Los infinitos nombres del diablo. Decimoctava entrega, donde se cuenta de nuevo sobre el diablo y sobre clientes del Manila Hotal

En la piel del diablo


Barcelona, julio 1971

Decidimos resolver de una vez el misterio antes de que Gabaldá
fuese asesinado. Era más una cuestión policial y humana que
apego por salvar la vida del personaje en cuestión. Le propuse a
Ripoll una reunión sin límite de tiempo y contar con la presencia de Félix
Nogal para las aportaciones extrasensoriales. Nos sentamos los tres en mi
despacho en sendos butacones, teníamos que estar cómodos y bien pertrechados
para un largo debate. Está comprobado que el alcohol nubla las
ideas; no obstante, en pequeñas cantidades pueda dar una visión distinta
de las cosas y nosotros la necesitábamos. Así que nos suministramos de
una botella de J&B y otra de Macallan y provisiones hielo y agua. Ninguno
de los tres fumábamos por lo que nos aseguramos de un ambiente
saludable y respirable. Las americanas colgaban del perchero, incluso la
sobaquera de piel de Ripoll con su Astra reglamentaria; en previsión de
sustos innecesarios, Ripoll, mantuvo el cargador en el bolsillo y, aunque
las armas las cargue el diablo, le iba a ser difícil meterle mano al bolsillo
del pantalón del comisario.
—Gracias a los dos por haber venido –les dije-. Tengo una teoría que
quiero compartir con vosotros y que nos puede ayudar a resolver el caso.
Ripoll y Nogal afirmaron con la cabeza dándome su beneplácito. Bebieron
sendos tragos de whisky, me di cuenta que tendría que ser rápido
en mi exposición si pretendía que encontráramos al asesino antes de ponernos
a cantar el Asturias patria querida.
—Trataré de ser breve. Este caso nos ha llevado de cabeza porque
hemos sido racionales. Sin embargo, debemos dejar por unos momentos
la razón de lado.
—¿Dónde quieres llegar?, Jorge –preguntó Ripoll.
—Os pido que dejéis de razonar como policía y pensador, quiero que
os abstraigáis y abráis vuestra imaginación.
Se acomodaron en sus sillones a la espera de alguna explicación estrafalaria.
—Imaginemos que todo fue verdad y que, Satanás, hizo un pacto de sangre con aquellos cinco canallas y que para confirmarlo debían abusar de María. Así evitaron ser fusilados por los republicanos, conseguir sobrevivir a la guerra y alcanzar puestos importantes en la sociedad. Tres de ellos ingresan en el Opus Dei y confiesan su pacto, buscando una solución que les permita romperlo. La Obra le pide a Miquel Torras que investigue sobre esa posibilidad, lo envían a Roma a estudiar todo lo que sabe la Iglesia Católica
al respecto. Incluso el tema de los exorcismos con el padre Gabriele Amorth, el mejor. En sus averiguaciones llega a conocer la existencia del Codex Gigas, su creación puede ser una fábula, pero sus contenidos son reales y entre ellos hay un conjuro para romper un pacto con Mefistófeles. Hay precedentes en la literatura, la leyenda, y en las historias no oficiales, para creer que hubo otros pactos que se rompieron. El Opus lo acepta a pies juntillas, y considera que es muy importante hacerse con el documento.
Mis compañeros empezaron a mostrarse más que interesados con mi
historia y en llenar de nuevo sus vasos. Proseguí.
—El Diablo, Satanás, el Maligno o como se llame la criatura, es invocada
por Gabaldá y le cuenta que sus antiguos compañeros quieren romper
el acuerdo. El Señor del Averno le propone que sea él quién recupere
su alma matando a los otros. No hace falta que lo haga en persona, sólo
con desearlo sus compinches morirán, como en el inicio de la Barca sin
pescador, de Alejandro Casona.
—Espera, espera –dijo Ripoll, yo no he leído ese libro…
—Es una obra de teatro y no os voy a contar todo el libreto, es sobre
una hipótesis atribuida a Rousseau que plantea en una de sus metáforas,
El Mandarín, y que abre en el lector una disyuntiva moral. Casona la
incluía en los programas de la representación de la obra con un texto de
Chateaubriand que, más o menos, decía:
En el más remoto confín de China vive un mandarín inmensamente
rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Sí
pudiéramos heredar su fortuna y para hacerle morir bastara apretar un botón
sin que nadie lo supiese
… ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?
—Tentadora propuesta –dijo Nogal.
—Matar apretando un botón o haciendo sonar una campanilla, el sueño
de todo asesino –apuntó Ripoll.
—Gabaldá es un hombre sin moral e incapaz de comprender el dolor ajeno y acepta la propuesta del diablo. Y entonces empiezan las muertes –dije con entusiasmo-, la primera la de Camperol, aparentemente fortuita, pero que al final estoy seguro de que descubriremos que fue provocada. Era el primer aviso. Torras, Gabriele para el Opus, decide ir a Estocolmo para revisar el códice y el diablo lo mata a pocos metros del hotel. Joan Deulovol, por su cuenta, está investigando desde los archivos arzobispales la existencia
del conjuro. Satán no deja que continúe y le cercena la cabeza. Ramón Pagés es el último miembro del grupo que sigue confiando en las gestiones de la Obra, está demasiado nervioso y le es fácil a la Bestia pillarlo en el mirador de la basílica, le empuja y termina con él. Al diablo no le importa absolver a Gabaldá, sabe que le será más útil en la política: prevaricaciones,
corrupciones, robos, mentiras, falsedades y sobre todo, una legión de
partidarios y muchos hijos para que sigan con su criminal legado. Todo ello camuflado en un extremado catolicismo y en un irrefutable nacionalismo.
Miré a mis amigos, ahogaban su incredulidad entre sorbos de whisky.
Su rostro expresaba todas las dudas del mundo. No les dejé intervenir.
—Ahora quiero que volváis a la razón. Como en una ecuación, cambiad
la x de diablo por la y de asesino. Imaginad que alguien cree que es
un ser diabólico, imaginad a un esquizofrénico cuya personalidad dominante
es la del mismísimo Satanás. O, simplemente, un loco de atar. Un
maniático zurdo de manos grandes, inhumanas, que dejan huella en el
pecho de Pagés, un chiflado que corta la cabeza a Deulovol y apuñala
a Torras con un bisturí… y lo hace con la mano izquierda. Alguien con
conocimientos suficientes para «ayudar» a morir a Camperol. Alguien
que conoce la existencia del Codex Gigas y que tiene acceso o posee el
conjuro, que no es extraño verle removiendo legajos y documentos en la
biblioteca de Egipcíacas o en la del Seminario. Un perturbado capaz de
convencer a Gabaldá de que puede romper el pacto con Mefistófeles si
condena a sus compañeros a muerte, unas ejecuciones que él hará con
gusto. Alguien con una enfermedad degenerativa que puede afectar al
corazón y también al tejido conectivo y que tiene prisa por conseguir sus
objetivos antes de que sus dolencias puedan impedírselo. Alguien que
pueda meterse en la piel del diablo porque se siente parte de él.
—Alguien a quién pertenezcan los pelos que encontré –dijo Ripoll.
—Al principio la historia me pareció rocambolesca, pero ahora sospecho
que ese alguien hasta podría haber estado con nosotros en Flix.
–apuntó Nogal.
—¿Y el olor a azufre que perduró durante horas? –inquirió Ripoll.
—Llama al rector de San Justo y Pastor, pregúntale si algún extraño
subió antes que nosotros al mirador, a pesar de estar la torre clausurada
–dije, facilitándole el teléfono de mi mesa.
A los pocos minutos la telefonista preguntaba por Ripoll, había localizado
al rector del santuario. Ripoll tomó el aparato y tras una breve
conversación nos aclaró la situación.
—Efectivamente, antes de subir nosotros, un tipo, haciéndose pasar
por periodista, le pidió al rector permiso para subir a la torre. El sacerdote
no le puso pegas, durante unos veinte minutos estuvo visitando el campanario
y después salió pitando. Era un hombre alto, de rostro alargado y
manos extraordinariamente grandes.
—Y ¿por qué regresa al día siguiente, poniéndose en riesgo? –dijo
Nogal.
—Los asesinos vuelven porque temen haber dejado alguna huella, alguna
prueba o, simplemente, por el morbo de recrear su crimen –le aclaró
Ripoll.
—Eso se va animando. Permitidme que haga una llamada –dije, pidiéndole
a la telefonista que me pusiera con Hipathia.
Escanciamos un poco más de whisky a la espera de que nos comunicaran
con mi amiga. Sonó el teléfono.
—¿Hipathia?, necesito hacerte una pregunta. El compuesto que te hacían
en la herboristería para Gassiot… ¿qué contenía?
—No lo sé –respondió Hipathia-, creo que había azufre, por lo menos
olía mucho a ácido sulfhídrico o a huevos podridos.
—Gracias Hipathia, me has hecho un gran favor.
—¿Me he ganado una cena?
—Sí, claro que sí y de las grandes –respondí.
Me giré hacia mis compañeros.
—Efectivamente, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Nos
será muy fácil comprobar lo de la barba y si el soldado Gassiot estaba en
Flix durante aquellos hechos del 38.
—Eso será bastante fácil de averiguar –dijo Ripoll.
—Veo que os ha gustado mi historia.
—No está mal –dijo Nogal-, casi es mejor que las mías. Pero quiero
añadir algo, ¿y si en realidad el asesino está poseído por Lucifer?
—Pues entonces tenemos una ecuación con dos incógnitas la x y la y.
—Yo sólo tengo potestad para arrestar a y –respondió Ripoll.
Nos reímos mientras apuramos nuestros vasos. Me congratulé de haber
podido exponer mi teoría sin necesidad de llegar a excesos etílicos.
Las botellas también las carga el diablo. El próximo paso sería comprobar
las pruebas y detener a Gassiot.

