le voy a contar una larga historia
que seguro le sorprenderá. No sé si les consta que mi madre nunca me
dio el nombre de Robert Camperol ni me contó su historia. Sin embargo,
en un pueblo pequeño siempre hay alguien que está dispuesto a informarte
de lo que no le afecta, sobre todo cuando eres niño. Crecí sabiendo
el chisme que de mi madre narraban, pero su dignidad fue un bálsamo
que me mantuvo indiferente ante los comentarios. Hace unos años, con
no pocos esfuerzos, pudo enviarme a estudiar a Barcelona. Aquí hice el
bachillerato y el preuniversitario, me asombraba que mi madre pudiera
seguir pagando los colegios privados y mi manutención; me habló de la
venta de unas tierras de sus padres, de unos ahorros… Yo, para ayudar
con los gastos, trabajaba de camarero algunas horas en de los bares de
moda de la ciudad. En uno de ellos, ya en último año de carrera, conocí
a una joven de la que me enamoré. Ella tenía diecinueve años y yo veintiocho,
la edad no fue obstáculo para que me correspondiera, tampoco la
diferencia social, era una de las hijas de un rico industrial barcelonés…
Me removí en mi silla, traté de dar un sorbo y uno de los hielos impactó
en mi nariz, unas gotas de whisky cayeron sobre la carpeta de los
presupuestos. Como un estallido en mi mente supe de pronto qué iba a
decirme y él supo por mi cara que lo había adivinado.
—Sí, era ella, su… nuestra amiga, Eulalia Camperol.
Me quedé en silencio. Tenía un montón de preguntas que hacerle, pero
él me las respondió todas con un solo comentario.
—No lo sabía, tampoco lo sospeché cuando me acosté con ella.
—¿Cómo supo quién era su padre?
—Llevábamos más de un año saliendo, su padre se enteró de nuestra
relación e investigo quién era yo. Un día vino a verme al hospital dónde
realizaba las prácticas y me contó toda la historia, incluida la ayuda que
le daba a mi madre para mis estudios. No supe que decirle. Él me pidió
que dejara de verla, el argumento de que podía ser mi hermana cayó sobre
mí como una losa. Las pruebas serológicas pueden determinar el grupo
sanguíneo de una persona basado en los grupos de los padres, pero no son
pruebas concluyentes, tampoco las recientes con la proteína HLA, cuyos
diferentes tipos varían de persona a persona. Hoy, por hoy, no existe todavía
forma de averiguar si somos hermanos.
—Sería un golpe duro tener que renunciar a ella, pero dígame ¿cómo
sabe de mi amistad con Eulalia?
—Ripoll no es el único que tiene informantes.
—Ya, no obstante, todo lo que me ha contado no explica que usted
sepa la personalidad de los asaltantes de su madre.
—Cierto, y eso me obliga a relatarle la otra parte de la historia. Hace
unos meses volví a recibir la visita de Camperol. Me contó la identidad
de los otros violadores y que alguien les había amenazado de muerte a
los cinco. Dedujeron que las amenazas partían de un enemigo común y
los únicos que tenían cuentas pendientes con todos ellos a la vez éramos,
yo… y el diablo. Camperol les tranquilizó asegurándoles que yo desconocía
sus nombres, entre los cinco imaginaron un sistema de alarma para
advertirse mutuamente de algún peligro. A pesar de todo, Camperol no se
quedó tranquilo y pensó que si ellos conocían mi existencia y mi nombre,
alguno de ellos, podría tener tentaciones de eliminarme. Por eso me dio el
nombre de los otros cuatro.
—Rocambolesca historia, Congost, parece más sencillo pensar que es
usted el que se los está cargando –dije, esperando su reacción.
—Supongo que, a estas alturas, ya habrán comprobado mis coartadas.
—En efecto, pero quién tiene informantes también puede tener cómplices…,
porque motivos le sobran.
—Efectivamente –dijo, depositando su vaso vacío sobre la mesa-.
Pero ¿cree usted posible que elija el Manila para cenar si tuviese algo que
ver con la muerte de Camperol o con la de los otros?
—Por lo menos veo tres razones. La primera porque, el nuestro, es un
buen restaurante; la segunda porque siempre se vuelve al lugar del crimen
y la tercera porque se moría por conocerme. Aunque, para su tranquilidad,
no creo que tenga usted nada que ver con esas muertes, a pesar de que
sepa manejar un bisturí.
—Muchas gracias, Brotons, nos veremos el día de la cena-dijo cogiendo
la carpeta con los presupuestos.
—Eso espero –le dije, mientras le acompañaba a la salida.
A la espera del elevador nos escrutamos de nuevo, era como en esos
wésterns americanos de duelo al sol, aunque estuviésemos a cubierto y
atardeciendo. Oímos llegar el ascensor, antes de entrar en él me miró a
los ojos:
—Cuénteselo, Brotons, yo no tengo valor… no sé si querría escucharme.
Entró en el ascensor, encogido como el niño que acaba de contar una
travesura. Desde el campanario de la vecina iglesia del Carmen tocaban
las ocho.

Restaurante La Parrilla del Manila Hotel
CAMPANARIO DE LA CATEDRAL CON UNA DE LAS GÁRGOLAS QUE REPRESENTA UN CARACOL – FOTO AJUNTAMENT DE BARCELONA
Las terrazas de la Catedral de Barcelona. Foto: Catedral de Barcelona
La Basílica catedral del Pí o del Pino. Foto: BCNHorasdeOficina.
Campanario Basílica del Pí. Foto: BCNHorasOficina

El campanario y frontal de la Basílica de la Merçè en Barcelona
Campanario de la Basílica de la Merçè .Foto: Viajabloc
Campanario del Arzobispado de Barcelona. Foto: El País. Aunque así la titula el País, en realidad la foto corresponde a Santa María del Mar
Santa María del Mar Foto:MiBarcelona
DETALLE DEL CAMPANARIO. FOTO: MiBarcelona
Una iglesia del Raval necesita ayuda para salvar sus campanas
Campanas de la parroquia de Mare de Déu del Carme del barrio del Raval. Foto:Llibert Teixidó, para La Vanguardia

Església Betlem - Barcelona.jpg
Iglesia y campanario DE BELÉN EN LAS RAMBLAS DE BARCELONA. Foto: Pere López – Fotografia pròpia.
Crucero y Campanario en la Iglesia de Santa Ana, BARCELONA
Campanario del antiguo monasterio de Santa Ana en Barcelona
Terraza de la Basílica de los Mártires San Justo y Pastor, en los años 70 la barandilla metálica no existía.
Las Piedras de Barcelona: Sants Just i Pastor
Campanario de San Justo y Pastor. Foto: Las Piedras de Barcelona

Decimocuarta entrega: Donde se habla de la sexualidad oculta en las familias burguesas y la del propio JB con Lilith.

El cuarto elemento

Barcelona, final de junio de 1971

