Última entrega de: Los infinitos nombres del diablo. Donde se resuelve el misterio y se demuestra que todos llevamos nuestra cruz.

En primer lugar agradecer a Editorial Comuniter, el haber permitido la publicación por entregas de mi novela para cubrir los momentos de tedio del confinamiento.

Final de la novela:

La vida es un regalo, la muerte una cruz


La vida es un regalo, un regalo que
algunos se empeñan en estropear antes de devolverlo.
(Jordi Martínez Brotons)


Barcelona, agosto 1971

Me llamó Ruth desde Niza, estaba eufórica.
—¿Jordi?, soy muy feliz, me ha regalado un diamante de un
montón de quilates y del tamaño de un dedal.
—Vaya, me alegro, Ruth, eso significa…
—Sí, estoy prometida, tiene muchos años y muchos millones.
—Una bonita combinación. Enhorabuena.
—Nos casaremos muy pronto en su castillo. Ya te invitaré.
—No me lo perdería por nada del mundo.
—En septiembre regresaré a Barcelona, tengo muchos regalos para ti.
Seguimos hablando por espacio de media hora. Me alegré por Ruth. A los amores hay que quererles por su forma de ser, aceptando sus libertades,
sin intentar cambiarles; siendo dichosos con su felicidad.
Recostado en el sillón de mi despacho me sentí dispuesto a afrontar un
día más de trabajo. El hotel estaba en plena efervescencia, el restaurante
lleno de gente desayunando, la recepción abarrotada de clientes que pagaban
su factura y los mozos de equipaje y los botones trajinando con las
maletas de los clientes. Me sentí feliz, era mi mundo.
Pero la llamada de Ripoll me dejó perplejo.
—Se han cargado a Gabaldá…
Sentí algo especial, como supongo lo había sentido Ripoll al saber la
noticia. Pude gritar aquello de ¡alguien ha apretado el botón!, ¡se ha hecho
justicia! Sin embargo, opté por conocer bien todos los detalles.
—No me digas, Ripoll, ¿cómo ha sido?
—Esta mañana en su apartamento de Pedralbes, le han encontrado
clavado en una cruz de madera, muy sencilla y tosca, pintada en negro.
— Pavoroso –atiné a decir.
—Ahí no acaba todo –dijo Enrique-. Los calvos que atravesaban las
manos y los pies de Gabaldá eran de plata y en la cabeza de cada uno de
ellos figuraban grabados los nombres de Camperol, Torras y Pagés y sobre
el crucifijo había escrita una leyenda con la propia sangre de Gabaldá:
Exorcizamus te omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas,
omnis incursio, infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et
secta diabolica. Ab insidiis diaboli, libera nos, Domine. De las asechanzas
del diablo, líbranos, Señor. Parece parte de un exorcismo.
—Me dejas impresionado, Enrique. ¿Qué vas a hacer?
—Nada, no es de mi distrito –dijo con la mayor tranquilidad-, corresponde
a la comisaría de Pedralbes, y ya sabes que, personalmente, no le
tenía ninguna simpatía. Y tú, ¿vas a investigarlo?
—No, Ripoll. Ni pasó en mi hotel, ni era mi amigo, ni tampoco mi
cliente.
—… y era un capullo y un cabrón –dijo Ripoll.
—Un diablo –contesté.
Todavía no me había repuesto de la noticia. No quería ni imaginar
quién o qué había eliminado a Gabaldá, bastante complicado había sido
todo como para empezar de nuevo. El teléfono repiqueteó de nuevo ansioso.
—Tienes otra llamada JB, del señor Nogal…
—Pásamelo.
—¿Jordi? No te asustes, tengo que decirte algo muy importante, he
tenido una percepción…
—¿Gabaldá?
—Sí… ¿Cómo lo sabes?
—Tú tienes clarividencia y yo a Ripoll.
—¿Ha muerto, verdad?
—Del todo –dije, para contarle luego todos los detalles.
—No me extraña, ni tampoco me extrañaría cualquier hipótesis sobre
los autores.
—¿El diablo? ¿Belcebú? ¿Un exorcista aburrido? –pregunté con socarronería.
—Todo puede ser, Jordi, son muchos los candidatos… los nombres
del diablo son infinitos, ya sean bíblicos como Lucifer, Satanás, Belial
o Samael; literarios como Mefistófeles, Leviatán o Asmodeo; ocurrentes
como el Señor del pozo, el Rey de las langostas o el Destructor; caseros
como el Demonio, Astarot o Belfagor… y reales como Hitler, Stalin,
Franco, Gabaldá o tantos otros a lo largo de la Historia. Infinitos nombres
para un mismo ser. Un ente que habita en cada uno de nosotros, despertarle
o no, depende sólo de uno mismo.
—Entonces, hasta pudo el Diablo matar a otro diablo, una especie de
ejecución… con la ayuda desinteresada de alguien.
—Sí, no le imagino subiéndose a la cruz solo.
—Y yo no le imagino clavándose de pies y manos, no tenía pinta de
contorsionista… ¡Y a su edad!
Escuché la risa de mi amigo al otro lado del teléfono. La telefonista
nos interrumpió.
—Tienes otra llamada, JB.
Me despedí de Nogal y pedí que me pasaran el nuevo reclamo. Era
Lilith.
—Con cien cañones por banda… –dijo, por toda presentación.
La imaginé sentada en la barra del Boadas, con su pelo casi rojizo,
las cuatro pecas cercando a su nariz y esa sonrisa de niña mala. El icono
de la belleza que surge de improviso y que se cuela por la puerta de los
sentimientos.
—¿A qué hora, princesa? –respondí entusiasmado.
—¿A las once te parece bien?
—Perfecto.
Pensé que la vida es un regalo, un regalo que debemos aprovechar día
tras día. En aquellas horas, Las Ramblas estaban en pleno apogeo. Los
paseantes compraban flores unos metros más abajo, deambulaban bajo
los centenarios plátanos y luego se paraban para ver el edificio del Manila
Hotel… camino de la Plaza de Catalunya, corazón de una ciudad abierta,
plural, acogedora. Feliz a pesar de todo.
FIN

El Manila Hotel

El diablo sabe a quién elige

.
El ritual de un exorcista
El misterio y el JB prosiguen en una nueva aventura

Penúltima entrada de: Los infinitos nombres del diablo. Donde se habla de ranas y de persecuciones en La Avenida de la Luz de Barcelona.

El sudor de la rana


Barcelona 31 de julio, 1971

A la mañana siguiente me desperté con el olor de Lilith flotando en
todo mi cuerpo y con mucho sueño. Había sido un noche preciosa,
llegué al hotel muy tarde y tenía que levantarme pronto para
despedir a míster Backster y a su acompañante, sin haber podido adivinar
si este último era mudo o muy reservado. Luego llamé a Ripoll para contarle
mi impresión de la velada anterior sobre la forma en que pudo morir
Camperol.
—Pudieron inyectarle algo la noche de la cena.
—Es muy posible, Jorge. A lo largo de la mañana tendré las pruebas
de toxicología de unos inyectables que encontraron en el piso de Gassiot.
—Genial, tendrías que pasarme unas fotografías del profesor, es posible
que alguno de nuestros empleados pueda recordarle.
Pasé el día esperando la llamada de Ripoll. A eso de las ocho de la tarde vino el comisario al Manila Hotel. Nos sentamos en una mesa del bar, un tanto apartada. Hice una seña al camarero y levanté el índice y el medio. Me confirmó el pedido bajando la barbilla en señal de afirmación. A los pocos minutos avanzó con paso elegante y con la bandeja con los dos whiskys.
—Dos de los tuyos JB –dijo.
—Gracias, Jesús.
Ya bien provistos, llegó el momento de que Ripoll me contara sus
impresiones sobre el interrogatorio de Gassiot.
—Tenías razón, el resultado toxicológico de los inyectables encontrados
revelan la existencia de batracotoxina.
—¿Una toxina de batracio?
—En concreto de un rana, la Phyllobates terribilis. Un tipo de rana
del oeste de Colombia. La utilizan los indios para envenenar sus flechas
y sus dardos.
—¿Y cómo actúa? –pregunté asombrado.
—Impide la transmisión del impulso nervioso hacia los músculos y se
produce una hiperexcitabilidad de los tejidos nervioso, muscular y cardíaco…
—Es decir, lo paraliza todo.
—Todo, la víctima muere de parada cardiaca, sin dolor, como entrando
en un sueño profundo. Sólo con dos microgramos por kilo de peso del
sacrificado, basta.
—Así que mi tesis tiene base, pudo haberle inyectado la toxina en el
tumulto de la entrada a la cena.
—Así debió ser.
—El sudor de una rana puede matar a un príncipe –dije.
—Es otra forma de ver los cuentos –contestó Ripoll.
—¿Ha confesado?
—Bueno, él sí… pero nos falta la mitad de la confesión.
—¿La del diablo? –dije tratando de embromarle.
—No te rías, Jorge. Este tío tiene algún tipo de enfermedad mental.
El lunes haremos un nuevo interrogatorio, esta vez en presencia de un
siquiatra y de un forense.
—¿Ha llegado a involucrar a Gabaldá?
—No, no reconoce haber hablado con él las últimas semanas.
—¿Ni cuándo fue a verle el día de la detención?
Ripoll movió la cabeza negando. Bebió un sorbo de whisky, cruzó las
piernas y me miró fijamente.
—No sé si tenemos a dos asesinos y a un solo culpable, o dos culpables
y un solo asesino. En cualquier caso le tenemos.
—Eres un gran policía, Enrique –dije muy sincero.
—Gracias, Jorge y tú un gran director de hotel… y un aprendiz de
detective.
Reímos. Fuera la tormenta mojaba los plátanos de Las Ramblas y los
transeúntes corrían a refugiarse en algún establecimiento. Las primeras
luces eléctricas empezaban a iluminar la ciudad, el Manila volvía a cerrar
completo. En una de nuestras suites dos hombres recordaban París y se
prometían regresar el año próximo a Barcelona y al Manila Hotel.
Aquel lunes tuvo lugar el segundo interrogatorio de Gassiot y fue una
sarta de despropósitos. Por fortuna estaban presentes el juez, un siquiatra
y un forense. La doble personalidad del detenido convirtió las interpela-
ciones en inútiles. Al parecer, según el siquiatra, la personalidad demoníaca
era la dominante y apuntaba a algún tipo esquizofrenia; el forense
mantenía que era un severo trastorno mental en los que los delirios y
alucinaciones sometían su personalidad. A medida que avanzaba el interrogatorio,
Satán tenía más protagonismo y sus amenazas eran más extremas,
reconoció que había matado a los cuatro; «su tiempo había concluido
», repetía. Ambos facultativos recomendaron su ingreso en un instituto
de salud, es decir, en el manicomio de San Boi de Llobregat, a pocos
kilómetros de Barcelona. El juez aceptó la propuesta de los doctores y
Gassiot fue trasladado, con diablo incluido, al famoso siquiátrico. Decían
que el desorden de personalidad múltiple de Gassiot podía deberse a
una enfermedad mental o la creencia de una posesión. Al parecer, los demonios
atormentan con preferencia a las personas que tienen problemas
mentales serios, no quisieron concretar si se referían a los demonios de
la mente o a los bíblicos. Nos contaron que, a menudo, le veían dialogar
a oscuras en su celda; nadie sabía con seguridad si consigo mismo o con
otros seres demoníacos.
Sin embargo, para nosotros, no había terminado el caso y no nos quedaríamos
parados. Los profesionales de la siquiatría resolverían la veracidad
de la distorsión de Gassiot; aunque subsistía el inductor, el que tenía
algo que ganar con los asesinatos y para nosotros tenía nombre propio y
carnet de identidad, por tanto dentro de la jurisdicción terrena de Ripoll.
Carles Gabaldá i Flores, merced a un perturbado, había eliminado a los
únicos testigos y cómplices que podrían haberle arruinado su carrera política.
Ahora estaba libre; para él, el sortilegio del conjuro que rompía su
pacto con Belcebú había funcionado y Gassiot, conocedor de la verdad,
andaba perdido por sus laberintos mentales.
—Tenemos que pillarle, Ripoll –le dije por teléfono.
—Por supuesto, Jorge, ahora sólo tú y yo conocemos el alcance de sus
delitos. ¡Ándate con ojo!, igual que se cargó un banco, puede cargarse a
un director de hotel.
—… O a un policía –dije para provocarle.
—No le interesa, sería demasiado evidente, en cambio un restaurador
que muere probando la comida de su restaurante…
El sentido del humor de Ripoll era bastante peculiar. Seguía siendo
un poli.
La verdad es que sería muy difícil pillar a Gabaldá, no había estado
en los lugares de los crímenes, tenía excelentes coartadas apoyadas por
docenas de personas. Nadie, en su sano juicio, creería ni su pacto con el
diablo ni su ruptura. El conjuro restaría escondido bajo nombre extraño
entre los 350.000 volúmenes en la Librería del Seminario, sólo Gassiot si
recuperaba la cordura, podría decir dónde estaba. El Maligno disfrutaba con su mejor jugada, se había cobrado cuatro almas y Gabaldá quedaba
libre para llegar a ser el corruptor y el prevaricador que el infierno necesitaba,
alguien capaz de jugar con lo más sagrado, sembrar la discordia,
engañar a los crédulos y someterse al poder de los de siempre para gloria
del infierno. No obstante, los caminos de la justicia divina suelen tener
muchos recovecos.
A la mañana siguiente tuve que visitar a algunos clientes del centro, concretamente en el Paseo de Gracia. Mi objetivo era ofrecerles las ventajas
del Manila Hotel, ya que en la zona tenía un importante competidor y era el Hotel Avenida Palace de la Gran Vía. Pasado el mediodía me dispuse
a regresar al hotel. Noté que un tipo me andaba siguiendo, me paré en un escaparate del paseo para observarle bien en el reflejo de uno de los cristales. Era un gorila de unos cuarenta años, fornido y con aspecto de aquellos asesinos que contrataba la patronal para eliminar sindicalistas
y líderes obreros. Llevaba en el ojal de la solapa un escudo de la falange. Bajé por la calle Pelayo con el retrovisor virtual atento. Pasé frente a los Almacenes Capitolio, la amplitud de Pelayo permitía un disparo certero y huir hacia la plaza Castilla en dirección a Tallers o a Joaquín Costa. Llegué al cruce de Balmes con Bergara donde estaba la entrada a la Avenida
de la Luz, no lo pensé dos veces y bajé a la galería comercial, olía a viejo y a cacahuetes tostados; sobre el número 25, en el mostrador de
Pam-pers, el aroma cambiaba a esencia de barquillo y de vino Montroy de
Pedro Masana. Como yo esperaba, en los dos mil metros de galería había abundantes peatones paseando o comprando en las todavía numerosas tiendas del recinto. El individuo no se amedrentó y me siguió hasta allí; sin embargo, yo tenía todas las ventajas, había recorrido el lugar cientos de veces, jugado en los futbolines y asistido a docenas de proyecciones en el antiguo cine. Así que pensé que sería fácil perderle entre las grandes columnas que flanqueaban la galería. Por fortuna, los grandes neones de potentes luces que en la década de los cuarenta y cincuenta asombraban
a los barceloneses, andaban ahora un tanto estropeados, el que no estaba
fundido estaba cubierto de polvo, la Avenida de la Luz había perdido su glamur e iniciaba su imparable decadencia. Me vinieron de perlas las
zonas de poca luminosidad y las numerosas tiendas vacías, otrora ocupadas
por prestigiosas joyerías y relojerías, para intentar deshacerme de mi insistente perseguidor. No tenía ni la menor duda de que era un esbirro de Gabaldá, tal y como me auguró Ripoll. Sin embargo, cuando me las prometía tan felices, comprobé que el tipo seguía pegado a mi espalda. Me paré en la cafetería semicircular de la galería, los altos taburetes estaban casi todos ocupados, pedí un café. Mi perseguidor, sin ningún tipo de prudencia,se situó al otro lado de la barra. Tenía un rostro grisáceo, con ojeras, los ojos se mostraban abollados entre unas pestañas también grises, la mirada turbia, matona. Era tan alto como yo pero más macizo, calculé que pasaría de los cien kilos. Dejó su lugar en la barra y se separó un metro de las banquetas, quedaba en diagonal a mí, sin posibilidad de tiro porque yo estaba emparedado entre dos hombres sentados cómodamente en sendos
taburetes. Recordé que acarreaba el arma que me había proporcionado Ripoll,
pero tenía que colocar el cargador que llevaba aparte por precaución. Él dio un primer paso hacia mí. Pagué el café, el tipo estaba por su tercer paso. Aproveché que uno de mis vecinos de taburete se levantó. Salí hacía el centro de la galería cubierto por el ciudadano. Mi perseguidor se detuvo. Yo me dirigí hacia los servicios cerca del cine Avenida, hice la intención de entrar, aunque desvié mi dirección cuando calculé que estaba fuera del campo de visión del gorila y me quedé pegado a la pared. Le vi entrar en los servicios, tenía la mano derecha escondida en la chaqueta a la altura de la axila, sus pasos eran rápidos, seguros, asesinos. Pude huir, pero no lo hice, hubiese continuado su implacable persecución. Le vi salir, las sienes le temblaban, las manos le sudaban, era su manera de incitar su deseo asesino. Le esperé aplastado a la pared y en cuanto alcanzó mi altura estiré mi pierna derecha para trastabillarle, cayó de bruces contra el
suelo, desenfundé el arma y salté sobre él, había girado el cuerpo y estaba boca arriba, no estaba tan corpulento como aparentaba, más bien seboso. Le pegué la pistola a los testículos.
—¡Si te mueves te capo! –grité como en las mejores películas.
Algunos curiosos se habían acercado, otros permanecían a prudente
distancia.
—¡Llamen a la comisaría de Doctor Dou, díganle al comisario que
envíe una dotación!
Los curiosos miraban la escena sin intervenir, por la expresión de sus
rostros adiviné que yo les parecía el bueno y el tipo del suelo el malo. Tal
vez porque cumplíamos con sus estereotipos. Alguien desde el teléfono
del bar llamó a la comisaría. El pájaro trató de moverse, yo tenía el ama
amartillada y él podía verlo.
—No me obligues –exclamé, como si lo hubiese hecho toda la vida.
Aparecieron un par de grises. Pensé que demasiado pronto para ser
hombres de Ripoll. Uno de ellos desenfundó su arma reglamentaria.
—Trataba de matarme –dije por toda explicación.
—¿Es usted del cuerpo? –preguntó el segundo agente, mientras el primero
le ponía las esposas a «mi» detenido.
—No, soy el director del Manila, he llamado al comisario Ripoll –dije
como si esto fuese una garantía de bondad.
—Ya, deme el arma. Y no se mueva –dijo el primer agente.
Tomó el arma, la miró y sonrió.
— ¿Sabe que está descargada?
—Por supuesto –contesté-, mostrando el peine todavía en la cartuchera.
En aquel momento llegaba Ripoll con otros dos agentes.
—Vaya, tenías que ser tú… siempre metiéndote en líos. La pistola es
mía y este señor tiene permiso de armas, me hago yo cargo del paquete
–dijo Enrique a los dos policías.
—A sus órdenes señor comisario –respondieron.
El gorila se incorporó a duras penas. Ripoll buscó en la sobaquera del
detenido y le quitó un revólver del calibre 38 Smith & Wesson.
—Te hubiese matado un clásico –señaló con su humor policiaco.
—No me consuela, Enrique.
—Anda, tómate un coñac, te animará. Me voy a la comisaría a llevar
a ese tipo, pasas luego para hacer la oportuna denuncia. Me quedo con la
Browning, me olvidé decirte que necesitas balas para disparar –dijo con
sorna.
—Ya, no me dio tiempo a poner el peine. ¿Por qué te crees que le
apunté a los testículos y no a la cabeza? Así no pudo ver que estaba descargada.
—Tienes cojones, Jorge. Este tío es un profesional, un poco pasado de
peso, pero un profesional. No olvides lo de la denuncia.
—En media hora estoy en comisaría.
Seguí el consejo de Ripoll. No obstante, en vez del coñac, pedí un
J&B con dos hielos y en vaso corto, en el bar de la galería. Los clientes
me miraban entre el asombro y la admiración. Me hubiese gustado saber
qué contarían en casa.
Llegué al Manila después de presentar la denuncia contra mi perseguidor, por supuesto no cantó el nombre del que le había encargado el trabajito,
pero era muy fácil adivinarlo. Pensé en la larga mano de Gabaldá
y me enfurecí. Encima de la mesa de mi despacho estaba una campánula
de plata regalo de una amiga muy especial que tenía en Lausana. Aquella
campanilla me había salvado la vida en una ocasión, o eso creía. Por un
momento dudé si, como en la fábula del Mandarín de Rousseau, podía
desear la muerte de alguien sólo con tocarla. Deduje al fin que utilizar
un objeto salvador para una misión de verdugo sería miserable y aunque
no se puede juzgar a nadie porque sus pecados sean distintos a los nuestros,
cuando los delitos ponen en peligro la vida de uno, la cosa cambia.
Por eso telefoneé a Gabaldá, para pedirle explicaciones y llamarle por su
nombre; me dijeron que ya no estaba en la oficina.
Precisamente, aquel viernes, los Gabaldá se habían trasladado a la
Costa Brava a pasar el fin de semana. Desde los tiempos del abuelo Gabaldá
la familia tenía una hermosa casa en Lloret de Mar, uno de esos
pueblos asomados al Mediterráneo en que los pinos llegan hasta besar la
mar. El abuelo siempre contaba entre risas que la casona, La Negra, como
la había bautizado, era fruto de las correrías de su padre como tratante de
esclavos en la vieja Cuba. A Carles Gabaldá le encantaba el lugar, también
a sus siete hijos, a sus nietos y a su esposa, la madre superiora, como
él la llamaba. Entre ambos había existido la complicidad de los intereses
creados, ella sabía que era un canalla y que, gracias a eso, su prole tenía
el porvenir asegurado y dada la memez que abundaba en sus retoños, era
muy importante.
Aquella tarde, recostado en su sillón favorito viendo jugar a sus nietos
y conversar a sus hijos, Gabaldá se sintió feliz. Imaginaba que yo ya no
estaba en este mundo, sonrió. No sabía el porqué pero le dio un repaso
mental a su vida, todavía no lo tenía todo; no obstante, sus objetivos ya
estaban trazados. Para ello había tenido que hacer muchas cosas, algunas
terribles… terribles para los fusilados, los desahuciados, los desfalcados,
los timados, los engañados y los asesinados. Todo por Dios y por la Patria,
sólo que su dios y su patria tenían el mismo nombre: Gabaldá. Sintió que
tenía algo muy fuerte dentro de él, un poder omnímodo, imparable. Soñó
en prados verdes con cientos de esclavos negros recolectando algodón y
en industrias textiles llenas de obreros sin convenio y con salarios bajos.
El sábado por la mañana sonó el teléfono, alguien preguntaba por Carles
Gabaldá. Mascullando improperios, Gabaldá atendió a la llamada. Su
rostro cambió de expresión, primero fue de sorpresa, luego de indignación.
—En un par de horas, estoy allí. Hablaremos –dijo al interlocutor.
Colgó con el fastidio pintado en la cara.
—Debo volver a Barcelona, un asunto de negocios. Regresaré por la
noche.
—¿Tan importante es? –preguntó su esposa, mientras terminaba sus
rezos matinales.
—Sí, querida, es inoportuno, pero debo ir.
Sus nietos jugaban en la piscina, sus hijos hablaban de negocios que
sólo podían proyectar gracias a papá, lo hacían en castellano, porque el
catalán era un idioma para pobres y sirvientes, decían. Algunos hermanos
todavía dormían la juerga discotequera del viernes. Una familia típica…
típica de cierta alta burguesía barcelonesa de los años setenta.
Gabaldá ni se despidió de ellos porque suponía que regresaría en unas
horas. No lo sabía, pero aquel sería su último viaje.

