El cuarto elemento
Barcelona, final de junio de 1971
Una indiscreción me descubrió la personalidad real de Ramón Pagés.
A pesar de mis advertencias y de mis desvelos, el Manila,
como cualquiera de los grandes hoteles del orbe, era un nido
de espĆas y no lo digo por otros hechos mĆ”s consistentes y de mĆ”s alta
repercusión diplomĆ”tica y polĆtica que algĆŗn dĆa relatarĆ©, lo digo por las
situaciones cotidianas que suceden en el pequeƱo universo de un gran
hotel. El ir y venir de los clientes deja, en multitud de ellos, gratos o
controvertidos recuerdos, pero tambiƩn en la memoria del personal de
un hotel queda reflejado el paso de muchos de sus parroquianos, incluso
tiempo despuƩs de estar alojados. Si todo el personal de un centro hotelero
tiene capacidades detectivescas y fantasiosas, en los aƱos setenta el
centro de operaciones de espionaje estaba en la centralita de los hoteles,
allĆ se recibĆan los mensajes, se ponĆan las conferencias, se preguntaba y
se respondĆa a todo, mucho mĆ”s que en la conserjerĆa o en la recepción.
Con el tiempo, la eliminación de aquellas centralitas acabó con una profesión
y una forma de fisgoneo selecto.
El caso es que, gracias a esta tradición de poner oreja en las clavijas,
algunas de mis conversaciones e indagaciones eran seguidas por un pĆŗblico
entusiasta. Para confirmarme lo que era de dominio casi general,
apareció aquella mañana una de las camareras de piso en la puerta de mi
despacho.
āĀæPuedo pasar, JB?
āClaro MarĆa, adelante.
MarĆa avanzó desde la puerta con paso indeciso hasta llegar al centro
del despacho. Se detuvo y cruzó las manos sobre el uniforme a la altura
del vientre.
āPor favor no te quedes ahĆ de piĆ©, siĆ©ntate.
Retiró las manos del regazo y se sentó en una de las butacas.
āVerĆ”s, JB, he oĆdo por ahĆ que estĆ”s interesado en un tal Ramón
PagĆ©sā¦
āSĆ, MarĆa, supongo que habrĆ”s sabido algo por radio macuto.
Ella sonrió. Me conocĆa desde que era un muchacho de catorce aƱos
recorriendo los pasillos del hotel. MarĆa era de las veteranas, estaba desde
el primer dĆa que el hotel abrió sus puertas.
āEstuve sirviendo mucho tiempo en casa de los PagĆ©s, desde los trece
aƱos. Tanto en su piso de la plaza Calvo Sotelo como en su masĆa de
Cadaqués. ¿Qué quieres saber de los Pagés?
āĀæConoces bien a Ramón?
āSĆ, fue justo al terminar la guerra. El seƱorito Ramón-dijo, todavĆa
con la mente puesta en el pasado ātendrĆa veintiuno o veintidós aƱos.
TenĆa dos hermanos y cuatro hermanas. Ćl era el mayor.
āĀæCómo era?
āNo era mala persona a pesar de pasearse todo el dĆa con la camisa
azul. Lo hacĆa porque era muy tĆmido. Cada vez que una de nosotras le
preguntaba algo se ruborizaba. Iba un poco salido, cuando Ā«hacĆamosĀ» el
suelo nos miraba le trasero. En aquellos tiempos limpiƔbamos de rodillas.
āPerdona la pregunta⦠¿llegó a propasarse alguna vez con alguna
de vosotras?
āNo, que va, incluso habĆa una cocinera extremeƱa que le provocaba.
Ćramos crĆas y jugĆ”bamos a eso con los seƱoritos, sin que lo viese la
señora⦠muy de misa ella. En aquella casa no pasaba lo que en algunas
otras que el seƱor o los seƱoritos andaban tras el servicio, en la de los
PagƩs todo lo vigilaba la seƱora.
SonreĆ. Me imaginaba la fĆ©rrea mano de la dama controlando a su
marido y a sus vƔstagos.
āAl parecer eran buena gente-aventurĆ©.
āBueno, ya sabes, muy suyos, muy católicos, la seƱora de misa diaria.