Siempre les quedará París


Barcelona, julio 1971

El hotel volvía a estar completo. Centenares de grupos organizados
de turistas pululaban por Barcelona con ganas de descubrir
la ciudad. El Manila hotel se nutría de un par de esos grupos, los
agentes de viajes sólo eran un parte de nuestros parroquianos. La mayoría
de nuestros clientes lo eran por contrataciones individuales o empresariales.
Una de mis preocupaciones, desde que me hice cargo de la dirección,
era la de buscar entidades o sociedades a las que ofrecer los servicios de
nuestro hotel para sus clientes, invitados y empleados. Desde mis tiempos
de jefe de reservas había conservado todos los contactos. Las empresas e
instituciones agradecían esta disponibilidad porque les descargaba de la
búsqueda de hospedaje o restauración para sus convidados. Eso me permitía
tener el hotel casi siempre lleno ya fuese con clubs de fútbol y federaciones
deportivas, directivos y responsables de sociedades importantes,
públicas y privadas, o invitados de entidades oficiales; ese era tipo de
clientes con los que nos asegurábamos el máximo de pernoctaciones. El
sistema tenía su parte delicada porque, al igual que me llenaban el hotel
en las temporadas bajas, en los momentos de mucha ocupación, confiados
en conseguir habitaciones sólo con llamarme o enviarme un fax, me
ponían en serios apuros cuando, con menos de veinticuatro o cuarenta y
ocho horas, reservaban hospedaje para sus compromisos con la seguridad
de que no les fallaría. Mi máxima de satisfacerles me obligaba a exprimir
todas las opciones para no defraudarles nunca.
Cuando la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de
Barcelona, me solicitó un par de habitaciones para el día siguiente y durante
tres noches, no les dije que no. Pero la situación, con el hotel a
rebosar, era complicada. Schnellmann, el jefe de recepción, un suizo afincado
en Barcelona hacía años, meneó su pelada cabeza; su sonrisa fue de
desaprobación. Schnellmann tenía una forma de complacerte, sonriendo,
y también tenía la misma forma para exteriorizar su oposición, con una
sonrisa parecida. Era una media risita en la que enseñaba los alambres
de su puente dentario superior. Sólo tenías que distinguir si la sonrisa era
una o la otra y esta vez no había dudas, no existía ninguna posibilidad
de rascar una habitación y mucho menos, dos. A pesar de ello, le dije
que anotara las reservas de la Cámara a nombre de un conferenciante
norteamericano, míster Backster. Tenía menos de veinticuatro horas para
buscarle alojamiento en el Manila.
La primera habitación podía ser la mía. Tenía la posibilidad de dormir
en casa de mis padres, así que llamé a la gobernanta y le pedí que un
par de camareras hicieran mis maletas y que los mozos lo llevaran todo
al cuarto de equipajes. La segunda iba a ser más complicada, repasé las
reservas pendientes y comprobé que no hubiese ninguna anulación pendiente,
sin suerte. Revisé el listado de clientes. Llegué a la C y… ¡allí
estaba la solución!, ¡míster Collins!
El señor John Collins era un cliente norteamericano de mediana edad,
cada julio reservaba una habitación en el Manila desde hacía una docena
de años. Paralelamente, lord Woolfolk, reservaba la suya para las mismas
fechas, no pedían ni habitaciones contiguas ni en el mismo piso; no
obstante, ya desde el primer año, les veíamos siempre juntos, cenando
en La Parrilla, paseando por la ciudad o en la reserva para espectáculos
nocturnos. Sabíamos que por las noches compartían dormitorio y procuraban
deshacer la cama de la habitación que quedaba desocupada. Ambos
estaban casados, existía una señora Collins y una lady Woolfolk, pero
aquellos quince días de julio eran exclusivamente para ellos dos. Sabía,
por alguna discreta confidencia en el bar del hotel, que se habían conocido
durante la Segunda Guerra Mundial, uno comandando un batallón en
el ejército de Patton; el otro, al mando de una brigada de las divisiones
de Montgomery. Su amistad, forjada en los campos de batalla de Normandía,
se había consolidado en un pequeño hotel de París después de
la liberación de la ciudad. Precisamente ellos me contaron que París, a
pesar de lo que referían las crónicas, había sido liberado la noche del 24
de agosto por republicanos españoles. La Nueve, una de las compañías de
la Segunda División Blindada del general Leclerc, compuesta casi en su
totalidad por españoles, fue la primera que entró en la ciudad. «Deberíais
estar orgullosos», decía Collins. Yo les respondía que, la heroicidad de
La Nueve, tardaría en saberse en una España nada democrática y de me-
moria débil para lo que le convenía al poder. Estas confidencias de media
noche, mientras ellos se miraban tiernamente entre whisky y whisky, me
otorgaban la suficiente confianza para hacerles una propuesta un tanto
temeraria.
Esperanzado, bajé a recepción dispuesto a organizar el cambalache.
—¡Schnellmann!, ¿Tenemos la suite reservada para el señor Houston?
—Sí, reservó una doble para hoy y nosotros le hemos destinado una
suite como cortesía, ya sabes que viene muy a menudo.
—Bien, dígale que esta vez le hemos reservado mi propia habitación.
¿Cuántos días estará?
—Dos, igual que otras veces.
—Estupendo, deje libre la suite. Por favor, avíseme cuando vuelvan
de su paseo los señores Collins y Woolfolk, dígales que les invito a tomar
un whisky en el bar, no me moveré de mi despacho hasta que regresen.
Schnellmann puso cara de banquero suizo cuando le piden la titularidad
de una cuenta y calló su respuesta. No quise adelantarle mi jugada
hasta que la hubiese completado con éxito. En aquel momento la telefonista
me anunció una llamada de Hipathia.
—Hola, Jordi, ¿qué tal esta noche?
—¿Esta noche? –le pregunté
—La cena. ¿No me debes una cena?
—Claro, por supuesto, pero esta noche tengo un lío mayúsculo en el
hotel. Y por no tener, no tengo ni cama, tendré que dormir en casa de mis
padres.
Escuché la carcajada de Hipathia al otro lado del auricular.
—¿Por qué no vienes a dormir a mi casa?, tengo una habitación libre.
—No sé ni a qué hora terminaré.
—No importa, te esperaré despierta.
—De acuerdo, Hipathia, eres una gran amiga.
—Te espero.
Al cabo de una hora me llamó Schnellmann.
— Lord Woolfolk y míster Collins le aguardan en el bar.
—Genial, Schnellmann, ahora bajo.
Los dos amigos estaban haciendo tiempo en la barra frente a tres J&B,
conocían mis gustos… y yo los suyos. Nuestra conversación se prolongó
por espacio de media hora.
—No les pediría este favor si no fuese porque mañana necesito sus
habitaciones, a cambio les instalaré en una magnífica suite.
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Se miraron como imagino que se miraron en París. Collins tomó la
palabra.
— Lo hacemos porque nos cae muy bien, Brotons, ¿cuándo quiere que
nos traslademos?
—No necesito las habitaciones hasta mañana, aunque la suite está disponible
desde este instante. Ustedes deciden.
Se miraron de nuevo. Sonrieron.
—Ahora mismo prepararemos los equipajes –dijo lord Woolfolk.
—No hace falta, las camareras se ocuparan de todo. Gracias –repetí.
Tuve que contarle un par de veces la operación a Schnellmann. Al
final, sonrió. Era su gesto de aprobación o eso me pareció adivinar. No
quise trasladarme a una de las habitaciones «liberadas» y preferí aceptar
la invitación de mi amiga, con Barcelona llena a rebosar no nos fue difícil
ocupar por aquella noche ambas estancias.
Llegué pasadas la una de la madrugada a casa de Hipathia con un
pijama, una botella de vino, el cepillo de dientes, una camisa para el día
siguiente y hecho unos zorros.
—Un día duro ¿eh? –dijo Hipathia.
—No te lo puedes ni imaginar.
—¿Has cenado?
—Sí, he comido algo mientras preparábamos el menú de mañana.
—¿Quieres contármelo?
Descorché la botella de vino. Hipathia sacó dos copas del aparador.
Dejé que la botella respirara un poco, nos sentamos en el tresillo y serví
el vino.
—Por nosotros –dije.
Brindamos y bebimos un par de sorbos, le conté cómo había ido aquel
largo día. Los ojos se me cerraban. Luché. Hipathia sonreía.
—Anda, vete a la cama, mañana tendrás que estar pronto en el hotel.
—A las ocho –dije, compadeciéndome de mí mismo.
Entré en la habitación de invitados, sábanas limpias y olor a jazmín, sonreí. Las hadas siempre huelen bien. Me embutí en el pijama, me metí en aquella cama de aspecto confortable y lejos del barullo del hotel. Antes de que pudiera conciliar el sueño, Hipathia llamó a la puerta del dormitorio.
—Pasa –dije.
Se sentó al borde de la cama, me removió el pelo como cuando iba a
pedirle las aventuras de Emilio Salgari y me tapó con la sábana. Me sentí
muy cómodo.
—Que descanses –me susurró al oído.
—¡Vaya cita!, ¿querrás volver a verme?
—Claro, ha sido precioso.
Me besó en la mejilla y se alejó con andares de diosa griega. A la mañana
siguiente fui yo quién la besó, dormía relajada y etérea, al igual que
una hada. Se despertó y sonrió.
—¿Has desayunado?
—Lo haré en el hotel. Gracias por todo.
—Gracias a ti, pero me sigues debiendo una cena…
A pesar de mis recelos el Manila seguía en pie. Estaba todo perfecto,
por un momento pensé que no me necesitaban para nada, pero enseguida
empezaron las preguntas, la lista de los líos y los recados de las telefonistas.
Sonreí. No podían pasar sin mí, pensé en un exceso de inmodestia. A eso de las nueve llegaron los clientes norteamericanos acompañados por
un empleado de la Cámara, un hombre locuaz y atento con sus invitados.
Les adjudicamos las habitaciones que nos habían cedido lord Woolfolk y
míster Collins. Una vez acomodados míster Backster y su compañero, me
quedé hablando con el acompañante de la Cámara de Comercio. Era un
tipo regordete de cara redonda y labios carnosos, correctamente vestido,
y muy dicharachero. Aproveché para sonsacarle quiénes eran los clientes.
—Son dos ex agentes de la CIA –dijo sin dudarlo y en voz baja-.
Míster Backster, el más alto de ellos, fue un importante técnico de la
Agencia que desarrolló nuevas técnicas con el polígrafo, viene a dar una
conferencia sobre ello. El otro es su guardaespaldas, estoy seguro de que
sigue siendo un agente en activo, lleva pistola… –sentenció bajando la
voz y temblándole la papada de emoción-. Es una suerte que tuviese dos
habitaciones libres en el Manila. Barcelona está a tope.
—Sí, ha sido una suerte –dije sonriendo.

La Biblia del diablo
Folleto del Manila Hotel. Propiedad del autor.
Lucifer, por Gustavo Doré

Míster Backster, científico de la CIA

Otros documentales - Espías en la arena, Objetivo España - RTVE.es
Oficial norteamericano. Segunda Guerra Mundial TVE