Una indiscreción me descubrió la personalidad real de Ramón Pagés.
A pesar de mis advertencias y de mis desvelos, el Manila,
como cualquiera de los grandes hoteles del orbe, era un nido
de espías y no lo digo por otros hechos más consistentes y de más alta
repercusión diplomática y política que algún día relataré, lo digo por las
situaciones cotidianas que suceden en el pequeño universo de un gran
hotel. El ir y venir de los clientes deja, en multitud de ellos, gratos o
controvertidos recuerdos, pero también en la memoria del personal de
un hotel queda reflejado el paso de muchos de sus parroquianos, incluso
tiempo después de estar alojados. Si todo el personal de un centro hotelero
tiene capacidades detectivescas y fantasiosas, en los años setenta el
centro de operaciones de espionaje estaba en la centralita de los hoteles,
allí se recibían los mensajes, se ponían las conferencias, se preguntaba y
se respondía a todo, mucho más que en la conserjería o en la recepción.
Con el tiempo, la eliminación de aquellas centralitas acabó con una profesión
y una forma de fisgoneo selecto.
El caso es que, gracias a esta tradición de poner oreja en las clavijas,
algunas de mis conversaciones e indagaciones eran seguidas por un público
entusiasta. Para confirmarme lo que era de dominio casi general,
apareció aquella mañana una de las camareras de piso en la puerta de mi
despacho.
—¿Puedo pasar, JB?
—Claro María, adelante.
María avanzó desde la puerta con paso indeciso hasta llegar al centro
del despacho. Se detuvo y cruzó las manos sobre el uniforme a la altura
del vientre.
—Por favor no te quedes ahí de pié, siéntate.
Retiró las manos del regazo y se sentó en una de las butacas.
—Verás, JB, he oído por ahí que estás interesado en un tal Ramón
Pagés…
—Sí, María, supongo que habrás sabido algo por radio macuto.
Ella sonrió. Me conocía desde que era un muchacho de catorce años
recorriendo los pasillos del hotel. María era de las veteranas, estaba desde
el primer día que el hotel abrió sus puertas.
—Estuve sirviendo mucho tiempo en casa de los Pagés, desde los trece
años. Tanto en su piso de la plaza Calvo Sotelo como en su masía de
Cadaqués. ¿Qué quieres saber de los Pagés?
—¿Conoces bien a Ramón?
—Sí, fue justo al terminar la guerra. El señorito Ramón-dijo, todavía
con la mente puesta en el pasado –tendría veintiuno o veintidós años.
Tenía dos hermanos y cuatro hermanas. Él era el mayor.
—¿Cómo era?
—No era mala persona a pesar de pasearse todo el día con la camisa
azul. Lo hacía porque era muy tímido. Cada vez que una de nosotras le
preguntaba algo se ruborizaba. Iba un poco salido, cuando «hacíamos» el
suelo nos miraba le trasero. En aquellos tiempos limpiábamos de rodillas.
—Perdona la pregunta… ¿llegó a propasarse alguna vez con alguna
de vosotras?
—No, que va, incluso había una cocinera extremeña que le provocaba.
Éramos crías y jugábamos a eso con los señoritos, sin que lo viese la
señora… muy de misa ella. En aquella casa no pasaba lo que en algunas
otras que el señor o los señoritos andaban tras el servicio, en la de los
Pagés todo lo vigilaba la señora.
Sonreí. Me imaginaba la férrea mano de la dama controlando a su
marido y a sus vástagos.
—Al parecer eran buena gente-aventuré.
—Bueno, ya sabes, muy suyos, muy católicos, la señora de misa diaria.
El señor con sus negocios. Eran primos hermanos, tuvieron que pedir
no sé que al Papa para casarse. En aquella casa sólo se hablaba catalán,
estaban orgullosos de que su hijo fuese falangista. «Me lo pidió Cambó»,
repetía el padre. El señorito Ramón utilizaba sus influencias con los gerifaltes
para los negocios de la familia.
—¿Y el tema del sexo?
—¿El ñaca, ñaca? Era muy familiar, en Calvo Sotelo todos guardaban
la compostura, pero al llegar a Cadaqués todo se desmadraba.
Creo que María vio en mi cara la extrañeza y las ganas locas de que
prosiguiera el relato, al fin y al cabo yo también era de la cofradía de los
chafarderos.
—Sí, JB, en la masía de Cadaqués, con el verano, el sol y la playa,
todo cambiaba. Venían a la finca las hermanas del señor y los hermanos
de la señora, todos primos, todos Pagés, todos muy catalanes. Pillamos
varias veces al señorito Ramón haciendo cosas con dos de sus primas.
—¿A la vez?
—No, no. Con una en el jardín y con la otra en su dormitorio. Las dos
eran primas hermanas, una de un lado y otra del otro, las dos Pagés. El
señorito tuvo que casarse con la primera de ellas que quedó embarazada.
No hubo escándalo; algunos de los cuñados Pagés también jugaban con
sus primitas.
—¡Caramba, María! Esta familia sabía divertirse.
—Uy, ahí no acaba todo –dijo María, misteriosa-. Cuando empezaba
el veraneo la señora se tiraba los tres meses con los pequeños en Cadaqués.
La familia tenía un capellán que residía todo el verano en la masía
y daba misa todos los días en la capilla de la finca. La familia sólo asistía
los domingos, la señora a diario.
—Vaya, muy devota.
—Sí, muy devota… devota del capellán. Malas lenguas dicen que el
más pequeño… bueno, el que ahora es sacerdote…
Estallé en una sonora carcajada.
—Sí, sí, tú ríete, pero no has tenido que verle con la sotana arremangada
empujando desde atrás y la señora apoyada en el altar de la capilla…
y luego limpiarlo todo.
No podía más, me estaba desternillando de risa. Traté de hacer un esfuerzo
y seguir indagando, no exento de morbo pregunté:
—¿Pero, vosotras, cómo lo veíais?
—A través de una cristalera o por el ojo de la cerradura… y no te rías.
—No puedo evitarlo, perdona María. Te voy a preguntar algo muy en
serio. ¿Crees capaz a Ramón Pagés de cometer un asesinato?
—¿El señorito Ramón? Qué va, es incapaz de matar una mosca.
—En la guerra mató a más de una.
—Sería a cañonazos y a distancia. Es un cobardica. Se desmayaba si
veía sangre. Un día, una de nosotras, Paulina, se cortó en un dedo y al
señorito le dio un vahído.
—Gracias, María. Me has sido de mucha utilidad.
—Ya sabes, JB, si en algo puedo ayudarte… Pero, por favor, no le
digas a nadie todo lo que te he contado.
—Yo no se lo diré a nadie, María.
—Gracias, JB.
Salió del despacho contenta de haberme podido echar un capote, ahora
veríamos cuál sería su aplomo cuando la interrogaran las telefonistas y
los mozos de equipajes, verdaderos agentes de información.