El seƱor con sus negocios. Eran primos hermanos, tuvieron que pedir
no sé que al Papa para casarse. En aquella casa sólo se hablaba catalÔn,
estaban orgullosos de que su hijo fuese falangista. «Me lo pidió Cambó»,
repetĆa el padre. El seƱorito Ramón utilizaba sus influencias con los gerifaltes
para los negocios de la familia.
āĀæY el tema del sexo?
āĀæEl Ʊaca, Ʊaca? Era muy familiar, en Calvo Sotelo todos guardaban
la compostura, pero al llegar a CadaquƩs todo se desmadraba.
Creo que MarĆa vio en mi cara la extraƱeza y las ganas locas de que
prosiguiera el relato, al fin y al cabo yo tambiĆ©n era de la cofradĆa de los
chafarderos.
āSĆ, JB, en la masĆa de CadaquĆ©s, con el verano, el sol y la playa,
todo cambiaba. VenĆan a la finca las hermanas del seƱor y los hermanos
de la seƱora, todos primos, todos PagƩs, todos muy catalanes. Pillamos
varias veces al señorito Ramón haciendo cosas con dos de sus primas.
āĀæA la vez?
āNo, no. Con una en el jardĆn y con la otra en su dormitorio. Las dos
eran primas hermanas, una de un lado y otra del otro, las dos PagƩs. El
señorito tuvo que casarse con la primera de ellas que quedó embarazada.
No hubo escƔndalo; algunos de los cuƱados PagƩs tambiƩn jugaban con
sus primitas.
āĀ”Caramba, MarĆa! Esta familia sabĆa divertirse.
āUy, ahĆ no acaba todo ādijo MarĆa, misteriosa-. Cuando empezaba
el veraneo la seƱora se tiraba los tres meses con los pequeƱos en CadaquƩs.
La familia tenĆa un capellĆ”n que residĆa todo el verano en la masĆa
y daba misa todos los dĆas en la capilla de la finca. La familia sólo asistĆa
los domingos, la seƱora a diario.
āVaya, muy devota.
āSĆ, muy devota⦠devota del capellĆ”n. Malas lenguas dicen que el
mĆ”s pequeƱo⦠bueno, el que ahora es sacerdoteā¦
EstallƩ en una sonora carcajada.
āSĆ, sĆ, tĆŗ rĆete, pero no has tenido que verle con la sotana arremangada
empujando desde atrĆ”s y la seƱora apoyada en el altar de la capillaā¦
y luego limpiarlo todo.
No podĆa mĆ”s, me estaba desternillando de risa. TratĆ© de hacer un esfuerzo
y seguir indagando, no exento de morbo preguntƩ:
āĀæPero, vosotras, cómo lo veĆais?
āA travĆ©s de una cristalera o por el ojo de la cerradura⦠y no te rĆas.
āNo puedo evitarlo, perdona MarĆa. Te voy a preguntar algo muy en
serio. ¿Crees capaz a Ramón Pagés de cometer un asesinato?
āĀæEl seƱorito Ramón? QuĆ© va, es incapaz de matar una mosca.
āEn la guerra mató a mĆ”s de una.
āSerĆa a caƱonazos y a distancia. Es un cobardica. Se desmayaba si
veĆa sangre. Un dĆa, una de nosotras, Paulina, se cortó en un dedo y al
seƱorito le dio un vahĆdo.
āGracias, MarĆa. Me has sido de mucha utilidad.
āYa sabes, JB, si en algo puedo ayudarte⦠Pero, por favor, no le
digas a nadie todo lo que te he contado.
āYo no se lo dirĆ© a nadie, MarĆa.
āGracias, JB.
Salió del despacho contenta de haberme podido echar un capote, ahora
verĆamos cuĆ”l serĆa su aplomo cuando la interrogaran las telefonistas y
los mozos de equipajes, verdaderos agentes de información.
Una noche con Lilith
Barcelona, dos de julio de 1971
Lilith, según las antiguas culturas, fue la primera mujer de AdÔn.