Decimotercera entrega: De viajes, filosofías y teologías

En un pequeño pueblo cercano a Flix

Ribera del Ebro, 28 de junio 1971

El pueblo se acunaba en el meandro, el Ebro le rodeaba como si quisiera
protegerlo de todo mal. Como muchos pueblos de la Ribera
estaba rodeado de campos de cultivo, tenía una ermita cercana,
una plaza con su ayuntamiento y una escuela municipal. Como tantos
otros pueblos de la Ribera tenía grandes proyectos de futuro sin olvidar el
pasado. Sus mujeres seguían haciendo encaje de bolillos y sus hombres
trabajando en el campo, como antes de que España se desangrara en una
guerra incivil.
Mi Kadett dejaba Flix a la espalda a menos de siete kilómetros de
nuestro destino. Ripoll me iba contando, con las oportunas reservas, el
interrogatorio a Gabaldá.
—Me has contado tú más cosas que Gabaldá al juez. Ni demonios,
ni violaciones, ni nada que ver con los asesinatos. Es más, dice no haber
tenido demasiados contactos con sus antiguos camaradas. Ese cabrón asegura
que es un santo.
—Mientras le crean…
—Yo no, te podría contar cosas de él que te sorprenderían. Ahora saca
la Senyera por todas partes, antes se descojonaba de todos los símbolos
catalanes. Era un camisa azul convencido.
—Bueno, también toma riesgos con su postura actual-dije, ya a la vista
del pueblo de María.
—Es una pose, le gustaría que le metiéramos en la cárcel por nacionalista,
así se pintaba la aureola de mártir. Los cambios están cercanos,
Jorge, el gobierno, pese a todo, está abriendo la mano. Un tal Jordi Pujol
le ha tomado ventaja y Gabaldá quiere recuperar terreno.
Llegamos al pueblo de María. Nos dirigimos a la comandancia de la
Guardia Civil y preguntamos por el comandante de puesto. Un cabo con
aspecto aburrido nos recibió en un despacho presidido por un crucifico y
una litografía del jefe del Estado. Ripoll le enseñó sus credenciales y el
cabo se cuadró.
— Siéntanse por favor –dijo, señalando un par de sillas de madera-.
¡Qué no nos molesten! –gritó al número de guardia.
Ripoll le contó de una forma muy somera lo que nos había traído al
pueblo.
—Sólo pretendemos averiguar el domicilio de una vecina llamada
María y si consta alguna denuncia durante o después de los días de la
liberación del pueblo.
El cabo de la Benemérita puso cara de póquer ante la escasez de información,
Ripoll tuvo entonces que ampliar la exposición contando alguno
de los pormenores del caso en la confianza de que, en un pueblo tan pequeño,
todo el mundo estaría enterado de lo sucedido. El cabo se levantó
con parsimonia y se dirigió a un archivo metálico de color verde botella.
Lo abrió y el mueble mostró una serie de carpetas de color gris con anotaciones
en lápiz y bolígrafo.
—Denuncia no hubo ninguna, pero es natural dadas las circunstancias
y quienes eran los agresores. Estoy seguro de que en el ayuntamiento, si
la chica era de aquí, alguien sabrá alguna cosa sobre ello; voy a llamarles.
El cabo descolgó el teléfono de bakelita negra, giró el disco varias veces
y esperó. Alguien respondió al otro lado del auricular. Sin necesidad
de identificarse el comandante de puesto preguntó por María y el hecho
ocurrido en el 38. El interlocutor sabía sobre quién le preguntaban porque
el cabo iba asintiendo con la cabeza y cada vez que pedía una aclaración
nos miraba previamente y respondía al informante con monosílabos: ya,
ya… sí… esa… Cogió un bolígrafo Bic de la mesa de madera que le servía
de escritorio. Garabateó un nombre y algunos datos en una cuartilla y
preguntó al interlocutor: «¿Sabéis su domicilio?». Quedó a la espera un
par de minutos, golpeaba rítmicamente la mesa con el bolígrafo, hasta
que le dieron una dirección que escribió en el papel. «Gracias, luego nos
vemos en el bar», dijo para finalizar la conversación.
—Efectivamente, todos en el pueblo conocen la historia de María…
María Congost. Vive en Flix, me han dado la dirección –dijo, entregando
la hoja manuscrita a Ripoll.
—Muchas gracias por su ayuda –dijo Enrique.
Quedé gratamente sorprendido de la memoria de los vecinos de María
y de la eficacia de la Guardia Civil.
Desandamos los siete kilómetros que nos separaban de Flix. Al llegar
al pueblo preguntamos por la calle que teníamos anotada. No fue difícil
dar con la casa de María Congost. Era una de esas viviendas de dos pisos
con portalón de madera y balcón cargado de flores en la fachada, el aire se
colaba por una de las ventanas y movía los visillos mostrando impudente
parte del interior de la vivienda. Llamamos con la aldaba del portón un
par de veces sin recibir respuesta. Frente a la casa de María había una
taberna de aspecto tranquilo. Algunos clientes se apoyaban en la barra y
otra media docena permanecían sentados y divertidos alrededor de una
mesa de mármol donde jugaban al dominó o miraban el devenir de la
partida. Preguntamos por María y nos respondieron que la habían visto
salir pero que, a buen seguro, no tardaría en regresar. Pedimos un par de
cervezas y esperamos. A la media hora apareció al fondo de la calle. Su
aspecto era jovial a pesar de que pasaría de los cincuenta, cara redonda y
atractiva, de grandes ojos y amplia sonrisa. Adivinamos que era ella por
los detalles que nos había proporcionado el tabernero. Pagamos las consumiciones
y salimos a su encuentro.
—¿María Congost? –preguntó Ripoll.
—Sí, soy yo. ¿Puedo ayudarles? –dijo boquiabierta.
—Me gustaría hacerle unas preguntas –dijo Ripoll, con el más puro
lenguaje policial y mostrando su placa.
—¿Ocurre algo?
—¿Podemos pasar dentro?
María nos abrió su domicilio, y sus recuerdos. Nos contó aquel terrible
momento, su desengaño respecto a Camperol y la humillación sufrida.
Mi amigo Ripoll le informó de la muerte de Camperol y de dos de sus
violadores, ella escuchaba cariacontecida el relato, se percibía que la evocación
de aquellos canallas la alteraba. A pesar de ello, Ripoll no pudo
dejar de pensar como un policía y le preguntó de súbito:
—¿Dónde estaba usted la madrugada de San Juan entre las cinco y las
seis?
Ella se mostró sorprendida por la pregunta, vaciló un poco…
—Era la verbena, la celebré con unos vecinos, fue aquí enfrente en la
taberna. Estuve hasta pasadas las siete, ya sabe, era verbena.
Ripoll no se dio por vencido y volvió a preguntar.
—¿Y el día veinte entre las dos y las tres de la mañana?
—Pues durmiendo… todos los días no hay fiestas.
Estaba claro que, a pesar de tener poderosas razones, María no estaba
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cargándose a los del quinteto. Entre otras cosas porque nos dijo que desconocía
la personalidad de sus violadores, salvo la de Robert Camperol.
No obstante, Ripoll no las tenía todas consigo, se levantó de su asiento
y quedó de pie frente a María con la chaqueta abierta, procurando que
asomara la funda de su Astra. Sonreí para mis adentros, esa técnica intimidatoria
daba ciertos resultados cuando los interrogados ocultaban algo,
pero María permanecía tranquila observando, desde la comodidad de su
asiento, los movimientos de Ripoll que daba una ojeada a las fotos que
María tenía sobre un platero. El poli detuvo su deambular, tomó una de
las fotos de marco bruñido que representaba a la propia María con un niño
de pocos años y preguntó:
—¿Es alguien de la familia?
—Es mi hijo, la foto es antigua.
Extendió la mano en dirección al policía y le pidió la foto. La observó
con cariño.
—Tiene muchos años, si no me equivoco es del 43, mi hijo tendría
unos cuatro años.
El comisario y yo nos miramos interrogantes. Me incliné hacia María
y la miré a los ojos. Ella bajó su mirada.
—Si a lo que han venido es para averiguar si he sido capaz de matar
alguno de esos canallas, les adelanto que les perdoné hace mucho tiempo.
Uno de ellos es o fue el padre de mi hijo. No he olvidado, aquel terrible
día tuve el mayor de mis desengaños, pero el mejor de mis regalos.
—¿Nunca se preguntó quién podría ser el padre? –dije, tratando más
de consolarla que de hacer averiguaciones.
—¿Para qué? No conocía a los otros cuatro. Era una pérdida de tiempo
presentar una denuncia contra cinco oficiales franquistas. Algunas jóvenes
del pueblo también fueron violadas por soldados moros del mismo
regimiento. No tuvieron tanta suerte, al final de los ataques fueron vilmente
asesinadas. Hubiese sido inútil denunciarles. Robert conocía mi
domicilio, nunca se presentó ni para preguntarme cómo estaba. Cuando
los republicanos volvieron a reconquistar el pueblo supe que estaba prisionero,
dudé entre denunciarles o no, pero alguien me dijo que pronto
les fusilarían como ellos habían hecho con el alcalde, el médico y otros
vecinos. Luego supe que pasados unos meses fueron liberados por el contraataque
nacional. El resto pueden imaginarlo –dijo, esgrimiendo la foto.
—¿Nunca supo nada más de Camperol?
—Sí, una vez vino a verme, fue en el cincuenta y cinco. Me pidió per-
dón. Quiso compensarme con dinero, lo rechacé. En aquel momento llegó
mi hijo de la escuela. Robert adivinó en mis ojos la parte de la historia que
nunca le había contado. «¿Es mío?», preguntó. Me encogí de hombros, le
miré a la cara y le respondí: «No, es mío». Él insistió, como si esperará
una salida para justificar su propia conciencia. «¿Puedo ser el padre»? No
puedo saberlo, ni fuiste el primero ni el último, sólo uno de los cinco. Lo
que sí es seguro es que es hijo de una jugada del diablo. Él retrocedió, mi
respuesta le impresionó más de lo que yo esperaba. Gimoteó durante un
rato. «Si algún día necesitas mi ayuda…», dijo con poco convencimiento.
Salió de mi casa, cabizbajo y atemorizado. Yo le quise, le quise mucho,
nunca deseé su muerte y su visita me liberó, fue como una ola que borra
las huellas de un dibujo en la arena y sólo queda el canal por donde discurrió
el trazo.
Quedamos los tres en silencio, Ripoll tomó de nuevo la foto y la depositó
con delicadeza en el platero.
—Muchas gracias señora Congost, nos ha sido de gran ayuda. Le daré
mi tarjeta por si quiere contarme alguna cosa más.
Nos despedimos en el portón de madera de su casa, frente a la taberna
donde docenas de parroquianos habían compartido con ella la verbena de
San Juan. Me alegré de la imposibilidad de que tuviese algo que ver con
el caso. Puse en marcha el Kadett, Ripoll se ajustó la americana.
—Eran una panda de cabrones –dijo.
—Hay un par que todavía lo son –contesté mientras aceleraba.