Una noche con Lilith

Barcelona, dos de julio de 1971

Lilith, según las antiguas culturas, fue la primera mujer de Adán.
Los sumerios ya contaron que su lujuria y rebeldía la llevó a abandonar
a Adán. El primer problema entre ambos surgió cuando ella
se cuestionó el porqué tenía que yacer debajo de Adán si también estaba
hecha de polvo como el primer hombre. Al parecer, no sólo era una cuestión
postural sino de igualdad. Eulalia Camperol cumplía con los cánones
de su predecesora, ella quería ser la protagonista de su vida, llevar la parte
cantante en las relaciones y elegir la postura del coito según el momento.
Yo no tenía ningún inconveniente en aceptar cualquiera de estas condiciones.
Así que esperé con paciencia a que ella iniciará un nuevo contacto.
Una mañana los dioses escucharon mis silentes ruegos y la tentadora
Lilith me llamó para proponerme una cita. Acepté encantado y quedamos
a medianoche en un bar cercano a Las Ramblas. Boadas era una coctelería
de la calle Tallers, a pocos metros de Las Ramblas y a tiro de piedra del
Manila. Era un local pequeño y entrañable, de forma triangular, en el que
José Luis y su esposa, María Dolores, hija del fundador Boadas, ejercían
de anfitriones. Nos sentamos en los dos taburetes de la barra principal que
formaban el vértice del triángulo. Nos atendió la mestressa en persona.
—Hola guapos-nos dijo. ¿Qué queréis?, aunque ya sé, Jordi, que me
vas a pedir un J&B como siempre. Espero que tu amiga tenga más sentido
del gusto y me pida un cóctel.
—Te presento a Eulalia –dije.
Eulalia le dio dos besos a María Dolores.
—Sí, yo no soy de ideas fijas, sorpréndeme con uno de tus combinados.
A María Dolores Boadas se le iluminó el rostro. ¡Por fin le traía una
persona de gustos exquisitos a la que poder maravillar con una de sus
creaciones!
— ¿Nunca le pides un cóctel para satisfacerla? –me dijo Lilith.
—Si, a veces, pero normalmente recurro al whisky.
—Vaya, veo que eres un hombre fiel… a las bebidas.
María Dolores seguía mezclando y dándole a la coctelera con agilidad
y ritmo.
—Toma cariño, mi mejor Dry, nueve partes de ginebra, una de vermut
seco, mucho hielo y mi toque mágico –le dijo a Lilith-. Y para ti, tu J&B.
Tienes suerte de que me recomiendas a los clientes del hotel, si no, no te
serviría ni una cerveza –dijo con fingido desdén y guiñándole un ojo a
Lilith.
—Bonito local, estuve una vez con mis amigos, aunque había mucha
gente y me pasó desapercibido.
—Por aquí ha transitado todo el mundo, desde Xavier Cugat a Serrat,
pasando por Joan Miró, Salvador Dalí, García Lorca, Picasso, Ernest Hemingway
saboreando sus mojitos, o Greta Garbo.
—Fíjate que sólo has mencionado a una mujer.
—No, Lilith, te he presentado a otra y excepcional. La gran dama del
Boadas.
Estuvimos dialogando por espacio de media hora larga. Hablábamos
de nosotros, protegidos por un mágico halo que nos situaba al margen de
todos, la demás gente del establecimiento andaba desaparecida entre la
niebla del humo de los cigarrillos. Con un ligero gesto apartó su melena
de tonos cobrizos y me miró a los ojos. Supe que iba a contarme la historia
de su gran amor, una historia rota por la presión paterna.
—Nunca supe, si lo que le molestaba era que me llevara cerca de diez
años de edad o, simplemente, por imponer su voluntad. El caso es que no
paró hasta conseguir que rompiéramos. Me traumatizó, pero me liberó, a
partir de entonces hice lo que me vino en gana, ligué con quien quise. El
problema es que en cada una de mis relaciones veo gestos de mi padre y
eso me impide amar a nadie.
En aquel momento María Dolores Boadas advirtió que nuestras copas
estaban vacías, con su habitual sonrisa preguntó si queríamos otra ronda.
—Sí, de lo mismo, estaba muy bueno –contestó Lilith.
La barman me observó con mirada desafiante para censurarme si le
pedía otro nuevo whisky. Esta vez la complací.
—Un Rob Roy, al fin y al cabo era un rebelde –dije.
María Dolores sonrió. La vimos coger el vaso mezclador y enfriarlo
vertiendo una cucharada de hielo picado y removerlo hasta refrigerar el
recipiente, tiró el hielo y puso casi tres cuartas partes de J&B de quince
años y el resto de vermut dulce, añadió dos gotas angostura, un chorrito
de jugo de cerezas y una cáscara de limón, lo mezcló todo con una cucharita
larga e intentó servirlo en una copa de Martini, pero la cambió por un
vaso corto sonriéndome.
—Es una concesión sólo para ti-dijo.
—Te lo agradezco.
Continuamos la conversación que María Dolores había interrumpido
para evitar que nos quedáramos secos. Nuestros taburetes estaban pegados
el uno al otro con lo que nuestras pantorrillas se rozaban en cada
cambio de posición. Tuve la tentación de subirme la pernera del pantalón
por encima del calcetín para sentir su piel. Lilith lo adivinó, me cogió la
mano y fue recorriendo con sus dedos las líneas de la palma como si fuese
una experta en quiromancia.
—¿Sabes leerlas? –pregunté.
—No, pero me gusta tocarla –dijo entrelazando sus dedos con los míos
y poniendo cara de niña mala por la ambigüedad de la respuesta.
Correspondí a sus caricias poniendo mi diestra sobre su rodilla.
—A mí también… –dije. Pero, sigue con tu historia, por favor.
—Poco más hay que contar. Soy una mujer libre, también quiso serlo
mi hermana y ante la imposibilidad de conseguirlo huyó para no enfrentarse
a mi padre.
—¿Hace mucho que está en Ibiza?
—Un par de años… y dudo mucho que vuelva. Yo me quedé aquí, en
la misma ciudad que mi padre; preferí darle disgustos en distancia corta.
Fue una forma de vengarme.
—¿Y ahora que él ha muerto?
—No siento ninguna satisfacción, ni alivio, algo se rompió hace tiempo
en mi interior y trato de arreglarlo… sin prisas.
Nuestras bebidas fueron mermando a la misma velocidad que nuestros
cuerpos se buscaban sutilmente. Nos besamos. Sin embargo, no estábamos
cómodos, el local no era demasiado grande y pese a las cortinas de
humo y el éxtasis del vapor etílico, nos poníamos en evidencia. Nos despedimos
de la mestressa, que nos regalo besos, sonrisas y consejos, salimos
a Las Ramblas y paramos un taxi. Lilith dio la dirección de su casa y
se acurrucó a mi lado como si quisiera fundirse en mí, su mirada era toda
una promesa, porque se pueden adornar las palabras hasta hacerlas convenientemente
creíbles, pero la forma de mirar no engaña. Llegamos en
apenas un cuarto de hora, abrió la puerta y nos besamos en la semioscuridad
del patio, sin dejar de besarla tanteé los botones del ascensor hasta dar
con el de llamada, en cuanto el elevador abrió sus puertas entramos sin
mirar, por fortuna estaba vacío. Lilith se arremangó la minifalda y saltó a
mi cintura atenazándola con sus piernas, yo le sujeté el trasero por debajo
de la falda sin intención de renunciar a sus glúteos, por lo que tuvo que
ser ella la que pulsara el disco de su piso. De la misma guisa y sin dejar
de besarnos, dejamos el ascensor y, como pudimos, introducimos el llavín
en la cerradura de la puerta, una premonición de lo que iba a suceder poco
después en su tresillo. Como era de esperar Lilith me cabalgó con frenesí,
y a mí no me importó yacer debajo de ella. El orden de los factores…
Un par de horas más tarde, reposábamos felices en su dormitorio.
—¿Le has vuelto a ver? –pregunté al techo de la habitación.
—¿Te refieres a mi sujetador? Cayó a las primeras de cambio.
Solté una carcajada y me giré hacia ella. No hizo falta volverle a preguntar.
—Mi padre solía ser muy convincente. No he sabido nada más de él,
aunque por amigos comunes supe que vivía en Barcelona.
—La muerte de tu padre cambia mucho las cosas. ¿Tal vez, ahora?
— No temas, no me gustan los cobardes, se rindió demasiado pronto.
Incluso le escribí un par de cartas diciéndole que estaba dispuesta a todo
por seguir con él… a todo, incluso dejar mi casa. No recibí respuesta. Mi
tercera misiva fue devuelta al remitente, no quiso ni abrirla.
— Lo siento.
—No tienes nada que sentir, es agua pasada y como te he dicho, entre
el uno y el otro me mostraron el camino de la libertad.
La abracé tiernamente y no pregunté más. Mis inquisiciones eran sinceras,
pero no quería incomodarla. Miré la hora, tenía que regresar al
hotel, a la mañana siguiente, es decir, al cabo de unas cuatro horas, empezaba
una jornada complicada, al mediodía recibíamos un par de grupos
de turistas y despedíamos a otros tantos.
—Tengo que irme princesa, ¿me llamarás?
Ella sonrió, sabía que la pregunta era sincera, pero un tanto sarcástica.
—Es posible que lo haga –dijo irónicamente.
Me metí en el baño, estaba lleno de potingues y de ungüentos, pero
muy bien ordenado. Dejé que el agua de la ducha de deslizara por mi
cabeza para terminar de despejarme. Elegí un gel de baño del surtido de
media docena que reposaban en un estante de cristal. Canté un par de
estrofas de alguna canción y eso me trajo a la memoria mis días en el
coro de Notre Dame de Lausana. «Tengo que apuntarme en algún coro
de Barcelona», pensé. Al entrar de nuevo en el dormitorio, Lilith estaba
esperándome desnuda y con un sobre en la mano.
—Es la última carta que le escribí y que me fue devuelta. En ella le
contaba todos mis sentimientos y mi rabia por no haber luchado por mí,
quiero que la leas y luego la destruyas. Con eso rompo con el pasado, ya
no actuaré ni por venganza ni por indolencia, lo haré a mi modo y cómo
decida.
—No sé si debo… es tu vida.
—Y yo quiero hacerte participe de ella, así no preguntarás nada más,
tampoco deseo que me comentes tu parecer, sería baldío; acéptalo como
un gesto de especial confianza.
Cuando terminé de vestirme cogí el sobre y lo guardé en uno de los
bolsillos de mi americana. Ella permanecía sentada en el borde de la
cama, me arrodillé para quedar a su altura.
—No te olvides de llamarme, todas las mujeres decís que lo haréis y
luego si te he visto no me acuerdo.
—Eres un payaso, Jordi, –dijo, partiéndose de risa.
Di un portazo simulando mi salida, pero me quedé en el piso, entré de
nuevo en el dormitorio y ella salió del baño algo asustada. Sonrió con su
carita de niña mala al verme allí parado.
—¿Qué te has dejado? –preguntó.
—A ti-respondí, besándola en la boca.
Fue una despedida tierna, con sabor a cóctel a besos y a confidencias.
La ducha seguía martilleando sobre la bañera vacía, como una canción
de amor.