Phyllobates terribilis - Wikipedia, la enciclopedia libre
Phyllobates terribili

La Avenida de la Luz, vacía

Con público

El bar

Entrada a los Ferrocarriles Catalanes

El cine Avenida

Degustación de barquillos y Montroy Masana

Antepenúltima entrega de: Los infinitos nombres del diablo. Sobre interrogatorios policiales y excesos satánicos.

La voz de Satán


Barcelona, viernes 30 de julio de 1971

Una mesa desvencijada, cuatro sillas y una lámpara, era el mobiliario
con que el comisario Ripoll iniciaría su interrogatorio a
Gassiot. Este permanecía solo, sentado y esposado, parecía el
decorado del primer acto de una obra teatral. El profesor, aparentemente,
hablaba consigo mismo. Entró en el cuarto Ripoll con dos de sus hombres.
Uno de ellos permaneció de pie junto a la puerta, y el comisario y el
otro agente se sentaron frente a Gassiot. Por supuesto el jesuita abogado
no había sido invitado a estar presente.
—¿Tienes algo que decirnos? –preguntó Ripoll.
Gassiot negó con la cabeza. Ripoll lamentó no fumar, el humo era un
aliado sicológico para los interrogatorios pero, el comisario, no soportaba
el humo. Así que la estrategia fue la de interrogarle en mangas de camisa
y con la sobaquera colgando, eso sí, separado el cargador. El único que
sí estaba preparado, sólo a falta de martillear su arma, era el policía de la
puerta.
—Vamos a ver, profesor, las pruebas del polígrafo han resultado positivas…
—No se haga ilusiones, comisario, eso ha sido una tontería más propia
de charlatanes que de policías.
—Vaya, le tenía a usted por un hombre de ciencia y experto en ocultismo…
no quiere creer que una planta puede sentir y en cambio sí cree
en un ser teriomorfo con cuernos y rabo, que va haciendo y deshaciendo
contratos con las almas.
El rostro de Gassiot pareció transformarse, un rictus de ira arrugó sus
facciones y frunció el ceño. Bizqueaba y babeaba como un poseso.
—¡No sabe lo que dice, comisario, él está aquí, con todo su poder, no
le ofenda!-dijo escupiendo saliva y palabras.
—¿Cómo qué está aquí?, ¿en este edificio?
—Aquí, aquí mismo, desgraciados –dijo Gassiot con voz gutural y
levantándose de la silla.
El policía de la puerta sacó su arma. Ripoll y el segundo policía sentaron
de nuevo y a la fuerza al profesor. Ripoll le orientó la lámpara a la
cara, los haces de luz se proyectaron contra su rostro totalmente transfigurado.
Una sombra de la silueta de Gassiot se pintó en una de las paredes,
dando la impresión chinesca de un ser terrorífico. El profesor seguía con
su perorata.
—¡Esbirros, os conmino a liberarme!
Probablemente, si el comisario hubiese sido otro, los aspavientos del
detenido le hubiesen intimidado o por lo menos impresionado, pero Ripoll era demasiado ducho para acojonarse, como él diría. Estaba acostumbrado a los chulos y proxenetas del Raval que habían abierto en canal a sus protegidas
o a las vampiras que robaban niños para aprovechar su sangre -en
realidad los utilizaban para goce de los pederastas de la alta burguesía barcelonesa-.
También a las bandas de chorizos y traficantes que pululaban por su distrito, a los masoquistas, putañeros sin dinero y borrachos pendencieros.
Además existía otra fauna muy especial compuesta por maltratadores de esposas e hijos, banqueros ladrones, empresarios timadores adictos al Régimen y curas de manos largas, todos estos, a pesar de detenerlos, entraban
por una puerta del juzgado y salían por la otra; la justicia de la época era muy tolerante con ciertas actitudes. Pero mi amigo Ripoll los conocía a todos. Estaba tan acostumbrado a sus amenazas, que los gritos de un tío con cara de ir estreñido ya no le sobresaltaban.
Sonó un bofetón que tuvo eco en las cuatro paredes de la habitación, la
mano de Ripoll aparecía marcada en el cuello del detenido, su expresión
cambió al momento, la ira se transformó en sorpresa, la mirada se volvió
limpia e interrogante y el cuello le pareció que estaba ardiendo.
—Volvamos a empezar ¿o quieres más polígrafo? –dijo Ripoll, mostrando
su mano.
En aquel momento llamaron a la puerta de la sala de interrogatorio.
—¿Pudo entrar, comisario? –preguntó una voz.
—Pase –contestó Ripoll, apartando el haz de luz del rostro de Gassiot.
—Debería usted venir conmigo un instante, hay novedades –dijo el
recién llegado.
—Continúe –dijo Ripoll al otro policía-. El lado derecho del cuello
está franco.
Ripoll salió de la sala, dos de sus agentes le esperaban.
—En el registro de su casa hemos encontrado un bisturí –explicó uno
de ellos.
—¡Eureka!, buen trabajo.
—Eso no es todo…
—¿La página del conjuro?
—No, comisario, esa no la hemos localizado, pero sí estos inyectables
de un preparado que desconocemos y que hemos enviado al laboratorio.
Los agentes entregaron a Ripoll el bisturí dentro de una bolsa de plástico.
El comisario no cabía en su gozo. No era un aprueba tan concluyente
como la bala de una pistola disparada por un arma determinada, los bisturís
eran parecidos, este era del 22, y la hoja encontrada cerca del lugar en
que murió Miquel Torras era para este «calibre» de bisturí –pensó Ripoll,
en términos policiales, mientras regresaba a la sala de interrogatorios.
Gassiot ya no estaba tan seguro de sí mismo. Miró a Ripoll cuando
entró en la sala, sus ojos se dirigieron a la bolsa que llevaba el comisario.
—¿Lo ha visto alguna vez? –preguntó Ripoll, depositando la bolsa
con el bisturí sobre la mesa.
—Nunca –respondió Gassiot.
Ripoll hizo una señal a su agente y este soltó un revés a la parte derecha
del cuello de Gassiot alcanzándole en el pescuezo y en el pabellón
auditivo, que adquirieron un tono carmesí. Gassiot se llevó las manos
esposadas a la cara. El comisario, sin preguntar de nuevo, movió en el
aire la bolsa con el bisturí.
—Tal vez lo tenía en mi casa, mis trabajos también incluyen la restauración
–dijo el detenido.
—O sea, que podría ser suyo –repreguntó Ripoll.
—Podría, hay muchos iguales.
—Pero no que tengan restos de sangre de Deulovol y de Torras…
aunque los haya lavado siempre queda huella de la sangre seca. Gassiot
se desmoronó.
—Yo no quería, no quería, pero él me lo mandó. No podía dejar de
escuchar aquella voz que repetía: Tráeme sus almas, tráeme sus almas…
No era yo, comisario, no era yo… estaba poseído.
—¿Por quién?
—Ya lo sabe, comisario. Llevo años estudiando al diablo, tantos, que
siento como si formara parte de mí o yo de él.
—¿Y por qué Camperol, Torras, Deulovol y Pagés?
—El diablo reclamó sus almas. Yo no los maté, fue el Maligno.
Gassiot cayó sobre la mesa, lloroso y mendicante.
—No fui yo, no fui yo –repetía.
Ripoll comprendió que podía sacarle una confesión en aquel momento,
disponía todavía de horas para que pasara a disposición del juez. Las
pruebas se iban acumulando, los pelos encontrados en el mirador de San
Justo y Pastor pertenecían a la perilla de Gassiot y uno de bisturís estaba
en su domicilio, no obstante, tenía dudas de que en el laboratorio pudiesen
encontrar todavía restos de sangre. Por otro lado, tenían la prueba del
polígrafo al ficus, prueba que no podría llevarse a juicio, pero sí el informe
de Backster. Además había algo importante, había incluido el nombre
de Camperol en el lote y Gassiot no lo descartó. Según él, el Maligno se
había cargado a los cuatro. Ahora tenía que esperar que le informaran
desde el laboratorio del contenido de los inyectables.
—¿Quién fue entonces? –gritó Ripoll
—El diablo, fue el diablo, a través de mi mano, pero fue él.
—¿De su mano siniestra?
—Sí. Era el instrumento de Belcebú.
—Y Gabaldá, ¿qué tiene qué ver con el asunto?
—Gabaldá… Gabaldá, sólo he hablado con él una vez en mi vida,
vino a pedirme un documento.
—¿Y últimamente no le ha visto?
—No, yo, no.
—¿Y el diablo?
—No sé, no puedo saberlo; no puedo entenderlo.
—No te creo Gassiot, no creo esa doble personalidad que aparentas.
Gassiot empezó a temblar, un sudor frio le bajaba como una torrentera
por la frente, el rostro se le contraía y los ojos se le volvieron a inyectar en
sangre. Miró a los dos policías y algo en su interior surgió de improviso.
—¡No tienes ni idea! –escupió con voz cavernosa.
Aquello parecía una amenaza del infierno, un grito del más allá. Algo
tenebroso.
—Me daré un festín con las almas de mis enemigos… y tú estarás en
la mesa –rugió.
Pero Ripoll no perdió la calma, levantó su mano derecha mostrando
la palma abierta. Aunque los labios de Gassiot se movieron tratando de
decir algo, enmudeció. Se tragó al diablo y se desplomó sobre la mesa
lloriqueando.

—Bien, lo dejaremos por hoy, Gassiot, mañana seguiremos, piense
esta noche en una confesión completa, sólo así se librará del garrote vil
–dijo Ripoll.
Mientras tanto, yo recibía al grupo de cenadores que había reservado
Sergio Congost para la noche del viernes. Salí a la puerta principal y
departí unos momentos con Congost que me presentó a un par de cirujanos
del Hospital del Mar. Los comensales iban llegado y se aglomeraban
frente a la puerta giratoria esperándose unos a otros, al poco rato la zona
de la entrada estaba atiborrada, salí al exterior y les sugerí que pasaran al
hall. Uno a uno, entraron individualmente por cada una de las tres hojas,
algunos, más torpes o bromeando, accedían por parejas, bloqueando en
ocasiones la puerta. Estaba observándoles cuando una de las invitadas
se adentró en una de las hojas y antes de que empujara para que girara
se coló un hombre a su espalda. Ella sonrió, el hombre, probablemente
uno de los médicos, se pegó a su trasero, ella sonrió de nuevo al sentir el
contacto masculino, él bajó la mano derecha y manoseó con disimulo el
glúteo de la chica. Lo hizo por debajo de la nalga, justo cuando empieza
el muslo. El gesto duró apenas unos segundos, el hombre soltó la deseada
manzana cuando entraron en el hall. Sonreí. De repente, como la fugaz
visión de un rayo, mi mente extrapoló el momento al día de la muerte de
Camperol. ¿Y si alguien había aprovechado el tumulto de la entrada para
inyectarle un fármaco o un veneno? Decidí llamar el día siguiente a Ripoll
para comentarle mi sospecha. Ahora tenía que atender a mis clientes.
La cena transcurrió sin ningún incidente, salvo que la pareja de la
puerta giratoria no pudo disimular sus querencias después del segundo
whisky. Sergio Congost se acercó a mí.
—No me equivoqué, Brotons, la cena ha estado magnífica.
—Me alegro, muchas gracias.
—Yo debo dárselas a usted. Gracias a su gestión pude explicarme con
Eulalia.
Hice ver que no sabía ni lo de su encuentro con Lilith ni las consecuencias
posteriores. Supuse que Congost no me iba a relatar los detalles.
Como si leyera mi pensamiento, empezó a darme explicaciones que yo
no le había pedido.
—No fue como yo esperaba. Por unas horas nos reconciliamos, aunque
sospecho que me equivoqué de nuevo.
—No dudo que podrá arreglarse –dije.
—Se equivoca. Algo pasó, sentí un estúpido arrepentimiento. Ahora
sé que tengo una amiga o tal vez un bello recuerdo, pero no la mujer de
mi vida.
Por fortuna desde el ojo humano no puede percibirse el estado anímico
de lo que llamamos alma, porque, Congost, me hubiese visto pegando
saltos de alegría.
—¿La ha visto de nuevo? –pregunté para aseverarme.
—No, quedamos que sería ella la que me llamaría y no lo ha hecho.
—Tal vez sea pronto todavía –dije, bailando interiormente la danza de
la lluvia.
—Tal vez…, esperaré. Lo cierto es que todo ha cambiado.
—En la vida, Congost, a veces se gana y otras se aprende.
—Lo sé, de nada sirve mirar atrás. El tiempo todo lo cambia.
Me sentí de nuevo un pirata a punto de raptar a su princesa, sólo tenía
que esperar que me llamara, pero no quise dar tiempo al tiempo esta vez.
Subí al despacho; de los servicios del primer piso salía la pareja de la
puerta giratoria. Muy contentos.
Rompiendo con las reglas establecidas… por Lilith, la llamé. Estaba
en casa, un viernes, con Barcelona en pie de juerga y ella en casa. Aunque
me alegró la circunstancia, me extrañó.
—¿Jordi?, me alegro que me hayas llamado.
—Supongo que estás a punto de salir.
—Sí, me están esperando unos amigos –mintió.
—Lástima, en el Boadas tienen un nuevo cóctel –mentí.
Se hizo un silencio de breves segundos.
—¿Me das una horita, cariño? –dijo con entusiasmo.
—Y todas las que quieras.
—Pues prepara el galeón, hoy me apetece un rapto.
—No tardes, princesa.
Antes de colgar escuché el tocadiscos de Lilith, una canción sonaba
en él.
—Espera Lilith, eso que suena es…
—Es Te quiero, te quiero de Nino Bravo.
—Es muy bonita, ¿pensabas en alguien al escucharla?
—Te lo contaré luego, pirata… cuando estemos juntos.
Llegué puntual al Boadas, ella ya estaba sentada en la barra principal
charlando con María Dolores. Al verme entrar, la mestressa cambió el
disco en la platina y sonó el vozarrón de Nino Bravo con el Te quiero, no
cabía duda que ambas mujeres se habían puesto de acuerdo para darme
una sorpresa. Lilith esperó que llegara a su altura y me estampó un beso
en los labios. Empezaba otra noche mágica.

Las técnicas de interrogatorio policial: Revisión bibliográfica a ...
Una mesa desvencijada, cuatro sillas y una lámpara, era el mobiliario
con que el comisario Ripoll iniciaría su interrogatorio

Un buen vino para buenas circinstancias

Decimoséptima entrega de: Los infinitos nombres del diablo. Esta vez sobre las andanzas del diablo y de encuentros amorosos.

El quinto hombre

Barcelona, mediados de julio, 1971

Nos habíamos quedado sin pistas, salvo los cabellos que encontró
Ripoll en la torre de la basílica de los Santos Justo y Pastor, que
resultaron ser pelos de barba, y el olor a azufre, que persistía
un día después de la muerte de Pagés. Por fortuna todavía teníamos una
posible víctima.
—Esperemos que nos dure –le dije a Ripoll mientras subíamos por
Passeig de Gracià.
—Ese les será más difícil, te aseguro que es un hueso duro de roer.
Carles Gabaldá nos esperaba en una de sus oficinas. El lugar, en teoría
un bufete de abogados, era un caos de mesas de despacho, sillas y archivos.
Advertimos que allí se cocía algo importante. Se trataba del embrión
para la sede de una formación de carácter político. Gabaldá se sentía heredero
del más rancio nacionalismo catalán, incluso a la derecha de la
Lliga de Cambó. La policía sabía que sus huestes se nutrían de apellidos
muy catalanes, los mismos que antes de la guerra contrataban pistoleros y
matones para amedrentar a los sindicalistas o para reventar huelgas. Sus
héroes eran los hermanos Badia. Miguel y Josep Badia fueron dos personajes
del nacionalismo de preguerra que, iluminados por los independentistas
irlandeses, quisieron crear un ejército catalán de corte paramilitar.
Los camisas verdes se instruían militarmente en la sierra de Collserola,
en el Montseny y en el Pirineo. Ambos hermanos murieron a manos de
los anarquistas en la puerta de su casa de la calle Muntaner, apenas tres
meses antes de iniciarse el golpe de estado. Ahora Gabaldá recogía el
testigo, todos aquellos apellidos que le apoyaban -según las pesquisas
policiales- habían combatido con el ejército franquista o habían esperado
escondidos hasta lo que llamaban la «liberación», para denunciar a los
comités obreros que habían gestionado sus empresas y fábricas.
—Fueron los héroes del Estat Català –nos dijo Gabaldá, refiriéndose
a los Badia, al vernos mirar las fotografías antiguas de su entierro donde
cientos de camisas verdes acompañaban a los féretros.
No quise recordarle el uso que hicieron de la bandera de Catalunya
en aquel maldito establo del pueblo de María. Nos llamó la atención una
pizarra en la que había varios calificativos tachados y reescritos, estaba
claro que era la búsqueda de un nombre para la formación de Gabaldá.
Como si leyera nuestro pensamiento nos dio algunas explicaciones.
—Queremos huir de la acepción «democrática» para nuestra formación,
no porque no lo sea, sino porque hay otros grupos como los de Pujol
que manejan este concepto. Nosotros nos llamaremos Conveniencia Unida
para Catalunya, es decir, El CUC. Más pronto que tarde tendremos
una ley de asociaciones políticas.
—Verá señor Gabaldá –dijo Ripoll un tanto nervioso-. Nosotros estamos
aquí…
No le dejó continuar.
—Imagino que vienen a contarme lo de Pagés… un mareo cuando miraba la ciudad desde la torre de San Justo y Pastor, ya lo he leído en los periódicos.
—Usted puede ser el siguiente –dijo Ripoll con la paciencia perdida.
—No lo creo, tengo todavía muchas cosas que hacer, comisario.
—Sí, sobre todo contestarme a unas preguntas.
—Estaba aquí, si es lo que quiere saber, precisamente buscando un
nombre para mi futura asociación política, éramos unos treinta, puede
hablar con cualquiera de ellos.
—No, no voy a preguntarle dónde estaba ni a qué hora volvió a casa…
¿Conoce a Sergio Congost?
La pregunta sorprendió a Gabaldá que puso cara de asombro y negó
con la cabeza.
—No me diga que también ha muerto –dijo con desdén.
La paciencia es una virtud que se pierde en cuanto insultan a nuestra
inteligencia y Gabaldá estaba tensando demasiado la cuerda. Podía mostrarse
indiferente con todo, menos con la consecuencia viva de su canallada.
No me pude contener.
—No, no ha muerto –contesté-. Sigue vivo para poder contar al mundo
lo que hicieron cinco cobardes fascistas con su madre.
Gabaldá enrojeció de ira, él también había perdido su paciencia
porque arrasó los documentos de una de las mesas con la mano derecha,
desperdigando fotos y papeles por el suelo.
—¡A mí no me hable así, Brotons, está usted en mi casa! No sé qué
pinta este hombre, que no es policía ni agente judicial –gritó, dirigiéndose
a Ripoll.
—Es un testigo, Gabaldá, usted no es quién para decirle a la policía
quién debe acompañarle. Por otro lado, no le ha acusado de nada, se ha
limitado a exponer el estado anímico de otro investigado. ¿O es que se ha
dado usted por aludido?
—Les ruego que abandonen el local, salvo que quiera detenerme y
acusarme de algo; ahora mismo llamaré a su superior…
Ya en la calle nos partíamos de risa.
—Ha perdido la paciencia.
—Nosotros también. ¿CUC no quiere decir gusano en catalán? –preguntó
Ripoll.
—Sí, un nombre muy apropiado. Supongo que ahora te pondrá en un
brete con tus jefes.
—No importa, cada vez me parece más culpable.
—Claro, ya no nos queda nadie más –dije casi en soliloquio.
—Ahora ha perdido muchas de sus influencias –continuo Ripoll-, en
la Brigada Política no ven nada bien esos movimientos regionalistas por
muy de derechas y adictos al régimen que sean. A tus «amigos» de la
Social todo lo que huela a catalanismo no les gusta nada, venga de donde
venga. Al alcalde Porcioles ya se le ha llamado la atención más de una vez
y eso que su fidelidad está fuera de toda duda.
—No sólo son ellos Ripoll, son muchos los que luchan para acabar con
la dictadura y por Catalunya. Sindicalistas, obreros, intelectuales; desde
partidos políticos clandestinos, hasta sacerdotes de parroquias obreras.
—Con todos estos líos no me entiendo –dijo Ripoll- . En mis tiempos
era más fácil, rojos o azules. Ahora hay de todo, ¿qué diferencia hay entre
un catalanista o un nacionalista?
—Toda. Un catalanista puede considerarse a alguien que ama a Catalunya
y a sus raíces, respetando el pensamiento ajeno, la pluralidad y
las diversidades; el nacionalista es un supremacista excluyente que odia
a quién no piense como él. O se es patriota como ellos lo entienden o no
se es.
—Más o menos como pensábamos nosotros en la Cruzada…
—Sí, es el mismo talante.
—Entiendo, ¿y qué es un demócrata cristiano? –dijo para provocarme.
—Ya sabes, lo dice la palabra, cristianos de cintura para arriba y demócratas
de cintura para abajo.
Nos partimos de risa. Empezaba a llover, lo que ocurriría después del
diluvio todavía estaba lejos.
Decidimos darle un empujón a la investigación. Para ello teníamos
que conseguir acorralar a Gabaldá. Sabíamos que su tranquilidad no era
un exceso de valentía, sino del que tiene la seguridad de que no puede ser
devorado porque es él el depredador. El hecho de que fuese diestro y que
los golpes de bisturí habían sido hechos por un zurdo, no le excluía como
instigador ni como cómplice.
Mi primera visita fue para Hipathia, quería tranquilizarla. Le conté mi
coloquio con su amigo Gassiot y la plática telefónica con el Opus para
liberarla de los recelos de la Obra. Hipathia se había enterado por los
periódicos de la muerte de Pagés, pero no lo relacionaba con nuestro caso.
—Estuve con tu amigo Gassiot, buff, qué tipo.
—Sigue sin caerte bien ¿eh?
—Lo que no entiendo es cómo podía gustarte, es un pedante, un vanidoso,
con esa nariz tan larga y esa barbita… y sin la gracia de Cyrano de
Bergerac, y esas extremidades, grandes y deformes.
—Gassiot sufre una enfermedad hereditaria que afecta al tejido conectivo
y al corazón –dijo entonces Hipathia.
—No sabía… –repuse, un tanto avergonzado de mis comentarios.
—La sufrieron importantes personajes en distintas formas y complejidades,
entre ellos tu admirado Niccolò Paganini.
—No me había dado cuenta, debería haber caído en ello.
—Yo misma le encargaba un remedio homeopático en la herboristería
de la calle Elisabets, muy cerca de aquí.
—La recuerdo, de niño me pico una abeja y allí me curaron con arcilla.
—¿Qué debo saber de vuestra conversación? –preguntó Hipathia.
—Es posible que un tipo llamado Gabaldá o alguien de parte suya
vengan por aquí con la historia del conjuro del códice, envíales al Seminario
de Gassiot, así te los quitarás de encima.
—¿Sigues creyendo que quieren deshacer un pacto con Belcebú?
—Aunque te parezca ridículo estoy convencido. El tal Gabaldá cree,
a pies juntillas, que el pacto existió y que prevalece vigente. Lo que no
me explico es su aparente tranquilidad, cuando todos sus compañeros han
ido cayendo.