Los sumerios ya contaron que su lujuria y rebeldĆa la llevó a abandonar
a AdÔn. El primer problema entre ambos surgió cuando ella
se cuestionó el porquĆ© tenĆa que yacer debajo de AdĆ”n si tambiĆ©n estaba
hecha de polvo como el primer hombre. Al parecer, no sólo era una cuestión
postural sino de igualdad. Eulalia Camperol cumplĆa con los cĆ”nones
de su predecesora, ella querĆa ser la protagonista de su vida, llevar la parte
cantante en las relaciones y elegir la postura del coito segĆŗn el momento.
Yo no tenĆa ningĆŗn inconveniente en aceptar cualquiera de estas condiciones.
Asà que esperé con paciencia a que ella iniciarÔ un nuevo contacto.
Una maƱana los dioses escucharon mis silentes ruegos y la tentadora
Lilith me llamó para proponerme una cita. Acepté encantado y quedamos
a medianoche en un bar cercano a Las Ramblas. Boadas era una coctelerĆa
de la calle Tallers, a pocos metros de Las Ramblas y a tiro de piedra del
Manila. Era un local pequeƱo y entraƱable, de forma triangular, en el que
JosĆ© Luis y su esposa, MarĆa Dolores, hija del fundador Boadas, ejercĆan
de anfitriones. Nos sentamos en los dos taburetes de la barra principal que
formaban el vértice del triÔngulo. Nos atendió la mestressa en persona.
āHola guapos-nos dijo. ĀæQuĆ© querĆ©is?, aunque ya sĆ©, Jordi, que me
vas a pedir un J&B como siempre. Espero que tu amiga tenga mƔs sentido
del gusto y me pida un cóctel.
āTe presento a Eulalia ādije.
Eulalia le dio dos besos a MarĆa Dolores.
āSĆ, yo no soy de ideas fijas, sorprĆ©ndeme con uno de tus combinados.
A MarĆa Dolores Boadas se le iluminó el rostro. Ā”Por fin le traĆa una
persona de gustos exquisitos a la que poder maravillar con una de sus
creaciones!
ā ĀæNunca le pides un cóctel para satisfacerla? āme dijo Lilith.
āSi, a veces, pero normalmente recurro al whisky.
āVaya, veo que eres un hombre fiel⦠a las bebidas.
MarĆa Dolores seguĆa mezclando y dĆ”ndole a la coctelera con agilidad
y ritmo.
āToma cariƱo, mi mejor Dry, nueve partes de ginebra, una de vermut
seco, mucho hielo y mi toque mĆ”gico āle dijo a Lilith-. Y para ti, tu J&B.
Tienes suerte de que me recomiendas a los clientes del hotel, si no, no te
servirĆa ni una cerveza ādijo con fingido desdĆ©n y guiƱƔndole un ojo a
Lilith.
āBonito local, estuve una vez con mis amigos, aunque habĆa mucha
gente y me pasó desapercibido.
āPor aquĆ ha transitado todo el mundo, desde Xavier Cugat a Serrat,
pasando por Joan Miró, Salvador DalĆ, GarcĆa Lorca, Picasso, Ernest Hemingway
saboreando sus mojitos, o Greta Garbo.
āFĆjate que sólo has mencionado a una mujer.
āNo, Lilith, te he presentado a otra y excepcional. La gran dama del
Boadas.
Estuvimos dialogando por espacio de media hora larga. HablƔbamos
de nosotros, protegidos por un mƔgico halo que nos situaba al margen de
todos, la demƔs gente del establecimiento andaba desaparecida entre la
niebla del humo de los cigarrillos. Con un ligero gesto apartó su melena
de tonos cobrizos y me miró a los ojos. Supe que iba a contarme la historia
de su gran amor, una historia rota por la presión paterna.
āNunca supe, si lo que le molestaba era que me llevara cerca de diez
aƱos de edad o, simplemente, por imponer su voluntad. El caso es que no
paró hasta conseguir que rompiéramos. Me traumatizó, pero me liberó, a
partir de entonces hice lo que me vino en gana, liguƩ con quien quise. El
problema es que en cada una de mis relaciones veo gestos de mi padre y
eso me impide amar a nadie.