El Club Med de Cadaqués, inaugurado
El Club Med de Cadaqués, años 70. Folo La Vanguardia
Foto Maspons. EL PAÍS
LA DAMA DEL BOADAS DE ABRCELONA
COCTELERÍA BOADAS
Imagen Publicitaria de Bocaccio. Teresa Gimpera, foto Leopoldo Pomés.

Había mujeres piratas? La historia de Anne Bonny y Mary Read - VIX

Decimotercera entrega: De viajes, filosofías y teologías

En un pequeño pueblo cercano a Flix

Ribera del Ebro, 28 de junio 1971

El pueblo se acunaba en el meandro, el Ebro le rodeaba como si quisiera
protegerlo de todo mal. Como muchos pueblos de la Ribera
estaba rodeado de campos de cultivo, tenía una ermita cercana,
una plaza con su ayuntamiento y una escuela municipal. Como tantos
otros pueblos de la Ribera tenía grandes proyectos de futuro sin olvidar el
pasado. Sus mujeres seguían haciendo encaje de bolillos y sus hombres
trabajando en el campo, como antes de que España se desangrara en una
guerra incivil.
Mi Kadett dejaba Flix a la espalda a menos de siete kilómetros de
nuestro destino. Ripoll me iba contando, con las oportunas reservas, el
interrogatorio a Gabaldá.
—Me has contado tú más cosas que Gabaldá al juez. Ni demonios,
ni violaciones, ni nada que ver con los asesinatos. Es más, dice no haber
tenido demasiados contactos con sus antiguos camaradas. Ese cabrón asegura
que es un santo.
—Mientras le crean…
—Yo no, te podría contar cosas de él que te sorprenderían. Ahora saca
la Senyera por todas partes, antes se descojonaba de todos los símbolos
catalanes. Era un camisa azul convencido.
—Bueno, también toma riesgos con su postura actual-dije, ya a la vista
del pueblo de María.
—Es una pose, le gustaría que le metiéramos en la cárcel por nacionalista,
así se pintaba la aureola de mártir. Los cambios están cercanos,
Jorge, el gobierno, pese a todo, está abriendo la mano. Un tal Jordi Pujol
le ha tomado ventaja y Gabaldá quiere recuperar terreno.
Llegamos al pueblo de María. Nos dirigimos a la comandancia de la
Guardia Civil y preguntamos por el comandante de puesto. Un cabo con
aspecto aburrido nos recibió en un despacho presidido por un crucifico y
una litografía del jefe del Estado. Ripoll le enseñó sus credenciales y el
cabo se cuadró.
— Siéntanse por favor –dijo, señalando un par de sillas de madera-.
¡Qué no nos molesten! –gritó al número de guardia.
Ripoll le contó de una forma muy somera lo que nos había traído al
pueblo.
—Sólo pretendemos averiguar el domicilio de una vecina llamada
María y si consta alguna denuncia durante o después de los días de la
liberación del pueblo.
El cabo de la Benemérita puso cara de póquer ante la escasez de información,
Ripoll tuvo entonces que ampliar la exposición contando alguno
de los pormenores del caso en la confianza de que, en un pueblo tan pequeño,
todo el mundo estaría enterado de lo sucedido. El cabo se levantó
con parsimonia y se dirigió a un archivo metálico de color verde botella.
Lo abrió y el mueble mostró una serie de carpetas de color gris con anotaciones
en lápiz y bolígrafo.
—Denuncia no hubo ninguna, pero es natural dadas las circunstancias
y quienes eran los agresores. Estoy seguro de que en el ayuntamiento, si
la chica era de aquí, alguien sabrá alguna cosa sobre ello; voy a llamarles.
El cabo descolgó el teléfono de bakelita negra, giró el disco varias veces
y esperó. Alguien respondió al otro lado del auricular. Sin necesidad
de identificarse el comandante de puesto preguntó por María y el hecho
ocurrido en el 38. El interlocutor sabía sobre quién le preguntaban porque
el cabo iba asintiendo con la cabeza y cada vez que pedía una aclaración
nos miraba previamente y respondía al informante con monosílabos: ya,
ya… sí… esa… Cogió un bolígrafo Bic de la mesa de madera que le servía
de escritorio. Garabateó un nombre y algunos datos en una cuartilla y
preguntó al interlocutor: «¿Sabéis su domicilio?». Quedó a la espera un
par de minutos, golpeaba rítmicamente la mesa con el bolígrafo, hasta
que le dieron una dirección que escribió en el papel. «Gracias, luego nos
vemos en el bar», dijo para finalizar la conversación.
—Efectivamente, todos en el pueblo conocen la historia de María…
María Congost. Vive en Flix, me han dado la dirección –dijo, entregando
la hoja manuscrita a Ripoll.
—Muchas gracias por su ayuda –dijo Enrique.
Quedé gratamente sorprendido de la memoria de los vecinos de María
y de la eficacia de la Guardia Civil.
Desandamos los siete kilómetros que nos separaban de Flix. Al llegar
al pueblo preguntamos por la calle que teníamos anotada. No fue difícil
dar con la casa de María Congost. Era una de esas viviendas de dos pisos
con portalón de madera y balcón cargado de flores en la fachada, el aire se
colaba por una de las ventanas y movía los visillos mostrando impudente
parte del interior de la vivienda. Llamamos con la aldaba del portón un
par de veces sin recibir respuesta. Frente a la casa de María había una
taberna de aspecto tranquilo. Algunos clientes se apoyaban en la barra y
otra media docena permanecían sentados y divertidos alrededor de una
mesa de mármol donde jugaban al dominó o miraban el devenir de la
partida. Preguntamos por María y nos respondieron que la habían visto
salir pero que, a buen seguro, no tardaría en regresar. Pedimos un par de
cervezas y esperamos. A la media hora apareció al fondo de la calle. Su
aspecto era jovial a pesar de que pasaría de los cincuenta, cara redonda y
atractiva, de grandes ojos y amplia sonrisa. Adivinamos que era ella por
los detalles que nos había proporcionado el tabernero. Pagamos las consumiciones
y salimos a su encuentro.
—¿María Congost? –preguntó Ripoll.
—Sí, soy yo. ¿Puedo ayudarles? –dijo boquiabierta.
—Me gustaría hacerle unas preguntas –dijo Ripoll, con el más puro
lenguaje policial y mostrando su placa.
—¿Ocurre algo?
—¿Podemos pasar dentro?
María nos abrió su domicilio, y sus recuerdos. Nos contó aquel terrible
momento, su desengaño respecto a Camperol y la humillación sufrida.
Mi amigo Ripoll le informó de la muerte de Camperol y de dos de sus
violadores, ella escuchaba cariacontecida el relato, se percibía que la evocación
de aquellos canallas la alteraba. A pesar de ello, Ripoll no pudo
dejar de pensar como un policía y le preguntó de súbito:
—¿Dónde estaba usted la madrugada de San Juan entre las cinco y las
seis?
Ella se mostró sorprendida por la pregunta, vaciló un poco…
—Era la verbena, la celebré con unos vecinos, fue aquí enfrente en la
taberna. Estuve hasta pasadas las siete, ya sabe, era verbena.
Ripoll no se dio por vencido y volvió a preguntar.
—¿Y el día veinte entre las dos y las tres de la mañana?
—Pues durmiendo… todos los días no hay fiestas.
Estaba claro que, a pesar de tener poderosas razones, María no estaba
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cargándose a los del quinteto. Entre otras cosas porque nos dijo que desconocía
la personalidad de sus violadores, salvo la de Robert Camperol.
No obstante, Ripoll no las tenía todas consigo, se levantó de su asiento
y quedó de pie frente a María con la chaqueta abierta, procurando que
asomara la funda de su Astra. Sonreí para mis adentros, esa técnica intimidatoria
daba ciertos resultados cuando los interrogados ocultaban algo,
pero María permanecía tranquila observando, desde la comodidad de su
asiento, los movimientos de Ripoll que daba una ojeada a las fotos que
María tenía sobre un platero. El poli detuvo su deambular, tomó una de
las fotos de marco bruñido que representaba a la propia María con un niño
de pocos años y preguntó:
—¿Es alguien de la familia?
—Es mi hijo, la foto es antigua.
Extendió la mano en dirección al policía y le pidió la foto. La observó
con cariño.
—Tiene muchos años, si no me equivoco es del 43, mi hijo tendría
unos cuatro años.
El comisario y yo nos miramos interrogantes. Me incliné hacia María
y la miré a los ojos. Ella bajó su mirada.
—Si a lo que han venido es para averiguar si he sido capaz de matar
alguno de esos canallas, les adelanto que les perdoné hace mucho tiempo.
Uno de ellos es o fue el padre de mi hijo. No he olvidado, aquel terrible
día tuve el mayor de mis desengaños, pero el mejor de mis regalos.
—¿Nunca se preguntó quién podría ser el padre? –dije, tratando más
de consolarla que de hacer averiguaciones.
—¿Para qué? No conocía a los otros cuatro. Era una pérdida de tiempo
presentar una denuncia contra cinco oficiales franquistas. Algunas jóvenes
del pueblo también fueron violadas por soldados moros del mismo
regimiento. No tuvieron tanta suerte, al final de los ataques fueron vilmente
asesinadas. Hubiese sido inútil denunciarles. Robert conocía mi
domicilio, nunca se presentó ni para preguntarme cómo estaba. Cuando
los republicanos volvieron a reconquistar el pueblo supe que estaba prisionero,
dudé entre denunciarles o no, pero alguien me dijo que pronto
les fusilarían como ellos habían hecho con el alcalde, el médico y otros
vecinos. Luego supe que pasados unos meses fueron liberados por el contraataque
nacional. El resto pueden imaginarlo –dijo, esgrimiendo la foto.
—¿Nunca supo nada más de Camperol?
—Sí, una vez vino a verme, fue en el cincuenta y cinco. Me pidió per-
dón. Quiso compensarme con dinero, lo rechacé. En aquel momento llegó
mi hijo de la escuela. Robert adivinó en mis ojos la parte de la historia que
nunca le había contado. «¿Es mío?», preguntó. Me encogí de hombros, le
miré a la cara y le respondí: «No, es mío». Él insistió, como si esperará
una salida para justificar su propia conciencia. «¿Puedo ser el padre»? No
puedo saberlo, ni fuiste el primero ni el último, sólo uno de los cinco. Lo
que sí es seguro es que es hijo de una jugada del diablo. Él retrocedió, mi
respuesta le impresionó más de lo que yo esperaba. Gimoteó durante un
rato. «Si algún día necesitas mi ayuda…», dijo con poco convencimiento.
Salió de mi casa, cabizbajo y atemorizado. Yo le quise, le quise mucho,
nunca deseé su muerte y su visita me liberó, fue como una ola que borra
las huellas de un dibujo en la arena y sólo queda el canal por donde discurrió
el trazo.
Quedamos los tres en silencio, Ripoll tomó de nuevo la foto y la depositó
con delicadeza en el platero.
—Muchas gracias señora Congost, nos ha sido de gran ayuda. Le daré
mi tarjeta por si quiere contarme alguna cosa más.
Nos despedimos en el portón de madera de su casa, frente a la taberna
donde docenas de parroquianos habían compartido con ella la verbena de
San Juan. Me alegré de la imposibilidad de que tuviese algo que ver con
el caso. Puse en marcha el Kadett, Ripoll se ajustó la americana.
—Eran una panda de cabrones –dijo.
—Hay un par que todavía lo son –contesté mientras aceleraba.