—¿Pensáis que tiene algo que ver con las muertes?
—Seguro, no sabemos si directa o indirectamente. Pagés vivía atemorizado
pese a la ayuda y apoyo del Opus, Gabaldá sigue con su vida y
muy tranquilo…
Nos despedimos en la puerta de la biblioteca. Cuando me había alejado
unos metros me llamó.
—¡Jordi!… ¿Sabes que has crecido mucho estos días?
Sonreí. Mi bibliotecaria favorita seguía estando igual de guapa.
En uno de los momentos de tranquilidad en el trajín constante del hotel,
aproveché para llamar a Guardans.
—Les acompaño el sentimiento por la pérdida de Pagés –dije casi sincero.
—Gracias, Brotons, sabemos que la investigación está en punto muerto,
por eso hemos decidido hacer algunas indagaciones por nuestra cuenta,
tres miembros de la Obra han perdido la vida… y el alma, no lo olvidaremos.
Encontraremos al culpable, sea demonio o humano.
—¿Han hablado con Gabaldá? –pregunté, por el morbo de escuchar
su respuesta.
—No, ahora ya no hace falta, ni puede ni queremos ayudarle –dijo
misterioso.
Comprendí que Gabaldá tenía más enemigos que Satanás y el asesino,
en caso de que fueran tres personalidades distintas. La luna, como en la
canción de Henry Mancini, dibujaba un río de luz que envolvía al edificio
del Manila con un aura argenta, tal vez con intención de protegerlo o de
protegerme.

La última vez que besé a Lilith

Barcelona, julio 1971

Eulalia Camperol, Lilí para los amigos y Lilith para sus incondicionales,
me llamó para tener una nueva cita con derecho a compartir
pecados nada inocentes.
—¿Tienes mucho trabajo para esta noche?
—El que tú me des.
—Te advierto que será considerable y no valen desmayos.
—¿Podré perseguirte por tu camarote?
—El pirata eres tú… es tú elección, las princesas sólo podemos resistirnos.
—Perfecto, si yo escojo, me pido arriba.
—No, Jordi, la cubierta está pedida a ti te toca remar abajo.
—¿Pero no me has dicho que yo decidía?
—No, tú decides si quieres raptarme, pero yo elijo si me dejo raptar.
—De acuerdo –dije conteniendo la risa-. Podíamos quedar en…
—El Boadas, me gustó el combinado –respondió tajante.
Colgué sin poder quitarme la sonrisa del rostro. Los encuentros con
Lilith debían ser así, sin subterfugios o la tomabas como era, o la dejabas.
Además, tenía ganas de estar con ella y resolver mi conflicto moral. ¿Debía
contarle la historia de Sergio Congost? No estaba seguro de poderla
ayudar y, por otro lado, tampoco podía engañarla ocultando aquel secreto
que la había hecho infeliz.
Coincidimos en la puerta de Boadas, los dos llegamos puntuales. Sonreímos,
ninguno de los dos había querido hacer esperar al otro.
—Muchas ganas tienes de raptarme…
—Muchas.
Entramos en el reino de María Dolores, la barra principal estaba llena
de parroquianos y nos acomodamos en una de las laterales.
—¿Qué vais a tomar? –preguntó la mestressa desafiante.
Inquirí a Lilith con gesto divertido.
—A mí me gustaría que me sorprendiera con uno de sus combinados.
Miré a nuestra anfitriona a los ojos, estaba preparada para criticar lo
que yo pidiera fuese lo que fuese. Pero esta vez la sorprendí.
—Dos de lo que tú nos aconsejes, pero con alcohol.
María Dolores se quedó estupefacta y sonrió emocionada.
—¿Lo que yo os aconseje?
—De eso mismo –respondí, haciéndola la más feliz de las mujeres.
Al segundo Cóctel Boadas ya estábamos con aquel puntito de dicha
que da el champán y la buena conversación. Y no sólo gracias al espumoso;
el brandy, el vodka, el azúcar, la angostura y el triple seco, los otros
componentes del combinado, iban haciendo mella en nuestras voluntades
y reforzándolas en nuestro objetivo de embarcarnos juntos aquella noche
en el bajel pirata.
—El hotel está más cerca que tu casa –dije apremiante.
—En mi cama estaremos mejor.
Fin de la discusión, agradecimos a María Dolores sus desvelos y salimos
pitando en busca del taxi más cercano. Por fortuna los taxistas de
Barcelona nunca se fijan en las parejas que aprovechan los trayectos para
besarse apasionadamente, si al final del mismo les das una buena propina.
Subimos a golpe de ascensor y de desabroche. La blusa se abrió para
mostrarme las jarcias de su sujetador y la vela mayor de su falda se elevó
como si Eolo soplara bajo ella. Puse rumbo a la isla del tesoro y el galeón
se detuvo en el sexto piso. Abrimos la puerta de su apartamento, ya
medio desnudos. Tropezando con mis pantalones bajados a la altura de
las pantorrillas y sin dejar de besarnos, tomamos rumbo a su espléndida
cama; un mar de sensaciones nos esperaba. La travesía fue infinita hasta
el encuentro con Morfeo. Nos despertamos el uno pegado al otro. No me
atrevía a preguntarle si había roncado porque sabía de sobras la respuesta.
En la penumbra de su habitación, seguro ya de que nuestras naves habían
plegado velas por aquella noche, me sinceré con Lilith.
—He de contarte algo.
—Lo que tú quieras cariño, lo que no puedo asegurarte es que te crea
–dijo, partiéndose de risa.
—No, en serio Eulalia…
—Uy, si me llamas por mi nombre de pasaporte me da mucho miedo.
—Verás, he conocido a Sergio Congost.
Ella guardó silencio, no podía apreciarlo, pero imaginé que había mudado
el rostro. Se libró de mi abrazó y quedó en decúbito supino mirando
al techo.
—¿Quieres que te lo cuente?
—No, no quiero saber nada de él –susurró-. ¿Cómo le localizaste?
—No fui yo, fue él. Vino a contarme una vieja historia…
—No quiero saberla.
—A pesar de todo, quiero contártela.
— Haz lo que quieras, pero luego, lárgate.
—No me andaré con rodeos, Sergio es hijo de María Congost, una
mujer de un pueblecito cercano a Flix.
—¿Y?
—Esa mujer fue violada durante la ocupación de los nacionales por tu
padre y cuatro fascistas más. Sergio es el fruto de aquella canallada.
Oí su silencio transformado en una respiración profunda, después de una eternidad de algunos minutos se sentó en la cama. Sus hermosos pechos
quedaron libres al caer la sábana, la luna jugaba con ellos al contraluz.
—¿Cómo supiste…?
—Sergio estaba entre la lista de los sospechosos por la muerte de tu
padre y de los otros tres.
— ¿Estaba?
—Si sus coartadas son muy sólidas.
Le conté toda la conversación con Sergio Congost, incluida la visita
y las recomendaciones de Camperol. Incluso la ayuda económica que,
durante años, recibió Sergio sin saberlo.
—Quiere hablar contigo y contarte el porqué de su abandono.
—Me temo que ya es tarde.
—Él no tuvo la culpa, dale la oportunidad de explicarse.
—¿Y eres tú quién me lo pide?
—Sí, princesa. Tienes que enfrentarte al pasado y también al futuro.
—¿No tienes miedo a perderme?
—Tengo más miedo a que pienses en otro mientras me besas.
No dijo nada más durante un largo rato.
—Dale mi teléfono –dijo al fin.
—¿No prefieres llamarle tú?
—No, todavía me debe la respuesta a mi carta.
Nos besamos en la puerta de su piso esperando la llegada del ascensor.
Fue un beso pasional, pero con un componente amargo a despedida.
Pasaron unos largos días, tuve muchas ganas de llamarla y preguntarle
cómo había ido con Sergio. Sin embargo, me contuve. Ella llamaría si
tenía que decirme algo. En algunos momentos pensé que aquel beso en la
puerta del ascensor podía haber sido el último.
Aquella mañana recibí su llamada, quería verme, pero no en Boadas ni
en otro bar. Le propuse que viniera a mi despacho. Quedamos a las nueve
de la noche. Apareció radiante, guapa de veras, con un conjunto de los
caros, probablemente de Chanel.
—¿Quieres tomar algo?, tenemos bármanes tan buenos como los de
Boadas.
—No, Jordi, no quiero nada. He venido a contarte mi encuentro con Sergio.
La miré a los ojos, no podía adivinar si estaba feliz o insatisfecha, su
cara era indescifrable como el día del entierro de su padre. Se subió un
poco la falda para sentirse más cómoda.
—Quedamos en mi casa. Dijo que compró un ramo de rosas, pero que
le pareció ridículo y las había tirado en una papelera cercana. No sabía la
forma de enfocar su explicación. Se lo puse fácil para que el instante pasará
rápido. Una vez superado el primer momento, volví a ver al hombre
del que había estado tan enamorada, los mismos gestos y el mismo miedo
a mi padre, que podía ser el suyo. Lloró, lloró más que yo y pidió perdón
un montón de veces. Traté de consolarle y… no sé cómo paso, pero me
acosté con él.
Sentí una especie de escalofrío, algo de rabia y un poco de celos. Ella
continuó.
—Después de amarnos le vino una especie de arrepentimiento. «Podríamos
ser hermanos», dijo. «Sólo hay un veinte por ciento de posibilidades
», le contesté. «Sin embargo, podría ser», insistió, como si en vez de
mi hermano fuese mi padre. «Por qué no te lo preguntaste hace una hora»,
le repuse. Él bajó la cabeza y trató de justificarse, no acepté sus excusas y
salió de mi apartamento cabizbajo y dolido.
—Le pudo la posibilidad de que fuerais hermanos.
—¿Y qué importaba a esas alturas?
—Pero ¿le quieres? –pregunté.
—Sí, pero como a otro amante casual, no puedo volver a amarle como
entonces. Soy hasta capaz de olvidar que puede, remotamente, ser mi
hermano; aunque no puedo aceptarle como el hombre de mi vida. Aquello
se acabó.
—¿Y ahora que harás?
Me miró con esa elegancia natural que poseía, ladeó su melena de
tonos rojizos y dijo:
—Llamarte cuando te eche de menos.
—Sí, pero me pido cubierta –dije más contento que unas Pascuas.
—Eso ya lo veremos…
Se marchó después de besarme con fogosidad, la abracé tratando de
no arrugarle el Chanel. Me había equivocado, aquel beso del ascensor no
había sido ni sería el último.

El diablo vigilando el Manila Hotel. Dibujo de Anii Dream
Boadas. María Dolores.
Besos con Ruth
Foto Nanane

Decimosexta entrega de: “Los infinitos nombres del diablo”. De campanarios y lugares del Barrio Gótico de Barcelona

Los campanarios de Barcelona

Barcelona, julio de 1971

Sería medianoche cuando me llamó Ripoll, cogí el teléfono en La
Parrilla, andaba comentando con el chef los pormenores de la cena
y que siguiera las recomendaciones que habíamos acordado.
—¿Jorge?… Todo está pasando en mi distrito, parece la casa de los
horrores.
Esperé a que el chef se alejara para preguntar a Ripoll qué ocurría;
no me dio tiempo, desde el otro lado del auricular oí su carraspeo y su
exclamación.
—¡Se han cargado a Pagés, o se lo han cargado o se ha suicidado!
—¿Estás seguro?
—Hombre, muy guapo no ha quedado, pero hemos confirmado que es
él. Ha caído desde la torre de la basílica de San Justo y Pastor. Treinta y
cinco metros de vuelo. Murió en el acto.
—¿Qué dirán esta vez los periódicos?
—No lo sé. Si es un suicidio los del Opus no querrán admitirlo y si
ha sido empujado, tampoco. Aunque los de la autopsia aseguran que hay
ciertas marcas en el tórax que sugieren un fuerte golpe.
—¿Piensas en Sergio Congost?
—Hemos hecho indagaciones, es quién creemos, en cuanto a lo de
hoy, Congost ha pasado todo el día en el Hospital del Mar. A la hora del
deceso estaba operando.
—Nos estamos quedando sin sospechosos –dije contrariado.
—Como tú dices… siempre nos quedará Satán.
—Habrá que tenderle una trampa. ¿Cómo se pesca al diablo?
—Con un político, son los más afines –río Ripoll.
—Nuestro quinto hombre lo es y de los importantes…
—Y de los más cabrones –matizó el comisario. Quiero regresar esta
tarde al lugar de los hechos, podría encontrar nuevas pistas ¿te apuntas?
—Claro, no me iba a perder.
Quedamos a la misma hora en que sucedió el accidente, valía la pena
valorar el momento de luz y el último paisaje que vio Pagés, eso nos ayudaría
a reconstruir la escena.
La basílica de los Mártires Justo y Pastor olía a humedad y a cirio, a
leyenda y a rezo. Algunos fieles permanecían sentados o arrodillados en
oración. El rector de la basílica se deshacía en explicaciones.
— No nos dimos cuenta de que todavía quedaba un feligrés, siempre
advertimos del cierre, no sé por qué no nos oyó.
—Nos gustaría subir al mirador de la torre –dijo Ripoll.
—Claro, claro… síganme.
Pasamos por debajo de las cintas de prohibido el paso que habían colocado
los hombres de Ripoll. Subimos por la escalera de caracol, ciento
setenta y cuatro escalones nos conducirían a lo alto del campanario. Oía a
mi espalda los resoplidos y maldiciones de Ripoll. Llegamos a la terraza
del carillón. Egidia, Pastora, Justa y Montserrada, las cuatro campanas de
la iglesia, nos vieron ascender el último tramo, la puerta de acceso al mirador
permanecía abierta, me pareció que olía a azufre. Salimos, la terraza
ofrecía una vista espectacular a los cuatro puntos cardinales. La baranda
de piedra sólo llegaba hasta la rodilla. Era fácil perder el equilibrio y caer,
y mucho más fácil si recibíamos un inesperado empujón.
—Hemos calculado, por la posición del cadáver y lugar en que cayó
a la plaza, que fue desde este punto donde se precipito al vacío –dijo
Ripoll-. No hemos encontrado huellas de zapatos ni señales que indiquen
que hubiese lucha o que fuese arrastrado hasta la baranda, salvo las
marcas en el pecho.
—¿Eran de manos o de garras?
—Si eran garras no le hirieron y si eran manos eran muy grandes, la
contusión pectoral, además de fuerte, era amplia.
Miramos con detalle en el quicio de la puerta de entrada, en las piezas
del arco y en el suelo. Nada, aparentemente. Ripoll, pese a que la luz declinaba,
descubrió unos pelos en el piso.
—Pueden ser de cualquiera de los que ayer estuvimos aquí… No obstante,
me los llevaré al laboratorio.
—¿Sabes que he notado olor a azufre?
—Yo también, pero no he querido decirte nada al respecto para que no
siguieras con tus disparatadas teorías.
— No son mías, Enrique-dije, mientras olisqueaba alrededor.
— La verdad, es que sí, que huele raro –confirmó Ripoll.
— Así que tenemos un asesino que huele fatal, pierde pelo y empuja
con decisión.
—No, todavía no lo tenemos.
—Entonces, ¿a que esperamos?, nos queda sólo una pieza del quinteto-
dije convencido.
Ya en el hotel, tomándome un café con Félix Nogal, le conté la muerte
de Pagés; tampoco él pudo aportarme nada al respecto.
—No puedo tener percepciones si lo sucedido es dentro de un templo
o en sus inmediaciones. Cualquier religión protege sus misterios con la
propia consagración de sus lugares de culto, la cristiana o la judía las que
más; es como si tuviesen un aura protectora.
—Entonces no «viste» nada de lo acontecido.
—Yo no he dicho eso, he tratado de estar conectado a esos hombres
desde que me lo dijiste, Jordi. Con Pagés ha sucedido algo muy especial,
no he podido presentir su muerte, en cambio sé que las manos que le empujaron
no eran humanas.
— No me digas, a ver cómo se lo cuento a Ripoll.
Un par de días después, sobre las siete de la tarde, recibí una inesperada
visita. Se trataba de Sergio Congost, quería preguntar sobre el precio
de los menús para una cena de facultativos. Le recibí en La Parrilla, era
el sitio más adecuado para hablar de banquetes, si tenía alguna duda podía
consultar con el chef que andaba preparando la carta de la cena. Hablamos
de distintos platos y acompañamientos. Sergio Congost era un tipo
alto, de anchas espaldas y rostro atractivo, podía pasar por un galán de
cine. No aparentaba los treinta y dos años que tenía, parecía un jovencito
recién salido de la facultad. Tenía el pelo moreno, algo ondulado, con prematuras
entradas. Una pequeña cicatriz en la frente y su estampa, le daban
un aire de luchador o de gladiador. Sus manos de pianista, dedos largos,
sin nudos, de cuidadas uñas, se movían con cierto nerviosismo al escuchar
cualquiera de mis comentarios. Vestía un elegante traje a medida,
por las hechuras deduje que podría ser una pieza de Cortefiel, de la nueva
sastrería Aramis en Rambla Catalunya o incluso de Gilbert Batet, uno de
los sastres más prestigiosos de la ciudad. Advertí que lo de los menús era
lo de menos, me estaba examinando, tanto como yo a él. Su interés por el
banquete de los colegas era sincero, pero vino solo y eso me demostraba
su deseo de juzgarme a placer. Cerramos un menú de treinta comensales
para el último viernes de julio.
—Es una cena de vacaciones, si es que al final alguno de nosotros
puede disfrutarlas –dijo.
—¿Mucho trabajo en el hospital?
—Sí, supongo que sabe lo que está ocurriendo. Lo tenemos todo controlado,
hay numerosos pacientes reales y otros que tienen todos los síntomas
imaginarios, pero a los que también tenemos que atender.
—¿Me permite una pregunta?
—Claro, Brotons, trataré de responderle.
—¿Por qué el Manila? En la Barceloneta hay magníficos restaurantes,
a dos pasos del Hospital del Mar, el Siete Puertas de la plaza Palacio, está
a menos de diez minutos. ¿Por qué aquí?
—Es un buen hotel con un celebrado restaurante. Además, quería conocerle.
Guardé los presupuestos en una carpeta, me giré hacia un camarero
que andaba preparando las mesas para la cena.
—Por favor, José, tráenos… ¿Qué quiere tomar?-pregunté a Congost.
—Lo mismo que usted, Brotons.
—Dos de los míos, José –le confirmé al camarero.
El camarero trajo los dos J&B con los requisitos pertinentes y una
sonrisa, les gustaba servir al jefe y luego contar que yo había bebido el
doble de lo que realmente había trasegado. Nunca supe si eso era así para
darme una fama que no merecía, o aprovechaban también para hacerle los
honores al whisky entre bambalinas.
—Verá, Brotons –dijo, después del primer sorbo-. Ya sé que ando en la
lista de sospechosos del comisario Ripoll. Me he dado cuenta de que me
siguen y preguntan por mí al personal del hospital. Mi madre me comentó
que la habían visitado y, poco después, aparecieron los hombres de la
gabardina a mis espaldas.
—Muy raro, ha llovido poco estos días.
—Ya me entiende, eran los hombres de Ripoll. No me extrañó, doy
todos los síntomas. Aunque le aseguro que no soy el hombre que buscan,
pero tampoco tan inocente…
Confieso que me emocioné, detrás de sus palabras había algo que no
sabíamos y estaba a punto de ser revelado. Bebí un largo trago y le pedí
que continuara. Los camareros habían terminado ya de montar las mesas,
faltaba más de una hora para que apareciera el primer cliente.
—No lo soy, pero podría haberlo sido. Le voy a contar una larga historia
que seguro le sorprenderá. No sé si les consta que mi madre nunca me
dio el nombre de Robert Camperol ni me contó su historia. Sin embargo,
en un pueblo pequeño siempre hay alguien que está dispuesto a informarte
de lo que no le afecta, sobre todo cuando eres niño. Crecí sabiendo
el chisme que de mi madre narraban, pero su dignidad fue un bálsamo
que me mantuvo indiferente ante los comentarios. Hace unos años, con
no pocos esfuerzos, pudo enviarme a estudiar a Barcelona. Aquí hice el
bachillerato y el preuniversitario, me asombraba que mi madre pudiera
seguir pagando los colegios privados y mi manutención; me habló de la
venta de unas tierras de sus padres, de unos ahorros… Yo, para ayudar
con los gastos, trabajaba de camarero algunas horas en de los bares de
moda de la ciudad. En uno de ellos, ya en último año de carrera, conocí
a una joven de la que me enamoré. Ella tenía diecinueve años y yo veintiocho,
la edad no fue obstáculo para que me correspondiera, tampoco la
diferencia social, era una de las hijas de un rico industrial barcelonés…
Me removí en mi silla, traté de dar un sorbo y uno de los hielos impactó
en mi nariz, unas gotas de whisky cayeron sobre la carpeta de los
presupuestos. Como un estallido en mi mente supe de pronto qué iba a
decirme y él supo por mi cara que lo había adivinado.
—Sí, era ella, su… nuestra amiga, Eulalia Camperol.
Me quedé en silencio. Tenía un montón de preguntas que hacerle, pero
él me las respondió todas con un solo comentario.
—No lo sabía, tampoco lo sospeché cuando me acosté con ella.
—¿Cómo supo quién era su padre?
—Llevábamos más de un año saliendo, su padre se enteró de nuestra
relación e investigo quién era yo. Un día vino a verme al hospital dónde
realizaba las prácticas y me contó toda la historia, incluida la ayuda que
le daba a mi madre para mis estudios. No supe que decirle. Él me pidió
que dejara de verla, el argumento de que podía ser mi hermana cayó sobre
mí como una losa. Las pruebas serológicas pueden determinar el grupo
sanguíneo de una persona basado en los grupos de los padres, pero no son
pruebas concluyentes, tampoco las recientes con la proteína HLA, cuyos
diferentes tipos varían de persona a persona. Hoy, por hoy, no existe todavía
forma de averiguar si somos hermanos.
—Sería un golpe duro tener que renunciar a ella, pero dígame ¿cómo
sabe de mi amistad con Eulalia?
—Ripoll no es el único que tiene informantes.
—Ya, no obstante, todo lo que me ha contado no explica que usted
sepa la personalidad de los asaltantes de su madre.
—Cierto, y eso me obliga a relatarle la otra parte de la historia. Hace
unos meses volví a recibir la visita de Camperol. Me contó la identidad
de los otros violadores y que alguien les había amenazado de muerte a
los cinco. Dedujeron que las amenazas partían de un enemigo común y
los únicos que tenían cuentas pendientes con todos ellos a la vez éramos,
yo… y el diablo. Camperol les tranquilizó asegurándoles que yo desconocía
sus nombres, entre los cinco imaginaron un sistema de alarma para
advertirse mutuamente de algún peligro. A pesar de todo, Camperol no se
quedó tranquilo y pensó que si ellos conocían mi existencia y mi nombre,
alguno de ellos, podría tener tentaciones de eliminarme. Por eso me dio el
nombre de los otros cuatro.
—Rocambolesca historia, Congost, parece más sencillo pensar que es
usted el que se los está cargando –dije, esperando su reacción.
—Supongo que, a estas alturas, ya habrán comprobado mis coartadas.
—En efecto, pero quién tiene informantes también puede tener cómplices…,
porque motivos le sobran.
—Efectivamente –dijo, depositando su vaso vacío sobre la mesa-.
Pero ¿cree usted posible que elija el Manila para cenar si tuviese algo que
ver con la muerte de Camperol o con la de los otros?
—Por lo menos veo tres razones. La primera porque, el nuestro, es un
buen restaurante; la segunda porque siempre se vuelve al lugar del crimen
y la tercera porque se moría por conocerme. Aunque, para su tranquilidad,
no creo que tenga usted nada que ver con esas muertes, a pesar de que
sepa manejar un bisturí.
—Muchas gracias, Brotons, nos veremos el día de la cena-dijo cogiendo
la carpeta con los presupuestos.
—Eso espero –le dije, mientras le acompañaba a la salida.
A la espera del elevador nos escrutamos de nuevo, era como en esos
wésterns americanos de duelo al sol, aunque estuviésemos a cubierto y
atardeciendo. Oímos llegar el ascensor, antes de entrar en él me miró a
los ojos:
—Cuénteselo, Brotons, yo no tengo valor… no sé si querría escucharme.
Entró en el ascensor, encogido como el niño que acaba de contar una
travesura. Desde el campanario de la vecina iglesia del Carmen tocaban
las ocho.

