Penúltima entrada de: Los infinitos nombres del diablo. Donde se habla de ranas y de persecuciones en La Avenida de la Luz de Barcelona.

El sudor de la rana


Barcelona 31 de julio, 1971

A la mañana siguiente me desperté con el olor de Lilith flotando en
todo mi cuerpo y con mucho sueño. Había sido un noche preciosa,
llegué al hotel muy tarde y tenía que levantarme pronto para
despedir a míster Backster y a su acompañante, sin haber podido adivinar
si este último era mudo o muy reservado. Luego llamé a Ripoll para contarle
mi impresión de la velada anterior sobre la forma en que pudo morir
Camperol.
—Pudieron inyectarle algo la noche de la cena.
—Es muy posible, Jorge. A lo largo de la mañana tendré las pruebas
de toxicología de unos inyectables que encontraron en el piso de Gassiot.
—Genial, tendrías que pasarme unas fotografías del profesor, es posible
que alguno de nuestros empleados pueda recordarle.
Pasé el día esperando la llamada de Ripoll. A eso de las ocho de la tarde vino el comisario al Manila Hotel. Nos sentamos en una mesa del bar, un tanto apartada. Hice una seña al camarero y levanté el índice y el medio. Me confirmó el pedido bajando la barbilla en señal de afirmación. A los pocos minutos avanzó con paso elegante y con la bandeja con los dos whiskys.
—Dos de los tuyos JB –dijo.
—Gracias, Jesús.
Ya bien provistos, llegó el momento de que Ripoll me contara sus
impresiones sobre el interrogatorio de Gassiot.
—Tenías razón, el resultado toxicológico de los inyectables encontrados
revelan la existencia de batracotoxina.
—¿Una toxina de batracio?
—En concreto de un rana, la Phyllobates terribilis. Un tipo de rana
del oeste de Colombia. La utilizan los indios para envenenar sus flechas
y sus dardos.
—¿Y cómo actúa? –pregunté asombrado.
—Impide la transmisión del impulso nervioso hacia los músculos y se
produce una hiperexcitabilidad de los tejidos nervioso, muscular y cardíaco…
—Es decir, lo paraliza todo.
—Todo, la víctima muere de parada cardiaca, sin dolor, como entrando
en un sueño profundo. Sólo con dos microgramos por kilo de peso del
sacrificado, basta.
—Así que mi tesis tiene base, pudo haberle inyectado la toxina en el
tumulto de la entrada a la cena.
—Así debió ser.
—El sudor de una rana puede matar a un príncipe –dije.
—Es otra forma de ver los cuentos –contestó Ripoll.
—¿Ha confesado?
—Bueno, él sí… pero nos falta la mitad de la confesión.
—¿La del diablo? –dije tratando de embromarle.
—No te rías, Jorge. Este tío tiene algún tipo de enfermedad mental.
El lunes haremos un nuevo interrogatorio, esta vez en presencia de un
siquiatra y de un forense.
—¿Ha llegado a involucrar a Gabaldá?
—No, no reconoce haber hablado con él las últimas semanas.
—¿Ni cuándo fue a verle el día de la detención?
Ripoll movió la cabeza negando. Bebió un sorbo de whisky, cruzó las
piernas y me miró fijamente.
—No sé si tenemos a dos asesinos y a un solo culpable, o dos culpables
y un solo asesino. En cualquier caso le tenemos.
—Eres un gran policía, Enrique –dije muy sincero.
—Gracias, Jorge y tú un gran director de hotel… y un aprendiz de
detective.
Reímos. Fuera la tormenta mojaba los plátanos de Las Ramblas y los
transeúntes corrían a refugiarse en algún establecimiento. Las primeras
luces eléctricas empezaban a iluminar la ciudad, el Manila volvía a cerrar
completo. En una de nuestras suites dos hombres recordaban París y se
prometían regresar el año próximo a Barcelona y al Manila Hotel.
Aquel lunes tuvo lugar el segundo interrogatorio de Gassiot y fue una
sarta de despropósitos. Por fortuna estaban presentes el juez, un siquiatra
y un forense. La doble personalidad del detenido convirtió las interpela-
ciones en inútiles. Al parecer, según el siquiatra, la personalidad demoníaca
era la dominante y apuntaba a algún tipo esquizofrenia; el forense
mantenía que era un severo trastorno mental en los que los delirios y
alucinaciones sometían su personalidad. A medida que avanzaba el interrogatorio,
Satán tenía más protagonismo y sus amenazas eran más extremas,
reconoció que había matado a los cuatro; «su tiempo había concluido
», repetía. Ambos facultativos recomendaron su ingreso en un instituto
de salud, es decir, en el manicomio de San Boi de Llobregat, a pocos
kilómetros de Barcelona. El juez aceptó la propuesta de los doctores y
