Octava entrega: En la que se habla de lugares en que puede aguardar la muerte y de pactos de Herman, el monje, con el diablo.

La muerte espera en las esquinas


Barcelona, junio de 1971

Aquella mañana, Gabriele, no asistió a la oración de los Libros de
Meditaciones. Tampoco había dormido en su cama de la casa
que compartía con otros numerarios. Yo no me enteré hasta que
recibí la visita de mi amigo Ripoll. No me sorprendió en absoluto, la
clarividencia de Nogal me lo había dejado muy claro. Los nudillos del
comisario golpearon la puerta de mi despacho, no me costó adivinarlo al
ver su familiar sombra a través del vidrio. Su mediana estatura se agigantó
por el efecto óptico del cristal y también la de su nariz, ya prominente
al natural. Escuché su característico carraspeo.
—Adelante, Enrique, pasa.
—Buenos días Jorge –dijo con voz seria, mientras tomaba asiento en
uno de los sillones.
Carraspeó de nuevo un poco y preguntó:
—¿Sabes a qué he venido?
— Me gustaría decir que no, pero me temo que por algo grave…
—Efectivamente, todavía ni ha salido en los periódicos, el Opus tiene
mucha mano. Uno de sus numerarios falleció ayer por la noche en plena
calle.
—¿Algún conocido?
—Mío no, pero sí tuyo… de hecho fuiste la última persona con quién
habló.
—Vaya por Dios, ¿cómo lo sabes?
—Salió de tu hotel pasada la una de la madrugada, todo el mundo os
vio dialogando antes de que te sentaras en el bar.
—Lo siento ¿de quién se trata? –dije, aunque conocía de sobras la
respuesta.
—De Miquel Torras, en la Obra le conocían como Gabriele.
Traté de demostrar asombro, aunque a Ripoll no era fácil engañarle.
Levanté el torso y me incliné ligeramente sobre los antebrazos, antes de
lanzar la pregunta.
—Puedo preguntarte de qué y cuándo murió.
—Claro, y voy a añadirte dónde, en la calle Petrixol frente a la chocolatería
La Pallaresa, a menos de trescientos metros de este hotel y cinco
minutos después de hablar contigo.
—¿Muerte natural? –pregunté, tragando saliva.
—Hombre, si entiendes por natural que te claven un estilete en el hígado…
podríamos considerarlo así –dijo recostándose en el sillón y estirando
las piernas casi por debajo de mi mesa.
—¿Nadie vio nada?, aquella hora todavía hay gente por la calle.
—Al parecer no murió de inmediato, se arrastró hasta un portal vecino
y allí agonizó. El sereno nos avisó a eso de las dos y media de la madrugada.
Le encontró en posición fetal, desangrado.
—Pues sí, le conocía del funeral de Camperol, aquella misma noche
me salió al paso en Vía Layetana, quería información sobre un libro.
Ripoll se removió en su sillón, encogió las piernas y agudizó el oído
para escuchar mis palabras. Suspiré antes de contarle la conversación, la
nota de la servilleta, la historia del Codex Gigas, y el proyectado viaje del
finado a Estocolmo.
—¿Conservas la servilleta?
—Pues claro, y los cubiertos. Sabía que me lo pedirías… no imaginé
que tan pronto.
—No sé cómo te las apañas, siempre estás en mitad de estos fregados,
me voy a llevar las pruebas y tú…
—Sí, ya sé, no me muevo del hotel.
Asintió con la cabeza antes de abandonar la comodidad del sillón, yo
le imité y me incorporé al unísono. Ya de pié, Ripoll me hizo la esperada
pregunta.
—¿Tú te crees esa bazofia del libro del diablo?
—Yo tal vez no, pero ellos sí creían que el libro contenía algo que les
interesaba, Torras lo escribió a modo de aviso, de advertencia y lo hizo
con su propia sangre para que Camperol no tuviese dudas.
—¿Y cuándo lo hizo? Torras no estaba entre los invitados, ¿verdad?
—No, no lo estaba y no entiendo de qué forma pudo hacerse con la
servilleta, rotularla y dejarla en el servicio de mesa. Teníamos media docena
de camareros, dos jefes de rango y un maître sirviéndoles, además
de un par de ayudantes para cambiar platos y cubiertos.
Me miró, se llevó la mano derecha a los labios y los presionó, en un
gesto espejo, como si tratara de exprimir su cerebro y callarse algo.
—Quiero hablar con todos.
—¿Ahora?
—No, antes he de analizar las pruebas, esperar la autopsia del muerto
y hablar con los del Opus.
—¿Puedo ir contigo?
—Ya veremos… en cuanto a tu personal…
—Sí ya sé, que no salgan de Barcelona.
Ya solo, medité sobre los acontecimientos. Tenía dos fiambres que,