Entre filosofías y teologías

Finales de junio, 1971

Tuvimos unos días de mucho trabajo en el hotel. Ripoll seguía con
sus averiguaciones sin demasiados avances, había localizado al
hijo de María Congost que vivía y trabajaba en Barcelona. Sutilmente,
sin entrar en contacto con él, controlaba los lugares por donde Sergio
Congost se movía y las amistades que compartía. Ripoll, como buen
policía, tenía siempre un hueco para su lista de sospechosos y la profesión
de Congost, que ejercía de cirujano en el Hospital del Mar , le suponía
hábil con el bisturí y por tanto capaz de ejecutar a las víctimas; sin embargo,
no era el único componente del listado policial, Balcells era médico,
Pagés un arrepentido de dudosa personalidad y Gabaldá un canalla capaz
de contratar a alguien para hacer un trabajo sucio, de hecho Ripoll pensaba
que no sería la primera vez que utilizara medios tan drásticos. Pero, de
todos, el único que podría tener interés de venganza era Sergio Congost;
no obstante, el hijo de María no conocía la personalidad de los componentes
del quinteto, salvo la de Robert Camperol. En la lista de Ripoll ya
no figuraban las dos hijas de Camperol puesto que había comprobado las
cuartadas de ambas y de la viuda, principales beneficiaras del testamento.
«También te he borrado a ti», me decía entre risas. Yo le sugerí que faltaba
alguien en su registro: el Diablo.
A falta de más candidatos me autorizó para que siguiera la pista del
famoso conjuro perdido y que el Opus aseguraba estaba en la biblioteca
de Egipcíacas. Tal vez por ese lado del ovillo pudiéramos encontrar un
nuevo indicio. En cuanto tuve un rato libre me planté en la biblioteca. Fui
a la hora de cerrar para no interrumpir a Hipathia en su labor de descubridora
de libros dormidos y de sueños despiertos. La ayudé a cerrar las
puertas y nos dirigimos sin prisas a la cervecería Baviera en Las Ramblas,
frente a la fuente de Canaletas. Anduvimos por la calle dels Àngeles y
por la de d’Elisabets hasta salir a Las Ramblas. Subimos al primer piso
del establecimiento para tener más intimidad, los escalones de madera
todavía conservaban los ecos de las tertulias de los jugadores del Barça
de los años treinta al final de sus partidos de liga, y se enorgullecían de
ser el primer local de la ciudad en el que se servía caviar. Pedimos un par
de jarras de cerveza. Hipathia se extrañó.
— ¿No quieres un J&B en vaso corto y con dos hielos?
—Nunca antes de las diez de la noche… –me excusé bromeando
Hablamos de nuevo de aquellos años de mi infancia en que su biblioteca
y su personalidad eran punto de parada y disfrute. Al cabo de media
hora de reminiscencias y risas le conté las sospechas del Opus, mi interés
por todo lo que concernía al Codex Gigas lo conocía de sobras.
—Sí, recuerdo que vinieron a preguntarme por un conjuro de una de
las páginas del códice. Te aseguro que no tengo constancia de que este
documento esté en la biblioteca. Pero si la hubiera tenido, tampoco les
hubiese dicho nada.
—No entiendo por qué insisten, Hipathia. Les dije que era una estupidez
suponer que guardáis el conjuro y ellos mantienen que lo saben por
una confidencia. Tampoco quisieron decirme de quién.
—Como puedes suponer tengo todos los libros y documentos perfectamente
catalogados. Allí no aparece nada, salvo que esté encriptado o
bajo un nombre ficticio. ¿Sabes cuántos documentos tenemos?
—Imagino que muchos, aunque sí sabrás qué lectores te solicitan libros
sobre conjuros, pactos diabólicos, biblias demoníacas y todo eso.
—Sí, hay un lector que da este perfil. Y tú le conoces.
Puse cara de interrogación. Hipathia sonrió con malicia.
—No os caísteis demasiado bien –dijo misteriosa.
—¡El tipo de la verbena!
—El mismo, el profesor Gassiot.
—Vaya por Dios, no me digas que tengo que hablar con ese pedante.
Hipathia lanzó una discreta carcajada.
—¿No tendrás celos? –dijo bromeando, pero abriendo una inesperada
perspectiva.
—Tal vez –le contesté.
Mi amiga me dio el teléfono del departamento donde Albert Gassiot
ejercía de omnipotente profesor universitario. Escribí el número en mi
libretita verde, el suyo sería mi próximo contacto.
El despacho de Gassiot no estaba en los servicios centrales de la plaza
de la Universidad, ni en la zona alta de la ciudad en la llamada Zona
Universitaria. La Facultad de Teología estaba ubicada desde hacía un par
de años en la calle Diputación, a tenor de una propuesta conjunta del
arzobispo de Barcelona y del Padre superior de la Compañía de Jesús.
Se eligió el edificio del Seminario Conciliar de Barcelona construido en
1879 por el arquitecto Elies Rogent. Acogía a las Facultades de Teología,
Filosofía y Humanidades y entre sus paredes estaba la Biblioteca Pública
del Seminario, la más antigua de la ciudad, creí recordar que se remontaba
a 1755. Ese si sería un buen lugar para esconder la página perdida del
códice.
El profesor Gassiot me recibió con aspecto triunfante, no entramos
en su despacho, me acompañó directamente a la biblioteca. El lugar
representaba todo lo que esperamos de un centro del saber. La sala de
lectura era enorme, casi doscientos cincuenta metros cuadrados acogían a
cuarenta y siete puntos de lectura. Como si leyera mi pensamiento y ante
mi admiración, amplió los datos sobre el lugar.
—Tenemos un almacén de más de mil metros cuadrados y nuestro
fondo bibliográfico está formado por cerca de 350.000 volúmenes, especializados
en Ciencias Eclesiásticas, Filosofía y Humanidades.
—Es impresionante, ¿supongo que saben todo lo que tienen?
—No al completo, vamos codificando y comprobando cada uno de
los volúmenes y documentos. Yo, por ejemplo, alterno mis clases con la
investigación y la organización bibliográfica.
Supe que estaba en el lugar adecuado, no quise descubrir, todavía, el
verdadero objeto de mi visita.
—Imagino que Joan Deulovol, desde su puesto de archivero y candidato
fallido a arzobispo, tendría una fluida relación con la Institución.
—Por supuesto, colaborábamos en muchas averiguaciones y cambiábamos
impresiones a menudo.
—¿También con el Opus? –pregunté de sopetón.
—Con ellos no demasiado, están a otro nivel en sabiduría eclesiástica.
—El día de la verbena dejamos una conversación pendiente – dije.
—No, usted se cerró en banda y no quiso ser instruido.
Su actitud era petulante, me tenía allí para pedirle un favor y eso le
satisfacía sobremanera. Levantó las cejas y frunció el ceño esperando mi
preguntó.
—Imaginemos que alguien firma un pacto con el diablo. ¿Hay forma
de romperlo?
—Vaya, el incrédulo Brotons, empieza a cuestionar sus convicciones.
—No, no es eso Gassiot. Sigo siendo agnóstico en todo esto.
—La respuesta a su pregunta es no. Los humanos creen que pueden
engañar a Belcebú, con conjuros, tretas y rezos. De nada valen los últimos
porque al firmar con el diablo dejaron de ser hijos de Dios. Tampoco
con ardides o artimañas, Satanás es el rey de las astucias. En cuanto a los
conjuros…
Estábamos llegando al punto que yo quería.
—Los conjuros pueden, aparentemente, romper el pacto. Sin embargo,
la mayoría de las veces, el diablo exige otra alma en pago de la liberación
de la del contratante. En cuanto realiza el sacrificio se condena de
nuevo, con lo que su alma vuelve a quedar en poder del averno.
—Entonces, es posible que existan conjuros de este tipo.
—Es posible.
—¿En el Codex Gigas?
Gassiot me miró de forma enigmática, chasqueó los labios y sonrió.
—Es posible, es un códice muy completo.
—Sigamos imaginando, Gassiot. Si en una de las páginas arrancadas
del Gigas, contuviera uno de esos conjuros podría ahora estar en estar en
cualquier biblioteca. Incluso en esta.
—Sí, podría ser, aunque no me consta.
—Supongo que no se ha tomado la molestia de comprobarlo…
—No se lo diría amigo Brotons, las cosas de la Iglesia y las del diablo
no son para los agnósticos.
—Touché… pero sí para los curiosos y yo lo soy desde la cuna.
Gassiot se río divertido, él era tan seglar como yo, pero estaba acostumbrado
a navegar por los procelosos mares de las sotanas y se desenvolvía
muy bien entre legajos y biblias apócrifas; cabalgar entre jesuitas y
clérigos del arzobispado le concedía un plus de ocultismo religioso, algo
así como un agente secreto del cristianismo, sin hábito, pero totalmente
entregado a la causa.
—Si, como usted dice, esos conjuros son inútiles, ¿por qué tanto misterio?
—Yo no le he dicho que sean inútiles le he dicho que son ineficaces,
que no es lo mismo. Al diablo no se le engaña fácilmente.
—… No obstante, es posible burlarle –dije, dispuesto a llegar al fondo
de la cuestión.
—Entra dentro de una remota posibilidad.
—Entonces –exclamé tirando a matar- ¿Por qué no ayudaron a Joan
Deulovol?
Me di cuenta de que había dado en el blanco, porque el rostro de Gassiot
se contrajo mostrando todos los surcos de sus líneas de expresión.
Sentí chispas de su saliva estrellarse contra mi rostro al chasquear su labios
antes de responderme.
—Tal vez no lo mereciera –dijo prepotente.
—¿Significa que hubiesen podido ayudarle?
—No ponga en mi boca palabras que yo no he dicho, estamos hablando
de teorías.
La conversación terminó entonces, salvo algunas frases de cortesía.
Nos despedimos en la puerta del emblemático edificio neorromántico,
hogar y cátedra de filosofías y teologías, magisterio de humanidades y
custodio de secretos insondables de la Iglesia… y de sus enemigos. La
conversación con Gassiot me había aportado datos muy interesantes, sin
querer me había descubierto que el conjuro del códice estaba o en su
poder o a su alcance y que no había querido ayudar a Deulovol, tal vez
porque él tampoco creía en la fuerza del conjuro. Por otro lado, se ponían
en evidencia las verdaderas intenciones del Opus, ellos sabían que en
Egipcíacas no estaba la página del conjuro, pero que mi amistad con Hipathia
me obligaría a seguir investigando para librarla de toda sospecha
y conducirles a quién pudiese tenerla. Me permití liar un poco la cosa,
entre sotanas andaba el juego y la situación empezaba a divertirme. Así
que llamé desde una cabina al despacho de Ramón Guardans. El yerno
de Francesc Cambó me atendió de inmediato.
—Es sólo una sospecha, Guardans, pero creo que en la biblioteca del
Seminario Conciliar tienen el conjuro y Gassiot es su cancerbero.
—Buen trabajo, Brotons. Le debemos un favor. Si algún día quiere
ingresar en la Obra…
—Gracias Guardans, pero eso ya me lo propuso un ministro hace menos
de un mes.
En realidad no les había descubierto nada, Gassiot estaba ya dentro de
sus sospechosos y mi supuesta confidencia liberaba a Hipathia de su campo
de acción y eso me tranquilizaba. Demasiados muertos, demasiados
diablos y demasiadas sotanas como para dejar ningún cabo suelto.
Regresé andando al hotel para despejarme. Atravesé la Plaza Urquinaona,
bajé por la calle Balmes y llegué a La Rambla de los Estudios en
apenas diez minutos. El hotel estaba completo y eso siempre satisface a
un director. Me senté en mi despacho y Quendy me informó de las últimas
novedades, media docena de llamadas y un pequeño lío con el chef
que quería hacer uno de sus postres preferidos, sorbete Gala Placidia, y
que no tenía las copas adecuadas. Telefoneé a Grifé & Escoda y encargué
dos docenas de copas talladas a mano con una preciosa ornamentación
floral y de cisnes de esbelto cuello, eran unos excelentes trabajos sobrevivientes
de la Cristalerías Planell, que habían cerrado en el 57. El chef se
emocionó, su postre tendría el mejor de los servicios.

Casas en Flix - yaencontre

Un pueblo cercano a Flix…

TopWorldAuto >> Photos of Opel Kadett Rally - photo galleries
Opel Kadett – año 71-

Antiguo Seminario Conciliar de Barcelona.

Biblioteca Pública Episcopal del Seminario de Barcelona ...
Facultad de Teología

Seminari Conciliar Barcelona | Història del Seminari

Al Codex Gigas le faltan algunas páginas

09/01/2017 Centre Civic Cristalerías Planell en 2020 | Objetos de ...

Duodécima entrega: De cómo perder la cabeza y viejas historias.