Gassiot fue trasladado, con diablo incluido, al famoso siquiátrico. Decían
que el desorden de personalidad múltiple de Gassiot podía deberse a
una enfermedad mental o la creencia de una posesión. Al parecer, los demonios
atormentan con preferencia a las personas que tienen problemas
mentales serios, no quisieron concretar si se referían a los demonios de
la mente o a los bíblicos. Nos contaron que, a menudo, le veían dialogar
a oscuras en su celda; nadie sabía con seguridad si consigo mismo o con
otros seres demoníacos.
Sin embargo, para nosotros, no había terminado el caso y no nos quedaríamos
parados. Los profesionales de la siquiatría resolverían la veracidad
de la distorsión de Gassiot; aunque subsistía el inductor, el que tenía
algo que ganar con los asesinatos y para nosotros tenía nombre propio y
carnet de identidad, por tanto dentro de la jurisdicción terrena de Ripoll.
Carles Gabaldá i Flores, merced a un perturbado, había eliminado a los
únicos testigos y cómplices que podrían haberle arruinado su carrera política.
Ahora estaba libre; para él, el sortilegio del conjuro que rompía su
pacto con Belcebú había funcionado y Gassiot, conocedor de la verdad,
andaba perdido por sus laberintos mentales.
—Tenemos que pillarle, Ripoll –le dije por teléfono.
—Por supuesto, Jorge, ahora sólo tú y yo conocemos el alcance de sus
delitos. ¡Ándate con ojo!, igual que se cargó un banco, puede cargarse a
un director de hotel.
—… O a un policía –dije para provocarle.
—No le interesa, sería demasiado evidente, en cambio un restaurador
que muere probando la comida de su restaurante…
El sentido del humor de Ripoll era bastante peculiar. Seguía siendo
un poli.
La verdad es que sería muy difícil pillar a Gabaldá, no había estado
en los lugares de los crímenes, tenía excelentes coartadas apoyadas por
docenas de personas. Nadie, en su sano juicio, creería ni su pacto con el
diablo ni su ruptura. El conjuro restaría escondido bajo nombre extraño
entre los 350.000 volúmenes en la Librería del Seminario, sólo Gassiot si
recuperaba la cordura, podría decir dónde estaba. El Maligno disfrutaba con su mejor jugada, se había cobrado cuatro almas y Gabaldá quedaba
libre para llegar a ser el corruptor y el prevaricador que el infierno necesitaba,
alguien capaz de jugar con lo más sagrado, sembrar la discordia,
engañar a los crédulos y someterse al poder de los de siempre para gloria
del infierno. No obstante, los caminos de la justicia divina suelen tener
muchos recovecos.
A la mañana siguiente tuve que visitar a algunos clientes del centro, concretamente en el Paseo de Gracia. Mi objetivo era ofrecerles las ventajas
del Manila Hotel, ya que en la zona tenía un importante competidor y era el Hotel Avenida Palace de la Gran Vía. Pasado el mediodía me dispuse
a regresar al hotel. Noté que un tipo me andaba siguiendo, me paré en un escaparate del paseo para observarle bien en el reflejo de uno de los cristales. Era un gorila de unos cuarenta años, fornido y con aspecto de aquellos asesinos que contrataba la patronal para eliminar sindicalistas
y líderes obreros. Llevaba en el ojal de la solapa un escudo de la falange. Bajé por la calle Pelayo con el retrovisor virtual atento. Pasé frente a los Almacenes Capitolio, la amplitud de Pelayo permitía un disparo certero y huir hacia la plaza Castilla en dirección a Tallers o a Joaquín Costa. Llegué al cruce de Balmes con Bergara donde estaba la entrada a la Avenida
de la Luz, no lo pensé dos veces y bajé a la galería comercial, olía a viejo y a cacahuetes tostados; sobre el número 25, en el mostrador de
Pam-pers, el aroma cambiaba a esencia de barquillo y de vino Montroy de
Pedro Masana. Como yo esperaba, en los dos mil metros de galería había abundantes peatones paseando o comprando en las todavía numerosas tiendas del recinto. El individuo no se amedrentó y me siguió hasta allí; sin embargo, yo tenía todas las ventajas, había recorrido el lugar cientos de veces, jugado en los futbolines y asistido a docenas de proyecciones en el antiguo cine. Así que pensé que sería fácil perderle entre las grandes columnas que flanqueaban la galería. Por fortuna, los grandes neones de potentes luces que en la década de los cuarenta y cincuenta asombraban
a los barceloneses, andaban ahora un tanto estropeados, el que no estaba
