Segundo capítulo

Agradezco a todas y todos cuantos habéis empezado a leer la novela. Ahí va la segunda parte:

En el corazón de las Ramblas

Barcelona, mayo 1971

Uno de mis sueños de niño era ser director de hotel, algunas lecturas,
un par de películas y la atracción por esos lugares donde
nada es lo que parece y los viajeros pretenden convertirlos por
unos días en su hogar, me parecía fascinante. Tanto, que no paré hasta
conseguirlo. Lo que no sabía entonces es que un hotel es algo más que
un lugar de paso, es el lugar donde habita la parte aventurera de cada uno de nosotros, un lugar para los ensueños, los divertimentos, el reposo del viajero… y para algunas pesadillas.

Se cumplían nueve meses desde que tuve que hacerme cargo de la
dirección del Manila de Barcelona, el hotel se levantaba entre los centenarios plátanos de sombra en pleno corazón de Las Ramblas. Nueve meses son un corto espacio de tiempo, breve, aunque importante, porque es la medida de una gestación.

Le había tomado el pulso a mis responsabilidades
y, con la ayuda de todo el personal, el establecimiento marchaba
viento en popa.
Barcelona se abría a la algarada turística en un país que lentamente
iba transformándose, a pesar del gran obstáculo que suponía el dictador y todo su entorno. El nuevo gobierno, surgido por el dedo omnipresente de Franco, estaba dominado por tecnócratas pertenecientes al Opus Dei. La Obra, como ellos mismos la llamaban en la intimidad, regía los destinos de un estado todavía anclado en el pecado original de una guerra incivil. La Caballé triunfaba en La Escala de Milán, los Beatles con Let it be, y Nixon espiaba a su oposición creyendo que jamás tendría consecuencias, decretaba la congelación de salarios y precios, y devaluaba el dólar. Pero el huracán social barcelonés lo había dado el conservador Teatro del Liceo con el estreno de Mahagonny, una ópera progresista y visionaria del compositor alemán de origen judío Kurt Weill con libreto de Bertolt Brecht, ya estrenada en el año 30 en Leipzig. La dirección del Liceo puso un aviso especial en los programas, aclarando que no se hacía responsable por la crítica acerba de la obra a los aspectos de la convivencia social tradicional. Todo cambiaba para que todo siguiera igual.
En el hotel habíamos preparando una conferencia de Luis María Millet
sobre el maestro y compositor Joan Massià i Prats, catedrático de violín
y de música, fallecido apenas hacía un año y al que La Vanguardia de
Barcelona, en uno de sus artículos, recordaba como «un fino compositor». Terminada la conferencia se daría un concierto con cinco sonatas de Massià interpretadas por Mercè Puntí, acompañada al piano por Sofía Puche de Mendlewicz. Habíamos escogido a ese conferenciante porque, además de sus conocimientos, al día siguiente en el Palau de la Música se le homenajeaba por sus veinticinco años como director del Orfeó Català.
La sala se llenó de melómanos, de amigos del orador y de gentes de la alta burguesía barcelonesa, muchos de ellos clientes habituales del hotel o de La Parrilla, el restaurante del noveno piso. Fui saludándoles uno a uno.
Apareció Félix Millet, sobrino del disertante, acompañado de un amigo al que me presentó como Robert Camperol.
—Un gran nacionalista-dijo casi eufórico.
—Un placer, señor Camperol. Supongo que fue muy duro perder
aquella guerra-dije, con toda la mala intención, pues sabía que había
combatido en el bando franquista, junto a Felix Millet, padre.
—Está usted muy confundido, aquella guerra, como usted la llama, la
ganamos.
—No le haga caso, Robert -terció Millet-. Brotons, es un poco tocacojones.
—Discúlpeme -dije, tratando de que no se me escapara la risa.
Las primeras frases de la disertación de Luis María Millet llegaban
a través de la puerta del salón que acogía el acto. Mis interlocutores no
hicieron ninguna intención de querer entrar en el evento, adiviné que preferían presumir a mi costa.
Camperol movió la cabeza y entornó sus rasgados y menudos ojos.
Levantó el dedo índice y me advirtió.
—Hay ciertas actitudes, Brotons, que algún día pueden resultarle caras.
—No ha sido mi intención, supuse que siendo usted tan nacionalista…
—A Catalunya se la sirve de formas muy distintas -dijo con énfasis.
— En eso estoy totalmente de acuerdo -repuse con toda la intención.
En aquel momento no lo sabía, pero Camperol moriría pocos días después en un salón del Manila Hotel.

Bar del Manila Hotel en los años 60 y 70

Los infinitos nombres del diablo.

Primer capítulo

He muerto. No ha sido una muerte dulce, tampoco dolorosa. Una
extraña sudoración ha perlado mi frente. Siento un impacto, un
bloqueo en alguna parte de mi organismo y un estertor, seco,
silbante… definitivo. He muerto.
Mi cabeza ha cedido vencida por el peso de la muerte, la barbilla se
apoya sobre el pecho en un último gesto de afirmación a la vida que ya
se ha escapado. Sin embargo, mis manos permanecen sobre el mantel esperando inútilmente que me traigan el próximo plato. Sé que ya no habrá más, a menos que, en el infierno, sirvan la ceniza en bandeja.
En pocos segundos voy perdiendo los veintiún gramos de mi espíritu y
espero, nada impaciente, ver la luz que me conducirá no sé adonde. Trato de discernir si la Parca ha venido a buscarme porque me tenía en su lista o si alguien ha precipitado su visita envenenando el plato que comía tan a gusto. No se equivoquen, no muere un inocente. He vivido con desenfreno y eso, habitualmente, es sinónimo de culpabilidad. Tampoco muere un justo ni un hombre generoso, todo lo que he hecho ha sido para mi conveniencia, por mi interés y para mis excesos. Mañana dirán que ha muerto un patriota, un mecenas, un alma noble. No les crean, o sí. Los hombres como yo viven de la confianza y de la buena voluntad de los simples. Acumulamos las mayores mentiras detrás de las más bellas banderas y siempre hemos tenido el armario de la metáfora lleno de cadáveres.
Parece que alguno de los comensales ya se ha dado cuenta de mi nada
protocolaria rigidez. Oigo algunos comentarios soto voce. Alguien ha subido el volumen de la música. Un par de camareros me levantan a mí ya la silla en volandas y me llevan a un despacho al otro lado del salón.
Alguien comenta a los invitados que ha sido un desfallecimiento y que
pronto me reincorporaré a la fiesta. Miente como yo lo he hecho tantas
veces. Uno de los presentes, con apariencia de galeno, me examina las
pupilas y el pulso; se gira hacia el grupo de cabezas que me rodean y dice en un tono solemne: Ha muerto. ¡Eso ya lo sabía yo!, pero debo confesar que todavía tenía alguna esperanza. Quiero gritarle que no he muerto, que me han matado, ahora estoy seguro. No obstante, nada surge de mi garganta. Veo al fin la pretendida luz, no es nada brillante, más bien es una niebla oscura y densa, tampoco veo pasar mi historia, ni recuerdos de niñez, ni locuras de juventud, ni canalladas de adulto; sólo surge una imagen, la imagen de ella, la imagen de mi pecado, de mi traición, y trato, inútilmente, de pedirle perdón. Una voz en mi interior me dice que ya es tarde y lloro como nunca he llorado, sin lágrimas y sin gemidos… como los cobardes.