Si pierdes la cabeza, no sonrías

Madrugada de San Juan, 1971

El cambio de solsticio no había acabado todavía, unos se purificaban
en la mar, otros buscaban un trébol que les trajera la suerte y
alguien preparaba un asesinato reclamando una cuenta pendiente.
Una figura no demasiado voluminosa vestida en negro, de oscuras
y perversas intenciones, se movía como una sombra entre los grupos de
juerguistas que todavía pululaban por las calles de la ciudad. Atravesó la
plaza de la Catedral, el edificio catedralicio pareció estremecer a la sombra
que apretó el paso. Llegó frente al Archivo Diocesano en la calle del
Obispo. La entrada estaba protegida por una enorme puerta de madera
que, a pesar de la hora, estaba abierta. Deulovol trasteaba en su despacho
de archivero, un enorme ficus aportaba calidez y ornato a la sala, lo tenía
desde hacía tiempo, lo regaba con asiduidad y le dedicaba todos sus mimos;
las plantas también tienen sentimientos, solía decir.
La sombra, aparentemente humana, atravesó el patio y subió por la
escalera principal. Se movía con comodidad como si hiciese siglos que
conociera el lugar. Entró sigilosamente en el despacho del archivero,
Deulovol andaba consultando unos documentos.
—Ahí no lo encontrarás –dijo una cavernosa voz surgiendo de la negrura.
Deulovol se giró, tenía en su mano un antiguo legado con el sello del
Vaticano.
—Ahí no lo encontrarás –repitió la voz.
—Me importuna este juego –dijo, al fin, Deulovol.
—Yo tengo algo que tú deseas y tú algo que vengo a reclamarte.
—No tienes derecho…
—Oh… sí lo tengo, Él me lo otorga.
El pretendiente a arzobispo, antiguo falangista, nuevo nacionalista e
impune violador y asesino, sintió miedo por primera vez en muchos años.
Retrocedió unos metros y su coxis tropezó con su mesa de archivero.
Una bandeja que soportaba un tintero, algunas plumas y media docena de
lápices tembló con el golpe.
—Hicimos un trato –atinó a decir Deulovol.
—Un trato que habéis pretendido romper.
—¿Cuántas más vidas quiere?
—La tuya le bastará, de momento.
Trató de lanzarse sobre la sombra, pero su complexión oronda de doctor
de la Iglesia cayó contra el suelo del despacho sin hacer apenas ruido
y quedó de cara al piso. La sombra saltó con agilidad sobre la espalda
del capellán. Fue como si un relámpago cruzara la estancia, con la mano
derecha el atacante levantó la cabeza del caído y el acero de un bisturí
apareció en su mano izquierda como por encanto. Casi no hubo lucha,
la garganta sebosa de Deulovol se abrió como la boca de una hucha de
arcilla por donde manó la sangre en abundancia. El ficus recibió las salpicaduras
del rojo elemento y se manchó con la sangre de su custodio. El
homicida se aupó sobre el cuerpo de su víctima. Su mirada se dirigió hacia
un escudo decorativo colgado en la pared de enfrente. Sobre el soporte
de madera y piel se cruzaba una espada de doble filo que, pese al uso
ornamental, estaba visiblemente afiliada; podía pasar por una de aquellas
que se destinaban para decapitar a los nobles. El asesino la blandió con
extraordinaria facilidad y de un solo tajo, separó la testa del tronco de
Deulovol cuando el sacerdote todavía agonizaba entre desagradables estertores.
La cabeza del asesinado rodó por el piso como fruta madura. La
expresión de sorpresa y terror de Deulovol al ser degollado había dejado
una mueca de falsa sonrisa en su rostro. El criminal levantó su trofeo y
lo depositó en la bandeja de plata a la que previamente había vaciado de
sus objetos, las estilográficas y el tintero se estrellaron contra el suelo con
estrepito. Al igual que la de San Juan Bautista, cuyo día se estaba celebrando,
la testa quedó severa y sanguinolenta sobre el plato. Era patético
contemplar aquel rictus risueño mirando hacia el tronco podado de lo que
había sido Joan Deulovol, casi coadjutor y que ya nunca llegaría a arzobispo.
La sombra despareció del lugar del crimen con la misma facilidad
con la que llegó. Fuera, los últimos petardos saludaban la salida del sol.
El teléfono de mi habitación sonó con insistencia. Me desperecé y
me desesperé, ¡eran las seis de la madrugada!, apenas había dormido dos
horas. La telefonista de noche estaba al otro lado de auricular. Era una
antigua actriz de reparto venida a menos y que ejercía de telefonista en el
hotel sin perder ni un ápice de sus condiciones para el melodrama.
—Le he dicho que estabas descansando JB, pero ha insistido de una
forma casi violenta, repite que es algo de gran importancia. Es el señor
Nogal.
Imaginé los teatrales aspavientos de mi empleada y la posición de la
clavija de la centralita para no perderse ni una palabra de mi conversación
con Nogal.
—Dime Félix… y usted, Lurdes, desconecte.
Oí el clik de la clavija, señal de que ya no podía oírnos y volví a imaginar,
divertido, la expresión de la telefonista al sentirse pillada.
—Jordi, he tenido un visión, he percibido… –dijo poniendo mucho
énfasis en el verbo-. He percibido a Salomé pidiendo la cabeza de Juan
Bautista.
—¿Antes o después de la danza de los velos?
— No, en serio Jordi, alguno de nuestros amigos ha perdido la cabeza.
—¿Qué quieres decir, Félix?
—Que alguien de nuestro quinteto ha dejado este mundo y se despide
de él sin su cabeza. Le han decapitado.
—Me dejas de piedra. Llamaré a Ripoll para indagar. Te diré algo.
Un policía respondió a mi llamada. El comisario Enrique Ripoll no
estaba de guardia y tenía fiesta hasta el día siguiente. Esperé impaciente
para llamarle a una hora prudente a su casa de Castelldefels, me respondió
su hija Ana.
—Papá está navegando, hoy tiene fiesta.
—Gracias Ana, dile que en cuanto pueda me llame, es urgente.
No pasó ni una hora cuando Ripoll, carraspeando más que de costumbre,
me llamó al hotel.
—Joder, Jorge, no puedo ni navegar tranquilo, me han llamado de
comisaria y Ana me ha dicho que tú también. Y me temo, no sé por qué,
que una cosa está relacionada con la otra.
—Veras, comisario, Nogal a tenido una premonición…
—Ya, que a tu amigo Deulovol le cortaban la cabeza después de rebanarle
el cuello.
—¿Cómo lo sabes?
—Dímelo tú. Me llamas a las nueve a casa, media hora después de que
los curas del Palacio Arzobispal descubrieran el zancocho. O estabas allí
o te lo ha contado el asesino.
—No sabía que se trataba de Deulovol. La historia de Nogal era sobre
una cabeza cortada, no pudo «ver» al asesinado.
—El juez está levantando el cadáver. De la central de Layetana me
han pasado el muerto, primero porque el Archivo es de nuestro distrito y
luego, porque mis distintas consultas sobre lo de Flix han convencido al
comisario jefe de que este asesinato, el de Torras, y la muerte de Camperol,
tienen un nexo común.
Al día siguiente Ripoll me ponía al corriente de las investigaciones
policiales. Carecían de pistas sólidas o de huellas. Los interrogatorios a
los sacerdotes habían sido infructuosos, nadie oyó nada, el cadáver fue
descubierto por uno de ellos sobre las ocho de la mañana. La policía científica
apuntaba la muerte pasadas las cinco. Tenían la espada ejecutora,
pero no la verdadera arma del crimen. Y luego estaba aquella enigmática
sonrisa en la testa huérfana de tronco.
—Puede decirse que nos la sirvieron en bandeja-dijo Ripoll para terminar
su historia.
—Diabólico –dije, sin tratar de hacer un chiste.
—Voy a tratar de confirmar al quinto hombre y de llevar a declarar a
Gabaldá, a ver si le saco algo.
—Esta vez estoy libre de sospecha –bromeé.
—Tampoco, a menos que me digas dónde estabas entre las cinco y las
seis.
Le escuche reír a través del auricular. Le encantaba hacer este tipo de
preguntas, medio en broma, medio en serio… seguía siendo un poli.
—Pues durmiendo en el hotel, el rato que pude.
—Entre unos y otros me fastidiasteis la navegación y la fiesta de hoy,
el comisario jefe quiere avances rápidos en la investigación, demasiados
pájaros influyentes están cayendo en Barcelona y no es por el calor.
Me quedé impresionado, aunque nada sorprendido. Nuestro quinteto
se estaba ganando el infierno y, siguiendo la increíble historia de Nogal, el
diablo sus almas. Giré el interruptor del hilo musical de mi habitación, la
voz de Carlos Gardel cantaba Por una cabeza. «No olvides, hermano, vos
sabés, no hay que jugar…» Jugar con según quién era un reto demasiado
peligroso, pensé.
La prensa se ocupó muy poco o nada del asesinato de Joan Deulovol.
Al igual que con la muerte de Torras «alguien» había procurado que los
casos pasaran casi desapercibidos por la opinión pública. En el caso de
Torras había sido el Opus el que había intentado tapar su muerte, en el
caso de Deulovol eran el arzobispado y el nuncio de su Santidad los que
utilizaban sus influencias para que el hecho fuese poco publicitado. A todos
los efectos, Joan Deulovol, había sufrido un accidente en su despacho
y un objeto cortante de adorno le había causado heridas de consideración
en la cabeza. Lo curioso fue que su muerte no fue demasiado lamentada
por los círculos que reclamaban un arzobispo catalán, otros encabezarían
estas exigencias.