Restaurante La Parrilla del Manila Hotel
CAMPANARIO DE LA CATEDRAL CON UNA DE LAS GÁRGOLAS QUE REPRESENTA UN CARACOL – FOTO AJUNTAMENT DE BARCELONA
Las terrazas de la Catedral de Barcelona. Foto: Catedral de Barcelona
La Basílica catedral del Pí o del Pino. Foto: BCNHorasdeOficina.
Campanario Basílica del Pí. Foto: BCNHorasOficina

El campanario y frontal de la Basílica de la Merçè en Barcelona
Campanario de la Basílica de la Merçè .Foto: Viajabloc
Campanario del Arzobispado de Barcelona. Foto: El País. Aunque así la titula el País, en realidad la foto corresponde a Santa María del Mar
Santa María del Mar Foto:MiBarcelona
DETALLE DEL CAMPANARIO. FOTO: MiBarcelona
Una iglesia del Raval necesita ayuda para salvar sus campanas
Campanas de la parroquia de Mare de Déu del Carme del barrio del Raval. Foto:Llibert Teixidó, para La Vanguardia

Església Betlem - Barcelona.jpg
Iglesia y campanario DE BELÉN EN LAS RAMBLAS DE BARCELONA. Foto: Pere López – Fotografia pròpia.
Crucero y Campanario en la Iglesia de Santa Ana, BARCELONA
Campanario del antiguo monasterio de Santa Ana en Barcelona
Terraza de la Basílica de los Mártires San Justo y Pastor, en los años 70 la barandilla metálica no existía.
Las Piedras de Barcelona: Sants Just i Pastor
Campanario de San Justo y Pastor. Foto: Las Piedras de Barcelona

Decimoquinta entrega del los “Infinitos nombres del diablo”. Del año del cólera y de saltos al vacío.

El verano del cólera


Barcelona, 4 de julio de 1971

El domingo día cuatro vi la final de Copa por televisión. Fue un gran
partido entre el Valencia y el Barcelona, el resultado después de
muchas alternativas y una larga prórroga, fue favorable al Barça
con un gol de Ramón Alfonseda, amigo de la infancia con el que había
compartido juegos durante los veranos en Granollers, una población cercana
a Barcelona. Vi el encuentro rodeado de clientes del hotel en el salón
del primer piso, ellos mostraban sus preferencias según afinidades y yo
procuraba mantener una actitud diplomática. Lo importante, además del
éxito de mi amigo, fue la facturación del bar.
Aquella noche recordé la carta que Lilith me había prestado en un
arranque de sinceridad. Busqué en el bolsillo del traje de la noche del
viernes. Extraje el sobre y me dispuse a leer, antes de empezar la lectura
mi mirada se posó en el nombre del destinatario y el corazón me dio un
brinco: Sergio Congost. Ahora entendía muchas cosas, el gran amor de
Lilith era el hijo de María y de alguno de los personajes del quinteto,
incluido Robert Camperol. Leí el contenido de la misiva donde Eulalia
Camperol repetía la exposición de sus sentimientos y no comprendía
su actitud cobarde. «Mi padre no tiene ningún derecho a hacernos tanto
daño», decía en uno de los párrafos. Cuando terminé me sentí abatido,
aquello daba un giro inesperado en nuestras indagaciones. Llamé a Ripoll
y rogándole máxima discreción, le conté mi descubrimiento. Esa información,
decía, colocaba a Sergio Congost, si es que era el mismo, como
favorito en las quinielas. Camperol le había obligado a romper con Eulalia
y no sólo por cuestiones sociales, también porque podría ser su hijo.
Pero, ¿de dónde había sacado Sergio Congost la información?, su madre
nunca le dio el nombre de Camperol y esto había ocasionado el drama con
Eulalia. Ripoll me confirmó que las posibles coartadas de Congost daban
todo el margen para la especulación. Me aseguró que iba a interrogarle
muy pronto y que me informaría de los resultados. Sin embargo, una inesperada
situación retrasaría nuestras pesquisas.
Todo el personal médico quedó alertado, pero no la población. En
la ribera del Jalón hubo un brote de cólera que llegó a Barcelona. Los
enfermos desarrollaban desde casos triviales, sin apenas síntomas o con
diarreas leves, hasta cuadros severos con diarreas intensas. El período
de incubación era de dos o tres días y en los casos graves las abundantes
deposiciones producían una gran deshidratación. Los establecimientos
hoteleros no fuimos, al principio, informados del brote. Noticias procedentes
de distintos ámbitos alertaban a sus entornos. A pesar de todo,
oficialmente no pasaba nada. El miércoles siete, la dirección general de
Sanidad hacía público un comunicado según el cual los datos sobre el
cólera eran producto de una «información tendenciosa de algún periódico
extranjero». «No pasaba nada», aunque las fichas de entrada de extranjeros
eran especialmente controladas por la policía, sobre todo si venían de
África. Ripoll me confirmó que la pandemia de cólera existía y que era
peligrosa.
Tomé todas las medidas posibles. La limpieza de las cocinas y de las
vajillas se extremó. Todo el personal que tocara y manipulara alimentos
tenía que lavarse las manos con jabón concienzudamente y las materias
primas de la cocina debían seguir un riguroso higienizado, las verduras
y legumbres muy cocidas, suprimimos el marisco crudo de la carta. Las
camareras fueron advertidas de que la ropa de cama con restos de excrementos
o de sangre se pusiera en cestas distintas y en la lavandería las
trataran aparte y si alguna resultaba sospechosa fuese quemada. Inventamos
un comité de emergencia, con la idea de una intervención rápida si se
detectaba algún caso. Una de las actuaciones era la de clausurar cualquier
habitación por la que hubiese pasado algún afectado. La idea no era mía
sino de dos cineastas ingleses en un film de 1950 llamado Extraño Suceso,
que desarrollaba una historia inquietante en un hotel de París durante
la Exposición Universal de 1889. No tuvimos que llegar a estos extremos;
no obstante, mantuvimos la guardia durante los tres largos meses que
duraría la alarma.
Sin embargo, la ciudad tuvo muchos casos de afectados y de posibles
infectados. En el Hospital del Mar se abrió una unidad de diagnóstico y
tratamiento del cólera en tres pabellones distintos. Sergio Congost y todo
el personal clínico tuvieron más trabajo que de costumbre. A pesar de las
negaciones a lo evidente del Gobernador Civil, responsable de la salud pública,
al fin recibió de Madrid la orden de vigilar el cumplimiento de las
disposiciones sanitarias y ordenar los servicios oportunos. Más tarde supimos
que hubo más de 400 ingresos hospitalarios y que la cifra oficial de
muertos fue de tres. Ripoll y yo nos preguntábamos por qué la ciudad sufría
una plaga decimonónica. Empezaba todo a ser un poco disparatado. Un
nuevo suceso terminaría por confirmar nuestras controvertidas sospechas.
Al anochecer, Ruth me llamó desde Niza, estaba en la finca de un millonario
entrado en años, pero creso.
—Los periódicos franceses hablan de que hay cólera en Barcelona…
¿Estás bien?
—Bueno, ya sabes que los franceses son muy exagerados, hay algún
caso pero está todo controlado. Estoy muy bien ¿Qué tal la playa?
—Fabulosa, Henry tiene una playita privada a la que se accede desde
su mansión, una maravilla. Nos juntamos más de veinte invitados y él me
dice que yo soy la más guapa.
—Lo creo. Es un tipo con muy buen gusto –contesté riendo.
—Sí, está loco por mí; pero, hasta que no me ponga un anillo de diamantes
y de muchos quilates en el dedo, va a tener que seguir deseándome.
—Me parece muy bien. Ya sabes lo del refrán. Mucho prometer antes
de…
—No, no lo sé. ¿Cómo termina?
—No tiene importancia, es sólo un refrán del pueblo, Henry tampoco
lo entendería.
—Te he comprado un traje precioso, Henry lo vio y me dijo que me
había equivocado de talla, ¿cómo le iba a decir que no era para él?
—Espero que la corbata y camisa que le hagan juego no me cuesten
un mes de sueldo.
—No, esas también te las traigo, pago con la tarjeta de Henry.
No sé si me sentó bien que el tipo que estaba camelando a Ruth pagara
mis regalos. Pese a mis reservas, la veía tan feliz que no le dije nada. Nos
despedimos con millones de besos y con un saludo para Henry, si la cosa
seguía así, estaba condenado a admitirle como amigo. Y aunque perder a
una estupenda amante para ganar un nuevo conocido no me apasionaba,
entendía que mi relación con Ruth estaba basada en dos cosas fundamentales:
complicidad y libertad.

Muchos barceloneses, aprovechando que era verano y ante el peligro
del cólera, enviaron a sus familias fuera de la capital. Algunas gentes de
talente religioso acudían a los templos para rogar no ser contagiados por
la enfermedad, más práctico les hubiese sido vigilar su higiene. Pero,
cada uno, encuentra consuelo donde lo busca. Uno de los penitentes que
confiaba más en lo místico que en lo aséptico era Ramón Pagés. A pesar
de los consejos de Balcells que, desde su sabiduría en patología recomendaba
calma, agua y jabón, Pagés envió a toda su familia a la finca de la
Costa Brava. Él tuvo que quedarse en Barcelona atendiendo sus negocios
y se refugiaba muchas tardes en la Basílica de los Santos Justo y Pastor,
en la plaza del mismo nombre, que se escondía entre una maraña de calles
estrechas al lado de la plaza de San Jaime. La iglesia se levantó muy cerca
del anfiteatro romano que vio morir a los mártires cristianos y cuenta la
leyenda que en esta basílica era donde se veneraba a la Virgen de Montserrat,
antes de que fuese escondida en la Santa Cueva para evitar que
cayera en manos musulmanas. El templo fue el refugio ciudadano en la
gran epidemia de peste negra del siglo XIV, su amplia nave acogía a miles
de barceloneses en busca de curación y consuelo, y docenas de ellos perecieron
y fueron enterrados en fosas comunes en el subsuelo de la sacristía.
Allí se encaminaba cada tarde Pagés en busca de alivio, atemorizado
con la idea de que aquella epidemia tenía algo que ver con él. Se sentaba
en la capilla del Santísimo y levantaba sus ojos para poder ver la magnífica
cúpula donde, entre la negrura de su pintura, le parecía descubrir
rostros. En la penumbra del recinto, elevaba su plegaría para que fuera
localizado el conjuro que le permitiera romper aquel pacto diabólico.
Era ya muy tarde, casi la hora de cerrar la iglesia. Pagés no lo sabía,
pero por alguna rendija el humo de Satanás entró en el templo. Sintió una
llamada y se dirigió como un autómata a la angosta escalera que conducía
a la parte alta de la torre. La escalera de caracol se estrechó un poco más,
él siguió subiendo, primero contó cada uno de los peldaños y al llegar a
los cien dejó de hacerlo, miró hacia arriba, todavía faltaban tramos estaría
por la mitad de la subida. Quiso descender, una voz en su cerebro le
animaba a seguir subiendo y continuó con su empeño, la larga ascensión
por la estrechez de la escalera y la semioscuridad le hicieron distorsionar
la noción del espacio y del tiempo, su mente flotaba. Al fin reparó en
una luz, una esquirla de luz al final de su trayecto que le permitió ver la
entrada al mirador de la torre. La puerta de madera estaba abierta de par
en par, el soportal de piedra conducía al exterior. Salió, una bocanada de
aire fresco le llenó los pulmones, miró hacia abajo, calculó que estaba por
encima de los treinta o treinta y cinco metros. La perspectiva era idílica,
desde su atalaya tenía una vista periférica de 360 grados; de norte a sur,
de mar a montaña, podía contemplar toda Barcelona. Las luces naranjas
y rojas del atardecer juliano pintaban los campanarios cercanos, el de la
Catedral aparecía con un aura sanguinolenta con la Sierra de Collserola
al fondo ya en penumbra; el de Santa María del Mar se coloreaba de un
pastel más tenue resguardado por la mar; y los de Nuestra Señora del Pi
y la Mercè encendidos en escarlata. El mar se preparaba para recibir el
ocaso, todo era extraordinariamente bello. Una ligera brisa le acarició el
rostro, todo es perfecto, pensó. El aura roja cubrió la superficie celestial,
miró hacia abajo. ¿Por qué no terminar ahora?, pensó, o quizás lo escuchó.
Se reclinó sobre la barandilla construida antes de de Colón descubriera
América. «Hazlo», parecía decir el sol mientras entraba en el mar
por el horizonte. Levantó la pierna derecha y la apoyó sobre la baranda.
Se sintió frágil. Iba a volver a bajar la pierna cuando le vio en el quicio
de la entrada a la torre. Era el diablo de Flix, con su guerrera roja de insignias
desconocidas y galones amarillos. «Hazlo, me lo debes», dijo la
voz grave que resonó en el cerebro de Pagés. Trató de responder con una
negativa, un golpe redobló en su caja torácica, vaciló unos instantes y
cayó al vacío. El sol se ocultaba por occidente.

Ramón Alfonseda marca el gol del triunfo en la final de copa


Cólera 1971 | Fila para vacunación del cólera en la Jefatura… | Flickr
Cola en Barcelona para vacunarse contra el cólera en 1971


ACTUAL Y CURIOSO: Descubren un baptisterio del siglo VI en la ...
Basílica de los Santos Justo y Pastor de Barcelona


Flickriver: Photoset 'BASILICA DELS SANTS MARTIRS JUST I PASTOR ...
Detalle de la torre…



Las tentaciones del Diblo
Fitxer:Església de Sant Just i Pastor (Barcelona) - 2.jpg ...
Interior de la Basílica
El campanar dels Sants Just i Pastor, obert al públic | Nou Barris
Vista actual desde el campanario

Por si queréis escuchar cantos gregorianos mientras miráis la página.

Decimocuarta entrega: Donde se habla de la sexualidad oculta en las familias burguesas y la del propio JB con Lilith.

El cuarto elemento

Barcelona, final de junio de 1971

Una indiscreción me descubrió la personalidad real de Ramón Pagés.
A pesar de mis advertencias y de mis desvelos, el Manila,
como cualquiera de los grandes hoteles del orbe, era un nido
de espías y no lo digo por otros hechos más consistentes y de más alta
repercusión diplomática y política que algún día relataré, lo digo por las
situaciones cotidianas que suceden en el pequeño universo de un gran
hotel. El ir y venir de los clientes deja, en multitud de ellos, gratos o
controvertidos recuerdos, pero también en la memoria del personal de
un hotel queda reflejado el paso de muchos de sus parroquianos, incluso
tiempo después de estar alojados. Si todo el personal de un centro hotelero
tiene capacidades detectivescas y fantasiosas, en los años setenta el
centro de operaciones de espionaje estaba en la centralita de los hoteles,
allí se recibían los mensajes, se ponían las conferencias, se preguntaba y
se respondía a todo, mucho más que en la conserjería o en la recepción.
Con el tiempo, la eliminación de aquellas centralitas acabó con una profesión
y una forma de fisgoneo selecto.
El caso es que, gracias a esta tradición de poner oreja en las clavijas,
algunas de mis conversaciones e indagaciones eran seguidas por un público
entusiasta. Para confirmarme lo que era de dominio casi general,
apareció aquella mañana una de las camareras de piso en la puerta de mi
despacho.
—¿Puedo pasar, JB?
—Claro María, adelante.
María avanzó desde la puerta con paso indeciso hasta llegar al centro
del despacho. Se detuvo y cruzó las manos sobre el uniforme a la altura
del vientre.
—Por favor no te quedes ahí de pié, siéntate.
Retiró las manos del regazo y se sentó en una de las butacas.
—Verás, JB, he oído por ahí que estás interesado en un tal Ramón
Pagés…
—Sí, María, supongo que habrás sabido algo por radio macuto.
Ella sonrió. Me conocía desde que era un muchacho de catorce años
recorriendo los pasillos del hotel. María era de las veteranas, estaba desde
el primer día que el hotel abrió sus puertas.
—Estuve sirviendo mucho tiempo en casa de los Pagés, desde los trece
años. Tanto en su piso de la plaza Calvo Sotelo como en su masía de
Cadaqués. ¿Qué quieres saber de los Pagés?
—¿Conoces bien a Ramón?
—Sí, fue justo al terminar la guerra. El señorito Ramón-dijo, todavía
con la mente puesta en el pasado –tendría veintiuno o veintidós años.
Tenía dos hermanos y cuatro hermanas. Él era el mayor.
—¿Cómo era?
—No era mala persona a pesar de pasearse todo el día con la camisa
azul. Lo hacía porque era muy tímido. Cada vez que una de nosotras le
preguntaba algo se ruborizaba. Iba un poco salido, cuando «hacíamos» el
suelo nos miraba le trasero. En aquellos tiempos limpiábamos de rodillas.
—Perdona la pregunta… ¿llegó a propasarse alguna vez con alguna
de vosotras?
—No, que va, incluso había una cocinera extremeña que le provocaba.
Éramos crías y jugábamos a eso con los señoritos, sin que lo viese la
señora… muy de misa ella. En aquella casa no pasaba lo que en algunas
otras que el señor o los señoritos andaban tras el servicio, en la de los
Pagés todo lo vigilaba la señora.
Sonreí. Me imaginaba la férrea mano de la dama controlando a su
marido y a sus vástagos.
—Al parecer eran buena gente-aventuré.
—Bueno, ya sabes, muy suyos, muy católicos, la señora de misa diaria.
El señor con sus negocios. Eran primos hermanos, tuvieron que pedir
no sé que al Papa para casarse. En aquella casa sólo se hablaba catalán,
estaban orgullosos de que su hijo fuese falangista. «Me lo pidió Cambó»,
repetía el padre. El señorito Ramón utilizaba sus influencias con los gerifaltes
para los negocios de la familia.
—¿Y el tema del sexo?
—¿El ñaca, ñaca? Era muy familiar, en Calvo Sotelo todos guardaban
la compostura, pero al llegar a Cadaqués todo se desmadraba.
Creo que María vio en mi cara la extrañeza y las ganas locas de que
prosiguiera el relato, al fin y al cabo yo también era de la cofradía de los
chafarderos.
—Sí, JB, en la masía de Cadaqués, con el verano, el sol y la playa,
todo cambiaba. Venían a la finca las hermanas del señor y los hermanos
de la señora, todos primos, todos Pagés, todos muy catalanes. Pillamos
varias veces al señorito Ramón haciendo cosas con dos de sus primas.
—¿A la vez?
—No, no. Con una en el jardín y con la otra en su dormitorio. Las dos
eran primas hermanas, una de un lado y otra del otro, las dos Pagés. El
señorito tuvo que casarse con la primera de ellas que quedó embarazada.
No hubo escándalo; algunos de los cuñados Pagés también jugaban con
sus primitas.
—¡Caramba, María! Esta familia sabía divertirse.
—Uy, ahí no acaba todo –dijo María, misteriosa-. Cuando empezaba
el veraneo la señora se tiraba los tres meses con los pequeños en Cadaqués.
La familia tenía un capellán que residía todo el verano en la masía
y daba misa todos los días en la capilla de la finca. La familia sólo asistía
los domingos, la señora a diario.
—Vaya, muy devota.
—Sí, muy devota… devota del capellán. Malas lenguas dicen que el
más pequeño… bueno, el que ahora es sacerdote…
Estallé en una sonora carcajada.
—Sí, sí, tú ríete, pero no has tenido que verle con la sotana arremangada
empujando desde atrás y la señora apoyada en el altar de la capilla…
y luego limpiarlo todo.
No podía más, me estaba desternillando de risa. Traté de hacer un esfuerzo
y seguir indagando, no exento de morbo pregunté:
—¿Pero, vosotras, cómo lo veíais?
—A través de una cristalera o por el ojo de la cerradura… y no te rías.
—No puedo evitarlo, perdona María. Te voy a preguntar algo muy en
serio. ¿Crees capaz a Ramón Pagés de cometer un asesinato?
—¿El señorito Ramón? Qué va, es incapaz de matar una mosca.
—En la guerra mató a más de una.
—Sería a cañonazos y a distancia. Es un cobardica. Se desmayaba si
veía sangre. Un día, una de nosotras, Paulina, se cortó en un dedo y al
señorito le dio un vahído.
—Gracias, María. Me has sido de mucha utilidad.
—Ya sabes, JB, si en algo puedo ayudarte… Pero, por favor, no le
digas a nadie todo lo que te he contado.
—Yo no se lo diré a nadie, María.
—Gracias, JB.
Salió del despacho contenta de haberme podido echar un capote, ahora
veríamos cuál sería su aplomo cuando la interrogaran las telefonistas y
los mozos de equipajes, verdaderos agentes de información.