según Nogal, y él pocas veces se equivocaba, habían coincidido en un
tiempo y un lugar en el pasado y también en el presente, ambos eran depositarios
de algún terrible secreto que ya nunca podrían contar y que a la
vista de los hechos, les había costado la vida. Y parte del misterio estaba
en el códice, en la Biblia del Diablo, Gabriele pretendió averiguarlo y
alguien se tomó la molestia de impedirlo, no podía asegurar si humano o
sobrenatural.
Traté de olvidarlo por lo menos durante unas horas. Trabajé durante
todo el día sin casi tener tiempo de pegar un bocado. Llegaba un grupo de
jubilados norteamericanos ávidos de conocer mi ciudad, comprar castañuelas,
probar la paella y asistir a una corrida de toros. Arribaban a uno de
los hoteles más exclusivos y caros de Barcelona en bermudas y sandalias,
eso sí, con calcetines. La España de los setenta les recibía con los brazos
abiertos. Barcelona iba transformándose, todavía no era el enorme parque
temático de un par de décadas después. En los setenta para los turistas
todos éramos toreadores, bandoleros, cármenes y curas. En su memoria
llevaban las imágenes del año 50 cuando Ava Garner rodó Pandora y el
holandés errante en una bella, salvaje y poco conocida Costa Brava y de
sus amoríos con el torero catalán Mario Cabré. O las del 54 cuando Frank
Sinatra la tuvo que rescatar de los brazos de Luis Miguel Dominguín.
Influenciados también por las historias de Hemingway y los Sanfermines,
preguntaban en recepción a qué hora soltarían los toros, mientras cambiaban
ventajosamente sus dólares por pesetas.
A las nueve de la noche estaba rendido, pero no vencido. Llamé a
Ruth y en menos de una hora estábamos cenando en la Parrilla. Sonaba
el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y ella estaba bellísima.
Degustábamos unos langostinos que el maître había flambeado con ron.
Brindamos con un Sauternes, el aroma de las salvajes uvas Sauvignon
Blanc, la dulzura del Moscadelle y la fragancia de la nectarina, formuladores
de aquel vino, nos envolvieron.
—Por nosotros –dije.
—Y por la vida –matizó Ruth.
Bebimos un par de sorbos, las últimas notas del maestro Rodrigo escapaban
por el restaurante buscando el camino a los jardines del Palacio
Real de Aranjuez. La velada terminó en mi habitación, repartiendo los
besos con sabiduría anatómica, enredados con el deseo y con el corchete
de su sujetador que no terminaba de soltarse, o eso quería yo que pareciera,
para escuchar una de sus expresiones favoritas llegado este momento.
—Rómpelo y también las bragas… –susurraba impaciente.
Por supuesto, yo nunca le rompía aquella ropa interior tan cara y tan
parisina, aunque me encantaba quitársela con fingida violencia y lanzarla
fuera de la cama por encima del hombro. Caía en sitios tan insospechados
que más de una vez tuvo que volver a casa sin alguna de esas prendas.
Terminada la refriega permanecimos uno frente al otro con las piernas
entrelazadas e intentando descubrir signos y características en la piel del
otro a las que antes no habíamos prestado atención o nos habían pasado
inadvertidas. Pequeñas señales cutáneas, cicatrices de caídas infantiles,
pliegues escondidos… lugares recónditos, donde besar y acariciar. Estando
inmersos en nuestra exploración epidérmica me miró a los ojos, los
suyos parecían brillar en la semioscuridad del dormitorio violada por los
faros y las luces nocturnas que se colaban intermitentes por la ventana.
Entre el espejuelo de la luz verde de un semáforo y el destello caramelo
del fanal de un automóvil, me lo dijo:
—Me voy la semana que viene a París y luego a la Riviera francesa,
unos amigos tienen un palacete en Cannes y me han invitado.
—Me parece genial, cariño. ¿Muchos días?
—No lo sé, Jordi. En Niza y Mónaco hay muchos millonarios…
Me reí a carcajadas. Ruth estaba dispuesta a conseguir sus propósitos
de ser multimillonaria y nuevamente viuda antes de los cuarenta.
—Espero que fracases –le dije divertido.
—Vaya amigo que tengo, debería hacerte feliz que llegara a ser una
lady como las Mitford o la señora de un multimillonario naviero griego,
como Jacqueline. Además yo te seguiré queriendo.
—Ya, como dice el bolero: Porque te quiero tanto me voy.
—Un día me lo tienes que cantar… me gustan mucho los tangos.