Entre filosofías y teologías

Finales de junio, 1971

Tuvimos unos días de mucho trabajo en el hotel. Ripoll seguía con
sus averiguaciones sin demasiados avances, había localizado al
hijo de María Congost que vivía y trabajaba en Barcelona. Sutilmente,
sin entrar en contacto con él, controlaba los lugares por donde Sergio
Congost se movía y las amistades que compartía. Ripoll, como buen
policía, tenía siempre un hueco para su lista de sospechosos y la profesión
de Congost, que ejercía de cirujano en el Hospital del Mar , le suponía
hábil con el bisturí y por tanto capaz de ejecutar a las víctimas; sin embargo,
no era el único componente del listado policial, Balcells era médico,
Pagés un arrepentido de dudosa personalidad y Gabaldá un canalla capaz
de contratar a alguien para hacer un trabajo sucio, de hecho Ripoll pensaba
que no sería la primera vez que utilizara medios tan drásticos. Pero, de
todos, el único que podría tener interés de venganza era Sergio Congost;
no obstante, el hijo de María no conocía la personalidad de los componentes
del quinteto, salvo la de Robert Camperol. En la lista de Ripoll ya
no figuraban las dos hijas de Camperol puesto que había comprobado las
cuartadas de ambas y de la viuda, principales beneficiaras del testamento.
«También te he borrado a ti», me decía entre risas. Yo le sugerí que faltaba
alguien en su registro: el Diablo.
A falta de más candidatos me autorizó para que siguiera la pista del
famoso conjuro perdido y que el Opus aseguraba estaba en la biblioteca
de Egipcíacas. Tal vez por ese lado del ovillo pudiéramos encontrar un
nuevo indicio. En cuanto tuve un rato libre me planté en la biblioteca. Fui
a la hora de cerrar para no interrumpir a Hipathia en su labor de descubridora
de libros dormidos y de sueños despiertos. La ayudé a cerrar las
puertas y nos dirigimos sin prisas a la cervecería Baviera en Las Ramblas,
frente a la fuente de Canaletas. Anduvimos por la calle dels Àngeles y
por la de d’Elisabets hasta salir a Las Ramblas. Subimos al primer piso
del establecimiento para tener más intimidad, los escalones de madera
todavía conservaban los ecos de las tertulias de los jugadores del Barça
de los años treinta al final de sus partidos de liga, y se enorgullecían de
ser el primer local de la ciudad en el que se servía caviar. Pedimos un par
de jarras de cerveza. Hipathia se extrañó.
— ¿No quieres un J&B en vaso corto y con dos hielos?
—Nunca antes de las diez de la noche… –me excusé bromeando
Hablamos de nuevo de aquellos años de mi infancia en que su biblioteca
y su personalidad eran punto de parada y disfrute. Al cabo de media
hora de reminiscencias y risas le conté las sospechas del Opus, mi interés
por todo lo que concernía al Codex Gigas lo conocía de sobras.
—Sí, recuerdo que vinieron a preguntarme por un conjuro de una de
las páginas del códice. Te aseguro que no tengo constancia de que este
documento esté en la biblioteca. Pero si la hubiera tenido, tampoco les
hubiese dicho nada.
—No entiendo por qué insisten, Hipathia. Les dije que era una estupidez
suponer que guardáis el conjuro y ellos mantienen que lo saben por
una confidencia. Tampoco quisieron decirme de quién.
—Como puedes suponer tengo todos los libros y documentos perfectamente
catalogados. Allí no aparece nada, salvo que esté encriptado o
bajo un nombre ficticio. ¿Sabes cuántos documentos tenemos?
—Imagino que muchos, aunque sí sabrás qué lectores te solicitan libros
sobre conjuros, pactos diabólicos, biblias demoníacas y todo eso.
—Sí, hay un lector que da este perfil. Y tú le conoces.
Puse cara de interrogación. Hipathia sonrió con malicia.
—No os caísteis demasiado bien –dijo misteriosa.
—¡El tipo de la verbena!
—El mismo, el profesor Gassiot.
—Vaya por Dios, no me digas que tengo que hablar con ese pedante.
Hipathia lanzó una discreta carcajada.
—¿No tendrás celos? –dijo bromeando, pero abriendo una inesperada
perspectiva.
—Tal vez –le contesté.
Mi amiga me dio el teléfono del departamento donde Albert Gassiot
ejercía de omnipotente profesor universitario. Escribí el número en mi
libretita verde, el suyo sería mi próximo contacto.
El despacho de Gassiot no estaba en los servicios centrales de la plaza
de la Universidad, ni en la zona alta de la ciudad en la llamada Zona
Universitaria. La Facultad de Teología estaba ubicada desde hacía un par
de años en la calle Diputación, a tenor de una propuesta conjunta del
arzobispo de Barcelona y del Padre superior de la Compañía de Jesús.
Se eligió el edificio del Seminario Conciliar de Barcelona construido en
1879 por el arquitecto Elies Rogent. Acogía a las Facultades de Teología,
Filosofía y Humanidades y entre sus paredes estaba la Biblioteca Pública
del Seminario, la más antigua de la ciudad, creí recordar que se remontaba
a 1755. Ese si sería un buen lugar para esconder la página perdida del
códice.
El profesor Gassiot me recibió con aspecto triunfante, no entramos
en su despacho, me acompañó directamente a la biblioteca. El lugar
representaba todo lo que esperamos de un centro del saber. La sala de
lectura era enorme, casi doscientos cincuenta metros cuadrados acogían a
cuarenta y siete puntos de lectura. Como si leyera mi pensamiento y ante
mi admiración, amplió los datos sobre el lugar.
—Tenemos un almacén de más de mil metros cuadrados y nuestro
fondo bibliográfico está formado por cerca de 350.000 volúmenes, especializados
en Ciencias Eclesiásticas, Filosofía y Humanidades.
—Es impresionante, ¿supongo que saben todo lo que tienen?
—No al completo, vamos codificando y comprobando cada uno de
los volúmenes y documentos. Yo, por ejemplo, alterno mis clases con la
investigación y la organización bibliográfica.
Supe que estaba en el lugar adecuado, no quise descubrir, todavía, el
verdadero objeto de mi visita.
—Imagino que Joan Deulovol, desde su puesto de archivero y candidato
fallido a arzobispo, tendría una fluida relación con la Institución.
—Por supuesto, colaborábamos en muchas averiguaciones y cambiábamos
impresiones a menudo.
—¿También con el Opus? –pregunté de sopetón.
—Con ellos no demasiado, están a otro nivel en sabiduría eclesiástica.
—El día de la verbena dejamos una conversación pendiente – dije.
—No, usted se cerró en banda y no quiso ser instruido.
Su actitud era petulante, me tenía allí para pedirle un favor y eso le
satisfacía sobremanera. Levantó las cejas y frunció el ceño esperando mi
preguntó.
—Imaginemos que alguien firma un pacto con el diablo. ¿Hay forma
de romperlo?
—Vaya, el incrédulo Brotons, empieza a cuestionar sus convicciones.
—No, no es eso Gassiot. Sigo siendo agnóstico en todo esto.
—La respuesta a su pregunta es no. Los humanos creen que pueden
engañar a Belcebú, con conjuros, tretas y rezos. De nada valen los últimos
porque al firmar con el diablo dejaron de ser hijos de Dios. Tampoco
con ardides o artimañas, Satanás es el rey de las astucias. En cuanto a los
conjuros…
Estábamos llegando al punto que yo quería.
—Los conjuros pueden, aparentemente, romper el pacto. Sin embargo,
la mayoría de las veces, el diablo exige otra alma en pago de la liberación
de la del contratante. En cuanto realiza el sacrificio se condena de
nuevo, con lo que su alma vuelve a quedar en poder del averno.
—Entonces, es posible que existan conjuros de este tipo.
—Es posible.
—¿En el Codex Gigas?
Gassiot me miró de forma enigmática, chasqueó los labios y sonrió.
—Es posible, es un códice muy completo.
—Sigamos imaginando, Gassiot. Si en una de las páginas arrancadas
del Gigas, contuviera uno de esos conjuros podría ahora estar en estar en
cualquier biblioteca. Incluso en esta.
—Sí, podría ser, aunque no me consta.
—Supongo que no se ha tomado la molestia de comprobarlo…
—No se lo diría amigo Brotons, las cosas de la Iglesia y las del diablo
no son para los agnósticos.
—Touché… pero sí para los curiosos y yo lo soy desde la cuna.
Gassiot se río divertido, él era tan seglar como yo, pero estaba acostumbrado
a navegar por los procelosos mares de las sotanas y se desenvolvía
muy bien entre legajos y biblias apócrifas; cabalgar entre jesuitas y
clérigos del arzobispado le concedía un plus de ocultismo religioso, algo
así como un agente secreto del cristianismo, sin hábito, pero totalmente
entregado a la causa.
—Si, como usted dice, esos conjuros son inútiles, ¿por qué tanto misterio?
—Yo no le he dicho que sean inútiles le he dicho que son ineficaces,
que no es lo mismo. Al diablo no se le engaña fácilmente.
—… No obstante, es posible burlarle –dije, dispuesto a llegar al fondo
de la cuestión.
—Entra dentro de una remota posibilidad.
—Entonces –exclamé tirando a matar- ¿Por qué no ayudaron a Joan
Deulovol?
Me di cuenta de que había dado en el blanco, porque el rostro de Gassiot
se contrajo mostrando todos los surcos de sus líneas de expresión.
Sentí chispas de su saliva estrellarse contra mi rostro al chasquear su labios
antes de responderme.
—Tal vez no lo mereciera –dijo prepotente.
—¿Significa que hubiesen podido ayudarle?
—No ponga en mi boca palabras que yo no he dicho, estamos hablando
de teorías.
La conversación terminó entonces, salvo algunas frases de cortesía.
Nos despedimos en la puerta del emblemático edificio neorromántico,
hogar y cátedra de filosofías y teologías, magisterio de humanidades y
custodio de secretos insondables de la Iglesia… y de sus enemigos. La
conversación con Gassiot me había aportado datos muy interesantes, sin
querer me había descubierto que el conjuro del códice estaba o en su
poder o a su alcance y que no había querido ayudar a Deulovol, tal vez
porque él tampoco creía en la fuerza del conjuro. Por otro lado, se ponían
en evidencia las verdaderas intenciones del Opus, ellos sabían que en
Egipcíacas no estaba la página del conjuro, pero que mi amistad con Hipathia
me obligaría a seguir investigando para librarla de toda sospecha
y conducirles a quién pudiese tenerla. Me permití liar un poco la cosa,
entre sotanas andaba el juego y la situación empezaba a divertirme. Así
que llamé desde una cabina al despacho de Ramón Guardans. El yerno
de Francesc Cambó me atendió de inmediato.
—Es sólo una sospecha, Guardans, pero creo que en la biblioteca del
Seminario Conciliar tienen el conjuro y Gassiot es su cancerbero.
—Buen trabajo, Brotons. Le debemos un favor. Si algún día quiere
ingresar en la Obra…
—Gracias Guardans, pero eso ya me lo propuso un ministro hace menos
de un mes.
En realidad no les había descubierto nada, Gassiot estaba ya dentro de
sus sospechosos y mi supuesta confidencia liberaba a Hipathia de su campo
de acción y eso me tranquilizaba. Demasiados muertos, demasiados
diablos y demasiadas sotanas como para dejar ningún cabo suelto.
Regresé andando al hotel para despejarme. Atravesé la Plaza Urquinaona,
bajé por la calle Balmes y llegué a La Rambla de los Estudios en
apenas diez minutos. El hotel estaba completo y eso siempre satisface a
un director. Me senté en mi despacho y Quendy me informó de las últimas
novedades, media docena de llamadas y un pequeño lío con el chef
que quería hacer uno de sus postres preferidos, sorbete Gala Placidia, y
que no tenía las copas adecuadas. Telefoneé a Grifé & Escoda y encargué
dos docenas de copas talladas a mano con una preciosa ornamentación
floral y de cisnes de esbelto cuello, eran unos excelentes trabajos sobrevivientes
de la Cristalerías Planell, que habían cerrado en el 57. El chef se
emocionó, su postre tendría el mejor de los servicios.

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Un pueblo cercano a Flix…

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Opel Kadett – año 71-

Antiguo Seminario Conciliar de Barcelona.

Biblioteca Pública Episcopal del Seminario de Barcelona ...
Facultad de Teología

Seminari Conciliar Barcelona | Història del Seminari

Al Codex Gigas le faltan algunas páginas

09/01/2017 Centre Civic Cristalerías Planell en 2020 | Objetos de ...

Octava entrega: En la que se habla de lugares en que puede aguardar la muerte y de pactos de Herman, el monje, con el diablo.

