Decimoquinta entrega del los Ā«Infinitos nombres del diabloĀ». Del aƱo del cólera y de saltos al vacĆ­o.

El verano del cólera


Barcelona, 4 de julio de 1971

El domingo día cuatro vi la final de Copa por televisión. Fue un gran
partido entre el Valencia y el Barcelona, el resultado despuƩs de
muchas alternativas y una larga prórroga, fue favorable al Barça
con un gol de Ramón Alfonseda, amigo de la infancia con el que había
compartido juegos durante los veranos en Granollers, una población cercana
a Barcelona. Vi el encuentro rodeado de clientes del hotel en el salón
del primer piso, ellos mostraban sus preferencias segĆŗn afinidades y yo
procuraba mantener una actitud diplomƔtica. Lo importante, ademƔs del
éxito de mi amigo, fue la facturación del bar.
Aquella noche recordƩ la carta que Lilith me habƭa prestado en un
arranque de sinceridad. BusquƩ en el bolsillo del traje de la noche del
viernes. Extraje el sobre y me dispuse a leer, antes de empezar la lectura
mi mirada se posó en el nombre del destinatario y el corazón me dio un
brinco: Sergio Congost. Ahora entendĆ­a muchas cosas, el gran amor de
Lilith era el hijo de MarĆ­a y de alguno de los personajes del quinteto,
incluido Robert Camperol. LeĆ­ el contenido de la misiva donde Eulalia
Camperol repetía la exposición de sus sentimientos y no comprendía
su actitud cobarde. «Mi padre no tiene ningún derecho a hacernos tanto
daño», decía en uno de los pÔrrafos. Cuando terminé me sentí abatido,
aquello daba un giro inesperado en nuestras indagaciones. LlamƩ a Ripoll
y rogÔndole mÔxima discreción, le conté mi descubrimiento. Esa información,
decĆ­a, colocaba a Sergio Congost, si es que era el mismo, como
favorito en las quinielas. Camperol le habĆ­a obligado a romper con Eulalia
y no sólo por cuestiones sociales, también porque podría ser su hijo.
Pero, ¿de dónde había sacado Sergio Congost la información?, su madre
nunca le dio el nombre de Camperol y esto habĆ­a ocasionado el drama con
Eulalia. Ripoll me confirmó que las posibles coartadas de Congost daban
todo el margen para la especulación. Me aseguró que iba a interrogarle
muy pronto y que me informarĆ­a de los resultados. Sin embargo, una inesperada
situación retrasaría nuestras pesquisas.
Todo el personal médico quedó alertado, pero no la población. En
la ribera del Jalón hubo un brote de cólera que llegó a Barcelona. Los
enfermos desarrollaban desde casos triviales, sin apenas sĆ­ntomas o con
diarreas leves, hasta cuadros severos con diarreas intensas. El perĆ­odo
de incubación era de dos o tres días y en los casos graves las abundantes
deposiciones producían una gran deshidratación. Los establecimientos
hoteleros no fuimos, al principio, informados del brote. Noticias procedentes
de distintos Ɣmbitos alertaban a sus entornos. A pesar de todo,
oficialmente no pasaba nada. El miércoles siete, la dirección general de
Sanidad hacĆ­a pĆŗblico un comunicado segĆŗn el cual los datos sobre el
cólera eran producto de una «información tendenciosa de algún periódico
extranjero». «No pasaba nada», aunque las fichas de entrada de extranjeros
eran especialmente controladas por la policĆ­a, sobre todo si venĆ­an de
África. Ripoll me confirmó que la pandemia de cólera existía y que era
peligrosa.
TomƩ todas las medidas posibles. La limpieza de las cocinas y de las
vajillas se extremó. Todo el personal que tocara y manipulara alimentos