Una noche con Lilith

Barcelona, dos de julio de 1971

Lilith, según las antiguas culturas, fue la primera mujer de Adán.
Los sumerios ya contaron que su lujuria y rebeldía la llevó a abandonar
a Adán. El primer problema entre ambos surgió cuando ella
se cuestionó el porqué tenía que yacer debajo de Adán si también estaba
hecha de polvo como el primer hombre. Al parecer, no sólo era una cuestión
postural sino de igualdad. Eulalia Camperol cumplía con los cánones
de su predecesora, ella quería ser la protagonista de su vida, llevar la parte
cantante en las relaciones y elegir la postura del coito según el momento.
Yo no tenía ningún inconveniente en aceptar cualquiera de estas condiciones.
Así que esperé con paciencia a que ella iniciará un nuevo contacto.
Una mañana los dioses escucharon mis silentes ruegos y la tentadora
Lilith me llamó para proponerme una cita. Acepté encantado y quedamos
a medianoche en un bar cercano a Las Ramblas. Boadas era una coctelería
de la calle Tallers, a pocos metros de Las Ramblas y a tiro de piedra del
Manila. Era un local pequeño y entrañable, de forma triangular, en el que
José Luis y su esposa, María Dolores, hija del fundador Boadas, ejercían
de anfitriones. Nos sentamos en los dos taburetes de la barra principal que
formaban el vértice del triángulo. Nos atendió la mestressa en persona.
—Hola guapos-nos dijo. ¿Qué queréis?, aunque ya sé, Jordi, que me
vas a pedir un J&B como siempre. Espero que tu amiga tenga más sentido
del gusto y me pida un cóctel.
—Te presento a Eulalia –dije.
Eulalia le dio dos besos a María Dolores.
—Sí, yo no soy de ideas fijas, sorpréndeme con uno de tus combinados.
A María Dolores Boadas se le iluminó el rostro. ¡Por fin le traía una
persona de gustos exquisitos a la que poder maravillar con una de sus
creaciones!
— ¿Nunca le pides un cóctel para satisfacerla? –me dijo Lilith.
—Si, a veces, pero normalmente recurro al whisky.
—Vaya, veo que eres un hombre fiel… a las bebidas.
María Dolores seguía mezclando y dándole a la coctelera con agilidad
y ritmo.
—Toma cariño, mi mejor Dry, nueve partes de ginebra, una de vermut
seco, mucho hielo y mi toque mágico –le dijo a Lilith-. Y para ti, tu J&B.
Tienes suerte de que me recomiendas a los clientes del hotel, si no, no te
serviría ni una cerveza –dijo con fingido desdén y guiñándole un ojo a
Lilith.
—Bonito local, estuve una vez con mis amigos, aunque había mucha
gente y me pasó desapercibido.
—Por aquí ha transitado todo el mundo, desde Xavier Cugat a Serrat,
pasando por Joan Miró, Salvador Dalí, García Lorca, Picasso, Ernest Hemingway
saboreando sus mojitos, o Greta Garbo.
—Fíjate que sólo has mencionado a una mujer.
—No, Lilith, te he presentado a otra y excepcional. La gran dama del
Boadas.
Estuvimos dialogando por espacio de media hora larga. Hablábamos
de nosotros, protegidos por un mágico halo que nos situaba al margen de
todos, la demás gente del establecimiento andaba desaparecida entre la
niebla del humo de los cigarrillos. Con un ligero gesto apartó su melena
de tonos cobrizos y me miró a los ojos. Supe que iba a contarme la historia
de su gran amor, una historia rota por la presión paterna.
—Nunca supe, si lo que le molestaba era que me llevara cerca de diez
años de edad o, simplemente, por imponer su voluntad. El caso es que no
paró hasta conseguir que rompiéramos. Me traumatizó, pero me liberó, a
partir de entonces hice lo que me vino en gana, ligué con quien quise. El
problema es que en cada una de mis relaciones veo gestos de mi padre y
eso me impide amar a nadie.
En aquel momento María Dolores Boadas advirtió que nuestras copas
estaban vacías, con su habitual sonrisa preguntó si queríamos otra ronda.
—Sí, de lo mismo, estaba muy bueno –contestó Lilith.
La barman me observó con mirada desafiante para censurarme si le
pedía otro nuevo whisky. Esta vez la complací.
—Un Rob Roy, al fin y al cabo era un rebelde –dije.
María Dolores sonrió. La vimos coger el vaso mezclador y enfriarlo
vertiendo una cucharada de hielo picado y removerlo hasta refrigerar el
recipiente, tiró el hielo y puso casi tres cuartas partes de J&B de quince
años y el resto de vermut dulce, añadió dos gotas angostura, un chorrito
de jugo de cerezas y una cáscara de limón, lo mezcló todo con una cucharita
larga e intentó servirlo en una copa de Martini, pero la cambió por un
vaso corto sonriéndome.
—Es una concesión sólo para ti-dijo.
—Te lo agradezco.
Continuamos la conversación que María Dolores había interrumpido
para evitar que nos quedáramos secos. Nuestros taburetes estaban pegados
el uno al otro con lo que nuestras pantorrillas se rozaban en cada
cambio de posición. Tuve la tentación de subirme la pernera del pantalón
por encima del calcetín para sentir su piel. Lilith lo adivinó, me cogió la
mano y fue recorriendo con sus dedos las líneas de la palma como si fuese
una experta en quiromancia.
—¿Sabes leerlas? –pregunté.
—No, pero me gusta tocarla –dijo entrelazando sus dedos con los míos
y poniendo cara de niña mala por la ambigüedad de la respuesta.
Correspondí a sus caricias poniendo mi diestra sobre su rodilla.
—A mí también… –dije. Pero, sigue con tu historia, por favor.
—Poco más hay que contar. Soy una mujer libre, también quiso serlo
mi hermana y ante la imposibilidad de conseguirlo huyó para no enfrentarse
a mi padre.
—¿Hace mucho que está en Ibiza?
—Un par de años… y dudo mucho que vuelva. Yo me quedé aquí, en
la misma ciudad que mi padre; preferí darle disgustos en distancia corta.
Fue una forma de vengarme.
—¿Y ahora que él ha muerto?
—No siento ninguna satisfacción, ni alivio, algo se rompió hace tiempo
en mi interior y trato de arreglarlo… sin prisas.
Nuestras bebidas fueron mermando a la misma velocidad que nuestros
cuerpos se buscaban sutilmente. Nos besamos. Sin embargo, no estábamos
cómodos, el local no era demasiado grande y pese a las cortinas de
humo y el éxtasis del vapor etílico, nos poníamos en evidencia. Nos despedimos
de la mestressa, que nos regalo besos, sonrisas y consejos, salimos
a Las Ramblas y paramos un taxi. Lilith dio la dirección de su casa y
se acurrucó a mi lado como si quisiera fundirse en mí, su mirada era toda
una promesa, porque se pueden adornar las palabras hasta hacerlas convenientemente
creíbles, pero la forma de mirar no engaña. Llegamos en
apenas un cuarto de hora, abrió la puerta y nos besamos en la semioscuridad
del patio, sin dejar de besarla tanteé los botones del ascensor hasta dar
con el de llamada, en cuanto el elevador abrió sus puertas entramos sin
mirar, por fortuna estaba vacío. Lilith se arremangó la minifalda y saltó a
mi cintura atenazándola con sus piernas, yo le sujeté el trasero por debajo
de la falda sin intención de renunciar a sus glúteos, por lo que tuvo que
ser ella la que pulsara el disco de su piso. De la misma guisa y sin dejar
de besarnos, dejamos el ascensor y, como pudimos, introducimos el llavín
en la cerradura de la puerta, una premonición de lo que iba a suceder poco
después en su tresillo. Como era de esperar Lilith me cabalgó con frenesí,
y a mí no me importó yacer debajo de ella. El orden de los factores…
Un par de horas más tarde, reposábamos felices en su dormitorio.
—¿Le has vuelto a ver? –pregunté al techo de la habitación.
—¿Te refieres a mi sujetador? Cayó a las primeras de cambio.
Solté una carcajada y me giré hacia ella. No hizo falta volverle a preguntar.
—Mi padre solía ser muy convincente. No he sabido nada más de él,
aunque por amigos comunes supe que vivía en Barcelona.
—La muerte de tu padre cambia mucho las cosas. ¿Tal vez, ahora?
— No temas, no me gustan los cobardes, se rindió demasiado pronto.
Incluso le escribí un par de cartas diciéndole que estaba dispuesta a todo
por seguir con él… a todo, incluso dejar mi casa. No recibí respuesta. Mi
tercera misiva fue devuelta al remitente, no quiso ni abrirla.
— Lo siento.
—No tienes nada que sentir, es agua pasada y como te he dicho, entre
el uno y el otro me mostraron el camino de la libertad.
La abracé tiernamente y no pregunté más. Mis inquisiciones eran sinceras,
pero no quería incomodarla. Miré la hora, tenía que regresar al
hotel, a la mañana siguiente, es decir, al cabo de unas cuatro horas, empezaba
una jornada complicada, al mediodía recibíamos un par de grupos
de turistas y despedíamos a otros tantos.
—Tengo que irme princesa, ¿me llamarás?
Ella sonrió, sabía que la pregunta era sincera, pero un tanto sarcástica.
—Es posible que lo haga –dijo irónicamente.
Me metí en el baño, estaba lleno de potingues y de ungüentos, pero
muy bien ordenado. Dejé que el agua de la ducha de deslizara por mi
cabeza para terminar de despejarme. Elegí un gel de baño del surtido de
media docena que reposaban en un estante de cristal. Canté un par de
estrofas de alguna canción y eso me trajo a la memoria mis días en el
coro de Notre Dame de Lausana. «Tengo que apuntarme en algún coro
de Barcelona», pensé. Al entrar de nuevo en el dormitorio, Lilith estaba
esperándome desnuda y con un sobre en la mano.
—Es la última carta que le escribí y que me fue devuelta. En ella le
contaba todos mis sentimientos y mi rabia por no haber luchado por mí,
quiero que la leas y luego la destruyas. Con eso rompo con el pasado, ya
no actuaré ni por venganza ni por indolencia, lo haré a mi modo y cómo
decida.
—No sé si debo… es tu vida.
—Y yo quiero hacerte participe de ella, así no preguntarás nada más,
tampoco deseo que me comentes tu parecer, sería baldío; acéptalo como
un gesto de especial confianza.
Cuando terminé de vestirme cogí el sobre y lo guardé en uno de los
bolsillos de mi americana. Ella permanecía sentada en el borde de la
cama, me arrodillé para quedar a su altura.
—No te olvides de llamarme, todas las mujeres decís que lo haréis y
luego si te he visto no me acuerdo.
—Eres un payaso, Jordi, –dijo, partiéndose de risa.
Di un portazo simulando mi salida, pero me quedé en el piso, entré de
nuevo en el dormitorio y ella salió del baño algo asustada. Sonrió con su
carita de niña mala al verme allí parado.
—¿Qué te has dejado? –preguntó.
—A ti-respondí, besándola en la boca.
Fue una despedida tierna, con sabor a cóctel a besos y a confidencias.
La ducha seguía martilleando sobre la bañera vacía, como una canción
de amor.

El Club Med de Cadaqués, inaugurado
El Club Med de Cadaqués, años 70. Folo La Vanguardia
Foto Maspons. EL PAÍS
LA DAMA DEL BOADAS DE ABRCELONA
COCTELERÍA BOADAS
Imagen Publicitaria de Bocaccio. Teresa Gimpera, foto Leopoldo Pomés.

Había mujeres piratas? La historia de Anne Bonny y Mary Read - VIX

Decimotercera entrega: De viajes, filosofías y teologías

En un pequeño pueblo cercano a Flix

Ribera del Ebro, 28 de junio 1971

El pueblo se acunaba en el meandro, el Ebro le rodeaba como si quisiera
protegerlo de todo mal. Como muchos pueblos de la Ribera
estaba rodeado de campos de cultivo, tenía una ermita cercana,
una plaza con su ayuntamiento y una escuela municipal. Como tantos
otros pueblos de la Ribera tenía grandes proyectos de futuro sin olvidar el
pasado. Sus mujeres seguían haciendo encaje de bolillos y sus hombres
trabajando en el campo, como antes de que España se desangrara en una
guerra incivil.
Mi Kadett dejaba Flix a la espalda a menos de siete kilómetros de
nuestro destino. Ripoll me iba contando, con las oportunas reservas, el
interrogatorio a Gabaldá.
—Me has contado tú más cosas que Gabaldá al juez. Ni demonios,
ni violaciones, ni nada que ver con los asesinatos. Es más, dice no haber
tenido demasiados contactos con sus antiguos camaradas. Ese cabrón asegura
que es un santo.
—Mientras le crean…
—Yo no, te podría contar cosas de él que te sorprenderían. Ahora saca
la Senyera por todas partes, antes se descojonaba de todos los símbolos
catalanes. Era un camisa azul convencido.
—Bueno, también toma riesgos con su postura actual-dije, ya a la vista
del pueblo de María.
—Es una pose, le gustaría que le metiéramos en la cárcel por nacionalista,
así se pintaba la aureola de mártir. Los cambios están cercanos,
Jorge, el gobierno, pese a todo, está abriendo la mano. Un tal Jordi Pujol
le ha tomado ventaja y Gabaldá quiere recuperar terreno.
Llegamos al pueblo de María. Nos dirigimos a la comandancia de la
Guardia Civil y preguntamos por el comandante de puesto. Un cabo con
aspecto aburrido nos recibió en un despacho presidido por un crucifico y
una litografía del jefe del Estado. Ripoll le enseñó sus credenciales y el
cabo se cuadró.
— Siéntanse por favor –dijo, señalando un par de sillas de madera-.
¡Qué no nos molesten! –gritó al número de guardia.
Ripoll le contó de una forma muy somera lo que nos había traído al
pueblo.
—Sólo pretendemos averiguar el domicilio de una vecina llamada
María y si consta alguna denuncia durante o después de los días de la
liberación del pueblo.
El cabo de la Benemérita puso cara de póquer ante la escasez de información,
Ripoll tuvo entonces que ampliar la exposición contando alguno
de los pormenores del caso en la confianza de que, en un pueblo tan pequeño,
todo el mundo estaría enterado de lo sucedido. El cabo se levantó
con parsimonia y se dirigió a un archivo metálico de color verde botella.
Lo abrió y el mueble mostró una serie de carpetas de color gris con anotaciones
en lápiz y bolígrafo.
—Denuncia no hubo ninguna, pero es natural dadas las circunstancias
y quienes eran los agresores. Estoy seguro de que en el ayuntamiento, si
la chica era de aquí, alguien sabrá alguna cosa sobre ello; voy a llamarles.
El cabo descolgó el teléfono de bakelita negra, giró el disco varias veces
y esperó. Alguien respondió al otro lado del auricular. Sin necesidad
de identificarse el comandante de puesto preguntó por María y el hecho
ocurrido en el 38. El interlocutor sabía sobre quién le preguntaban porque
el cabo iba asintiendo con la cabeza y cada vez que pedía una aclaración
nos miraba previamente y respondía al informante con monosílabos: ya,
ya… sí… esa… Cogió un bolígrafo Bic de la mesa de madera que le servía
de escritorio. Garabateó un nombre y algunos datos en una cuartilla y
preguntó al interlocutor: «¿Sabéis su domicilio?». Quedó a la espera un
par de minutos, golpeaba rítmicamente la mesa con el bolígrafo, hasta
que le dieron una dirección que escribió en el papel. «Gracias, luego nos
vemos en el bar», dijo para finalizar la conversación.
—Efectivamente, todos en el pueblo conocen la historia de María…
María Congost. Vive en Flix, me han dado la dirección –dijo, entregando
la hoja manuscrita a Ripoll.
—Muchas gracias por su ayuda –dijo Enrique.
Quedé gratamente sorprendido de la memoria de los vecinos de María
y de la eficacia de la Guardia Civil.
Desandamos los siete kilómetros que nos separaban de Flix. Al llegar
al pueblo preguntamos por la calle que teníamos anotada. No fue difícil
dar con la casa de María Congost. Era una de esas viviendas de dos pisos
con portalón de madera y balcón cargado de flores en la fachada, el aire se
colaba por una de las ventanas y movía los visillos mostrando impudente
parte del interior de la vivienda. Llamamos con la aldaba del portón un
par de veces sin recibir respuesta. Frente a la casa de María había una
taberna de aspecto tranquilo. Algunos clientes se apoyaban en la barra y
otra media docena permanecían sentados y divertidos alrededor de una
mesa de mármol donde jugaban al dominó o miraban el devenir de la
partida. Preguntamos por María y nos respondieron que la habían visto
salir pero que, a buen seguro, no tardaría en regresar. Pedimos un par de
cervezas y esperamos. A la media hora apareció al fondo de la calle. Su
aspecto era jovial a pesar de que pasaría de los cincuenta, cara redonda y
atractiva, de grandes ojos y amplia sonrisa. Adivinamos que era ella por
los detalles que nos había proporcionado el tabernero. Pagamos las consumiciones
y salimos a su encuentro.
—¿María Congost? –preguntó Ripoll.
—Sí, soy yo. ¿Puedo ayudarles? –dijo boquiabierta.
—Me gustaría hacerle unas preguntas –dijo Ripoll, con el más puro
lenguaje policial y mostrando su placa.
—¿Ocurre algo?
—¿Podemos pasar dentro?
María nos abrió su domicilio, y sus recuerdos. Nos contó aquel terrible
momento, su desengaño respecto a Camperol y la humillación sufrida.
Mi amigo Ripoll le informó de la muerte de Camperol y de dos de sus
violadores, ella escuchaba cariacontecida el relato, se percibía que la evocación
de aquellos canallas la alteraba. A pesar de ello, Ripoll no pudo
dejar de pensar como un policía y le preguntó de súbito:
—¿Dónde estaba usted la madrugada de San Juan entre las cinco y las
seis?
Ella se mostró sorprendida por la pregunta, vaciló un poco…
—Era la verbena, la celebré con unos vecinos, fue aquí enfrente en la
taberna. Estuve hasta pasadas las siete, ya sabe, era verbena.
Ripoll no se dio por vencido y volvió a preguntar.
—¿Y el día veinte entre las dos y las tres de la mañana?
—Pues durmiendo… todos los días no hay fiestas.
Estaba claro que, a pesar de tener poderosas razones, María no estaba
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cargándose a los del quinteto. Entre otras cosas porque nos dijo que desconocía
la personalidad de sus violadores, salvo la de Robert Camperol.
No obstante, Ripoll no las tenía todas consigo, se levantó de su asiento
y quedó de pie frente a María con la chaqueta abierta, procurando que
asomara la funda de su Astra. Sonreí para mis adentros, esa técnica intimidatoria
daba ciertos resultados cuando los interrogados ocultaban algo,
pero María permanecía tranquila observando, desde la comodidad de su
asiento, los movimientos de Ripoll que daba una ojeada a las fotos que
María tenía sobre un platero. El poli detuvo su deambular, tomó una de
las fotos de marco bruñido que representaba a la propia María con un niño
de pocos años y preguntó:
—¿Es alguien de la familia?
—Es mi hijo, la foto es antigua.
Extendió la mano en dirección al policía y le pidió la foto. La observó
con cariño.
—Tiene muchos años, si no me equivoco es del 43, mi hijo tendría
unos cuatro años.
El comisario y yo nos miramos interrogantes. Me incliné hacia María
y la miré a los ojos. Ella bajó su mirada.
—Si a lo que han venido es para averiguar si he sido capaz de matar
alguno de esos canallas, les adelanto que les perdoné hace mucho tiempo.
Uno de ellos es o fue el padre de mi hijo. No he olvidado, aquel terrible
día tuve el mayor de mis desengaños, pero el mejor de mis regalos.
—¿Nunca se preguntó quién podría ser el padre? –dije, tratando más
de consolarla que de hacer averiguaciones.
—¿Para qué? No conocía a los otros cuatro. Era una pérdida de tiempo
presentar una denuncia contra cinco oficiales franquistas. Algunas jóvenes
del pueblo también fueron violadas por soldados moros del mismo
regimiento. No tuvieron tanta suerte, al final de los ataques fueron vilmente
asesinadas. Hubiese sido inútil denunciarles. Robert conocía mi
domicilio, nunca se presentó ni para preguntarme cómo estaba. Cuando
los republicanos volvieron a reconquistar el pueblo supe que estaba prisionero,
dudé entre denunciarles o no, pero alguien me dijo que pronto
les fusilarían como ellos habían hecho con el alcalde, el médico y otros
vecinos. Luego supe que pasados unos meses fueron liberados por el contraataque
nacional. El resto pueden imaginarlo –dijo, esgrimiendo la foto.
—¿Nunca supo nada más de Camperol?
—Sí, una vez vino a verme, fue en el cincuenta y cinco. Me pidió per-
dón. Quiso compensarme con dinero, lo rechacé. En aquel momento llegó
mi hijo de la escuela. Robert adivinó en mis ojos la parte de la historia que
nunca le había contado. «¿Es mío?», preguntó. Me encogí de hombros, le
miré a la cara y le respondí: «No, es mío». Él insistió, como si esperará
una salida para justificar su propia conciencia. «¿Puedo ser el padre»? No
puedo saberlo, ni fuiste el primero ni el último, sólo uno de los cinco. Lo
que sí es seguro es que es hijo de una jugada del diablo. Él retrocedió, mi
respuesta le impresionó más de lo que yo esperaba. Gimoteó durante un
rato. «Si algún día necesitas mi ayuda…», dijo con poco convencimiento.
Salió de mi casa, cabizbajo y atemorizado. Yo le quise, le quise mucho,
nunca deseé su muerte y su visita me liberó, fue como una ola que borra
las huellas de un dibujo en la arena y sólo queda el canal por donde discurrió
el trazo.
Quedamos los tres en silencio, Ripoll tomó de nuevo la foto y la depositó
con delicadeza en el platero.
—Muchas gracias señora Congost, nos ha sido de gran ayuda. Le daré
mi tarjeta por si quiere contarme alguna cosa más.
Nos despedimos en el portón de madera de su casa, frente a la taberna
donde docenas de parroquianos habían compartido con ella la verbena de
San Juan. Me alegré de la imposibilidad de que tuviese algo que ver con
el caso. Puse en marcha el Kadett, Ripoll se ajustó la americana.
—Eran una panda de cabrones –dijo.
—Hay un par que todavía lo son –contesté mientras aceleraba.