La muerte espera en las esquinas


Barcelona, junio de 1971

Aquella mañana, Gabriele, no asistió a la oración de los Libros de
Meditaciones. Tampoco había dormido en su cama de la casa
que compartía con otros numerarios. Yo no me enteré hasta que
recibí la visita de mi amigo Ripoll. No me sorprendió en absoluto, la
clarividencia de Nogal me lo había dejado muy claro. Los nudillos del
comisario golpearon la puerta de mi despacho, no me costó adivinarlo al
ver su familiar sombra a través del vidrio. Su mediana estatura se agigantó
por el efecto óptico del cristal y también la de su nariz, ya prominente
al natural. Escuché su característico carraspeo.
—Adelante, Enrique, pasa.
—Buenos días Jorge –dijo con voz seria, mientras tomaba asiento en
uno de los sillones.
Carraspeó de nuevo un poco y preguntó:
—¿Sabes a qué he venido?
— Me gustaría decir que no, pero me temo que por algo grave…
—Efectivamente, todavía ni ha salido en los periódicos, el Opus tiene
mucha mano. Uno de sus numerarios falleció ayer por la noche en plena
calle.
—¿Algún conocido?
—Mío no, pero sí tuyo… de hecho fuiste la última persona con quién
habló.
—Vaya por Dios, ¿cómo lo sabes?
—Salió de tu hotel pasada la una de la madrugada, todo el mundo os
vio dialogando antes de que te sentaras en el bar.
—Lo siento ¿de quién se trata? –dije, aunque conocía de sobras la
respuesta.
—De Miquel Torras, en la Obra le conocían como Gabriele.
Traté de demostrar asombro, aunque a Ripoll no era fácil engañarle.
Levanté el torso y me incliné ligeramente sobre los antebrazos, antes de
lanzar la pregunta.
—Puedo preguntarte de qué y cuándo murió.
—Claro, y voy a añadirte dónde, en la calle Petrixol frente a la chocolatería
La Pallaresa, a menos de trescientos metros de este hotel y cinco
minutos después de hablar contigo.
—¿Muerte natural? –pregunté, tragando saliva.
—Hombre, si entiendes por natural que te claven un estilete en el hígado…
podríamos considerarlo así –dijo recostándose en el sillón y estirando
las piernas casi por debajo de mi mesa.
—¿Nadie vio nada?, aquella hora todavía hay gente por la calle.
—Al parecer no murió de inmediato, se arrastró hasta un portal vecino
y allí agonizó. El sereno nos avisó a eso de las dos y media de la madrugada.
Le encontró en posición fetal, desangrado.
—Pues sí, le conocía del funeral de Camperol, aquella misma noche
me salió al paso en Vía Layetana, quería información sobre un libro.
Ripoll se removió en su sillón, encogió las piernas y agudizó el oído
para escuchar mis palabras. Suspiré antes de contarle la conversación, la
nota de la servilleta, la historia del Codex Gigas, y el proyectado viaje del
finado a Estocolmo.
—¿Conservas la servilleta?
—Pues claro, y los cubiertos. Sabía que me lo pedirías… no imaginé
que tan pronto.
—No sé cómo te las apañas, siempre estás en mitad de estos fregados,
me voy a llevar las pruebas y tú…
—Sí, ya sé, no me muevo del hotel.
Asintió con la cabeza antes de abandonar la comodidad del sillón, yo
le imité y me incorporé al unísono. Ya de pié, Ripoll me hizo la esperada
pregunta.
—¿Tú te crees esa bazofia del libro del diablo?
—Yo tal vez no, pero ellos sí creían que el libro contenía algo que les
interesaba, Torras lo escribió a modo de aviso, de advertencia y lo hizo
con su propia sangre para que Camperol no tuviese dudas.
—¿Y cuándo lo hizo? Torras no estaba entre los invitados, ¿verdad?
—No, no lo estaba y no entiendo de qué forma pudo hacerse con la
servilleta, rotularla y dejarla en el servicio de mesa. Teníamos media docena
de camareros, dos jefes de rango y un maître sirviéndoles, además
de un par de ayudantes para cambiar platos y cubiertos.
Me miró, se llevó la mano derecha a los labios y los presionó, en un
gesto espejo, como si tratara de exprimir su cerebro y callarse algo.
—Quiero hablar con todos.
—¿Ahora?
—No, antes he de analizar las pruebas, esperar la autopsia del muerto
y hablar con los del Opus.
—¿Puedo ir contigo?
—Ya veremos… en cuanto a tu personal…
—Sí ya sé, que no salgan de Barcelona.
Ya solo, medité sobre los acontecimientos. Tenía dos fiambres que,
según Nogal, y él pocas veces se equivocaba, habían coincidido en un
tiempo y un lugar en el pasado y también en el presente, ambos eran depositarios
de algún terrible secreto que ya nunca podrían contar y que a la
vista de los hechos, les había costado la vida. Y parte del misterio estaba
en el códice, en la Biblia del Diablo, Gabriele pretendió averiguarlo y
alguien se tomó la molestia de impedirlo, no podía asegurar si humano o
sobrenatural.
Traté de olvidarlo por lo menos durante unas horas. Trabajé durante
todo el día sin casi tener tiempo de pegar un bocado. Llegaba un grupo de
jubilados norteamericanos ávidos de conocer mi ciudad, comprar castañuelas,
probar la paella y asistir a una corrida de toros. Arribaban a uno de
los hoteles más exclusivos y caros de Barcelona en bermudas y sandalias,
eso sí, con calcetines. La España de los setenta les recibía con los brazos
abiertos. Barcelona iba transformándose, todavía no era el enorme parque
temático de un par de décadas después. En los setenta para los turistas
todos éramos toreadores, bandoleros, cármenes y curas. En su memoria
llevaban las imágenes del año 50 cuando Ava Garner rodó Pandora y el
holandés errante en una bella, salvaje y poco conocida Costa Brava y de
sus amoríos con el torero catalán Mario Cabré. O las del 54 cuando Frank
Sinatra la tuvo que rescatar de los brazos de Luis Miguel Dominguín.
Influenciados también por las historias de Hemingway y los Sanfermines,
preguntaban en recepción a qué hora soltarían los toros, mientras cambiaban
ventajosamente sus dólares por pesetas.
A las nueve de la noche estaba rendido, pero no vencido. Llamé a
Ruth y en menos de una hora estábamos cenando en la Parrilla. Sonaba
el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y ella estaba bellísima.
Degustábamos unos langostinos que el maître había flambeado con ron.
Brindamos con un Sauternes, el aroma de las salvajes uvas Sauvignon
Blanc, la dulzura del Moscadelle y la fragancia de la nectarina, formuladores
de aquel vino, nos envolvieron.
—Por nosotros –dije.
—Y por la vida –matizó Ruth.
Bebimos un par de sorbos, las últimas notas del maestro Rodrigo escapaban
por el restaurante buscando el camino a los jardines del Palacio
Real de Aranjuez. La velada terminó en mi habitación, repartiendo los
besos con sabiduría anatómica, enredados con el deseo y con el corchete
de su sujetador que no terminaba de soltarse, o eso quería yo que pareciera,
para escuchar una de sus expresiones favoritas llegado este momento.
—Rómpelo y también las bragas… –susurraba impaciente.
Por supuesto, yo nunca le rompía aquella ropa interior tan cara y tan
parisina, aunque me encantaba quitársela con fingida violencia y lanzarla
fuera de la cama por encima del hombro. Caía en sitios tan insospechados
que más de una vez tuvo que volver a casa sin alguna de esas prendas.
Terminada la refriega permanecimos uno frente al otro con las piernas
entrelazadas e intentando descubrir signos y características en la piel del
otro a las que antes no habíamos prestado atención o nos habían pasado
inadvertidas. Pequeñas señales cutáneas, cicatrices de caídas infantiles,
pliegues escondidos… lugares recónditos, donde besar y acariciar. Estando
inmersos en nuestra exploración epidérmica me miró a los ojos, los
suyos parecían brillar en la semioscuridad del dormitorio violada por los
faros y las luces nocturnas que se colaban intermitentes por la ventana.
Entre el espejuelo de la luz verde de un semáforo y el destello caramelo
del fanal de un automóvil, me lo dijo:
—Me voy la semana que viene a París y luego a la Riviera francesa,
unos amigos tienen un palacete en Cannes y me han invitado.
—Me parece genial, cariño. ¿Muchos días?
—No lo sé, Jordi. En Niza y Mónaco hay muchos millonarios…
Me reí a carcajadas. Ruth estaba dispuesta a conseguir sus propósitos
de ser multimillonaria y nuevamente viuda antes de los cuarenta.
—Espero que fracases –le dije divertido.
—Vaya amigo que tengo, debería hacerte feliz que llegara a ser una
lady como las Mitford o la señora de un multimillonario naviero griego,
como Jacqueline. Además yo te seguiré queriendo.
—Ya, como dice el bolero: Porque te quiero tanto me voy.
—Un día me lo tienes que cantar… me gustan mucho los tangos.

—Bolero, es un bolero, cariño.
La acompañé al garaje del hotel donde tenía aparcado su Mini negro,
regalo de su difunto marido, un color que resultó premonitorio. Me besó
apasionadamente al llegar a la altura de su vehículo, se arremangó la minifalda
para facilitarse el acceso al cubículo del conductor.
—Presta atención, Jordi, esta vez la prenda que no he encontrado es la
de abajo, ya me la devolverás cuando regrese.
Valió la pena el aviso, pude ver el vértice del apetito carnal al final de
aquellas largas piernas y suspiré profundamente, me iba a costar pasar el
verano sin Ruth.

Se acaba un libro, muere un hombre.