—Bolero, es un bolero, cariño.
La acompañé al garaje del hotel donde tenía aparcado su Mini negro,
regalo de su difunto marido, un color que resultó premonitorio. Me besó
apasionadamente al llegar a la altura de su vehículo, se arremangó la minifalda
para facilitarse el acceso al cubículo del conductor.
—Presta atención, Jordi, esta vez la prenda que no he encontrado es la
de abajo, ya me la devolverás cuando regrese.
Valió la pena el aviso, pude ver el vértice del apetito carnal al final de
aquellas largas piernas y suspiré profundamente, me iba a costar pasar el
verano sin Ruth.

Se acaba un libro, muere un hombre.

Monasterio de Podlažice, seis de junio de 1230

Herman el monje, o Hermann inclusis, como le llamaba el resto
del monasterio, se desplomó agotado sobre la hoja que acababa
de terminar, no sabía ni qué hora era ni en qué fecha estaba. Había
permanecido mucho, muchísimo tiempo encerrado en su celda escribiendo,
copiando de otros libros, ilustrando y dibujando el gran libro. Un
códice gigante que contenía toda la sabiduría humana y que tenía unas
proporciones extraordinarias. Con tremendo esfuerzo depositó en el suelo
de su celda el último cuadernillo. Lo acarició, era el postrer capítulo con
el contenido de todos los libros y sabidurías que la Orden Benedictina
le había proporcionado. Entre las páginas del códice estaba la regla de
San Benito; las traducciones latinas de Flavio Josefo y su Historia de los
Judios; el Antiguo y Nuevo Testamento; la Etimología –Etymologiae u
Originum sive etymologiarum libri viginti-, los veinte libros de San Isidoro.
Tres tratados médicos dedicados a la medicina práctica, escritos por
Constantino el Africano, otro monje benedictino. Otros ocho libros médicos,
Ars medicinae, de origen griego y bizantino, utilizados como libros
de texto para la enseñanza de la medicina. La Crónica de Bohemia, escrita
por Cosmas de Praga. Santorales, calendarios, listas de benefactores y
miembros de la comunidad monástica; esquelas; antiguas historias; curas
medicinales y encantamientos mágicos. Una confesión de los pecados y
una serie de conjuros, entre otros textos y escritos. Todo profusamente
iluminado y con dibujos de la mano del autor, incluido uno de Belcebú y
que sólo Herman conocía el porqué de su terrorífico retrato.
Hermanus Monachus Inclusus, fue la firma que estampó al llegar a
la página seiscientos veinticuatro del libro dando por acabado su colosal
trabajo. Todo estaba listo para la encuadernación de los cuadernillos de
pergamino y la elaboración de la cubierta. Se tomó un ligero respiro. El
día en que fue recluido se propuso el colosal trabajo organizándose mediante
el horario del monasterio. Siete espacios temporales monacales
contemplados en la Regla de San Benito, en armonía con El Libro de los
Salmos en el que podía leerse: Siete veces al día te alabaré, y a medianoche
me levantaré para darte gracias.
En cuanto escuchaba los Maitines, rezaba o meditaba una hora y empezaba
a trabajar hasta los Laudes, descansaba medía hora para ver amanecer
desde el ventanuco de su celda y seguía hasta la Prima, comía algo,
proseguía hasta la Tercia y la Sexta, comía de nuevo y no paraba hasta
la Nona en la que descansaba durante un par de horas y luego seguía
ilustrando y dibujando; en las Vísperas, desmenuzaba un trozo de pan,
llevándoselo a la boca con lentitud y saboreándolo como un manjar, seguía
hasta las Completas y entonces se acostaba rendido para escuchar los
nuevos Maitines apenas tres horas después. Le llevaban comida y agua
cada dos días y tenía que racionarse él mismo. Al principio controlaba los
días, el canto en gregoriano del Agnus Dei durante los salmos del sábado
le confirmaba que había pasado una semana. Pero pronto dejó de anotar
y empezó una sucesión de amaneceres sin cuento, su única comunicación
eran las notas que pasaba al recibir la comida solicitando pergaminos y
sobre todo, tintas. Había elegido cinco colores: rojo, azul, amarillo, verde
y oro. En el monasterio las fabricaban con metal o con insectos triturados,
él había insistido en que fuesen de este último tipo y que no tardasen más
de cuarenta y ocho horas en suministrar su pedido con objeto de que las
tintas tuviesen la misma luminosidad y que secaran los escritos antes de
las setenta y dos horas en que hubiesen sido fabricadas, así, el brillo, el
tono y los colores serían uniformes en todo el texto y no se distinguieran
los primeros escritos de los postreros.