tenía que lavarse las manos con jabón concienzudamente y las materias
primas de la cocina debĆ­an seguir un riguroso higienizado, las verduras
y legumbres muy cocidas, suprimimos el marisco crudo de la carta. Las
camareras fueron advertidas de que la ropa de cama con restos de excrementos
o de sangre se pusiera en cestas distintas y en la lavanderĆ­a las
trataran aparte y si alguna resultaba sospechosa fuese quemada. Inventamos
un comité de emergencia, con la idea de una intervención rÔpida si se
detectaba algĆŗn caso. Una de las actuaciones era la de clausurar cualquier
habitación por la que hubiese pasado algún afectado. La idea no era mía
sino de dos cineastas ingleses en un film de 1950 llamado ExtraƱo Suceso,
que desarrollaba una historia inquietante en un hotel de ParĆ­s durante
la Exposición Universal de 1889. No tuvimos que llegar a estos extremos;
no obstante, mantuvimos la guardia durante los tres largos meses que
durarĆ­a la alarma.
Sin embargo, la ciudad tuvo muchos casos de afectados y de posibles
infectados. En el Hospital del Mar se abrió una unidad de diagnóstico y
tratamiento del cólera en tres pabellones distintos. Sergio Congost y todo
el personal clƭnico tuvieron mƔs trabajo que de costumbre. A pesar de las
negaciones a lo evidente del Gobernador Civil, responsable de la salud pĆŗblica,
al fin recibió de Madrid la orden de vigilar el cumplimiento de las
disposiciones sanitarias y ordenar los servicios oportunos. MƔs tarde supimos
que hubo mƔs de 400 ingresos hospitalarios y que la cifra oficial de
muertos fue de tres. Ripoll y yo nos preguntƔbamos por quƩ la ciudad sufrƭa
una plaga decimonónica. Empezaba todo a ser un poco disparatado. Un
nuevo suceso terminarĆ­a por confirmar nuestras controvertidas sospechas.
Al anochecer, Ruth me llamó desde Niza, estaba en la finca de un millonario
entrado en aƱos, pero creso.
—Los periódicos franceses hablan de que hay cólera en Barcelona…
¿EstÔs bien?
—Bueno, ya sabes que los franceses son muy exagerados, hay algĆŗn
caso pero estÔ todo controlado. Estoy muy bien ¿Qué tal la playa?
—Fabulosa, Henry tiene una playita privada a la que se accede desde
su mansión, una maravilla. Nos juntamos mÔs de veinte invitados y él me
dice que yo soy la mƔs guapa.
—Lo creo. Es un tipo con muy buen gusto –contestĆ© riendo.
—SĆ­, estĆ” loco por mĆ­; pero, hasta que no me ponga un anillo de diamantes
y de muchos quilates en el dedo, va a tener que seguir deseƔndome.
—Me parece muy bien. Ya sabes lo del refrĆ”n. Mucho prometer antes
de…
—No, no lo sĆ©. ĀæCómo termina?
—No tiene importancia, es sólo un refrĆ”n del pueblo, Henry tampoco
lo entenderĆ­a.
—Te he comprado un traje precioso, Henry lo vio y me dijo que me
había equivocado de talla, ¿cómo le iba a decir que no era para él?
—Espero que la corbata y camisa que le hagan juego no me cuesten
un mes de sueldo.
—No, esas tambiĆ©n te las traigo, pago con la tarjeta de Henry.
No sé si me sentó bien que el tipo que estaba camelando a Ruth pagara
mis regalos. Pese a mis reservas, la veĆ­a tan feliz que no le dije nada. Nos
despedimos con millones de besos y con un saludo para Henry, si la cosa
seguĆ­a asĆ­, estaba condenado a admitirle como amigo. Y aunque perder a
una estupenda amante para ganar un nuevo conocido no me apasionaba,
entendía que mi relación con Ruth estaba basada en dos cosas fundamentales:
complicidad y libertad.