Entre filosofías y teologías

Finales de junio, 1971

Tuvimos unos días de mucho trabajo en el hotel. Ripoll seguía con
sus averiguaciones sin demasiados avances, había localizado al
hijo de María Congost que vivía y trabajaba en Barcelona. Sutilmente,
sin entrar en contacto con él, controlaba los lugares por donde Sergio
Congost se movía y las amistades que compartía. Ripoll, como buen
policía, tenía siempre un hueco para su lista de sospechosos y la profesión
de Congost, que ejercía de cirujano en el Hospital del Mar , le suponía
hábil con el bisturí y por tanto capaz de ejecutar a las víctimas; sin embargo,
no era el único componente del listado policial, Balcells era médico,
Pagés un arrepentido de dudosa personalidad y Gabaldá un canalla capaz
de contratar a alguien para hacer un trabajo sucio, de hecho Ripoll pensaba
que no sería la primera vez que utilizara medios tan drásticos. Pero, de
todos, el único que podría tener interés de venganza era Sergio Congost;
no obstante, el hijo de María no conocía la personalidad de los componentes
del quinteto, salvo la de Robert Camperol. En la lista de Ripoll ya
no figuraban las dos hijas de Camperol puesto que había comprobado las
cuartadas de ambas y de la viuda, principales beneficiaras del testamento.
«También te he borrado a ti», me decía entre risas. Yo le sugerí que faltaba
alguien en su registro: el Diablo.
A falta de más candidatos me autorizó para que siguiera la pista del
famoso conjuro perdido y que el Opus aseguraba estaba en la biblioteca
de Egipcíacas. Tal vez por ese lado del ovillo pudiéramos encontrar un
nuevo indicio. En cuanto tuve un rato libre me planté en la biblioteca. Fui
a la hora de cerrar para no interrumpir a Hipathia en su labor de descubridora
de libros dormidos y de sueños despiertos. La ayudé a cerrar las
puertas y nos dirigimos sin prisas a la cervecería Baviera en Las Ramblas,
frente a la fuente de Canaletas. Anduvimos por la calle dels Àngeles y
por la de d’Elisabets hasta salir a Las Ramblas. Subimos al primer piso
del establecimiento para tener más intimidad, los escalones de madera
todavía conservaban los ecos de las tertulias de los jugadores del Barça
de los años treinta al final de sus partidos de liga, y se enorgullecían de
ser el primer local de la ciudad en el que se servía caviar. Pedimos un par
de jarras de cerveza. Hipathia se extrañó.
— ¿No quieres un J&B en vaso corto y con dos hielos?
—Nunca antes de las diez de la noche… –me excusé bromeando
Hablamos de nuevo de aquellos años de mi infancia en que su biblioteca
y su personalidad eran punto de parada y disfrute. Al cabo de media
hora de reminiscencias y risas le conté las sospechas del Opus, mi interés
por todo lo que concernía al Codex Gigas lo conocía de sobras.
—Sí, recuerdo que vinieron a preguntarme por un conjuro de una de
las páginas del códice. Te aseguro que no tengo constancia de que este
documento esté en la biblioteca. Pero si la hubiera tenido, tampoco les
hubiese dicho nada.
—No entiendo por qué insisten, Hipathia. Les dije que era una estupidez
suponer que guardáis el conjuro y ellos mantienen que lo saben por
una confidencia. Tampoco quisieron decirme de quién.
—Como puedes suponer tengo todos los libros y documentos perfectamente
catalogados. Allí no aparece nada, salvo que esté encriptado o
bajo un nombre ficticio. ¿Sabes cuántos documentos tenemos?
—Imagino que muchos, aunque sí sabrás qué lectores te solicitan libros
sobre conjuros, pactos diabólicos, biblias demoníacas y todo eso.
—Sí, hay un lector que da este perfil. Y tú le conoces.
Puse cara de interrogación. Hipathia sonrió con malicia.
—No os caísteis demasiado bien –dijo misteriosa.
—¡El tipo de la verbena!
—El mismo, el profesor Gassiot.
—Vaya por Dios, no me digas que tengo que hablar con ese pedante.
Hipathia lanzó una discreta carcajada.
—¿No tendrás celos? –dijo bromeando, pero abriendo una inesperada
perspectiva.
—Tal vez –le contesté.
Mi amiga me dio el teléfono del departamento donde Albert Gassiot
ejercía de omnipotente profesor universitario. Escribí el número en mi
libretita verde, el suyo sería mi próximo contacto.
El despacho de Gassiot no estaba en los servicios centrales de la plaza
de la Universidad, ni en la zona alta de la ciudad en la llamada Zona
Universitaria. La Facultad de Teología estaba ubicada desde hacía un par
de años en la calle Diputación, a tenor de una propuesta conjunta del
arzobispo de Barcelona y del Padre superior de la Compañía de Jesús.
Se eligió el edificio del Seminario Conciliar de Barcelona construido en
1879 por el arquitecto Elies Rogent. Acogía a las Facultades de Teología,
Filosofía y Humanidades y entre sus paredes estaba la Biblioteca Pública
del Seminario, la más antigua de la ciudad, creí recordar que se remontaba
a 1755. Ese si sería un buen lugar para esconder la página perdida del
códice.
El profesor Gassiot me recibió con aspecto triunfante, no entramos
en su despacho, me acompañó directamente a la biblioteca. El lugar
representaba todo lo que esperamos de un centro del saber. La sala de
lectura era enorme, casi doscientos cincuenta metros cuadrados acogían a
cuarenta y siete puntos de lectura. Como si leyera mi pensamiento y ante
mi admiración, amplió los datos sobre el lugar.
—Tenemos un almacén de más de mil metros cuadrados y nuestro
fondo bibliográfico está formado por cerca de 350.000 volúmenes, especializados
en Ciencias Eclesiásticas, Filosofía y Humanidades.
—Es impresionante, ¿supongo que saben todo lo que tienen?
—No al completo, vamos codificando y comprobando cada uno de
los volúmenes y documentos. Yo, por ejemplo, alterno mis clases con la
investigación y la organización bibliográfica.
Supe que estaba en el lugar adecuado, no quise descubrir, todavía, el
verdadero objeto de mi visita.
—Imagino que Joan Deulovol, desde su puesto de archivero y candidato
fallido a arzobispo, tendría una fluida relación con la Institución.
—Por supuesto, colaborábamos en muchas averiguaciones y cambiábamos
impresiones a menudo.
—¿También con el Opus? –pregunté de sopetón.
—Con ellos no demasiado, están a otro nivel en sabiduría eclesiástica.
—El día de la verbena dejamos una conversación pendiente – dije.
—No, usted se cerró en banda y no quiso ser instruido.
Su actitud era petulante, me tenía allí para pedirle un favor y eso le
satisfacía sobremanera. Levantó las cejas y frunció el ceño esperando mi
preguntó.
—Imaginemos que alguien firma un pacto con el diablo. ¿Hay forma
de romperlo?
—Vaya, el incrédulo Brotons, empieza a cuestionar sus convicciones.
—No, no es eso Gassiot. Sigo siendo agnóstico en todo esto.
—La respuesta a su pregunta es no. Los humanos creen que pueden
engañar a Belcebú, con conjuros, tretas y rezos. De nada valen los últimos
porque al firmar con el diablo dejaron de ser hijos de Dios. Tampoco
con ardides o artimañas, Satanás es el rey de las astucias. En cuanto a los
conjuros…
Estábamos llegando al punto que yo quería.
—Los conjuros pueden, aparentemente, romper el pacto. Sin embargo,
la mayoría de las veces, el diablo exige otra alma en pago de la liberación
de la del contratante. En cuanto realiza el sacrificio se condena de
nuevo, con lo que su alma vuelve a quedar en poder del averno.
—Entonces, es posible que existan conjuros de este tipo.
—Es posible.
—¿En el Codex Gigas?
Gassiot me miró de forma enigmática, chasqueó los labios y sonrió.
—Es posible, es un códice muy completo.
—Sigamos imaginando, Gassiot. Si en una de las páginas arrancadas
del Gigas, contuviera uno de esos conjuros podría ahora estar en estar en
cualquier biblioteca. Incluso en esta.
—Sí, podría ser, aunque no me consta.
—Supongo que no se ha tomado la molestia de comprobarlo…
—No se lo diría amigo Brotons, las cosas de la Iglesia y las del diablo
no son para los agnósticos.
—Touché… pero sí para los curiosos y yo lo soy desde la cuna.
Gassiot se río divertido, él era tan seglar como yo, pero estaba acostumbrado
a navegar por los procelosos mares de las sotanas y se desenvolvía
muy bien entre legajos y biblias apócrifas; cabalgar entre jesuitas y
clérigos del arzobispado le concedía un plus de ocultismo religioso, algo
así como un agente secreto del cristianismo, sin hábito, pero totalmente
entregado a la causa.
—Si, como usted dice, esos conjuros son inútiles, ¿por qué tanto misterio?
—Yo no le he dicho que sean inútiles le he dicho que son ineficaces,
que no es lo mismo. Al diablo no se le engaña fácilmente.
—… No obstante, es posible burlarle –dije, dispuesto a llegar al fondo
de la cuestión.
—Entra dentro de una remota posibilidad.
—Entonces –exclamé tirando a matar- ¿Por qué no ayudaron a Joan
Deulovol?
Me di cuenta de que había dado en el blanco, porque el rostro de Gassiot
se contrajo mostrando todos los surcos de sus líneas de expresión.
Sentí chispas de su saliva estrellarse contra mi rostro al chasquear su labios
antes de responderme.
—Tal vez no lo mereciera –dijo prepotente.
—¿Significa que hubiesen podido ayudarle?
—No ponga en mi boca palabras que yo no he dicho, estamos hablando
de teorías.
La conversación terminó entonces, salvo algunas frases de cortesía.
Nos despedimos en la puerta del emblemático edificio neorromántico,
hogar y cátedra de filosofías y teologías, magisterio de humanidades y
custodio de secretos insondables de la Iglesia… y de sus enemigos. La
conversación con Gassiot me había aportado datos muy interesantes, sin
querer me había descubierto que el conjuro del códice estaba o en su
poder o a su alcance y que no había querido ayudar a Deulovol, tal vez
porque él tampoco creía en la fuerza del conjuro. Por otro lado, se ponían
en evidencia las verdaderas intenciones del Opus, ellos sabían que en
Egipcíacas no estaba la página del conjuro, pero que mi amistad con Hipathia
me obligaría a seguir investigando para librarla de toda sospecha
y conducirles a quién pudiese tenerla. Me permití liar un poco la cosa,
entre sotanas andaba el juego y la situación empezaba a divertirme. Así
que llamé desde una cabina al despacho de Ramón Guardans. El yerno
de Francesc Cambó me atendió de inmediato.
—Es sólo una sospecha, Guardans, pero creo que en la biblioteca del
Seminario Conciliar tienen el conjuro y Gassiot es su cancerbero.
—Buen trabajo, Brotons. Le debemos un favor. Si algún día quiere
ingresar en la Obra…
—Gracias Guardans, pero eso ya me lo propuso un ministro hace menos
de un mes.
En realidad no les había descubierto nada, Gassiot estaba ya dentro de
sus sospechosos y mi supuesta confidencia liberaba a Hipathia de su campo
de acción y eso me tranquilizaba. Demasiados muertos, demasiados
diablos y demasiadas sotanas como para dejar ningún cabo suelto.
Regresé andando al hotel para despejarme. Atravesé la Plaza Urquinaona,
bajé por la calle Balmes y llegué a La Rambla de los Estudios en
apenas diez minutos. El hotel estaba completo y eso siempre satisface a
un director. Me senté en mi despacho y Quendy me informó de las últimas
novedades, media docena de llamadas y un pequeño lío con el chef
que quería hacer uno de sus postres preferidos, sorbete Gala Placidia, y
que no tenía las copas adecuadas. Telefoneé a Grifé & Escoda y encargué
dos docenas de copas talladas a mano con una preciosa ornamentación
floral y de cisnes de esbelto cuello, eran unos excelentes trabajos sobrevivientes
de la Cristalerías Planell, que habían cerrado en el 57. El chef se
emocionó, su postre tendría el mejor de los servicios.

Casas en Flix - yaencontre

Un pueblo cercano a Flix…

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Al Codex Gigas le faltan algunas páginas

09/01/2017 Centre Civic Cristalerías Planell en 2020 | Objetos de ...

Duodécima entrega: De cómo perder la cabeza y viejas historias.

Si pierdes la cabeza, no sonrías

Madrugada de San Juan, 1971

El cambio de solsticio no había acabado todavía, unos se purificaban
en la mar, otros buscaban un trébol que les trajera la suerte y
alguien preparaba un asesinato reclamando una cuenta pendiente.
Una figura no demasiado voluminosa vestida en negro, de oscuras
y perversas intenciones, se movía como una sombra entre los grupos de
juerguistas que todavía pululaban por las calles de la ciudad. Atravesó la
plaza de la Catedral, el edificio catedralicio pareció estremecer a la sombra
que apretó el paso. Llegó frente al Archivo Diocesano en la calle del
Obispo. La entrada estaba protegida por una enorme puerta de madera
que, a pesar de la hora, estaba abierta. Deulovol trasteaba en su despacho
de archivero, un enorme ficus aportaba calidez y ornato a la sala, lo tenía
desde hacía tiempo, lo regaba con asiduidad y le dedicaba todos sus mimos;
las plantas también tienen sentimientos, solía decir.
La sombra, aparentemente humana, atravesó el patio y subió por la
escalera principal. Se movía con comodidad como si hiciese siglos que
conociera el lugar. Entró sigilosamente en el despacho del archivero,
Deulovol andaba consultando unos documentos.
—Ahí no lo encontrarás –dijo una cavernosa voz surgiendo de la negrura.
Deulovol se giró, tenía en su mano un antiguo legado con el sello del
Vaticano.
—Ahí no lo encontrarás –repitió la voz.
—Me importuna este juego –dijo, al fin, Deulovol.
—Yo tengo algo que tú deseas y tú algo que vengo a reclamarte.
—No tienes derecho…
—Oh… sí lo tengo, Él me lo otorga.
El pretendiente a arzobispo, antiguo falangista, nuevo nacionalista e
impune violador y asesino, sintió miedo por primera vez en muchos años.
Retrocedió unos metros y su coxis tropezó con su mesa de archivero.
Una bandeja que soportaba un tintero, algunas plumas y media docena de
lápices tembló con el golpe.
—Hicimos un trato –atinó a decir Deulovol.
—Un trato que habéis pretendido romper.
—¿Cuántas más vidas quiere?
—La tuya le bastará, de momento.
Trató de lanzarse sobre la sombra, pero su complexión oronda de doctor
de la Iglesia cayó contra el suelo del despacho sin hacer apenas ruido
y quedó de cara al piso. La sombra saltó con agilidad sobre la espalda
del capellán. Fue como si un relámpago cruzara la estancia, con la mano
derecha el atacante levantó la cabeza del caído y el acero de un bisturí
apareció en su mano izquierda como por encanto. Casi no hubo lucha,
la garganta sebosa de Deulovol se abrió como la boca de una hucha de
arcilla por donde manó la sangre en abundancia. El ficus recibió las salpicaduras
del rojo elemento y se manchó con la sangre de su custodio. El
homicida se aupó sobre el cuerpo de su víctima. Su mirada se dirigió hacia
un escudo decorativo colgado en la pared de enfrente. Sobre el soporte
de madera y piel se cruzaba una espada de doble filo que, pese al uso
ornamental, estaba visiblemente afiliada; podía pasar por una de aquellas
que se destinaban para decapitar a los nobles. El asesino la blandió con
extraordinaria facilidad y de un solo tajo, separó la testa del tronco de
Deulovol cuando el sacerdote todavía agonizaba entre desagradables estertores.
La cabeza del asesinado rodó por el piso como fruta madura. La
expresión de sorpresa y terror de Deulovol al ser degollado había dejado
una mueca de falsa sonrisa en su rostro. El criminal levantó su trofeo y
lo depositó en la bandeja de plata a la que previamente había vaciado de
sus objetos, las estilográficas y el tintero se estrellaron contra el suelo con
estrepito. Al igual que la de San Juan Bautista, cuyo día se estaba celebrando,
la testa quedó severa y sanguinolenta sobre el plato. Era patético
contemplar aquel rictus risueño mirando hacia el tronco podado de lo que
había sido Joan Deulovol, casi coadjutor y que ya nunca llegaría a arzobispo.
La sombra despareció del lugar del crimen con la misma facilidad
con la que llegó. Fuera, los últimos petardos saludaban la salida del sol.
El teléfono de mi habitación sonó con insistencia. Me desperecé y
me desesperé, ¡eran las seis de la madrugada!, apenas había dormido dos
horas. La telefonista de noche estaba al otro lado de auricular. Era una
antigua actriz de reparto venida a menos y que ejercía de telefonista en el
hotel sin perder ni un ápice de sus condiciones para el melodrama.
—Le he dicho que estabas descansando JB, pero ha insistido de una
forma casi violenta, repite que es algo de gran importancia. Es el señor
Nogal.
Imaginé los teatrales aspavientos de mi empleada y la posición de la
clavija de la centralita para no perderse ni una palabra de mi conversación
con Nogal.
—Dime Félix… y usted, Lurdes, desconecte.
Oí el clik de la clavija, señal de que ya no podía oírnos y volví a imaginar,
divertido, la expresión de la telefonista al sentirse pillada.
—Jordi, he tenido un visión, he percibido… –dijo poniendo mucho
énfasis en el verbo-. He percibido a Salomé pidiendo la cabeza de Juan
Bautista.
—¿Antes o después de la danza de los velos?
— No, en serio Jordi, alguno de nuestros amigos ha perdido la cabeza.
—¿Qué quieres decir, Félix?
—Que alguien de nuestro quinteto ha dejado este mundo y se despide
de él sin su cabeza. Le han decapitado.
—Me dejas de piedra. Llamaré a Ripoll para indagar. Te diré algo.
Un policía respondió a mi llamada. El comisario Enrique Ripoll no
estaba de guardia y tenía fiesta hasta el día siguiente. Esperé impaciente
para llamarle a una hora prudente a su casa de Castelldefels, me respondió
su hija Ana.
—Papá está navegando, hoy tiene fiesta.
—Gracias Ana, dile que en cuanto pueda me llame, es urgente.
No pasó ni una hora cuando Ripoll, carraspeando más que de costumbre,
me llamó al hotel.
—Joder, Jorge, no puedo ni navegar tranquilo, me han llamado de
comisaria y Ana me ha dicho que tú también. Y me temo, no sé por qué,
que una cosa está relacionada con la otra.
—Veras, comisario, Nogal a tenido una premonición…
—Ya, que a tu amigo Deulovol le cortaban la cabeza después de rebanarle
el cuello.
—¿Cómo lo sabes?
—Dímelo tú. Me llamas a las nueve a casa, media hora después de que
los curas del Palacio Arzobispal descubrieran el zancocho. O estabas allí
o te lo ha contado el asesino.
—No sabía que se trataba de Deulovol. La historia de Nogal era sobre
una cabeza cortada, no pudo «ver» al asesinado.
—El juez está levantando el cadáver. De la central de Layetana me
han pasado el muerto, primero porque el Archivo es de nuestro distrito y
luego, porque mis distintas consultas sobre lo de Flix han convencido al
comisario jefe de que este asesinato, el de Torras, y la muerte de Camperol,
tienen un nexo común.
Al día siguiente Ripoll me ponía al corriente de las investigaciones
policiales. Carecían de pistas sólidas o de huellas. Los interrogatorios a
los sacerdotes habían sido infructuosos, nadie oyó nada, el cadáver fue
descubierto por uno de ellos sobre las ocho de la mañana. La policía científica
apuntaba la muerte pasadas las cinco. Tenían la espada ejecutora,
pero no la verdadera arma del crimen. Y luego estaba aquella enigmática
sonrisa en la testa huérfana de tronco.
—Puede decirse que nos la sirvieron en bandeja-dijo Ripoll para terminar
su historia.
—Diabólico –dije, sin tratar de hacer un chiste.
—Voy a tratar de confirmar al quinto hombre y de llevar a declarar a
Gabaldá, a ver si le saco algo.
—Esta vez estoy libre de sospecha –bromeé.
—Tampoco, a menos que me digas dónde estabas entre las cinco y las
seis.
Le escuche reír a través del auricular. Le encantaba hacer este tipo de
preguntas, medio en broma, medio en serio… seguía siendo un poli.
—Pues durmiendo en el hotel, el rato que pude.
—Entre unos y otros me fastidiasteis la navegación y la fiesta de hoy,
el comisario jefe quiere avances rápidos en la investigación, demasiados
pájaros influyentes están cayendo en Barcelona y no es por el calor.
Me quedé impresionado, aunque nada sorprendido. Nuestro quinteto
se estaba ganando el infierno y, siguiendo la increíble historia de Nogal, el
diablo sus almas. Giré el interruptor del hilo musical de mi habitación, la
voz de Carlos Gardel cantaba Por una cabeza. «No olvides, hermano, vos
sabés, no hay que jugar…» Jugar con según quién era un reto demasiado
peligroso, pensé.
La prensa se ocupó muy poco o nada del asesinato de Joan Deulovol.
Al igual que con la muerte de Torras «alguien» había procurado que los
casos pasaran casi desapercibidos por la opinión pública. En el caso de
Torras había sido el Opus el que había intentado tapar su muerte, en el
caso de Deulovol eran el arzobispado y el nuncio de su Santidad los que
utilizaban sus influencias para que el hecho fuese poco publicitado. A todos
los efectos, Joan Deulovol, había sufrido un accidente en su despacho
y un objeto cortante de adorno le había causado heridas de consideración
en la cabeza. Lo curioso fue que su muerte no fue demasiado lamentada
por los círculos que reclamaban un arzobispo catalán, otros encabezarían
estas exigencias.