fundido estaba cubierto de polvo, la Avenida de la Luz había perdido su glamur e iniciaba su imparable decadencia. Me vinieron de perlas las
zonas de poca luminosidad y las numerosas tiendas vacías, otrora ocupadas
por prestigiosas joyerías y relojerías, para intentar deshacerme de mi insistente perseguidor. No tenía ni la menor duda de que era un esbirro de Gabaldá, tal y como me auguró Ripoll. Sin embargo, cuando me las prometía tan felices, comprobé que el tipo seguía pegado a mi espalda. Me paré en la cafetería semicircular de la galería, los altos taburetes estaban casi todos ocupados, pedí un café. Mi perseguidor, sin ningún tipo de prudencia,se situó al otro lado de la barra. Tenía un rostro grisáceo, con ojeras, los ojos se mostraban abollados entre unas pestañas también grises, la mirada turbia, matona. Era tan alto como yo pero más macizo, calculé que pasaría de los cien kilos. Dejó su lugar en la barra y se separó un metro de las banquetas, quedaba en diagonal a mí, sin posibilidad de tiro porque yo estaba emparedado entre dos hombres sentados cómodamente en sendos
taburetes. Recordé que acarreaba el arma que me había proporcionado Ripoll,
pero tenía que colocar el cargador que llevaba aparte por precaución. Él dio un primer paso hacia mí. Pagué el café, el tipo estaba por su tercer paso. Aproveché que uno de mis vecinos de taburete se levantó. Salí hacía el centro de la galería cubierto por el ciudadano. Mi perseguidor se detuvo. Yo me dirigí hacia los servicios cerca del cine Avenida, hice la intención de entrar, aunque desvié mi dirección cuando calculé que estaba fuera del campo de visión del gorila y me quedé pegado a la pared. Le vi entrar en los servicios, tenía la mano derecha escondida en la chaqueta a la altura de la axila, sus pasos eran rápidos, seguros, asesinos. Pude huir, pero no lo hice, hubiese continuado su implacable persecución. Le vi salir, las sienes le temblaban, las manos le sudaban, era su manera de incitar su deseo asesino. Le esperé aplastado a la pared y en cuanto alcanzó mi altura estiré mi pierna derecha para trastabillarle, cayó de bruces contra el
suelo, desenfundé el arma y salté sobre él, había girado el cuerpo y estaba boca arriba, no estaba tan corpulento como aparentaba, más bien seboso. Le pegué la pistola a los testículos.
—¡Si te mueves te capo! –grité como en las mejores películas.
Algunos curiosos se habían acercado, otros permanecían a prudente
distancia.
—¡Llamen a la comisaría de Doctor Dou, díganle al comisario que
envíe una dotación!
Los curiosos miraban la escena sin intervenir, por la expresión de sus
rostros adiviné que yo les parecía el bueno y el tipo del suelo el malo. Tal
vez porque cumplíamos con sus estereotipos. Alguien desde el teléfono
del bar llamó a la comisaría. El pájaro trató de moverse, yo tenía el ama
amartillada y él podía verlo.
—No me obligues –exclamé, como si lo hubiese hecho toda la vida.
Aparecieron un par de grises. Pensé que demasiado pronto para ser
hombres de Ripoll. Uno de ellos desenfundó su arma reglamentaria.
—Trataba de matarme –dije por toda explicación.
—¿Es usted del cuerpo? –preguntó el segundo agente, mientras el primero
le ponía las esposas a «mi» detenido.
—No, soy el director del Manila, he llamado al comisario Ripoll –dije
como si esto fuese una garantía de bondad.
—Ya, deme el arma. Y no se mueva –dijo el primer agente.
Tomó el arma, la miró y sonrió.
— ¿Sabe que está descargada?
—Por supuesto –contesté-, mostrando el peine todavía en la cartuchera.
En aquel momento llegaba Ripoll con otros dos agentes.
—Vaya, tenías que ser tú… siempre metiéndote en líos. La pistola es
mía y este señor tiene permiso de armas, me hago yo cargo del paquete
–dijo Enrique a los dos policías.
—A sus órdenes señor comisario –respondieron.
El gorila se incorporó a duras penas. Ripoll buscó en la sobaquera del
detenido y le quitó un revólver del calibre 38 Smith & Wesson.
—Te hubiese matado un clásico –señaló con su humor policiaco.
—No me consuela, Enrique.
—Anda, tómate un coñac, te animará. Me voy a la comisaría a llevar
a ese tipo, pasas luego para hacer la oportuna denuncia. Me quedo con la
Browning, me olvidé decirte que necesitas balas para disparar –dijo con
sorna.
—Ya, no me dio tiempo a poner el peine. ¿Por qué te crees que le