Monasterio de Podlažice, seis de junio de 1230

Herman el monje, o Hermann inclusis, como le llamaba el resto
del monasterio, se desplomó agotado sobre la hoja que acababa
de terminar, no sabía ni qué hora era ni en qué fecha estaba. Había
permanecido mucho, muchísimo tiempo encerrado en su celda escribiendo,
copiando de otros libros, ilustrando y dibujando el gran libro. Un
códice gigante que contenía toda la sabiduría humana y que tenía unas
proporciones extraordinarias. Con tremendo esfuerzo depositó en el suelo
de su celda el último cuadernillo. Lo acarició, era el postrer capítulo con
el contenido de todos los libros y sabidurías que la Orden Benedictina
le había proporcionado. Entre las páginas del códice estaba la regla de
San Benito; las traducciones latinas de Flavio Josefo y su Historia de los
Judios; el Antiguo y Nuevo Testamento; la Etimología –Etymologiae u
Originum sive etymologiarum libri viginti-, los veinte libros de San Isidoro.
Tres tratados médicos dedicados a la medicina práctica, escritos por
Constantino el Africano, otro monje benedictino. Otros ocho libros médicos,
Ars medicinae, de origen griego y bizantino, utilizados como libros
de texto para la enseñanza de la medicina. La Crónica de Bohemia, escrita
por Cosmas de Praga. Santorales, calendarios, listas de benefactores y
miembros de la comunidad monástica; esquelas; antiguas historias; curas
medicinales y encantamientos mágicos. Una confesión de los pecados y
una serie de conjuros, entre otros textos y escritos. Todo profusamente
iluminado y con dibujos de la mano del autor, incluido uno de Belcebú y
que sólo Herman conocía el porqué de su terrorífico retrato.
Hermanus Monachus Inclusus, fue la firma que estampó al llegar a
la página seiscientos veinticuatro del libro dando por acabado su colosal
trabajo. Todo estaba listo para la encuadernación de los cuadernillos de
pergamino y la elaboración de la cubierta. Se tomó un ligero respiro. El
día en que fue recluido se propuso el colosal trabajo organizándose mediante
el horario del monasterio. Siete espacios temporales monacales
contemplados en la Regla de San Benito, en armonía con El Libro de los
Salmos en el que podía leerse: Siete veces al día te alabaré, y a medianoche
me levantaré para darte gracias.
En cuanto escuchaba los Maitines, rezaba o meditaba una hora y empezaba
a trabajar hasta los Laudes, descansaba medía hora para ver amanecer
desde el ventanuco de su celda y seguía hasta la Prima, comía algo,
proseguía hasta la Tercia y la Sexta, comía de nuevo y no paraba hasta
la Nona en la que descansaba durante un par de horas y luego seguía
ilustrando y dibujando; en las Vísperas, desmenuzaba un trozo de pan,
llevándoselo a la boca con lentitud y saboreándolo como un manjar, seguía
hasta las Completas y entonces se acostaba rendido para escuchar los
nuevos Maitines apenas tres horas después. Le llevaban comida y agua
cada dos días y tenía que racionarse él mismo. Al principio controlaba los
días, el canto en gregoriano del Agnus Dei durante los salmos del sábado
le confirmaba que había pasado una semana. Pero pronto dejó de anotar
y empezó una sucesión de amaneceres sin cuento, su única comunicación
eran las notas que pasaba al recibir la comida solicitando pergaminos y
sobre todo, tintas. Había elegido cinco colores: rojo, azul, amarillo, verde
y oro. En el monasterio las fabricaban con metal o con insectos triturados,
él había insistido en que fuesen de este último tipo y que no tardasen más
de cuarenta y ocho horas en suministrar su pedido con objeto de que las
tintas tuviesen la misma luminosidad y que secaran los escritos antes de
las setenta y dos horas en que hubiesen sido fabricadas, así, el brillo, el
tono y los colores serían uniformes en todo el texto y no se distinguieran
los primeros escritos de los postreros.
Todo esto le permitió, durante los primeros tiempos, llevar cierto control
temporal, que fue perdiéndose con el paso de los días, las semanas
y los meses. Recordaba haber estado enfermo en alguna ocasión y sólo
entonces cambiaba su sistema de trabajo, la fiebre le postraba en su camastro
durante algunas horas o días y entonces cualquier cálculo se iba al
traste, por eso dejó de contar y de percibir el tiempo en toda su dimensión.
Luchó por mantener un orden estricto en su trabajo. Creyó que podía escribir
una línea cada veinte segundos, una columna cada treinta minutos
y una página cada hora. A pesar de sus conjeturas, erró en sus cálculos
porque la mano se le adormecía y los ojos se le cansaban. Además, a sus
cómputos como escribano, había que añadir los tiempos de ilustrador y
dibujante. Las miniaturas de las letras capitales ocupaban en ocasiones
el margen izquierdo de una página completa, en otras hojas tenía que
dibujar media docena y de distintos colores. También le llevaba muchas
horas los preparativos, antes de escribir en cada página tenía que dibujar
un sutil rayado para evitar ladearse o esquinarse y las guías para la iluminación,
pensar en la combinación de las tintas, sobre todo en las letras
capitales. El diseño de los dibujos precisaba también de mucha dedicación,
al igual que el lavado y raspado de los errores, las correcciones y los
gazapos cometidos.
Mejoró su técnica al máximo. Con la ayuda del cañivete, abría la
punta de las plumas de ave en dos, así la tinta, se mantenía en la abertura
practicada y corría con más facilidad sobre el pergamino, y procuraba
un suave deslizamiento de la pluma. La operación era muy delicada, de
ella dependía el tipo de utilización que Herman quería darles, pues según
el tipo de corte podía realizar diferentes trabajos sobre el códice. Con la
hendidura en el medio y simétrica obtenía una escritura de trazos verticales
fuertes, trazos horizontales finos y trazos oblicuos anchos. Con el
corte sesgado de derecha realizaba trazos más uniformes y finos, y con el
corte a la izquierda alternaba los trazos llenos y delgados. La pluma de
oca era la que más le gustaba, pero la intendencia le proporcionaba también
de buitre, de cuervo o de pato salvaje. La iluminación de las páginas
era uno de los pocos placeres de Herman. Allí encontraba la libertad para
interpretar cuanto él quería. Adornaba las páginas escritas con escenas o
letras floreadas La forma rectangular de las enormes páginas le permitía
hacer composiciones alargadas en las que la letra inicial adornada se situaba
en la altura más adecuada. Una vez terminaba la caligrafía del texto,
dibujaba la iluminación en el espacio que previamente había reservado
para tal efecto. Cuando daba una página por finalizada suprimía con cuidado
y delicadeza los trazos del borrador previo o las guías para el dibujo.
Y así, línea a línea, columna a columna, página a página, cuadernillo a
cuadernillo, pergamino a pergamino.
Había sido una tarea penosa y agotadora que Herman pagaba con una
importante pérdida de visión, un dolor cotidiano en la espalda y en los
riñones, y un malestar permanente en las costillas que le impedía una
respiración cómoda. A todo eso se añadía una fatiga crónica y un dolor
agudo en las articulaciones de la mano derecha. En algunos momentos
sentía que perdía las fuerzas, entonces se sentaba en el suelo de la celda
y dejaba que la luz lunar iluminara las montañas de pergaminos ya secos
o los que colgaban hasta el total enjugado, eso le producía cierta relajación…
y terror en ocasiones, porque las figuras y las letras parecían adquirir
dimensiones extraordinarias. Creía poder tocarlas desde su rincón
sin apenas alargar la mano. Cuando se iniciaban los rezos y los cánticos
en la capilla o las lecturas en el refectorio, imaginaba a sus hermanos
embutidos en su hábito negro blasfemando, la distancia y las paredes de
Podlažice le devolvían sólo ecos y era imposible entender las oraciones
y los cánticos en latín. Se dio cuenta de que había perdido la paz de su
alma y de que nunca conseguiría su propósito. Rezó a Dios en busca de
consuelo y de apoyo, el eco de los muros le devolvía distorsionadas las
oraciones de los otros monjes y el de sus propias maldiciones.
Hacía ya un par años que, durante una noche de tormenta y torrencial
lluvia, le pareció ver entre las sombras de su celda la figura de un extraño
ser. De repente sintió miedo, a pesar de sus temores la efigie se limitó a
jugar a las sombras con los destellos celestiales. Creyó que era un ángel.
«Lo soy», repuso una voz en el interior de su cabeza. Sin que un solo
sonido partiera de su garganta, Herman hizo una pregunta. «Luzbel o
Samael como me llamó mi padre, yo fui quien te inspiré para salvarte».
El monje se sintió aterrorizado, la fantasmagórica voz interior siguió hablándole.
«Me lo has pedido muchas veces y hoy he venido a satisfacerte,
terminarás tu obra, para gloria mía porque los monjes que te castigaron y
todos los futuros poseedores del códice pecaran de vanidad y de soberbia,
mataran, violaran y robaran para tener el libro o sus secretos y tú sobrevivirás…
y sí, te respondo a tu silente pregunta, el precio será tu alma».
En el exterior la tormenta seguía dibujando extrañas formas y delirios en
las paredes del convento. Herman cayó de hinojos ante una pared vacía y
desconchada, sin más vida que una miserable cucaracha.
A partir de entonces una extraña fuerza le acompañó en sus trabajos.
El codex avanzó como él nunca imaginó. Incluso le fueron transmitidos
los nombres de las siete hermanas de Satán: Ilia, Restilia, Fogalia, Suffogalia,
Affrica, Ionea e Ignea. Como agradecimiento, homenaje o sumisión
al Pateta que le concediera las fuerzas para terminar el trabajo, realizó un
dibujo del Tentador en la página yuxtapuesta a la de la representación del
cielo. Lo representó feroz, con cuernos, doble lengua, con cuatro dedos
en pies y manos terminados en garras, cubierto sólo por un taparrabos decorado
con colas de armiño en señal de realeza, al fin ya al cabo era el rey
de los infiernos. Lo simbolizó atrapado entre dos columnas, casi prisionero
como él, emparedado en su propia condición de Princeps Tenebrarum.
Lo pintó en la pagina 290 que sumada todas sus cifras da un once. Sí la
plenitud es el diez, que simboliza un ciclo completo, el once es la maestría,
pero también el exceso, la desmesura, la incontinencia y la violencia;
como decía San Agustín: El once es el escudo de armas del pecado.
Pero, ahora, concluido el libro, se daba cuenta de las futuras consecuencias
de su pacto. Sin embargo, hacía meses que tenía preparada una
salida a las dudas y preguntas que martilleaban su cabeza. ¿Y si fuese verdad
que la figura de aquella noche era la del diablo?, ¿y si ahora tenía que
pagar por su debilidad?, después de tanto y tanto esfuerzo. Cogió uno de
los cuadernillos que había apartado a un rincón especial de la celda, bajo
el título de Conjuros había una página cuyo texto sólo era la capitular C
pintada en verde y copió un antiguo conjuro judaico que permitía romper
un pacto con el mismísimo diablo. Esperó a los Maitines de aquella fecha
que desconocía y cuando uno de los monjes se acercó a entregarle algo de
comida, Herman le cogió por la muñeca.
—Espera, dile al abad que el libro está acabado y listo para la encuadernación.
No tuvo que esperar a Laudes, el abad, el prior y otros miembros de la
congragación acudieron prestos a su celda. A la vista del espectáculo contuvieron
la respiración, en una parte de la celda se amontonaban los cuadernos
de las páginas, numerados y listos para su cosido, encordado y encuadernado.
La cátedra aparecía llena de muescas y arañazos, entre sus cuatro
patas podía verse la armadura de la cajonera muy canteada de tanto abrirla
y cerrarla, en ella reposaban un par de pergaminos no usados y las plumas
de oca y otras aves utilizadas por Herman. Sobre las patas del escritorio,
delante del asiento, dos barras de madera sujetaban el tablero inclinado sobre
el que el benedictino recluso apoyaba el cuaderno en el que trabajaba. A
ambos lados del mueble se amontonaban los textos originales que había recopilado.
Docenas de vasitos de cerámica de diferentes tintas aparecían secos
en otro rincón de la celda, Herman había procurado mantener la calidad
y frescura de los colores para que no desmerecieran unas páginas de otras.
Los monjes comprobaron el contenido de los textos. Quedaron impresionados.
El monje cautivo había superado todas las expectativas. La obra
quedaba concluida a falta del encuadernado que realizarían el resto de los
monjes. Había tardado dieciocho años en terminar el códice; la fecha: el
seis de junio del 1230. La gloria del monasterio quedaba asegurada para
la eternidad, nadie advirtió los tres seises de la data, la cifra diabólica;
tampoco que dieciocho años eran tres veces seis.

Aquella noche de noviembre Herman se sintió mal, desde que terminara
el libro no podía casi conciliar el sueño, su antigua suficiencia y altanería
hacía tiempo que se habían esfumado al igual que su deseo de vivir. Trató
de incorporarse, estaba como atado a su camastro, no podía levantarse, hizo
un esfuerzo sobrehumano para ponerse en pie, faltaba más de una hora para
los Maitines. Tambaleándose se dirigió a la biblioteca del monasterio, allí,
sobre un gran atril, reposaba su códice ya encuadernado y abrigado por las
tapas de madera forradas en piel y adornadas con detalles metálicos en cantoneras
y en el centro. Abrió el códice por el capítulo donde se encontraban
los conjuros. Buscó uno que, bajo un titulo ficticio y encabezado por una
gran C de color verde, contenía la fórmula para deshacer su pacto con el
diablo. Leyó el texto con solemnidad entre el silencio del recinto y la luz
espectral de una vela, cada palabra parecía rebotar entre las paredes monacales.
Le pareció ver sombras que bailaban abigarradas alrededor del cirio.
No se detuvo, continuó desgranado las libertarias palabras en latín que le
darían paz y sosiego. Sintió que algo le atenazaba la garganta, no era físico,
tampoco interior, era un estrangulamiento mental; a pesar del dolor y del
miedo, siguió hasta terminar el conjuro. Entonces, todo quedó en silencio,
un silencio roto por un grito infrahumano. Como un alarido se escuchó una
maldición del Señor de las Tinieblas. Herman volvió a sentir aquella voz
que oyera en la celda. «Quiero otra alma en tu lugar, alguien más prestigioso
». El monje dio un paso atrás, comprendió que Lucifer no soltaría su
presa tan fácilmente. «No preguntes quién, lo sabes», dijo la cavernosa voz
que parecía brotarle de su propio cerebro.
Dejó el códice abierto y con paso cansado se dirigió a la celda del
prior, pero antes atravesó el refectorio, entró en la cocina y se hizo con
el enorme cuchillo de cortar carne y que sólo se utilizaba en fechas muy
señaladas, la dieta de Podlažice adolecía de músculo. Se acercó a la cama
del prior y de un solo tajo le rebanó el pescuezo, el sacrificado quedó boca
arriba con los ojos abiertos, antes de su último suspiro había despertado
y sentido la agonía de morir ahogado en su propia sangre. El monje regresó
a la biblioteca con las manos ensangrentadas y la vista perdida en
un infinito impreciso. En otra ala del monasterio, otro monje de manos
callosas y aspecto somnoliento se disponía a tocar Maitines. Herman llegó
a la altura del codex, repitió la última parte del conjuro y levantó sus
ensangrentadas manos. Entonces se desplomó muerto sobre las baldosas
de la biblioteca. Su rostro parecía, al fin, tranquilo y feliz. Tal vez no tuvo
en cuenta que los asesinos también son carne de averno.

El GIGAS CODEX
EL DIABLO DEL GIGAS CODEX
PAG 290
la habitación cerrada: LOS MONASTERIOS MEDIEVALES Y LA ...
Los secretos de la biblia del diablo
Foto de:
Eco Misterio, año Cero

Facsímil para la Feria del Libro de Zaragoza. Obra de Nanae.
El facsímil en la presentación de la novela en la Diputación Provincial de Zaragoza

Séptima entrega: de los adoquines de Barcelona, curas del Opus e historias de la Guerra Civil