Muchos barceloneses, aprovechando que era verano y ante el peligro
del cólera, enviaron a sus familias fuera de la capital. Algunas gentes de
talente religioso acudĆ­an a los templos para rogar no ser contagiados por
la enfermedad, mƔs prƔctico les hubiese sido vigilar su higiene. Pero,
cada uno, encuentra consuelo donde lo busca. Uno de los penitentes que
confiaba mÔs en lo místico que en lo aséptico era Ramón Pagés. A pesar
de los consejos de Balcells que, desde su sabidurĆ­a en patologĆ­a recomendaba
calma, agua y jabón, Pagés envió a toda su familia a la finca de la
Costa Brava. Ɖl tuvo que quedarse en Barcelona atendiendo sus negocios
y se refugiaba muchas tardes en la BasĆ­lica de los Santos Justo y Pastor,
en la plaza del mismo nombre, que se escondƭa entre una maraƱa de calles
estrechas al lado de la plaza de San Jaime. La iglesia se levantó muy cerca
del anfiteatro romano que vio morir a los mƔrtires cristianos y cuenta la
leyenda que en esta basĆ­lica era donde se veneraba a la Virgen de Montserrat,
antes de que fuese escondida en la Santa Cueva para evitar que
cayera en manos musulmanas. El templo fue el refugio ciudadano en la
gran epidemia de peste negra del siglo XIV, su amplia nave acogĆ­a a miles
de barceloneses en busca de curación y consuelo, y docenas de ellos perecieron
y fueron enterrados en fosas comunes en el subsuelo de la sacristĆ­a.
Allƭ se encaminaba cada tarde PagƩs en busca de alivio, atemorizado
con la idea de que aquella epidemia tenƭa algo que ver con Ʃl. Se sentaba
en la capilla del SantĆ­simo y levantaba sus ojos para poder ver la magnĆ­fica
cĆŗpula donde, entre la negrura de su pintura, le parecĆ­a descubrir
rostros. En la penumbra del recinto, elevaba su plegarĆ­a para que fuera
localizado el conjuro que le permitiera romper aquel pacto diabólico.
Era ya muy tarde, casi la hora de cerrar la iglesia. PagƩs no lo sabƭa,
pero por alguna rendija el humo de SatanÔs entró en el templo. Sintió una
llamada y se dirigió como un autómata a la angosta escalera que conducía
a la parte alta de la torre. La escalera de caracol se estrechó un poco mÔs,
él siguió subiendo, primero contó cada uno de los peldaños y al llegar a
los cien dejó de hacerlo, miró hacia arriba, todavía faltaban tramos estaría
por la mitad de la subida. Quiso descender, una voz en su cerebro le
animaba a seguir subiendo y continuó con su empeño, la larga ascensión
por la estrechez de la escalera y la semioscuridad le hicieron distorsionar
la noción del espacio y del tiempo, su mente flotaba. Al fin reparó en
una luz, una esquirla de luz al final de su trayecto que le permitió ver la
entrada al mirador de la torre. La puerta de madera estaba abierta de par
en par, el soportal de piedra conducía al exterior. Salió, una bocanada de
aire fresco le llenó los pulmones, miró hacia abajo, calculó que estaba por
encima de los treinta o treinta y cinco metros. La perspectiva era idĆ­lica,
desde su atalaya tenƭa una vista perifƩrica de 360 grados; de norte a sur,
de mar a montaƱa, podƭa contemplar toda Barcelona. Las luces naranjas
y rojas del atardecer juliano pintaban los campanarios cercanos, el de la
Catedral aparecĆ­a con un aura sanguinolenta con la Sierra de Collserola
al fondo ya en penumbra; el de Santa MarĆ­a del Mar se coloreaba de un
pastel mƔs tenue resguardado por la mar; y los de Nuestra SeƱora del Pi
y la MercĆØ encendidos en escarlata. El mar se preparaba para recibir el
ocaso, todo era extraordinariamente bello. Una ligera brisa le acarició el
rostro, todo es perfecto, pensó. El aura roja cubrió la superficie celestial,
miró hacia abajo. ¿Por qué no terminar ahora?, pensó, o quizÔs lo escuchó.
Se reclinó sobre la barandilla construida antes de de Colón descubriera
América. «Hazlo», parecía decir el sol mientras entraba en el mar
por el horizonte. Levantó la pierna derecha y la apoyó sobre la baranda.
Se sintió frÔgil. Iba a volver a bajar la pierna cuando le vio en el quicio
de la entrada a la torre. Era el diablo de Flix, con su guerrera roja de insignias
desconocidas y galones amarillos. «Hazlo, me lo debes», dijo la
voz grave que resonó en el cerebro de Pagés. Trató de responder con una
negativa, un golpe redobló en su caja torÔcica, vaciló unos instantes y
cayó al vacío. El sol se ocultaba por occidente.