Todo esto le permitió, durante los primeros tiempos, llevar cierto control
temporal, que fue perdiéndose con el paso de los días, las semanas
y los meses. Recordaba haber estado enfermo en alguna ocasión y sólo
entonces cambiaba su sistema de trabajo, la fiebre le postraba en su camastro
durante algunas horas o días y entonces cualquier cálculo se iba al
traste, por eso dejó de contar y de percibir el tiempo en toda su dimensión.
Luchó por mantener un orden estricto en su trabajo. Creyó que podía escribir
una línea cada veinte segundos, una columna cada treinta minutos
y una página cada hora. A pesar de sus conjeturas, erró en sus cálculos
porque la mano se le adormecía y los ojos se le cansaban. Además, a sus
cómputos como escribano, había que añadir los tiempos de ilustrador y
dibujante. Las miniaturas de las letras capitales ocupaban en ocasiones
el margen izquierdo de una página completa, en otras hojas tenía que
dibujar media docena y de distintos colores. También le llevaba muchas
horas los preparativos, antes de escribir en cada página tenía que dibujar
un sutil rayado para evitar ladearse o esquinarse y las guías para la iluminación,
pensar en la combinación de las tintas, sobre todo en las letras
capitales. El diseño de los dibujos precisaba también de mucha dedicación,
al igual que el lavado y raspado de los errores, las correcciones y los
gazapos cometidos.
Mejoró su técnica al máximo. Con la ayuda del cañivete, abría la
punta de las plumas de ave en dos, así la tinta, se mantenía en la abertura
practicada y corría con más facilidad sobre el pergamino, y procuraba
un suave deslizamiento de la pluma. La operación era muy delicada, de
ella dependía el tipo de utilización que Herman quería darles, pues según
el tipo de corte podía realizar diferentes trabajos sobre el códice. Con la
hendidura en el medio y simétrica obtenía una escritura de trazos verticales
fuertes, trazos horizontales finos y trazos oblicuos anchos. Con el
corte sesgado de derecha realizaba trazos más uniformes y finos, y con el
corte a la izquierda alternaba los trazos llenos y delgados. La pluma de
oca era la que más le gustaba, pero la intendencia le proporcionaba también
de buitre, de cuervo o de pato salvaje. La iluminación de las páginas
era uno de los pocos placeres de Herman. Allí encontraba la libertad para
interpretar cuanto él quería. Adornaba las páginas escritas con escenas o
letras floreadas La forma rectangular de las enormes páginas le permitía
hacer composiciones alargadas en las que la letra inicial adornada se situaba
en la altura más adecuada. Una vez terminaba la caligrafía del texto,
dibujaba la iluminación en el espacio que previamente había reservado
para tal efecto. Cuando daba una página por finalizada suprimía con cuidado
y delicadeza los trazos del borrador previo o las guías para el dibujo.
Y así, línea a línea, columna a columna, página a página, cuadernillo a
cuadernillo, pergamino a pergamino.
Había sido una tarea penosa y agotadora que Herman pagaba con una
importante pérdida de visión, un dolor cotidiano en la espalda y en los
riñones, y un malestar permanente en las costillas que le impedía una
respiración cómoda. A todo eso se añadía una fatiga crónica y un dolor
agudo en las articulaciones de la mano derecha. En algunos momentos
sentía que perdía las fuerzas, entonces se sentaba en el suelo de la celda
y dejaba que la luz lunar iluminara las montañas de pergaminos ya secos
o los que colgaban hasta el total enjugado, eso le producía cierta relajación…
y terror en ocasiones, porque las figuras y las letras parecían adquirir
dimensiones extraordinarias. Creía poder tocarlas desde su rincón
sin apenas alargar la mano. Cuando se iniciaban los rezos y los cánticos
en la capilla o las lecturas en el refectorio, imaginaba a sus hermanos
embutidos en su hábito negro blasfemando, la distancia y las paredes de
Podlažice le devolvían sólo ecos y era imposible entender las oraciones
y los cánticos en latín. Se dio cuenta de que había perdido la paz de su
alma y de que nunca conseguiría su propósito. Rezó a Dios en busca de
consuelo y de apoyo, el eco de los muros le devolvía distorsionadas las
oraciones de los otros monjes y el de sus propias maldiciones.
Hacía ya un par años que, durante una noche de tormenta y torrencial
lluvia, le pareció ver entre las sombras de su celda la figura de un extraño