Los adoquines de Barcelona


Las calles de Barcelona, junio 1971

A principio de los años setenta las calles de Barcelona todavía estaban
adoquinadas y en el Distrito Quinto, además, los adoquines
tenían historia. En mi barrio sí era cierto el pensamiento parisino
de Mayo del 68, de que debajo del adoquinado estaba la playa. Las losetas
de las aceras, los panots, también eran peculiares y de cuatro o cinco tipos.
Las más abundantes eran las que representaban una flor de cuatro pétalos,
en concreto la del almendro, aunque los barceloneses la llamaban la
de la rosa; era tan habitual y familiar que acabaría siendo un símbolo de la
ciudad. No obstante, los adoquines del barrio llevaban una larga tradición
escrita en ellos. Habían servido como parapetos ante el enemigo; para
levantar trincheras contra la intolerancia; y como arma arrojadiza ante las
dictaduras. No había momento de la historia de la Barcelona del siglo diecinueve
y veinte, en que los adoquines barceloneses no hubiesen tomado
protagonismo. Caminar sobre ellos o sobre las aceras de panots, era un
privilegio; incluso para detectar cuando alguien te sigue de madrugada.
Por eso agudicé el oído cuando en la vacía Vía Layetana y camino de
la plaza de la Catedral, escuché unos pasos que hacían eco a los míos y
que se detenían cada vez que yo paraba mi marcha. Imaginé que la Bestia,
representada por Herman, andaba tras mis pisadas, luego recordé que tenía
garras y que las largas uñas sonarían de forma distinta, además, andar
en taparrabos de madrugada cerca de la comisaria de Layetana, sede de la
Brigada Social, era un peligro por muy Pateta que seas. A los esbirros de
Vicente Juan Creix les hubiese gustado echar mano a cualquier diablillo o
ángel que no tuviera carnet del Movimiento. Doblé la esquina de la calle
de la Tapineria, dispuesto a salir a la plaza lo antes posible. La luz amarillenta
de una farola dibujó mi silueta sobre aquellos adoquines delatores.
Caminé unos metros a la espera de que mi perseguidor alcanzará el haz
de luz y su alargada sombra se extendiera hasta mi altura. Me paré en
seco y giré sobre mis talones. Allí estaba mi husmeador, bajo el embozo
protector de un sombrero de cinta negra. Vestía un traje cruzado de mil
rayas, camisa oscura y clériman; sus delatores zapatos brillaron a la luz
del fanal. Se detuvo y yo retrocedí a su encuentro. Al llegar a su altura
descubrí al miembro del Opus con el que cambié impresiones el día del
funeral de Camperol.
—¡Querido amigo! –dijo, aparentando una casualidad imposible.
—Caramba, ¡qué susto me ha dado usted!, creí que me perseguía el
mismísimo diablo.
—No, precisamente. Nosotros somos la antítesis de Belfegor –exclamó
con su gutural e inconfundible voz
Dudé de tal afirmación. Los componentes de cualquier grupo, corporación,
hermandad, cofradía o secta, tienen entre sus filas personas con
valores y otras deleznables, es la ley de las probabilidades.
—Sé que me seguía, Gabriele –dije, recordando su nombre-. Le ruego
que me diga el motivo de su insistencia.
—¿Y si fuésemos algún sitio para poder hablar?
—Me dirigía al hotel, he quedado con un amigo, si quiere podemos
charlar por el camino. Y me cuenta el porqué de tanto secreto.
—Los socios de la Obra, abominamos del secreto. Son palabras de
Josemaría Escrivá.
No respondí a su comentario. Cruzamos frente a la Catedral, camino
de Las Ramblas, a la altura de las murallas romanas se detuvo, el sombrero
de fieltro le ocultaba parte del rostro dándole un aspecto entre misterioso
y peligroso, se llenó de aire los pulmones antes de hablar.
—He de pedirle un favor, Brotons, sé que está investigando sobre el
Codex Gigas, me gustaría que me informara sobre sus avances.
—Y a mí me gustaría saber qué interés tiene usted con el libraco.
—Ya le dije en el hotel que hay cosas que usted no entendería.
—Si no soy incapaz de entender sus razones, menos capacidad tendré
para descubrir lo que el códice esconde-dije, mientras iniciaba de nuevo
la marcha por la calle Portaferrisa.
Gabriele permaneció callado durante un rato. Se desabrochó la americana
blazer. Me pareció ver que su mano izquierda buscaba la sobaquera
derecha. Me puse en guardia. No sabía qué pretendía, aunque no era
cuestión de morir a cinco minutos del hotel y sin saber por qué. Para mi
sorpresa y alivio, Gabriele sacó de su chaqueta un billete de avión.
—Me voy a Estocolmo, concretamente a la Biblioteca Nacional. Ya
debe imaginar a qué-dijo casi triunfante.
—Imagino que la Biblia del Diablo tiene algo que ver con su viaje.
—Efectivamente, todavía no tenemos sede en Estocolmo y debo desplazarme
personalmente. El año pasado no pude hacerlo porque los suecos
habían prestado el libro al Metropolitan Museum de Nueva York. Por
eso me sería de mucha utilidad saber sus discernimientos sobre el libro y
su contenido para poder corroborarlos in situ.
No quise preguntarle cómo conocía mi interés, desde la conversación
del Manila intuí que estaba al tanto del escrito en la servilleta de Camperol
y que yo andaba tras su oculto mensaje; sin embargo, nadie más lo
sabía, salvo el comisario Ripoll, yo mismo, y el asesino. Me aventuré a
sonsacarle.
—Mi noticia sobre la existencia del libro es muy reciente, su nombre
llegó a mí de una forma totalmente fortuita.
—En la servilleta de Robert Camperol y escrita con sangre,-dijo con
misterio.
—Lo escribí yo mismo-concluyó, en un tono que me heló la sangre.
—Me sorprende, Gabriele. Eso podría significar que…
No me dejó continuar, se llevó su dedo índice larguirucho y nudoso a los
labios en súplica de silencio, llegábamos a la puerta del hotel, varios clientes
esperaban taxis y nuestro portero les atendía con prontitud. Entramos.
—No conjeture, yo no tuve nada que ver con su muerte, era únicamente
un aviso, un aviso de amigo, de camarada y sólo con sangre podía saber
Camperol que era auténtico.
Envuelto en el enigma de mi interlocutor llegamos al bar del hotel
donde esperaba mi amigo Félix, sonaba el New York, New York, de Sinatra;
Gabriele se detuvo antes de alcanzar la barra.
—Tal vez mañana podamos continuar esta conversación, Brotons, no
es tema para hablar en público.
—Estoy de acuerdo, además, como le he dicho, me aguarda un amigo,
comenté, señalando el mostrador donde Félix ya estaba esperando.
Si quiere, mañana a las diez le puedo atender en mi despacho, estaremos
mucho más tranquilos.
—De acuerdo, seré puntual, las cosas del diablo no admiten demoras.
Le vi girar sobre sus talones, ponerse de nuevo el sombrero de fieltro y
salir hacia la puerta giratoria. Me quedé observando hasta que me aseguré
de que no regresaba y me dirigí al encuentro de Félix.

Félix Nogal era un viejo amigo, delgado, fibroso, bastante alto, de rostro
noble con un poblado mostacho que le cruzaba el labio superior casi
ocultándolo. Desconocía su edad, pero por su interesante conversación y
las historias que me contaba, pasaba de los cincuenta, aunque su apariencia
era más jovial y conservaba todo el pelo que acostumbraba a llevar
revuelto como un niño travieso; pero con estilo propio. Pinta y manos de
artista bohemio y alma de mago. Porque Félix Nogal innovaba con sus
intuiciones y premoniciones cualquier suposición o prejuicio. Nunca se
jactaba de ello y no obstante, descubría cómo eran las personas con quien
trataba al primer vistazo. Y eso era harto complicado porque Félix Nogal
era ciego.
Había perdido el don de la vista defendiendo a la República en los campos
de batalla del Ebro. Al terminar la contienda, su ceguera le evitó dar con
sus huesos en un campo de concentración o en la cárcel, pero no impidió que
su condición de ex oficial republicano le cerrara todas las puertas, incluso
las de la ONCE franquista, a la que no pudo acceder hasta los sesenta. Ahora
ocupaba un puesto en el nuevo sistema del audio libro que había iniciado su
andadura hacía apenas un año. Sin embargo, la verdadera esencia de Nogal
era la precognición, su lóbulo temporal derecho se había súper desarrollado
con la pérdida de la visión. Los déjà vu de mi amigo, aunque a él no le gustaba
esta acepción, podían asombrar a más de uno. Como decía Nogal, quitándole
importancia a su don, su cabeza era una ventana abierta al tiempo.
Me acerqué a él, sabiendo que ya me había «visto». Se dirigió al camarero,
antes de que yo me sentara a su lado.
—Por favor, traiga un J&B para su director.
—No dejarás de asombrarme –le dije al llegar a su altura.
—Y más que te voy a sorprender. ¿Quién era ese tipo?
—¿El que acabo de despedir?
Bajó la cabeza en señal de afirmación y levantó las cejas sobre las
gafas de cristal oscuro, señas de que barruntaba algo. Nos sentamos en
una mesa cercana.
—Dímelo tú –le reté.
—Podría pasar por un cura, pero ese hombre está más cerca del diablo
que de Dios.
—Sí –dije sonriendo-, al parecer el Ángel del Averno es su punto flaco.
—Porque está muy cerca de él.
—No me digas que es un demonio.
—No, no lo es, pero tampoco un santo.
—Vaya veo que tus dotes no están oxidadas.
—Esta vez juego con ventaja, Jordi.
—¿Le conoces?
—Me temo que sí. He de contarte una historia.
Reconozco que este era el punto favorito de mis conversaciones con
Félix, el momento en que se ponía serio e iniciaba uno de sus interesantes
relatos que me fascinaban, aunque en algunas ocasiones fuesen tan prodigiosos
que costaba creerlos. Y a pesar de todo, pocas veces se equivocaba.
Él me predijo que acabaría siendo director del hotel, cuando era un
simple ayudante de recepción. Adivinó… o vio, mi estancia en La Escuela
de Hostelería de Lausana; nunca dejaba de impresionarme. Pedí otra
ronda al barman y me acomodé en la butaca dispuesto a escuchar lo que
Nogal iba a contarme. El camarero trajo los dos whiskys, su Macallan, sin
hielos, y mi J&B con dos cubitos, ambos servidos en vasos cortos.
—Durante la batalla del Ebro, mi compañía estaba acantonada cerca
de Flix. Habíamos iniciado el combate por la tarde y avanzado, aprovechando
el desconcierto enemigo, más de lo previsto. Con las primeras
sombras nocturnas entramos con tres de nuestras compañías, incluida la
mía, en uno de los pueblos de la zona y sorprendimos a toda la guarnición
franquista desprevenida, el combate fue muy breve y el batallón enemigo
se rindió casi sin lucha. El coronel que los mandaba, un militar profesional,
lanzaba pestes sobre varios de sus oficiales de complemento que no
estaban en sus puestos, facilitando con ello nuestro ataque. «¡Esos catalufos!
» –gritaba con acento andaluz- «Ya me los echaré a la cara». Pero
no era la única anécdota del día. Los oficiales a los que el coronel aludía
habían sido capturados todos juntos a la salida de unos corrales. Luego se
supo que aquellos cinco tipos habían violado a una joven del pueblo. La
indignación por lo sucedido corrió entre nuestras tropas. No era la única
salvajada que reprochar a los franquistas, los dirigentes municipales de la
población habían sido fusilados al llegar los nacionales.
Félix detuvo su relato y bebió un sorbo de su vaso.
—Está bueno este whisky –dijo, levantando las cejas.
—Ya puede estarlo es de 25 años –corroboré, deseando impaciente
que prosiguiera.
—No te impacientes, ahora sigo.
Me pregunté cómo adivinaba la expresión de mi rostro, no acababa
de acostumbrarme a esta extrema sensibilidad síquica de mi amigo. Él
prosiguió con su narración.
—A las espera de juicio, se les encerró en un calabozo a todos juntos,
excepto al coronel, que andaba en otra estancia maldiciendo a sus hombres.
Unos meses después, en una noche de insomnio, salí del cobertizo
donde tenía extendido el jergón para fumarme un cigarrillo a la luz de la
luna. Un centinela me dio el alto. Me identifiqué y continué con mi paseo
nocturno. Me apuntalé en una pared para saborear el pitillo, liado con
papel de fumar republicano y con tabaco capturado al enemigo. Miré las
volutas de humo ascendiendo con la osada pretensión de ocultar aquella
hermosa luna. El silencio era total, salvo la cantinela de algunos grillos
que frotaban las patas para atraer a las hembras. Unas voces mitigadas
por el grueso de la pared salían por una ventana enrejada. Me di cuenta
que estaba apoyado en la casona cuyos bajos se usaban de calabozo, del
cuchitril partían lloros y comentarios en catalán. Presté toda la atención
para escuchar lo que decían.
—Teníamos que hacerlo, teníamos que hacerlo –repetía uno de los
prisioneros.
—¡Fue terrible, asqueroso! Yo la quería –dijo una de las voces entre
sollozos.
—Ya sabes cuál era la condición. Teníamos que hacer una prueba de
fe, una prueba de maldad.
—Pero ¿con ella?
—¿Qué más podíamos hacer?, ya nos habíamos cargado al alcalde
rojo y a su cuadrilla.
—Además fue idea tuya –dijo alguien a quién todavía no había escuchado.
—Lo más jodido es qué nuestro intento de salvación no se va a cumplir,
los rojos nos fusilan un día de estos –comentó una cuarta voz.
—Eso no lo sabemos, él nos prometió sobrevivir a esta guerra y disfrutar
de nuestra victoria –aseveró un quinto individuo.
—¿Y quién puede confiar en el Príncipe del Averno?
—Nosotros lo hemos hecho y hemos pagado por ello-repuso el llorón.
—Coño, Robert, deja de gimotear –dijo otro.
En aquel momento pasó frente a mí un grupo de soldados.
—Salud camarada –dijeron casi en coro.
—Salud –respondí.
Pasaron de largo y yo me quedé a la espera de que los prisioneros
reanudaran aquella extraña conversación, pero ya nada sucedió. Deduje
por su silencio que sospecharon que alguien podría oírles y callaron.