apunté a los testículos y no a la cabeza? Así no pudo ver que estaba descargada.
—Tienes cojones, Jorge. Este tío es un profesional, un poco pasado de
peso, pero un profesional. No olvides lo de la denuncia.
—En media hora estoy en comisaría.
Seguí el consejo de Ripoll. No obstante, en vez del coñac, pedí un
J&B con dos hielos y en vaso corto, en el bar de la galería. Los clientes
me miraban entre el asombro y la admiración. Me hubiese gustado saber
qué contarían en casa.
Llegué al Manila después de presentar la denuncia contra mi perseguidor, por supuesto no cantó el nombre del que le había encargado el trabajito,
pero era muy fácil adivinarlo. Pensé en la larga mano de Gabaldá
y me enfurecí. Encima de la mesa de mi despacho estaba una campánula
de plata regalo de una amiga muy especial que tenía en Lausana. Aquella
campanilla me había salvado la vida en una ocasión, o eso creía. Por un
momento dudé si, como en la fábula del Mandarín de Rousseau, podía
desear la muerte de alguien sólo con tocarla. Deduje al fin que utilizar
un objeto salvador para una misión de verdugo sería miserable y aunque
no se puede juzgar a nadie porque sus pecados sean distintos a los nuestros,
cuando los delitos ponen en peligro la vida de uno, la cosa cambia.
Por eso telefoneé a Gabaldá, para pedirle explicaciones y llamarle por su
nombre; me dijeron que ya no estaba en la oficina.
Precisamente, aquel viernes, los Gabaldá se habían trasladado a la
Costa Brava a pasar el fin de semana. Desde los tiempos del abuelo Gabaldá
la familia tenía una hermosa casa en Lloret de Mar, uno de esos
pueblos asomados al Mediterráneo en que los pinos llegan hasta besar la
mar. El abuelo siempre contaba entre risas que la casona, La Negra, como
la había bautizado, era fruto de las correrías de su padre como tratante de
esclavos en la vieja Cuba. A Carles Gabaldá le encantaba el lugar, también
a sus siete hijos, a sus nietos y a su esposa, la madre superiora, como
él la llamaba. Entre ambos había existido la complicidad de los intereses
creados, ella sabía que era un canalla y que, gracias a eso, su prole tenía
el porvenir asegurado y dada la memez que abundaba en sus retoños, era
muy importante.
Aquella tarde, recostado en su sillón favorito viendo jugar a sus nietos
y conversar a sus hijos, Gabaldá se sintió feliz. Imaginaba que yo ya no
estaba en este mundo, sonrió. No sabía el porqué pero le dio un repaso
mental a su vida, todavía no lo tenía todo; no obstante, sus objetivos ya
estaban trazados. Para ello había tenido que hacer muchas cosas, algunas
terribles… terribles para los fusilados, los desahuciados, los desfalcados,
los timados, los engañados y los asesinados. Todo por Dios y por la Patria,
sólo que su dios y su patria tenían el mismo nombre: Gabaldá. Sintió que
tenía algo muy fuerte dentro de él, un poder omnímodo, imparable. Soñó
en prados verdes con cientos de esclavos negros recolectando algodón y
en industrias textiles llenas de obreros sin convenio y con salarios bajos.
El sábado por la mañana sonó el teléfono, alguien preguntaba por Carles
Gabaldá. Mascullando improperios, Gabaldá atendió a la llamada. Su
rostro cambió de expresión, primero fue de sorpresa, luego de indignación.
—En un par de horas, estoy allí. Hablaremos –dijo al interlocutor.
Colgó con el fastidio pintado en la cara.
—Debo volver a Barcelona, un asunto de negocios. Regresaré por la
noche.
—¿Tan importante es? –preguntó su esposa, mientras terminaba sus
rezos matinales.
—Sí, querida, es inoportuno, pero debo ir.
Sus nietos jugaban en la piscina, sus hijos hablaban de negocios que
sólo podían proyectar gracias a papá, lo hacían en castellano, porque el
catalán era un idioma para pobres y sirvientes, decían. Algunos hermanos
todavía dormían la juerga discotequera del viernes. Una familia típica…
típica de cierta alta burguesía barcelonesa de los años setenta.
Gabaldá ni se despidió de ellos porque suponía que regresaría en unas
horas. No lo sabía, pero aquel sería su último viaje.

Phyllobates terribilis - Wikipedia, la enciclopedia libre
Phyllobates terribili

La Avenida de la Luz, vacía

Con público

El bar

Entrada a los Ferrocarriles Catalanes

El cine Avenida

Degustación de barquillos y Montroy Masana

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