Una vieja historia

Barcelona, 25 de junio, 1971

Si alguien me pregunta por un viernes especial, diré que fue aquel del
25 de junio. Tuve una llamada de Balcells, el catedrático del Opus.
Ya estaban enterados del asesinato de Joan Deulovol, también de la
forma en que había muerto y de datos que todavía figuraban como secreto
de sumario, pensé que sus servicios de información estaban muy bien
desarrollados o que debajo de las túnicas de algunos jueces, fiscales y
funcionarios judiciales latía un corazón de la Obra. El caso es que tenían
mucho interés en volver a hablar conmigo. Me sugirieron visitarles de
nuevo en Premià de Dalt, me negué, con cortesía, pero me negué.
—No puedo abandonar mi trabajo, les propongo entrevistarnos esta
vez en mi despacho. Pero, es muy posible que sepan más que yo de lo
sucedido a tenor de sus fuentes de información.
—No se trata de esto –dijo Balcells-. Esta vez somos nosotros quienes
vamos a presentarle a alguien que resolverá alguna de sus dudas.
—Bien, ya saben que tengo mucho interés en el caso. Díganme una
fecha.
—¿Esta tarde?
—Vaya, tenemos prisa… ¿Debo advertir a Ripoll?
—Preferimos verle a usted a solas, aunque estamos seguros de que
luego le contará todo a su amigo.
—Ni lo dude, Balcells. ¿Les parece bien a las nueve?
—Allí estaremos, le presentaremos a alguien que, seguro, le va a interesar.
Esperé con impaciencia a que llegaran las nueve mientras resolvía una
docena de problemas domésticos, el hotel era un gran hogar donde recibíamos
a muchos primos lejanos que esperaban encontrarse como en su
casa. Sin embargo, había dos diferencias notables, pagaban su estancia
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y deseábamos con sinceridad que volvieran lo antes posible, salvo unas
pocas excepciones.
Fueron puntuales. Acudieron Balcells y Guardans acompañados de
un tercer hombre. Desde recepción me llamaron para informarme de su
llegada. Quendy les hizo pasar a mi despacho. Me levanté para saludarles.
Todos iban con trajes oscuros, sobrios y elegantes, camisas blancas
bien planchadas con corbatas gris perla, demasiado aristocráticas para la
apariencia del terno, y zapatos muy lustrados. Después de los saludos a
Balcells y Guardans me presentaron a Ramón Pagés i Pagés. Les rogué
que tomaran asiento, mientras me arremolinaba en mi sillón frente a ellos.
Balcells y Pagés se sentaron en las butacas de los extremos, dejando a
Guardans la del centro. Balcells empezó la conversación.
—Sé que no le gusta andarse con rodeos, Brotons, iré a la cuestión
que nos ha traído aquí de la forma más directa. Ramón Pagés estuvo allí.
Creí saltar del sillón, pero me contuve. ¡Tenía la última pieza del quinteto!
No quise aparentar impaciencia ni indiferencia. También fui al grano.
—¿Se refiere a Flix?
—Así es. Pagés le va a contar una historia sorprendente, verídica y
terrible, para que valore nuestra sinceridad y nuestras ganas de colaborar.
Me pareció una situación inaudita. Tres importantes miembros del
Opus me pedían ayuda y uno de ellos se preparaba para contarme el relato
que yo más deseaba. Ni me paré a meditar dónde me metía. Sabía que
aquello no era una fineza para satisfacer mi curiosidad y que a cambio
tendría que compensarles o pagarles. Por un momento pensé que el precio
iba a ser mi alma, aunque ninguno de los tres tenía rabo ni depositaron
sobre mi mesa un documento en latín para que lo firmara. Giré mi asiento
en dirección a Pagés, crucé la pierna derecha sobre la izquierda y esperé.
Ramón Pagés i Pagés se enderezó en su butacón, era un hombre de aspecto
tímido, de cabeza cónica, orejas pequeñas y pegadas a la cabeza, nariz
chata y labios delgados, parecía un rostro todavía sin terminar; inacabado.
Echó un vistazo a sus dos compañeros como pidiendo su aprobación,
luego me miró fijamente y estiró el cuello como si la camisa le molestara.
—Tengo que remontarme a 1936, cuando los dirigentes de la Lliga,
Cambó, Ventura y otros, hicieron un llamamiento a los jóvenes catalanes
para escapar de Catalunya y huir a Burgos. Teníamos claro nuestro ideario,
pero era preferible arriesgar con Franco que dejar que los sindicalistas,
anarquistas, socialistas, comunistas y masones se hicieran con nuestra
patria y mancillaran al catolicismo…
Iba a decirle que era la patria de todos, me tragué las ganas y me
contuve. Tenía que escuchar su historia y oírla desde su punto de vista si
quería conocerla con un mínimo de sinceridad.
—Mi padre era gran amigo de Cambó –continuó- y le escribí para
que me aconsejara, su respuesta no admitía duda: Alístate en un movimiento
joven e imaginativo como la Falange. Fuimos bastantes los que
nos integramos en la Primera Centuria catalana de Falange Española, la
bautizamos «Virgen de Montserrat», tenía que quedar muy clara nuestra
catalanidad, porque yo era, y soy, un nacionalista convencido –dijo, antes
de pedirme un poco de agua.
—Por supuesto –dije sarcásticamente-. ¿Y ustedes que desean tomar?
Vacilaron unos instantes. Imaginé que valoraban qué tipo de bebida
debían pedir.
—Yo voy a tomarme un J&B –dije para animarles.
Se miraron interrogantes unos a otros. Al final, Balcells, en nombre de
todos, aceptó el envite. Llamé a Quendy.
—Por favor, que nos suban una botella de J&B con cuatro vasos cortos
y una cubitera con mucho hielo.
En apenas cinco minutos apareció un camarero con las bebidas, sirvió
los cuatro primeros whiskys y dejó la botella y la cubitera a mi alcance.
Bebimos un primer trago y dada la composición de la reunión, puedo
decir que nos supo a gloria. Pagés prosiguió.
—Nuestro bautismo de fuego fue en el sector de Espinosa de los Monteros.
Fue un combate terrible, tuvimos que tomar Herbosa heroicamente
a bayoneta calada. Al anochecer los supervivientes temblábamos de miedo
ante los próximos combates. Para animarnos, el mando, hizo que las
jóvenes fascistas del pueblo nos vinieran a cantar una coplilla que ya nunca
olvidaré: En las cumbres de Espinosa / hay una fuente que mana / sangre
de los catalanes / que murieron por España. Pero faltaba lo peor…
Sonrió como un imbécil al recordar la copla de las jovencitas de Espinosa,
incluso ladeó la cabeza como si quisiera cantarla, Balcells le miró
con severidad. Le rogué que prosiguiera. Bebió un par de tragos.
—Me incorporaron a la Segunda Centuria Catalana y me enviaron
al frente de Madrid. Allí fue cuando nació nuestra amistad, me refiero a
la de los cinco que usted ya conoce. En los momentos de descanso en la
Ciudad Universitaria cambiábamos impresiones de cómo debería ser la
nueva Catalunya. Allí nos llegaban los ejemplares del semanario Destino,
la revista del bando nacional en cuya redacción abundaban los catalanes
Un día integraron la centuria en la Bandera Marroquí de la Falange, una
verdadera fuerza de choque. Reunidos en un cobertizo, antes de entrar en
combate, compartiendo nuestros miedos, Camperol dijo aquella terrible
frase: «Vendería mi alma al diablo para sobrevivir a esta guerra», los
demás estuvimos de acuerdo ante la inverosímil propuesta. Mas el diablo
tiene muchas formas de engaño. Alguien había oído nuestra conversación
y Satanás aceptó nuestra propuesta. Se trataba, en apariencia, de un soldado
de aspecto extraño de barba y bigote imperio, con insignias desconocidas
en una guerrera roja con galones amarillos; utilizaba un lenguaje
pedante y exaltado. Su voz sonaba desde nuestras mentes, la oíamos como
la marcha de una máquina de tren en el eco de la lejanía. Nos prometió
la supervivencia, el regreso a Barcelona como vencedores, y los mejores
logros de vida, tanto económicos como sociales. El precio eran nuestras
almas. Para demostrar la veracidad de su oferta nos advirtió de la dureza
extrema de los próximos combates, la centuria sería diezmada y entre los
pocos supervivientes estaríamos nosotros. Dudamos. «Nada tenéis que
perder, si uno de vosotros es herido o cae en el combate confirmará la
falacia o la locura de mi propuesta, si por el contrario resultáis ilesos se os
pedirá una prueba de maldad que os asegure el resto de la oferta»
Ante el insólito relato de Pagés la camisa no nos cabía en el cuerpo,
ni a mí ni a mis invitados. Aquello parecía una broma de mal gusto o
una enajenación propia de los tiempos de guerra. Habíamos consumido
nuestras copas y serví una nueva ronda para los cuatro. Guardans hizo un
gesto con la mano a Pagés para que prosiguiera.
—Los siguientes combates fueron terroríficos. Como había anunciado
el extraño soldado, la centuria fue diezmada, nosotros no tuvimos ni un
solo rasguño. Además fuimos escogidos para realizar el curso de oficiales
de complemento en un campamento cercano a Burgos. Semanas después,
con nuestra estrella en la bocamanga, nos dieron a cada uno de nosotros
el mando de una sección en el mismo batallón. El imparable avance
nacionalista nos llevó a conquistar Flix y los pueblos de alrededor; el
lado occidental del Ebro era nuestro. Entramos en una localidad cercana.
Reunimos al alcalde, al maestro y a todos los rojos en la plaza y les fusilamos.
Allí quedamos acantonados por un tiempo. Disfrutábamos de un
merecido permiso. Camperol incluso tuvo tiempo de conocer a una bella
muchacha, una guapa campesina de pelo lacio y castaño, nariz pequeña y
enorme sonrisa. Se hicieron novios, o eso le hizo creer Camperol. Mientras
nosotros ahogábamos nuestras soledades en la cantina, Camper
iniciaba los primeros escarceos amorosos aprovechando los atardeceres
y un establo abandonado donde el heno servía de improvisado sofá, porque
la moza concedía a Robert sus primeros y más apasionados besos,
sus abrazos y poco más. Se negaba a tumbarse sobre el forraje porque
se sentía vulnerable en posición horizontal cuando la falda quedaba a
merced del embravecido galán de estrella en bocamanga y borla en la
gorra. Ella prefería quedarse sentada protegiendo con la mano el vuelo y
el levantamiento de su ropa. Pero le quería, así se lo manifestaba abriendo
sus bonitos ojos hasta volverse grandes y brillantes, y así nos lo contaba
Camperol quien, día tras día, conquistaba un nuevo e inexplorado territorio
en el cuerpo de su amada. Estando así las cosas una noche apareció el
extraño soldado, habíamos comprobado que no estaba en ninguna de las
compañías del batallón, por lo que propuse jalarle por la barba o pegarle
un tiro por espía republicano. La voz grave del portavoz del infierno,
como él mismo se proclamaba, nos intimidó. «Ahora tenéis que cumplir
con vuestra palabra», dijo. Vacilamos, íbamos a arrestarle cuando oímos
el motor de un avión republicano, a una señal suya el ruido cesó; quedó
todo inmerso en un sepulcral silencio. «Va a lanzar una bomba que os
matará a los cinco y el averno os espera-dijo con voz cavernosa -, puedo
hacer que la bomba estallé fuera de aquí. Decidid». No dijimos nada, un
silbido nos heló la sangre y la bomba estalló fuera del chamizo. Sin querer
habíamos pedido los cinco interiormente que la bomba fallara, con lo
que aceptábamos tácitamente el contrato. «Quiero la prueba de maldad,