Una vieja historia

Barcelona, 25 de junio, 1971

Si alguien me pregunta por un viernes especial, diré que fue aquel del
25 de junio. Tuve una llamada de Balcells, el catedrático del Opus.
Ya estaban enterados del asesinato de Joan Deulovol, también de la
forma en que había muerto y de datos que todavía figuraban como secreto
de sumario, pensé que sus servicios de información estaban muy bien
desarrollados o que debajo de las túnicas de algunos jueces, fiscales y
funcionarios judiciales latía un corazón de la Obra. El caso es que tenían
mucho interés en volver a hablar conmigo. Me sugirieron visitarles de
nuevo en Premià de Dalt, me negué, con cortesía, pero me negué.
—No puedo abandonar mi trabajo, les propongo entrevistarnos esta
vez en mi despacho. Pero, es muy posible que sepan más que yo de lo
sucedido a tenor de sus fuentes de información.
—No se trata de esto –dijo Balcells-. Esta vez somos nosotros quienes
vamos a presentarle a alguien que resolverá alguna de sus dudas.
—Bien, ya saben que tengo mucho interés en el caso. Díganme una
fecha.
—¿Esta tarde?
—Vaya, tenemos prisa… ¿Debo advertir a Ripoll?
—Preferimos verle a usted a solas, aunque estamos seguros de que
luego le contará todo a su amigo.
—Ni lo dude, Balcells. ¿Les parece bien a las nueve?
—Allí estaremos, le presentaremos a alguien que, seguro, le va a interesar.
Esperé con impaciencia a que llegaran las nueve mientras resolvía una
docena de problemas domésticos, el hotel era un gran hogar donde recibíamos
a muchos primos lejanos que esperaban encontrarse como en su
casa. Sin embargo, había dos diferencias notables, pagaban su estancia
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y deseábamos con sinceridad que volvieran lo antes posible, salvo unas
pocas excepciones.
Fueron puntuales. Acudieron Balcells y Guardans acompañados de
un tercer hombre. Desde recepción me llamaron para informarme de su
llegada. Quendy les hizo pasar a mi despacho. Me levanté para saludarles.
Todos iban con trajes oscuros, sobrios y elegantes, camisas blancas
bien planchadas con corbatas gris perla, demasiado aristocráticas para la
apariencia del terno, y zapatos muy lustrados. Después de los saludos a
Balcells y Guardans me presentaron a Ramón Pagés i Pagés. Les rogué
que tomaran asiento, mientras me arremolinaba en mi sillón frente a ellos.
Balcells y Pagés se sentaron en las butacas de los extremos, dejando a
Guardans la del centro. Balcells empezó la conversación.
—Sé que no le gusta andarse con rodeos, Brotons, iré a la cuestión
que nos ha traído aquí de la forma más directa. Ramón Pagés estuvo allí.
Creí saltar del sillón, pero me contuve. ¡Tenía la última pieza del quinteto!
No quise aparentar impaciencia ni indiferencia. También fui al grano.
—¿Se refiere a Flix?
—Así es. Pagés le va a contar una historia sorprendente, verídica y
terrible, para que valore nuestra sinceridad y nuestras ganas de colaborar.
Me pareció una situación inaudita. Tres importantes miembros del
Opus me pedían ayuda y uno de ellos se preparaba para contarme el relato
que yo más deseaba. Ni me paré a meditar dónde me metía. Sabía que
aquello no era una fineza para satisfacer mi curiosidad y que a cambio
tendría que compensarles o pagarles. Por un momento pensé que el precio
iba a ser mi alma, aunque ninguno de los tres tenía rabo ni depositaron
sobre mi mesa un documento en latín para que lo firmara. Giré mi asiento
en dirección a Pagés, crucé la pierna derecha sobre la izquierda y esperé.
Ramón Pagés i Pagés se enderezó en su butacón, era un hombre de aspecto
tímido, de cabeza cónica, orejas pequeñas y pegadas a la cabeza, nariz
chata y labios delgados, parecía un rostro todavía sin terminar; inacabado.
Echó un vistazo a sus dos compañeros como pidiendo su aprobación,
luego me miró fijamente y estiró el cuello como si la camisa le molestara.
—Tengo que remontarme a 1936, cuando los dirigentes de la Lliga,
Cambó, Ventura y otros, hicieron un llamamiento a los jóvenes catalanes
para escapar de Catalunya y huir a Burgos. Teníamos claro nuestro ideario,
pero era preferible arriesgar con Franco que dejar que los sindicalistas,
anarquistas, socialistas, comunistas y masones se hicieran con nuestra
patria y mancillaran al catolicismo…
Iba a decirle que era la patria de todos, me tragué las ganas y me
contuve. Tenía que escuchar su historia y oírla desde su punto de vista si
quería conocerla con un mínimo de sinceridad.
—Mi padre era gran amigo de Cambó –continuó- y le escribí para
que me aconsejara, su respuesta no admitía duda: Alístate en un movimiento
joven e imaginativo como la Falange. Fuimos bastantes los que
nos integramos en la Primera Centuria catalana de Falange Española, la
bautizamos «Virgen de Montserrat», tenía que quedar muy clara nuestra
catalanidad, porque yo era, y soy, un nacionalista convencido –dijo, antes
de pedirme un poco de agua.
—Por supuesto –dije sarcásticamente-. ¿Y ustedes que desean tomar?
Vacilaron unos instantes. Imaginé que valoraban qué tipo de bebida
debían pedir.
—Yo voy a tomarme un J&B –dije para animarles.
Se miraron interrogantes unos a otros. Al final, Balcells, en nombre de
todos, aceptó el envite. Llamé a Quendy.
—Por favor, que nos suban una botella de J&B con cuatro vasos cortos
y una cubitera con mucho hielo.
En apenas cinco minutos apareció un camarero con las bebidas, sirvió
los cuatro primeros whiskys y dejó la botella y la cubitera a mi alcance.
Bebimos un primer trago y dada la composición de la reunión, puedo
decir que nos supo a gloria. Pagés prosiguió.
—Nuestro bautismo de fuego fue en el sector de Espinosa de los Monteros.
Fue un combate terrible, tuvimos que tomar Herbosa heroicamente
a bayoneta calada. Al anochecer los supervivientes temblábamos de miedo
ante los próximos combates. Para animarnos, el mando, hizo que las
jóvenes fascistas del pueblo nos vinieran a cantar una coplilla que ya nunca
olvidaré: En las cumbres de Espinosa / hay una fuente que mana / sangre
de los catalanes / que murieron por España. Pero faltaba lo peor…
Sonrió como un imbécil al recordar la copla de las jovencitas de Espinosa,
incluso ladeó la cabeza como si quisiera cantarla, Balcells le miró
con severidad. Le rogué que prosiguiera. Bebió un par de tragos.
—Me incorporaron a la Segunda Centuria Catalana y me enviaron
al frente de Madrid. Allí fue cuando nació nuestra amistad, me refiero a
la de los cinco que usted ya conoce. En los momentos de descanso en la
Ciudad Universitaria cambiábamos impresiones de cómo debería ser la
nueva Catalunya. Allí nos llegaban los ejemplares del semanario Destino,
la revista del bando nacional en cuya redacción abundaban los catalanes
Un día integraron la centuria en la Bandera Marroquí de la Falange, una
verdadera fuerza de choque. Reunidos en un cobertizo, antes de entrar en
combate, compartiendo nuestros miedos, Camperol dijo aquella terrible
frase: «Vendería mi alma al diablo para sobrevivir a esta guerra», los
demás estuvimos de acuerdo ante la inverosímil propuesta. Mas el diablo
tiene muchas formas de engaño. Alguien había oído nuestra conversación
y Satanás aceptó nuestra propuesta. Se trataba, en apariencia, de un soldado
de aspecto extraño de barba y bigote imperio, con insignias desconocidas
en una guerrera roja con galones amarillos; utilizaba un lenguaje
pedante y exaltado. Su voz sonaba desde nuestras mentes, la oíamos como
la marcha de una máquina de tren en el eco de la lejanía. Nos prometió
la supervivencia, el regreso a Barcelona como vencedores, y los mejores
logros de vida, tanto económicos como sociales. El precio eran nuestras
almas. Para demostrar la veracidad de su oferta nos advirtió de la dureza
extrema de los próximos combates, la centuria sería diezmada y entre los
pocos supervivientes estaríamos nosotros. Dudamos. «Nada tenéis que
perder, si uno de vosotros es herido o cae en el combate confirmará la
falacia o la locura de mi propuesta, si por el contrario resultáis ilesos se os
pedirá una prueba de maldad que os asegure el resto de la oferta»
Ante el insólito relato de Pagés la camisa no nos cabía en el cuerpo,
ni a mí ni a mis invitados. Aquello parecía una broma de mal gusto o
una enajenación propia de los tiempos de guerra. Habíamos consumido
nuestras copas y serví una nueva ronda para los cuatro. Guardans hizo un
gesto con la mano a Pagés para que prosiguiera.
—Los siguientes combates fueron terroríficos. Como había anunciado
el extraño soldado, la centuria fue diezmada, nosotros no tuvimos ni un
solo rasguño. Además fuimos escogidos para realizar el curso de oficiales
de complemento en un campamento cercano a Burgos. Semanas después,
con nuestra estrella en la bocamanga, nos dieron a cada uno de nosotros
el mando de una sección en el mismo batallón. El imparable avance
nacionalista nos llevó a conquistar Flix y los pueblos de alrededor; el
lado occidental del Ebro era nuestro. Entramos en una localidad cercana.
Reunimos al alcalde, al maestro y a todos los rojos en la plaza y les fusilamos.
Allí quedamos acantonados por un tiempo. Disfrutábamos de un
merecido permiso. Camperol incluso tuvo tiempo de conocer a una bella
muchacha, una guapa campesina de pelo lacio y castaño, nariz pequeña y
enorme sonrisa. Se hicieron novios, o eso le hizo creer Camperol. Mientras
nosotros ahogábamos nuestras soledades en la cantina, Camper
iniciaba los primeros escarceos amorosos aprovechando los atardeceres
y un establo abandonado donde el heno servía de improvisado sofá, porque
la moza concedía a Robert sus primeros y más apasionados besos,
sus abrazos y poco más. Se negaba a tumbarse sobre el forraje porque
se sentía vulnerable en posición horizontal cuando la falda quedaba a
merced del embravecido galán de estrella en bocamanga y borla en la
gorra. Ella prefería quedarse sentada protegiendo con la mano el vuelo y
el levantamiento de su ropa. Pero le quería, así se lo manifestaba abriendo
sus bonitos ojos hasta volverse grandes y brillantes, y así nos lo contaba
Camperol quien, día tras día, conquistaba un nuevo e inexplorado territorio
en el cuerpo de su amada. Estando así las cosas una noche apareció el
extraño soldado, habíamos comprobado que no estaba en ninguna de las
compañías del batallón, por lo que propuse jalarle por la barba o pegarle
un tiro por espía republicano. La voz grave del portavoz del infierno,
como él mismo se proclamaba, nos intimidó. «Ahora tenéis que cumplir
con vuestra palabra», dijo. Vacilamos, íbamos a arrestarle cuando oímos
el motor de un avión republicano, a una señal suya el ruido cesó; quedó
todo inmerso en un sepulcral silencio. «Va a lanzar una bomba que os
matará a los cinco y el averno os espera-dijo con voz cavernosa -, puedo
hacer que la bomba estallé fuera de aquí. Decidid». No dijimos nada, un
silbido nos heló la sangre y la bomba estalló fuera del chamizo. Sin querer
habíamos pedido los cinco interiormente que la bomba fallara, con lo
que aceptábamos tácitamente el contrato. «Quiero la prueba de maldad,
mañana violaréis a la chica entre los cinco, su sangre virgen será la firma
del contrato».
Nos quedamos estupefactos y expectantes escuchando la narración de
Pagés, no sólo yo, también Balcells y Guardans, el uno pensando como
médico los efectos de una violación brutal y Guardans imaginando las
conquistas virginales con el poder y el dinero que hicieron popular su suegro
Francesc Cambó. Traté de servir una nueva ronda, Balcells y Guardans
la rechazaron, tampoco yo me serví. Pagés extendió su vaso, más
sediento por su vehemencia que por sed. Cambié de postura esperando a
que prosiguiera el relato.
—El resto pueden ustedes imaginarlo, tuvimos que vencer las resistencias
de Camperol. Le convencimos. Si el pacto era una quimera, la
violación de una chica de un pueblo rojo tampoco era tan grave. No le
dijimos que, además, sería divertido. Aparecimos cuando se estaba besando
con Robert en el establo de sus encuentros…, cuando terminamos con
nuestra infamia limpiamos nuestros fluidos con una bandera de Catalunya
que habían escondido los lugareños a nuestra llegada, la Senyera quedó
tan violada como la muchacha. Ella se levantó como pudo de aquel heno
en el tantas veces había besado a Camperol, se dirigió hacia la puerta
sujetándose la falda arrancada por la violencia. Nos quedamos dormidos
sobre el montículo de yerba testigo de nuestra canallada. Aquella madrugada
los rojos contraatacaron, cruzaron el Ebro y nos pillaron a los cinco.
Creo que el resto ya lo sabe-dijo dirigiéndose a mí.
—Aparte de la repugnancia que me ha producido su historia –dije sin
ningún reparo-, no imagino que se crean eso del pacto con Lucifer. Tal
como me dijeron en nuestra primera reunión, ustedes son médicos, profesores,
abogados, financieros, teólogos… no les veo sentados frente a un
macho cabrío firmando un pacto de sangre.
—No es exactamente como lo expone, Brotons. Pero sí sabemos que
estos acuerdos con el Maligno existen. Tres miembros de la Obra, el que
hubiese sido arzobispo de Barcelona y quien será alguien muy importante
en la política catalana, pecaron, no lo negamos, aunque no del asesinato
de las autoridades locales de aquel pueblo, eso está dentro de las leyes
de la guerra. ¿Qué cree que le hubiese pasado a Josemaría Escrivá si no
hubiese huido a Francia?, tampoco lo de la joven, tenga en cuenta que no
la mataron… Lo que ahora preocupa es que hay dos seres humanos que
creen que tiene un pacto que pone en peligro sus almas y alguien, humano
o no, que quiere eliminarlos.
Por primera vez tuve la sensación de creer en el diablo porque estuve
a punto de enviarlos al infierno. ¿No eran seres humanos los republicanos
fusilados o la joven violada?, estuve a punto de gritarles, pero me volví
a contener, quería llegar al fondo de la cuestión para poner a Ripoll en
conocimiento de todo.
—Y a mí ¿para qué me necesitan?
—Al Codex Gigas le faltan algunas páginas, desaparecieron durante
la Guerra de los Treinta Años, no sabemos si en Bohemia o ya en Estocolmo.
Lo que sí sabemos es que una de las páginas arrancadas contenía
un conjuro para romper un pacto demoníaco. Gabriele, nuestro Miquel
Torras, estuvo buscando durante años la famosa página, incluso tenía
pensado viajar a Estocolmo para indagar sobre ello, ya sabe cómo terminó
el intento. Estamos al corriente de que, el conjuro en cuestión, está en
Barcelona y es muy posible que en la Biblioteca de Egipcíacas.
Me quedé helado. Aparentando una firmeza que no sentía, pregunté
—¿En qué se basa esta suposición?
—No podemos citar nuestras fuentes –dijo Balcells-. Sólo pretendemos
hacernos con el conjuro para liberar a Pagés, salvar su alma inmortal
y devolver luego el texto a la biblioteca.
No sabía si reír o llorar. ¡Creían de veras lo del pacto con Satán!
—¿Y los muertos? –pregunté.
—No hemos podido evitarlo, el Lucifer se ha cobrado su precio.
Miré a Pagés, estaba temblando, los ojillos se le iban cerrando por
efecto de los whiskys y por esa extraña vergüenza que siente uno cuando
le pillan desnudo. Sabía que había desnudado su alma y no la tenía demasiado
bonita.
—¿Por qué no van a la biblioteca ustedes y preguntan directamente?
—Ya lo hemos hecho. Su amiga Luisa no nos tiene demasiada simpatía
y ni siquiera se ha tomado la molestia de investigarlo.
—Sus razones tendrá. Tal vez sepa que el tal manuscrito nunca ha
estado allí.
—Si no está ahora, ha estado en algún momento y ella puede saber
quién se lo llevó.
—¿Qué les hace pensar que quiero ayudarles? Tal vez tampoco me
caigan demasiado bien.
—Usted es un hombre sensato y demasiado curioso… –calló lo de
fisgón-, para no sentir interés en saber cómo termina todo esto. ¿Me equivoco?-
dijo Guardans, buen conocedor de las curiosidades humanas.
—Supongo que les consta que toda esta conversación la pondré en
conocimiento de Ripoll.
—Contamos con ello. Las cosas que le hemos contado ya han prescrito
o pueden considerarse acciones de guerra. En cuanto a lo del diablo…
¿Quién iba a creerle?
—Me queda lo de la bandera…
Enmudecieron. Sin querer habían puesto una información en mis manos
que podía perjudicar las ínfulas nacionalistas de Pagés y de Gabaldá.
—Les ayudaré si me dan el nombre de la chica.
—María… creo que se llamaba María, nunca supe el apellido-masculló
Pagés.
Anoté el nombre en mi libretita verde. Nos despedimos, el hielo de
la cubitera se había fundido, en cambio el mío por aquel individuo había
crecido en la misma proporción que los crímenes de su historia. A la mañana
siguiente llamé a Ripoll y se lo conté todo.
—Gracias, Jorge, me va a ser de mucha utilidad para cuando interrogue
a Gabaldá.
—Imagino que no podré estar presente –dije, sin demasiadas esperanzas.
—Esta vez no, Jorge, es un interrogatorio oficial y en presencia del
juez.
Comprobé en mi libretita todos los datos y anoté en la agenda: llamar
a Hipathia. Sonó el teléfono. Marisa, la telefonista, cantó el nombre de
Ruth.
—Pásamela-dije, esbozando una sonrisa que nadie vio.
—¿Jordi? No te lo vas a creer, he conocido a dos super millonarios, y
¡de más de sesenta años! Me lo estoy pasando en grande. ¿Y tú?
—Va, rutina. Lo de siempre, clientes, reservas y algún pequeño lío.
—Nada importante, espero.
—No, tonterías. Disfruta mucho y coge un buen bronceado.
—Para que tú lo disfrutes ¿eh, pillín?
Nos enviamos montones de besos y de promesas de difícil cumplimiento.
Luego, en un par de líneas más abajo escribí en la agenda: Te
echo de menos.
Medité sobre el relato de Ramón Pagés. La hipótesis del pacto diabólico
era demasiado novelesca para tenerla en cuenta; sin embargo, todos
sus detalles daban consistencia a la historia, aunque, en ocasiones, las
apariencias pueden llevarnos a equívocos…
Recuerdo que, cuando era un simple botones, paraba por el hotel un
gran periodista. César González Ruano colaboraba con La Vanguardia
de Barcelona; era de pluma fácil y mordiente. Cuando estaba por Catalunya
residía en Sitges. Su lugar favorito para escribir era el chiringuito
del Paseo Marítimo, con toda probabilidad el primer establecimiento
playero con ese genérico, como asegura una placa en el muro trasero del
local. Con bastante frecuencia, Ruano, viajaba a Barcelona y se alojaba
en el Manila. Me encantaban muchos de sus artículos, hasta que le vi en
persona. Estaba sentado en el salón del primer piso, tuve que avisarle
de que le llamaban de Madrid. Canté su nombre y una mano huesuda
apareció del fondo de un sillón, no me respondió, se limitó a levantar el
brazo para indicar con un gesto del índice que me acercara. Cuando lo
hice quedé estupefacto, mi mente infantil, influenciada por las lecturas de
Egipcíacas, lo relacionó con el diablo. Delgado, seco-en todos los aspectos-
repeinado hacia atrás, rostro demacrado, invadido por una gran nariz;
el labio superior fino, cabalgado por un bigotito delgado que recordaba
a los mostachos de Belcebú, el inferior caído y aborbonado; sus manos
macilentas de dedos luengos y esqueléticos adornados por unas uñas de
gran tamaño, en particular las de los meñiques exageradamente largas y
con las que se hurgaba a menudo en los oídos en busca de cerumen. Todo
esto le confería un aspecto diabólico. Alguien me dijo que la catadura no
lo era todo y que nada tenía que ver el periodista madrileño con Satanás.
Luego me enteré de la verdadera personalidad de Ruano, de sus andanzas
por Alemania y Francia en tiempos de guerra, de sus supuestas
denuncias a los nazis de judíos y de españoles exiliados, después de prometerles
ayuda. Eran tantos sus trapicheos, que fue recluido en la cárcel
de Cherche-Midi por la propia Gestapo por traficar con visados. Era un
animal literario y por eso le cundieron creativamente los menos de tres
meses pasados en prisión. Terminada la guerra fue juzgado en ausencia
por el nuevo Gobierno francés y condenado en rebeldía a veinte años de
prisión por «inteligencia con el enemigo». Ruano había delatado a los
nazis a sus compañeros de reclusión. Sus escritos mantenían la fuerza de
la adolescencia y la mala leche de los rencorosos. Un artículo de Ruano
de 1949 en el periódico Arriba y La Vanguardia, privó a Margarita Xirgu
de regresar a España. El incisivo escritor lo titulaba, ¡Ya se salvó el teatro!
La mariposuela, nombre que daba a sus artículos, dedicada a la Xirgu, insinuaba
que era una artista vulgar y llena de rencor. Por eso nunca dudé de
que, el verdadero Ruano, tenía mucho que ver con su apariencia física. Su
cuerpo delgado, algo encorvado, su mirada torva, el bigotito procesional,
sus uñas escarbando insistentes en el oído externo y su dudoso historial,
creaban en mi mente adolescente la exagerada perspectiva de contemplar
a un ser infernal.
Al día siguiente leí en el periódico el fallecimiento de otro gran periodista,
Manuel del Arco. Este sí tenía todo mi beneplácito y su muerte
fue una terrible noticia. El rey de las entrevistas, como yo le llamaba,
era capaz de desnudar el alma de sus entrevistados. Tenía por costumbre
enterarse por conserjes y recepcionistas-también por las inefables telefonistas-
si en el hotel se alojaba algún famoso y entonces le pedía una
conversación para su columna Mano a mano a la que al final añadía una
caricatura muy personal del entrevistado. Algunos años atrás había podido
ayudarle a conseguir citas periodísticas con Salvador Dalí y con Lola
Flores, entre otros. Nunca defraudaba al lector y muy pocas veces al ego
del personaje. Manolo del Arco era la antítesis de Ruano en su aspecto
humano. Rostro noblote y mirada profunda, escondía su innata timidez
en una aparente rudeza. Si Ruano me parecía fantasiosamente un habitante
del averno, Manolo me daba la sensación de un ángel tosco pero genial,
por lo menos en la forma de conducir sus diálogos. Y tal vez lo fuera.