ser. De repente sintió miedo, a pesar de sus temores la efigie se limitó a
jugar a las sombras con los destellos celestiales. Creyó que era un ángel.
«Lo soy», repuso una voz en el interior de su cabeza. Sin que un solo
sonido partiera de su garganta, Herman hizo una pregunta. «Luzbel o
Samael como me llamó mi padre, yo fui quien te inspiré para salvarte».
El monje se sintió aterrorizado, la fantasmagórica voz interior siguió hablándole.
«Me lo has pedido muchas veces y hoy he venido a satisfacerte,
terminarás tu obra, para gloria mía porque los monjes que te castigaron y
todos los futuros poseedores del códice pecaran de vanidad y de soberbia,
mataran, violaran y robaran para tener el libro o sus secretos y tú sobrevivirás…
y sí, te respondo a tu silente pregunta, el precio será tu alma».
En el exterior la tormenta seguía dibujando extrañas formas y delirios en
las paredes del convento. Herman cayó de hinojos ante una pared vacía y
desconchada, sin más vida que una miserable cucaracha.
A partir de entonces una extraña fuerza le acompañó en sus trabajos.
El codex avanzó como él nunca imaginó. Incluso le fueron transmitidos
los nombres de las siete hermanas de Satán: Ilia, Restilia, Fogalia, Suffogalia,
Affrica, Ionea e Ignea. Como agradecimiento, homenaje o sumisión
al Pateta que le concediera las fuerzas para terminar el trabajo, realizó un
dibujo del Tentador en la página yuxtapuesta a la de la representación del
cielo. Lo representó feroz, con cuernos, doble lengua, con cuatro dedos
en pies y manos terminados en garras, cubierto sólo por un taparrabos decorado
con colas de armiño en señal de realeza, al fin ya al cabo era el rey
de los infiernos. Lo simbolizó atrapado entre dos columnas, casi prisionero
como él, emparedado en su propia condición de Princeps Tenebrarum.
Lo pintó en la pagina 290 que sumada todas sus cifras da un once. Sí la
plenitud es el diez, que simboliza un ciclo completo, el once es la maestría,
pero también el exceso, la desmesura, la incontinencia y la violencia;
como decía San Agustín: El once es el escudo de armas del pecado.
Pero, ahora, concluido el libro, se daba cuenta de las futuras consecuencias
de su pacto. Sin embargo, hacía meses que tenía preparada una
salida a las dudas y preguntas que martilleaban su cabeza. ¿Y si fuese verdad
que la figura de aquella noche era la del diablo?, ¿y si ahora tenía que
pagar por su debilidad?, después de tanto y tanto esfuerzo. Cogió uno de
los cuadernillos que había apartado a un rincón especial de la celda, bajo
el título de Conjuros había una página cuyo texto sólo era la capitular C
pintada en verde y copió un antiguo conjuro judaico que permitía romper
un pacto con el mismísimo diablo. Esperó a los Maitines de aquella fecha
que desconocía y cuando uno de los monjes se acercó a entregarle algo de
comida, Herman le cogió por la muñeca.
—Espera, dile al abad que el libro está acabado y listo para la encuadernación.
No tuvo que esperar a Laudes, el abad, el prior y otros miembros de la
congragación acudieron prestos a su celda. A la vista del espectáculo contuvieron
la respiración, en una parte de la celda se amontonaban los cuadernos
de las páginas, numerados y listos para su cosido, encordado y encuadernado.
La cátedra aparecía llena de muescas y arañazos, entre sus cuatro
patas podía verse la armadura de la cajonera muy canteada de tanto abrirla
y cerrarla, en ella reposaban un par de pergaminos no usados y las plumas
de oca y otras aves utilizadas por Herman. Sobre las patas del escritorio,
delante del asiento, dos barras de madera sujetaban el tablero inclinado sobre
el que el benedictino recluso apoyaba el cuaderno en el que trabajaba. A
ambos lados del mueble se amontonaban los textos originales que había recopilado.
Docenas de vasitos de cerámica de diferentes tintas aparecían secos
en otro rincón de la celda, Herman había procurado mantener la calidad
y frescura de los colores para que no desmerecieran unas páginas de otras.
Los monjes comprobaron el contenido de los textos. Quedaron impresionados.
El monje cautivo había superado todas las expectativas. La obra
quedaba concluida a falta del encuadernado que realizarían el resto de los
monjes. Había tardado dieciocho años en terminar el códice; la fecha: el
seis de junio del 1230. La gloria del monasterio quedaba asegurada para
la eternidad, nadie advirtió los tres seises de la data, la cifra diabólica;
tampoco que dieciocho años eran tres veces seis.