En aquel momento MarĆa Dolores Boadas advirtió que nuestras copas
estaban vacĆas, con su habitual sonrisa preguntó si querĆamos otra ronda.
āSĆ, de lo mismo, estaba muy bueno ācontestó Lilith.
La barman me observó con mirada desafiante para censurarme si le
pedĆa otro nuevo whisky. Esta vez la complacĆ.
āUn Rob Roy, al fin y al cabo era un rebelde ādije.
MarĆa Dolores sonrió. La vimos coger el vaso mezclador y enfriarlo
vertiendo una cucharada de hielo picado y removerlo hasta refrigerar el
recipiente, tiró el hielo y puso casi tres cuartas partes de J&B de quince
años y el resto de vermut dulce, añadió dos gotas angostura, un chorrito
de jugo de cerezas y una cÔscara de limón, lo mezcló todo con una cucharita
larga e intentó servirlo en una copa de Martini, pero la cambió por un
vaso corto sonriƩndome.
āEs una concesión sólo para ti-dijo.
āTe lo agradezco.
Continuamos la conversación que MarĆa Dolores habĆa interrumpido
para evitar que nos quedƔramos secos. Nuestros taburetes estaban pegados
el uno al otro con lo que nuestras pantorrillas se rozaban en cada
cambio de posición. Tuve la tentación de subirme la pernera del pantalón
por encima del calcetĆn para sentir su piel. Lilith lo adivinó, me cogió la
mano y fue recorriendo con sus dedos las lĆneas de la palma como si fuese
una experta en quiromancia.
āĀæSabes leerlas? āpreguntĆ©.
āNo, pero me gusta tocarla ādijo entrelazando sus dedos con los mĆos
y poniendo cara de niña mala por la ambigüedad de la respuesta.
CorrespondĆ a sus caricias poniendo mi diestra sobre su rodilla.
āA mĆ tambiĆ©n⦠ādije. Pero, sigue con tu historia, por favor.
āPoco mĆ”s hay que contar. Soy una mujer libre, tambiĆ©n quiso serlo
mi hermana y ante la imposibilidad de conseguirlo huyó para no enfrentarse
a mi padre.
āĀæHace mucho que estĆ” en Ibiza?
āUn par de aƱos⦠y dudo mucho que vuelva. Yo me quedĆ© aquĆ, en
la misma ciudad que mi padre; preferĆ darle disgustos en distancia corta.
Fue una forma de vengarme.
āĀæY ahora que Ć©l ha muerto?
āNo siento ninguna satisfacción, ni alivio, algo se rompió hace tiempo
en mi interior y trato de arreglarlo⦠sin prisas.
Nuestras bebidas fueron mermando a la misma velocidad que nuestros
cuerpos se buscaban sutilmente. Nos besamos. Sin embargo, no estƔbamos
cómodos, el local no era demasiado grande y pese a las cortinas de
humo y el Ć©xtasis del vapor etĆlico, nos ponĆamos en evidencia. Nos despedimos
de la mestressa, que nos regalo besos, sonrisas y consejos, salimos
a Las Ramblas y paramos un taxi. Lilith dio la dirección de su casa y
se acurrucó a mi lado como si quisiera fundirse en mĆ, su mirada era toda
una promesa, porque se pueden adornar las palabras hasta hacerlas convenientemente
creĆbles, pero la forma de mirar no engaƱa. Llegamos en
apenas un cuarto de hora, abrió la puerta y nos besamos en la semioscuridad
del patio, sin dejar de besarla tanteƩ los botones del ascensor hasta dar
con el de llamada, en cuanto el elevador abrió sus puertas entramos sin
mirar, por fortuna estaba vacĆo. Lilith se arremangó la minifalda y saltó a
mi cintura atenazƔndola con sus piernas, yo le sujetƩ el trasero por debajo
de la falda sin intención de renunciar a sus glúteos, por lo que tuvo que
ser ella la que pulsara el disco de su piso. De la misma guisa y sin dejar
de besarnos, dejamos el ascensor y, como pudimos, introducimos el llavĆn
en la cerradura de la puerta, una premonición de lo que iba a suceder poco
despuĆ©s en su tresillo. Como era de esperar Lilith me cabalgó con frenesĆ,
y a mĆ no me importó yacer debajo de ella. El orden de los factoresā¦
Un par de horas mƔs tarde, reposƔbamos felices en su dormitorio.