mañana violaréis a la chica entre los cinco, su sangre virgen será la firma
del contrato».
Nos quedamos estupefactos y expectantes escuchando la narración de
Pagés, no sólo yo, también Balcells y Guardans, el uno pensando como
médico los efectos de una violación brutal y Guardans imaginando las
conquistas virginales con el poder y el dinero que hicieron popular su suegro
Francesc Cambó. Traté de servir una nueva ronda, Balcells y Guardans
la rechazaron, tampoco yo me serví. Pagés extendió su vaso, más
sediento por su vehemencia que por sed. Cambié de postura esperando a
que prosiguiera el relato.
—El resto pueden ustedes imaginarlo, tuvimos que vencer las resistencias
de Camperol. Le convencimos. Si el pacto era una quimera, la
violación de una chica de un pueblo rojo tampoco era tan grave. No le
dijimos que, además, sería divertido. Aparecimos cuando se estaba besando
con Robert en el establo de sus encuentros…, cuando terminamos con
nuestra infamia limpiamos nuestros fluidos con una bandera de Catalunya
que habían escondido los lugareños a nuestra llegada, la Senyera quedó
tan violada como la muchacha. Ella se levantó como pudo de aquel heno
en el tantas veces había besado a Camperol, se dirigió hacia la puerta
sujetándose la falda arrancada por la violencia. Nos quedamos dormidos
sobre el montículo de yerba testigo de nuestra canallada. Aquella madrugada
los rojos contraatacaron, cruzaron el Ebro y nos pillaron a los cinco.
Creo que el resto ya lo sabe-dijo dirigiéndose a mí.
—Aparte de la repugnancia que me ha producido su historia –dije sin
ningún reparo-, no imagino que se crean eso del pacto con Lucifer. Tal
como me dijeron en nuestra primera reunión, ustedes son médicos, profesores,
abogados, financieros, teólogos… no les veo sentados frente a un
macho cabrío firmando un pacto de sangre.
—No es exactamente como lo expone, Brotons. Pero sí sabemos que
estos acuerdos con el Maligno existen. Tres miembros de la Obra, el que
hubiese sido arzobispo de Barcelona y quien será alguien muy importante
en la política catalana, pecaron, no lo negamos, aunque no del asesinato
de las autoridades locales de aquel pueblo, eso está dentro de las leyes
de la guerra. ¿Qué cree que le hubiese pasado a Josemaría Escrivá si no
hubiese huido a Francia?, tampoco lo de la joven, tenga en cuenta que no
la mataron… Lo que ahora preocupa es que hay dos seres humanos que
creen que tiene un pacto que pone en peligro sus almas y alguien, humano
o no, que quiere eliminarlos.
Por primera vez tuve la sensación de creer en el diablo porque estuve
a punto de enviarlos al infierno. ¿No eran seres humanos los republicanos
fusilados o la joven violada?, estuve a punto de gritarles, pero me volví
a contener, quería llegar al fondo de la cuestión para poner a Ripoll en
conocimiento de todo.
—Y a mí ¿para qué me necesitan?
—Al Codex Gigas le faltan algunas páginas, desaparecieron durante
la Guerra de los Treinta Años, no sabemos si en Bohemia o ya en Estocolmo.
Lo que sí sabemos es que una de las páginas arrancadas contenía
un conjuro para romper un pacto demoníaco. Gabriele, nuestro Miquel
Torras, estuvo buscando durante años la famosa página, incluso tenía
pensado viajar a Estocolmo para indagar sobre ello, ya sabe cómo terminó
el intento. Estamos al corriente de que, el conjuro en cuestión, está en
Barcelona y es muy posible que en la Biblioteca de Egipcíacas.
Me quedé helado. Aparentando una firmeza que no sentía, pregunté
—¿En qué se basa esta suposición?
—No podemos citar nuestras fuentes –dijo Balcells-. Sólo pretendemos
hacernos con el conjuro para liberar a Pagés, salvar su alma inmortal
y devolver luego el texto a la biblioteca.
No sabía si reír o llorar. ¡Creían de veras lo del pacto con Satán!
—¿Y los muertos? –pregunté.
—No hemos podido evitarlo, el Lucifer se ha cobrado su precio.
Miré a Pagés, estaba temblando, los ojillos se le iban cerrando por
efecto de los whiskys y por esa extraña vergüenza que siente uno cuando
le pillan desnudo. Sabía que había desnudado su alma y no la tenía demasiado
bonita.
—¿Por qué no van a la biblioteca ustedes y preguntan directamente?
—Ya lo hemos hecho. Su amiga Luisa no nos tiene demasiada simpatía
y ni siquiera se ha tomado la molestia de investigarlo.
—Sus razones tendrá. Tal vez sepa que el tal manuscrito nunca ha
estado allí.
—Si no está ahora, ha estado en algún momento y ella puede saber
quién se lo llevó.
—¿Qué les hace pensar que quiero ayudarles? Tal vez tampoco me
caigan demasiado bien.
—Usted es un hombre sensato y demasiado curioso… –calló lo de
fisgón-, para no sentir interés en saber cómo termina todo esto. ¿Me equivoco?-
dijo Guardans, buen conocedor de las curiosidades humanas.
—Supongo que les consta que toda esta conversación la pondré en
conocimiento de Ripoll.
—Contamos con ello. Las cosas que le hemos contado ya han prescrito
o pueden considerarse acciones de guerra. En cuanto a lo del diablo…
¿Quién iba a creerle?
—Me queda lo de la bandera…
Enmudecieron. Sin querer habían puesto una información en mis manos
que podía perjudicar las ínfulas nacionalistas de Pagés y de Gabaldá.
—Les ayudaré si me dan el nombre de la chica.
—María… creo que se llamaba María, nunca supe el apellido-masculló
Pagés.
Anoté el nombre en mi libretita verde. Nos despedimos, el hielo de
la cubitera se había fundido, en cambio el mío por aquel individuo había
crecido en la misma proporción que los crímenes de su historia. A la mañana
siguiente llamé a Ripoll y se lo conté todo.
—Gracias, Jorge, me va a ser de mucha utilidad para cuando interrogue
a Gabaldá.
—Imagino que no podré estar presente –dije, sin demasiadas esperanzas.
—Esta vez no, Jorge, es un interrogatorio oficial y en presencia del
juez.
Comprobé en mi libretita todos los datos y anoté en la agenda: llamar
a Hipathia. Sonó el teléfono. Marisa, la telefonista, cantó el nombre de
Ruth.
—Pásamela-dije, esbozando una sonrisa que nadie vio.
—¿Jordi? No te lo vas a creer, he conocido a dos super millonarios, y
¡de más de sesenta años! Me lo estoy pasando en grande. ¿Y tú?
—Va, rutina. Lo de siempre, clientes, reservas y algún pequeño lío.
—Nada importante, espero.
—No, tonterías. Disfruta mucho y coge un buen bronceado.
—Para que tú lo disfrutes ¿eh, pillín?
Nos enviamos montones de besos y de promesas de difícil cumplimiento.
Luego, en un par de líneas más abajo escribí en la agenda: Te
echo de menos.
Medité sobre el relato de Ramón Pagés. La hipótesis del pacto diabólico
era demasiado novelesca para tenerla en cuenta; sin embargo, todos
sus detalles daban consistencia a la historia, aunque, en ocasiones, las
apariencias pueden llevarnos a equívocos…
Recuerdo que, cuando era un simple botones, paraba por el hotel un
gran periodista. César González Ruano colaboraba con La Vanguardia
de Barcelona; era de pluma fácil y mordiente. Cuando estaba por Catalunya
residía en Sitges. Su lugar favorito para escribir era el chiringuito
del Paseo Marítimo, con toda probabilidad el primer establecimiento
playero con ese genérico, como asegura una placa en el muro trasero del
local. Con bastante frecuencia, Ruano, viajaba a Barcelona y se alojaba
en el Manila. Me encantaban muchos de sus artículos, hasta que le vi en
persona. Estaba sentado en el salón del primer piso, tuve que avisarle
de que le llamaban de Madrid. Canté su nombre y una mano huesuda
apareció del fondo de un sillón, no me respondió, se limitó a levantar el
brazo para indicar con un gesto del índice que me acercara. Cuando lo
hice quedé estupefacto, mi mente infantil, influenciada por las lecturas de
Egipcíacas, lo relacionó con el diablo. Delgado, seco-en todos los aspectos-
repeinado hacia atrás, rostro demacrado, invadido por una gran nariz;
el labio superior fino, cabalgado por un bigotito delgado que recordaba
a los mostachos de Belcebú, el inferior caído y aborbonado; sus manos
macilentas de dedos luengos y esqueléticos adornados por unas uñas de
gran tamaño, en particular las de los meñiques exageradamente largas y
con las que se hurgaba a menudo en los oídos en busca de cerumen. Todo
esto le confería un aspecto diabólico. Alguien me dijo que la catadura no
lo era todo y que nada tenía que ver el periodista madrileño con Satanás.
Luego me enteré de la verdadera personalidad de Ruano, de sus andanzas
por Alemania y Francia en tiempos de guerra, de sus supuestas
denuncias a los nazis de judíos y de españoles exiliados, después de prometerles
ayuda. Eran tantos sus trapicheos, que fue recluido en la cárcel
de Cherche-Midi por la propia Gestapo por traficar con visados. Era un
animal literario y por eso le cundieron creativamente los menos de tres
meses pasados en prisión. Terminada la guerra fue juzgado en ausencia
por el nuevo Gobierno francés y condenado en rebeldía a veinte años de
prisión por «inteligencia con el enemigo». Ruano había delatado a los
nazis a sus compañeros de reclusión. Sus escritos mantenían la fuerza de
la adolescencia y la mala leche de los rencorosos. Un artículo de Ruano
de 1949 en el periódico Arriba y La Vanguardia, privó a Margarita Xirgu
de regresar a España. El incisivo escritor lo titulaba, ¡Ya se salvó el teatro!
La mariposuela, nombre que daba a sus artículos, dedicada a la Xirgu, insinuaba
que era una artista vulgar y llena de rencor. Por eso nunca dudé de
que, el verdadero Ruano, tenía mucho que ver con su apariencia física. Su
cuerpo delgado, algo encorvado, su mirada torva, el bigotito procesional,
sus uñas escarbando insistentes en el oído externo y su dudoso historial,
creaban en mi mente adolescente la exagerada perspectiva de contemplar
a un ser infernal.
Al día siguiente leí en el periódico el fallecimiento de otro gran periodista,
Manuel del Arco. Este sí tenía todo mi beneplácito y su muerte
fue una terrible noticia. El rey de las entrevistas, como yo le llamaba,
era capaz de desnudar el alma de sus entrevistados. Tenía por costumbre
enterarse por conserjes y recepcionistas-también por las inefables telefonistas-
si en el hotel se alojaba algún famoso y entonces le pedía una
conversación para su columna Mano a mano a la que al final añadía una
caricatura muy personal del entrevistado. Algunos años atrás había podido
ayudarle a conseguir citas periodísticas con Salvador Dalí y con Lola
Flores, entre otros. Nunca defraudaba al lector y muy pocas veces al ego
del personaje. Manolo del Arco era la antítesis de Ruano en su aspecto
humano. Rostro noblote y mirada profunda, escondía su innata timidez
en una aparente rudeza. Si Ruano me parecía fantasiosamente un habitante
del averno, Manolo me daba la sensación de un ángel tosco pero genial,
por lo menos en la forma de conducir sus diálogos. Y tal vez lo fuera.

El diablo en la Catedral de Arequipa (Perú)




González Ruano
Manuel del Arco
Diablo del Templo Satánico de Detroit
Gárgola de la Iglesia de Betheelm en Nantes
El autor en la puerta del Palacio del Arcediano, bajo la sombra demoníaca una gárgola de la Catedral. Foto Nanae