El diablo en la Catedral de Arequipa (Perú)




González Ruano
Manuel del Arco
Diablo del Templo Satánico de Detroit
Gárgola de la Iglesia de Betheelm en Nantes
El autor en la puerta del Palacio del Arcediano, bajo la sombra demoníaca una gárgola de la Catedral. Foto Nanae

Undécima entrega: De tortugas, sotanas y verbenas.

La tortuga y la sotana


Barrio Gótico, junio 1971

Llamé a Enrique Ripoll un par de veces para que me pusiera al corriente
de los interrogatorios al personal del hotel presente en la última
cena de Camperol. Sabía, por los comentarios de los demás,
que uno de los ayudantes de camarero había sido, merced a una generosa
propina de Torras, el que sustituyó la servilleta del finado. No quise tomar
ninguna decisión al respecto antes de hablar con Enrique. Me limité a esperar
su llamada. A eso de las seis de la tarde, Esperanza, una de nuestras
telefonistas, me anunció que Ripoll estaba al teléfono.
—El crio ha cantado de plano –dijo, con el típico argot policial-. Proporcionó
una servilleta de vuestro ajuar a Torras y este se la devolvió
con la nota que escribió en ella después de pincharse en el índice con un
pequeño punzón y obtener tinta de plasma.
—Una estupidez para ganarse una propina…
—Y se la ganó, nadie notó nada, excepto el propio Camperol.
—¿Pudo él envenenar el plato?
—No, quédate tranquilo, el plato salió directo de las cocinas como los
otros y el camarero que se lo sirvió a Camperol fue otro. Por otro lado
hemos podido comprobar que Torras no tuvo acceso ni al office ni, desde
luego, a la cocina.
—Entonces… –dije, cambiándome el auricular de oreja y cruzando las
piernas sobre el escritorio.
—Entonces… debemos volver a la teoría del infarto. Nadie tuvo acceso
ni a la cocina, ni al plato. Tu muchacho sacó la servilleta que proporcionó
a Torres de unos de los aparadores que habéis venido utilizando todos
esos días y, que yo sepa, no han habido más muertos –dijo con sorna.
—Si mis empleados no pudieron, tal vez debamos volver a la teoría
del diablo.
—Jorge, el demonio no tiene carnet de identidad y dudo que acuda a
un requerimiento policial o a un exhorto del juzgado.
—Por cierto, ¿sabes algo de nuestra lista de candidatos?
—Sí, es una larga lista de más de cien catalanes que participaron en el
combate, si en el inventario sólo contamos a los que cayeron prisioneros
queda un listado de noventa y dos nombres, pero si la reducimos sólo a los
oficiales y a los alféreces de complemento, nos quedamos con dieciocho
de los que sobrevivieron al final de la guerra un total de once candidatos.
— Buen trabajo, Enrique. ¿Está en la lista Joan Deulovol?
—¿El cura del lío de los obispos catalanes?
—El mismo.
—Esa sí que es buena –dijo, y se hizo un silencio de algunos segundos,
pronto oí su habitual carraspeo-. Sí, está en la lista, ¿cómo lo sabías?
—Era una de las voces que detectó Nogal, por cierto ha confirmado la
de Camperol; está en nuestra lista, supongo.
—Sí, también está Torras, nos faltan sólo dos.
El conjunto de la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona
acogía entre sus muros la residencia del arzobispo y el Palacio
Episcopal, cuya fachada daba a la Plaza Nueva. Pregunté a un conserje de
sotana con lamparones por Deulovol, supuse piadosamente que las manchas
blanquecinas serían de cera. Me dijo que mi visita estaba anunciada
y que me esperaba en el Archivo Municipal, a pocos metros del Palacio.
El Archivo estaba situado en otro palacete, la antigua casa de l’Ardica,
el diácono de la catedral. Era un edificio ecléctico de base gótica, apoyado
en la primitiva muralla romana. Además de su interés investigador y
cultural como archivo, su patio central era digno de verse, una hermosa
fuente y una elegante palmera datilera, le convertían en un lugar idílico y
tranquilo. Deulovol me esperaba en la escalera que conducía a la terraza
superior. Era grueso, casi orondo, como los cardenales del renacimiento,
sus escasos cabellos se habían hecho fuertes en el cogote y sobre las orejas,
grandes y carnosas, su rostro era innoble pese a su dignidad eclesiástica.
La negra sotana se dibujaba en el primer descansillo, su indumentaria
contrastaba con mi polo rojo, parecíamos la bandera de la CNT… o la de
la Falange. Me hizo una señal y le seguí hasta la galería. Algunos turistas
paseaban indiferentes por ella admirando las formas del edificio.
—Aquí hablaremos tranquilos.
—Verá, le he pedido esta cita porque creo que está en peligro.
—Los servidores de Dios siempre estamos preparados para le peligro
y las tentaciones –dijo, como si estuviese dando un sermón.
—No me voy a andar con rodeos, Deulovol, sé lo de Flix y el nombre
de los cinco –dije para sonsacarle-. Seguro que está al corriente de las
muertes de sus camaradas, trato de evitar que a usted le pase lo mismo.
—No sé de qué me habla, Brotons.
—Bien, entonces esperaré a asistir a otro sepelio. Buenos días.
—Espere, espere, Brotons. ¿Por qué cree que necesito ayuda? – preguntó
en tono nervioso.
—El mismísimo Opus me la ha pedido… están tan despistados y acojonados
como usted –le respondí sosegado, pero imperativo.
—Vamos a imaginar que le creo, cómo puede ayudarme. ¿Cuál es su
historia?
—No es la mía, es la suya. Tengo constancia del supuesto pacto con
Satán y todo lo ocurrido, un oficial republicano les oyó la noche anterior
a que fuesen liberados. Trato de descubrir quién desea eliminarles, porque
no veo al Maligno vengándose de ustedes. Si hubo pacto, sus almas ya no
les pertenecen, sus cuerpos todavía sí.
—Está usted diciendo tonterías, Brotons, qué es eso del pacto con Satanás…
—No me diga que la Iglesia no cree en el diablo.
—Ni afirmo ni niego, aunque eso de pactar con el demonio es propio
de la edad media.
—Ya, como el Codex Gigas y sus conjuros.
—No entiendo, ¿qué quiere decir? –dijo con disimulada sorpresa.
—Torras escribió el nombre del códice con su propia sangre en una
servilleta, trataba de avisar a Camperol de algún peligro que a la postre
les causó la muerte a ambos. Esa era la señal que tenían ustedes cinco
para comunicarse.
—¿Qué es lo que quiere, Brotons?
—Advertirles de que alguien va tras de ustedes y no parará hasta verles
muertos, haga lo que quiera, yo he cumplido con la misión de avisarle
y ahora le ruego que usted haga lo mismo con los otros o si prefiere también
lo haré yo-dije apostando al todo o nada.
—A Gabaldá llámele usted, hace mucho tiempo que no nos hablamos.
Me pareció una suerte inesperada, Deulovol confirmaba su participación
y me daba el nombre de otro de los violadores; estaba impaciente
por contárselo a Ripoll y a Nogal.
Salí más satisfecho de lo esperado. Pasé por delante del buzón modernista
de la fachada y, como buen barcelonés, acaricié el caparazón de la
tortuga para tener unos días de suerte. La necesitaba. Era un buzón tan
peculiar como bello, labrado sobre piedra, de la época en que el archivo
era el Colegio de Abogados a finales del siglo XIX. A la tortuga, que
representa la lentitud de la justicia, la acompañan cinco golondrinas figurando
con su vuelo la independencia de la propia justicia y siete hojas de
hiedra que simbolizan los enredos burocráticos. Mis indagaciones eran
tan lentas como la tortuga y farragosas como la hiedra, pero tenía que
evitar que mis cinco golondrinos quedaran inmunes de su pecado, por eso
me encomendé a la justicia humana y a la divina.
Ripoll disfrutó con mis averiguaciones, Carles Gabaldá i Flores era
uno de los personajes que más despreciaba.
—Es nuestro cuarto jinete del Apocalipsis –dije, mientras nos sentábamos
en sendos taburetes del bar del hotel.
—Es un indecente, el hombre de las mil caras, un oportunista que
ahora presume de catalanismo, pero que fue un perseguidor de todo lo
que oliera a rojo, masón e independentista, como él siempre decía. Me
avergüenzo de que estuviese en el ejército nacional. La verdad, Jordi, es
que no me importaría que fuese el próximo de la lista.
—¡Por Dios, Enrique, eres un poli!
—Precisamente por eso, sabemos distinguir entre un chorizo y un cabrón
de guante blanco y te aseguro que nos caen mejor los primeros que
los segundos. Si se me pusiera a tiro de esta… –dijo– , acariciando la funda
y la culata de su Astra.
Tuve que apagar su indignación con un J&B doble. Ripoll carraspeó
después del primer trago.
—¡Es que no puedo verle! –exclamó-. Ahora únicamente nos queda
averiguar el nombre del quinto. Y ya sabes, no hay quinto bueno.
Sacó del bolsillo de su americana una lista con los nombres que me
había adelantado por teléfono. Subrayó el nombre de Carles Gabaldá.
—¡Ese cabrón! –farfulló-. Se ha cambiado el nombre de Carlos por
Carles para parecer más catalán, pero con el apellido no le dejan arreglar
lo del acento. Él estaba en Falange y su hermano menor en el Tercio de
Nuestra Señora de Montserrat, era el mejor de la familia, los tuyos le
pegaron cuatro tiros en uno de los ataques de la Sierra de Cavalls, en el
Ebro.
—Siempre mueren los mejores.

—Los otros también mueren, quizá un poco más tarde, pero también.
A ver si hay suerte. Teniendo la lista casi completa y viendo el pelaje de
esos tipos, me será bastante fácil localizar al último. Dame un par de días.
Salió del hotel convencido de que entre los supervivientes o en su
entorno teníamos al asesino. Lo que había empezado con un inesperado
infarto se estaba convirtiendo en un caso con todos los ingredientes de un
cóctel policíaco de primer orden y eso le encantaba a Ripoll… y también
a mí.

Noche de verbena

Barcelona, 23 de junio de 1971

Mi amiga Hipathia, la bibliotecaria de Egipcíacas, me llamó por
teléfono.
—Mañana es la verbena de San Juan, ¿sigue en pie la cena?
—Por supuesto, el cambio de solsticio siempre es un buen presagio.
—También es noche de brujas –dijo, en tono jocoso.
—Bueno, correré el riesgo…
La verbena de San Juan era una de las fiestas más celebradas en Barcelona,
desde los hogares más pudientes hasta las más humildes moradas
loaban la entrada del verano con evocación pagana. Las cocas ocupaban
los escaparates de todas las pastelerías de la ciudad, las ventas de champaña
se disparaban y también la de los efectos pirotécnicos; era la noche del
fuego. El cielo de Barcelona se llenaría de luminosos y ensordecedores
fuegos de artificio y en las calles y plazas las hogueras consumirían los
muebles viejos y objetos de madera que los niños de cada barrio habían
podido recoger de sus vecinos durante toda la semana. Antiguas cómodas,
listones carcomidos, puertas cansadas de abrir y cerrar, mesas con viejas
heridas de muescas y arañazos, sillas astilladas y todo lo que pudiese
arder, formaban una lúdica pila, coronada en ocasiones, por una escoba
simbolizando a las brujas o por un monigote de paja que representaba al
diablo o a un espíritu perverso; sabido es que el fuego purificador aleja
y atemoriza a los malos espíritus que campan a su albedrío durante esta
noche. Todo culminaba con el ritual de los baños de medianoche porque
el agua se cargaba de fuerza sanadora. Era una noche propicia para las
curaciones y los rituales mágicos.
En todos los barrios y en muchas terrazas los barceloneses celebraban
la llegada del nuevo solsticio con música y baile y degustando la famosa
coca, rellena con frutas, chicharrones, crema o cabello de ángel; la orto-
doxia exigía que la coca fuese el doble de larga que de ancha. Con todos
esos componentes la noche se convertía en mágica.
Cenamos entre el fantástico estallido de las pirotecnias y el conjuro
de las luces surcando el espacio, dibujando las más caprichosas formas.
Palmeras y cascadas de destellos multicolores acompañaban a los raudos
cohetes que cruzaban el cielo antes de silbar y detonar con estrépito,
rompiendo el imposible silencio de aquella noche. No nos pudo faltar el
champán y por supuesto la coca de crema preparada en nuestras cocinas.
Brindamos por los lejanos días en que descubrí que un libro suele contener
un sueño. Hablamos precisamente de aquellos tiempos y me atreví a
contarle que fue una de mis musas preferidas en mis primeros escarceos
por el mundo del erotismo. Se rió de mis comentarios, sobre todo de mis
espionajes infantiles cuando colocaba los libros en las estanterías.
—Te aseguro de que no era consciente, para mí siempre fuiste aquel
niño de pelo rizado y alborotado, con una tremenda avidez de saber y que
me miraba con ojos interrogantes.
—Es que tu biblioteca tenía todos los ingredientes de una aventura.
Lecturas maravillosas, un hada madrina y aquel olor a libros mezclado
con tu agua de colonia. Deberían homologarlo como el rincón de las palabras
sabias y las sensaciones placenteras.
Ella me miró como la profesora orgullosa del alumno que destaca.
Dejó con parsimonia su copa sobre la mesa.
—Te propongo ir a la verbena de unos amigos. No está demasiado
lejos de aquí.
Acepté, el hotel estaba tranquilo, pese a que más de un cliente estaría
acordándose de la familia de los artificieros. En el restaurante, los pocos
comensales que todavía se resistían a dar por finalizada la velada, apuraban
sus últimos licores y en el bar del hotel las conversaciones y el humo
subían de consistencia, los camareros no daban abasto, augurando una
buena caja; todo normal en una noche de San Juan.
Nos desplazamos a pie a una finca de la calle Balmes. Las calles olían
a pólvora y los voladores de fuegos artificiales se cruzaban como estrellas
fugaces. Grupos de verbeneros felices y chispeados desafiaban a los
semáforos en ámbar. El enésimo quemado ingresaba en las urgencias de
algún hospital y oleadas de gente se dirigían a la playa de la Barceloneta
para bañarse en las aguas mediterráneas. Al llegar a uno de los portales,
Hipathia apretó un de los timbres del portero automático. El portal se abrió
sin que nadie preguntara quiénes éramos. Subimos en ascensor al último
piso, en la puerta un cartel advertía de que la juerga estaba en el terrado,
no hubiese hecho falta el aviso puesto que se oía perfectamente la música
y la algarabía. Ascendimos a pié un piso más, la puerta abierta de la azotea
mostraba una animada verbena. Farolillos de colores se alternaban con
banderitas de países reales e inexistentes, el tocadiscos cantaba el Rock
de la cárcel con la sensual voz de Elvis, la fiesta de la prisión de Presley
se mezclaba con la de la terraza provocando el baile desenfrenado de las
parejas. Sobre una mesa las copas de champán y las suculentas cocas saciaban
los excesos del bailoteo y los vacíos estomacales. Algunos grupos
trataban de mantener una conversación entendible entre el sonido excesivo
de la orquesta de presos de la prisión roquera. En uno de esos corrillos
alguien disertaba sobre un tema inentendible para un oído recién llegado.
Era un tipo de unos cincuenta años, delgado y aparentemente fibroso,
de estatura superior a la media, rostro alargado, de agresivos ojos pardos
que protegía bajo los cristales de unas gafas de pasta cabalgando sobre
una prominente nariz. Boca grande y labios gruesos que separaba con un
chasquido cada vez que empezaba la frase. Destacaban sus grandes manos
de luengos dedos huesudos y algo deformes, uñas excesivamente largas,
aunque cuidadas, las de los meñiques superaban a sus hermanas; me recordó
a las de un periodista y cliente del hotel: César González Ruano.
El orador verbenero me pareció un bocazas con gestos de charlatán y con
una suficiencia desmedida, el auditorio le escuchaba como quién atiende
a un portador de oráculos. Hipathia y yo nos acercamos, ella esperó a que
terminase uno de sus interminables monólogos y me presentó.
—El profesor Albert Gassiot…, mi amigo Jordi Brotons, director del
Manila Hotel –dijo, como si esto fuese alguna garantía de erudición.
—Encantado –contestó él, extendiéndome aquella monumental mano,
pero mirando a Hipathia de forma descarada.
Estuve a punto de retirar la mía y dejar su saludo al aire; no obstante,
si era amigo de mi bibliotecaria, no podía ser un mal tipo.
—Es un gran experto en temas medievales. Él fue quién me amplió
algunos de los datos del Codex Gigas.
—Fue un placer, amiga Luisa, –dijo, descubriéndome el verdadero
nombre de mi amiga, que nunca había sabido o que tal vez había olvidado-.
Luisa me comentó que tenía usted mucho interés en los temas demoníacos.
—Bueno, no en toda su extensión, sólo en un tema en concreto –dije,
apurando mi copa de champán.
—¿Puedo preguntar en cuál?

—En los pactos demoníacos y en la forma de romperlos.
—Vaya, interesante tema. ¿Cree de verdad que se puede pactar con
Satanás?
—No, no lo creo… incluso dudo mucho de su existencia; sin embargo,
hay gentes que opinan lo contrario y lo que me interesa es el curso mental
y la visión de la realidad de estos individuos.
— A la sazón, usted piensa que no hay poderes extrasensoriales-dijo,
elevando el tono de voz por encima de los gorgoritos de los Bee Gees cantando
How Can You Mend a Broken Heart, preguntándose cómo podían
reparar un corazón roto. No sé el porqué, pero pensé en Camperol.
—Por supuesto que sí –respondí-. El ser humano posee percepciones y
clarividencias extraordinarias, un sexto sentido, aunque esté inexplorado
para la mayoría de nosotros.
—Entonces también creerá en los poderes ocultos-dijo, elevando la
voz e intentando captar la atención de todos.
—¿Se refiere a los de la banca o a los políticos? –pregunté, levantando
una carcajada entre el corro de oyentes, que no gustó nada a Gassiot.
— Me refiero a los de seres que habitan en el infierno… repuso, chasqueando
sus labios de forma exagerada y salpicando de saliva a un par de
boquiabiertos asistentes.
—Seres malignos, infierno, pecadores, demonios… ¿no le parece que
tenemos más que suficientes en nuestro entorno sin tener que bajar al
averno?
—Le voy a decir algo, Brotons, que espero entienda en toda su dimensión.
Los ángeles caídos están entre nosotros. Satanás y los demonios fueron
creados naturalmente buenos, su lucha para hacerse con el poder divino
les hizo caer en desgracia. ¿Y sabe por qué? Porque perdieron aquella
batalla. Otras leyes, otras verdades y otras razones místicas prevalecerían
en caso de haber vencido y hoy serían otros los malos y los perversos.
—Mire, Gassiot, a mí lo que me parece maravilloso fue lo del Apolo
XI. Aquello sí fue un pacto con el progreso, permítame que ponga en
duda que seres superiores o malignos influyen en nuestras vidas; la culpa,
querido Bruto, no está en nuestras estrellas sino en nosotros mismos que
consentimos en ser inferiores –dije, parafraseando a Shakespeare.
—¿Y en las posesiones diabólicas?
—Tampoco creo en ellas, puesto que no creo en el diablo. No creo
que uno se despierte un día y por las malas se encuentre poseído por el
demonio.
—No, no es así. Sucede si ese uno se relaciona con el mal.
—En ese caso, Gassiot, serían millones los poseídos.
La discusión terminó en aquel momento. Gassiot me miró desde sus
gafas de pasta como si fuese un ignorante irrecuperable. Hizo un gesto de
negación con su mano derecha, los dedos parecieron romperse y las uñas
brillaron a la luz de los farolillos, se dio media vuelta y se dirigió hacia
otro grupo cuyos componentes y conversación le fuesen más propicios.
—Vaya, Jordi –dijo Hipathia-, creo que no os habéis caído demasiado
bien…
—La verdad es que no es mi tipo.
—Hubo un tiempo en que sí fue el mío-dijo mi amiga, sorprendiéndome.
—¿Uno de aquellos tipos que te hacían llegar ruborizada por las mañanas?
Hipathia esbozó una enorme sonrisa.
—Sí, sé que es un creído y que le gusta hablar ex cátedra, pero es un
hombre con muchos conocimientos, capaz de deslumbrar a una joven con
poca experiencia.
Nos apartamos de las demás conversaciones hasta un rincón retirado
del terrado, desde allí podía verse el principio de Las Ramblas y parte de
la plaza de Catalunya.
—Al cabo de poco tiempo lo dejamos, descubrí que era yo la que
deslumbraba. Me di cuenta de que podía vivir, no una vida, sino varias.
Cada relación me abría un abanico de posibilidades. Si en una biblioteca
podemos disponer de los pensamientos de los mejores, ¿por qué debemos
satisfacernos con una o dos experiencias de vida? En un mundo en que las
mujeres somos seres de segunda división, nuestro intelecto y belleza puede
satisfacer todas las necesidades de relación escogiendo a los mejores
de cada momento, sin comprometerse atándose a un solo hombre. Pensé
que no debía conformarme con alguien que podía destrozar mi existencia
o convertirla en vulgar, si podía enmarañar la vida de muchos sin estropear
la mía.
—¿Y el amor?
—El amor no llegó, o no ha llegado todavía, cuando aparezca lo sabré.
—¿Debo desear que sea pronto?
—Me quedan todavía muchos libros por leer –dijo sonriendo.
Pasadas las tres de la madrugada la acompañé a su casa. Nos besamos
frente a su portal.
—Debo hacerme a la idea de que has crecido. Sigo viendo aquel niño
de pelo rizado y ojos grandes-dijo, a modo de disculpa.
La observé entrar en el portal, con sus andares de neoplatónica griega,
girarse y enviarme un beso con la mano, tan casto como mis pensamientos
las primeras veces que la vi.

Buzón de la Casa de l’Ardiaca. Antiguo Colegio de Abogados y antes, casa del Arcediano. Foto: Nanae
Casa del Arcediano. Foto Nanae.
Catedral de Barcelona. Foto Nanae
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