Al día siguiente quise ir a la celda y ver aquellos rostros de catalanes que habían sido capaces de asesinar y pactar con el diablo. Quería contárselo a mis superiores; sin embargo, ya no tuve tiempo. Al amanecer, la artillería franquista empezó a obsequiarnos con unos regalitos del cinco y medio y era más que probable que se tratara del inicio de un contraataque. En
efecto, al cesar los obuses las tropas enemigas atacaron con denuedo.
Defendí con mis hombres una de las posiciones avanzadas en las afueras
del pueblo, a pesar de la dureza del combate no podía quitarme de la
cabeza la conversación de los prisioneros. Estaba dispuesto a contemplar
aquellas caras para que nunca se me olvidasen, De repente, algo estalló
frente a mi rostro, la última visión que tuve fue la de un ser maligno que
reía al unísono con el estruendo del fatal estallido. Perdí el conocimiento.
Cuando recobré el sentido estaba semienterrado por cadáveres y tierra, no
veía nada, la sangre me resbalaba por el rostro. Oí el ruido de un grupo
de soldados que se acercaban, el inconfundible clic, clic del cierre de sus
armas les delataba. Traté de incorporarme.
—¡Aquí hay un oficial y es de los nuestros! –gritó un voz. El resto ya
lo sabes te lo he contado otras veces.
Félix se reclinó en el sillón del bar y dio un largo sorbo que terminó
con el resto del Macallan, dejando el vaso expedito. Le pedí al barman
dos nuevos whiskys.
—Un terrible historia, gracias por contármela –le dije a Félix- , ¿pero,
qué tiene que ver con el cura del Opus?
—Vaya, encima del Opus… Pues sí tiene que ver, Jordi, uno de aquellos
hombres del calabozo era el tipo que hablaba contigo.
—No jodas, Félix, ¿estás seguro?
—Reconocería esa voz gutural donde fuera y pasasen los años que
pasasen.
—¿A pesar de la música? –dije. En el bar sonaba el aria Il dolce suono
de Lucia di Lammermoor.
—Sé distinguir al mismo tiempo la voz de La Callas y la de un canalla.
Me quedé estupefacto.
—¿Serías capaz de reconocer el resto de las voces de aquella noche?
—Con toda seguridad, Jordi, aquel día nunca se me olvidará, en ninguno
de sus detalles.
—Veré la forma de traerlo de nuevo y que tú estés cerca para asegurarnos.
—Te digo que no hace falta, era él. Además no podrás hacerlo, tu amigo
del Opus ya no está entre nosotros.
—Pero ¿Qué dices?
—He tratado de mantener contacto síquico con él y hace ya un rato
que lo he perdido. Te aseguro que este tipo no podrá ya viajar, salvo al
infierno.
—¿Cómo sabías lo del viaje?
—No lo sabía, me lo dijo.
—¿Te lo dijo?
—Con sus gestos…
Ya no le pregunté nada más, la respuesta sería demasiado complicada.
Hay cosas que mi percepción no capta, a pesar de tener mis cinco sentidos
despiertos. Recordé que, en la historia que me había contado, el prisionero
gimiente se llamaba Robert, demasiadas casualidades. Aquella noche
me dormí sabiendo que Gabriele no acudiría a la cita.

Panot
Vía Layetana
Entrada del Manila Hotel


Quinta entrega. De ministros y mujeres guapas

Los ministros las prefieren guapas


Manila Hotel, mayo 1971

Ya en mi despacho, sentado frente a una montaña de papeles, todos
importantes, pensé en la feliz tarde que había disfrutado con
Ruth, era bastante más agradable que recordar la historia del
monje Herman y el Codex Gigas. Subió a verme una de las telefonistas
con un disgusto tremendo. Entró gimoteando y se apoyó en uno de los
sillones sin atreverse a sentarse.
—Por Dios, Celia, ¿qué es lo qué te ocurre?
—Ay ¡qué disgusto JB! –dijo entre sollozos- ¡He metido la pata!
Celia era una de las telefonistas más veteranas, no por edad, sino porque estaba en la centralita del hotel desde la inauguración. Era una chica con carácter, siempre muy bien maquillada, sobre todo con el rímel con que embellecía sus largas pestañas; dicharachera, locuaz y lengüilarga, lo que en ocasiones le había dado algún disgusto con la clientela.
—Por favor, cálmate, siéntate y cuéntame –le dije.
Se acomodó en uno de los sillones, cruzó los pies y los brazos en un
gesto de protección. Cerró los ojos, las pestañas cubrieron sus párpados
con un manto espeso; tragó saliva, abrió los ojos de nuevo y mojándose el labio inferior empezó a contarme.
—Ya sabes que nos diste la orden de no molestar a los dos ministros
que tenemos alojados, si no fuese por una necesidad acuciante o porque les llamaran de Madrid. Pues bien, apenas habían vuelto del funeral de don Robert, el más alto de ellos y el más repeinado, ya sabes quién te digo,… recibió la visita de una señorita, muy guapa por cierto, que se registró en recepción como su esposa. Al cabo de un par de horas de descanso, de siesta o de lo que hiciesen en la habitación, salieron del hotel muy acaramelados…
Confieso que el tema iba interesándome, me arrebullé cuanto pude en
la comodidad de mi sillón para seguir con todo el interés la historia de
Celia, ya que el ministro en cuestión era del Opus y me constaba, por la
información que había recibido de recepción, que la señorita no era quien decía ser.
—Sigue, Celia, sigue. ¿Quieres un vaso de agua?
Ella hizo un gesto con la mano declinando el ofrecimiento. Descruzó
los brazos y empezó a gesticular mientras me contaba los detalles. Volvía a ser ella.
—Bien, pues nada más que le vi salir por la puerta giratoria –prosiguió-, recibí una llamada preguntando por el ministro; era una voz femenina que me pedía que le pasara con don…
Le hice un gesto con la mano y entorné los ojos para que no dijera el
nombre del ministro, las paredes oyen y si habitualmente éramos muy
diplomáticos y prudentes con toda nuestra clientela, en estos casos delicados extremábamos la prudencia. Celia, calló el conocido apellido y continuó.
—Le dije que le había visto salir hacía un rato y ella insistió. Le aseguro, señorita, que ha salido y muy bien agarrado del brazo de su esposa,le comenté con firmeza. Pues cuando vuelva haga el favor de darle un recado: que me llame sin dilación, me repuso. Me pareció una insolente, la verdad JB, es que estuve a punto de decirle algo, pero me contuve y le respondí desafiante: ¿De parte de quién? De su esposa, ¡la auténtica!, respondió ella, dejándome de piedra…
Si no hubiese sido el director del Manila Hotel, me hubiese echado a
reír; no obstante, el incidente era de los complicados. Un todopoderoso
ministro de Opus, auténtico defensor de los derechos de la familia y de la exclusividad del sexo en el matrimonio, de funeral por Barcelona, dejando huella, escándalo y fluidos pecadores, en una suite de mi hotel. A pesar del papelón no pude más que sonreír.
—Anda, Celia, pídeme una conferencia con el número de la esposa del
ministro y pásame la llamada. Veremos cómo salimos de esta.
—Cuánto lo siento, JB –dijo Celia, levantándose y dirigiéndose compungida hacia la puerta.
—Toma nota, Celia. Las mujeres de los miembros del Opus nunca
viajan solas.
Ella giró la cabeza y bajo un par de veces el mentón en señal de afirmación.
Al cabo de veinte minutos volví a escuchar su voz.
—Tu conferencia, JB –dijo.
—Nuestra conferencia, el lío es mutuo –le respondí.
Prensé el auricular contra mi oreja para percibir con claridad todos los
matices de mi interlocutora, así sabría el grado de enojo y su sensibilidad para aceptar mis excusas.
—¡Querida señora! –dije, después de presentarme y dándome cuenta
de inmediato que no había escogido el tratamiento -por lo de querida- más adecuado, pero sin arrepentirme-. Es un placer saludarla –proseguí-, me temo que tengo que disculparme porque ha habido un mal entendido.
—Umm, creo que sí –respondió ella en un tono que evidenciaba su
disgusto, pero también la esperanza de una salida conveniente.
—Una de nuestras telefonistas ha cometido un error imperdonable,
ha confundido a su esposo con otro cliente del hotel… precisamente y en aquel momento, su marido estaba en un funeral al que yo también asistí.
—Bien, le creo; no obstante, y como le he dicho a la señorita, póngame
con mi esposo.
—Ahora mismo, señora. Yo mismo bajaré al salón, donde está reunido
con directivos del Opus y a pesar de que me han dicho que no les moleste les interrumpiré para pasarle su llamada.
Se hizo un impenetrable silencio, si es que la callada puede endurecerse más que las palabras. Escuché un suspiro al otro lado del auricular y una maldición que no le hubiese gustado oír a Escrivá de Balaguer.
—No es necesario importunarle, serán asuntos importantes. Cuando
termine la reunión dígale que me llame.
—Le agradecería, señora, que no le comentara nada a su esposo de lo
sucedido, ya he reñido a la telefonista por su error.
—De acuerdo, Brotons, olvidaremos ambas conversaciones, pero
quiero que me dé su palabra de que si esta zorra vuelve por el hotel no la dejarán gatear por la habitación de mi marido.
—Nadie tiene porque subir a la habitación de su esposo, tenemos orden
de no molestarle, yo mismo me ocuparé de que así sea. Sepa, estimada
amiga, que su esposo dormirá esta noche en nuestro hotel, solo, y sin
que nadie le importune.
—¿Tengo su palabra?
—La tiene.
Bajé al bar del hotel a esperar el regreso del ministro, dispuesto a contarle todo el enredo y mi promesa.
—¿Un J&B, Jordi? –preguntó el camarero.

—Sí, pero doble y dile al conserje que cuando llegue el ministro me
avise.
El glub, glub del escocés al chocar contra los dos cubitos de hielo me
recordó a la orquesta del Titanic, en el Manila Hotel las meteduras de pata se solucionaban con ingenio y los naufragios con whisky.
Mis explicaciones al señor ministro fueron del todo convincentes.
Papi, nuestro portero, buscó un taxi para la señorita cuya carrera pagó
con gusto el hotel. Aquella noche me tomé dos whiskys más con el ministro, hablamos del funeral, de las mujeres bonitas y de la salvación eterna, también del Opus. Después de su cuarto J&B, me cogió por el hombro y me dijo:
—Amigo, Brotons, usted sería un excelente numerario para la Obra…
Luego hipeó un par de veces y se le escapó un ruidoso viento por sus
cuartos traseros al levantarse de la banqueta, buscó apoyo en el mostrador y se irguió con forzada dignidad.
—Hasta podría llegar a supernumerario –dijo levantando su dedo índice,camino del ascensor.
Aquella noche el superministro durmió solo. Me contaron que a su
regreso a casa, la esposa le saludó con dos besos y le trajo sus zapatillas favoritas. Sus ocho hijos, cuatro varones y cuatro féminas, festejaron el regreso del padre. En su siguiente visita a Barcelona, el ministro viajó con su esposa y se alojaron en el Manila Hotel. La obsequié con un ramo de rosas blancas, símbolo de pureza. Celia, la telefonista, les puso una conferencia para poder hablar con su numerosa prole y decirles que habían llegado bien.

Bar Manila

Presentación de “Los infinitos nombres del diablo” en Madrid.

Este jueves a las 19,30 se presenta en Madrid la novela. Os espero, no temáis al calor en la Casa del Libro de Gran Vía hay aire acondicionado.

Una aventura de JB, el director del Manila Hotel metido a detective.

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Catedral de Barcelona, uno de los lugares de la novela. Foto: Nanae