āĀæLe has vuelto a ver? āpreguntĆ© al techo de la habitación.
āĀæTe refieres a mi sujetador? Cayó a las primeras de cambio.
SoltƩ una carcajada y me girƩ hacia ella. No hizo falta volverle a preguntar.
āMi padre solĆa ser muy convincente. No he sabido nada mĆ”s de Ć©l,
aunque por amigos comunes supe que vivĆa en Barcelona.
āLa muerte de tu padre cambia mucho las cosas. ĀæTal vez, ahora?
ā No temas, no me gustan los cobardes, se rindió demasiado pronto.
Incluso le escribà un par de cartas diciéndole que estaba dispuesta a todo
por seguir con él⦠a todo, incluso dejar mi casa. No recibà respuesta. Mi
tercera misiva fue devuelta al remitente, no quiso ni abrirla.
ā Lo siento.
āNo tienes nada que sentir, es agua pasada y como te he dicho, entre
el uno y el otro me mostraron el camino de la libertad.
La abracƩ tiernamente y no preguntƩ mƔs. Mis inquisiciones eran sinceras,
pero no querĆa incomodarla. MirĆ© la hora, tenĆa que regresar al
hotel, a la maƱana siguiente, es decir, al cabo de unas cuatro horas, empezaba
una jornada complicada, al mediodĆa recibĆamos un par de grupos
de turistas y despedĆamos a otros tantos.
āTengo que irme princesa, Āæme llamarĆ”s?
Ella sonrió, sabĆa que la pregunta era sincera, pero un tanto sarcĆ”stica.
āEs posible que lo haga ādijo irónicamente.
Me metà en el baño, estaba lleno de potingues y de ungüentos, pero
muy bien ordenado. DejƩ que el agua de la ducha de deslizara por mi
cabeza para terminar de despejarme. Elegà un gel de baño del surtido de
media docena que reposaban en un estante de cristal. CantƩ un par de
estrofas de alguna canción y eso me trajo a la memoria mis dĆas en el
coro de Notre Dame de Lausana. «Tengo que apuntarme en algún coro
de Barcelona», pensé. Al entrar de nuevo en el dormitorio, Lilith estaba
esperƔndome desnuda y con un sobre en la mano.
āEs la Ćŗltima carta que le escribĆ y que me fue devuelta. En ella le
contaba todos mis sentimientos y mi rabia por no haber luchado por mĆ,
quiero que la leas y luego la destruyas. Con eso rompo con el pasado, ya
no actuaré ni por venganza ni por indolencia, lo haré a mi modo y cómo
decida.
āNo sĆ© si debo⦠es tu vida.
āY yo quiero hacerte participe de ella, asĆ no preguntarĆ”s nada mĆ”s,
tampoco deseo que me comentes tu parecer, serĆa baldĆo; acĆ©ptalo como
un gesto de especial confianza.
Cuando terminé de vestirme cogà el sobre y lo guardé en uno de los
bolsillos de mi americana. Ella permanecĆa sentada en el borde de la
cama, me arrodillƩ para quedar a su altura.
āNo te olvides de llamarme, todas las mujeres decĆs que lo harĆ©is y
luego si te he visto no me acuerdo.
āEres un payaso, Jordi, ādijo, partiĆ©ndose de risa.
Di un portazo simulando mi salida, pero me quedƩ en el piso, entrƩ de
nuevo en el dormitorio y ella salió del baño algo asustada. Sonrió con su
carita de niña mala al verme allà parado.
āĀæQuĆ© te has dejado? āpreguntó.
āA ti-respondĆ, besĆ”ndola en la boca.
Fue una despedida tierna, con sabor a cóctel a besos y a confidencias.
La ducha seguĆa martilleando sobre la baƱera vacĆa, como una canción
de amor.
















