Aquella noche de noviembre Herman se sintió mal, desde que terminara
el libro no podía casi conciliar el sueño, su antigua suficiencia y altanería
hacía tiempo que se habían esfumado al igual que su deseo de vivir. Trató
de incorporarse, estaba como atado a su camastro, no podía levantarse, hizo
un esfuerzo sobrehumano para ponerse en pie, faltaba más de una hora para
los Maitines. Tambaleándose se dirigió a la biblioteca del monasterio, allí,
sobre un gran atril, reposaba su códice ya encuadernado y abrigado por las
tapas de madera forradas en piel y adornadas con detalles metálicos en cantoneras
y en el centro. Abrió el códice por el capítulo donde se encontraban
los conjuros. Buscó uno que, bajo un titulo ficticio y encabezado por una
gran C de color verde, contenía la fórmula para deshacer su pacto con el
diablo. Leyó el texto con solemnidad entre el silencio del recinto y la luz
espectral de una vela, cada palabra parecía rebotar entre las paredes monacales.
Le pareció ver sombras que bailaban abigarradas alrededor del cirio.
No se detuvo, continuó desgranado las libertarias palabras en latín que le
darían paz y sosiego. Sintió que algo le atenazaba la garganta, no era físico,
tampoco interior, era un estrangulamiento mental; a pesar del dolor y del
miedo, siguió hasta terminar el conjuro. Entonces, todo quedó en silencio,
un silencio roto por un grito infrahumano. Como un alarido se escuchó una
maldición del Señor de las Tinieblas. Herman volvió a sentir aquella voz
que oyera en la celda. «Quiero otra alma en tu lugar, alguien más prestigioso
». El monje dio un paso atrás, comprendió que Lucifer no soltaría su
presa tan fácilmente. «No preguntes quién, lo sabes», dijo la cavernosa voz
que parecía brotarle de su propio cerebro.
Dejó el códice abierto y con paso cansado se dirigió a la celda del
prior, pero antes atravesó el refectorio, entró en la cocina y se hizo con
el enorme cuchillo de cortar carne y que sólo se utilizaba en fechas muy
señaladas, la dieta de Podlažice adolecía de músculo. Se acercó a la cama
del prior y de un solo tajo le rebanó el pescuezo, el sacrificado quedó boca
arriba con los ojos abiertos, antes de su último suspiro había despertado
y sentido la agonía de morir ahogado en su propia sangre. El monje regresó
a la biblioteca con las manos ensangrentadas y la vista perdida en
un infinito impreciso. En otra ala del monasterio, otro monje de manos
callosas y aspecto somnoliento se disponía a tocar Maitines. Herman llegó
a la altura del codex, repitió la última parte del conjuro y levantó sus
ensangrentadas manos. Entonces se desplomó muerto sobre las baldosas
de la biblioteca. Su rostro parecía, al fin, tranquilo y feliz. Tal vez no tuvo
en cuenta que los asesinos también son carne de averno.

El GIGAS CODEX
EL DIABLO DEL GIGAS CODEX
PAG 290
la habitación cerrada: LOS MONASTERIOS MEDIEVALES Y LA ...
Los secretos de la biblia del diablo
Foto de:
Eco Misterio, año Cero

Facsímil para la Feria del Libro de Zaragoza. Obra de Nanae.
El facsímil en la presentación de la novela en la Diputación Provincial de Zaragoza

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