Ramón Alfonseda marca el gol del triunfo en la final de copa


Cólera 1971 | Fila para vacunación del cólera en la Jefatura… | Flickr
Cola en Barcelona para vacunarse contra el cólera en 1971


ACTUAL Y CURIOSO: Descubren un baptisterio del siglo VI en la ...
BasĆ­lica de los Santos Justo y Pastor de Barcelona


Flickriver: Photoset 'BASILICA DELS SANTS MARTIRS JUST I PASTOR ...
Detalle de la torre…



Las tentaciones del Diblo
Fitxer:EsglƩsia de Sant Just i Pastor (Barcelona) - 2.jpg ...
Interior de la BasĆ­lica
El campanar dels Sants Just i Pastor, obert al pĆŗblic | Nou Barris
Vista actual desde el campanario

Por si querƩis escuchar cantos gregorianos mientras mirƔis la pƔgina.

UndĆ©cima entrega: De tortugas, sotanas y verbenas.

La tortuga y la sotana


Barrio Gótico, junio 1971

LlamƩ a Enrique Ripoll un par de veces para que me pusiera al corriente
de los interrogatorios al personal del hotel presente en la Ćŗltima
cena de Camperol. Sabƭa, por los comentarios de los demƔs,
que uno de los ayudantes de camarero habĆ­a sido, merced a una generosa
propina de Torras, el que sustituyó la servilleta del finado. No quise tomar
ninguna decisión al respecto antes de hablar con Enrique. Me limité a esperar
su llamada. A eso de las seis de la tarde, Esperanza, una de nuestras
telefonistas, me anunció que Ripoll estaba al teléfono.
—El crio ha cantado de plano –dijo, con el tĆ­pico argot policial-. Proporcionó
una servilleta de vuestro ajuar a Torras y este se la devolvió
con la nota que escribió en ella después de pincharse en el índice con un
pequeño punzón y obtener tinta de plasma.
—Una estupidez para ganarse una propina…
—Y se la ganó, nadie notó nada, excepto el propio Camperol.
—¿Pudo Ć©l envenenar el plato?
—No, quĆ©date tranquilo, el plato salió directo de las cocinas como los
otros y el camarero que se lo sirvió a Camperol fue otro. Por otro lado
hemos podido comprobar que Torras no tuvo acceso ni al office ni, desde
luego, a la cocina.
—Entonces… –dije, cambiĆ”ndome el auricular de oreja y cruzando las
piernas sobre el escritorio.
—Entonces… debemos volver a la teorĆ­a del infarto. Nadie tuvo acceso
ni a la cocina, ni al plato. Tu muchacho sacó la servilleta que proporcionó
a Torres de unos de los aparadores que habƩis venido utilizando todos
esos dĆ­as y, que yo sepa, no han habido mĆ”s muertos –dijo con sorna.
—Si mis empleados no pudieron, tal vez debamos volver a la teorĆ­a
del diablo.
—Jorge, el demonio no tiene carnet de identidad y dudo que acuda a
un requerimiento policial o a un exhorto del juzgado.
—Por cierto, Āæsabes algo de nuestra lista de candidatos?
—SĆ­, es una larga lista de mĆ”s de cien catalanes que participaron en el
combate, si en el inventario sólo contamos a los que cayeron prisioneros
queda un listado de noventa y dos nombres, pero si la reducimos sólo a los
oficiales y a los alfƩreces de complemento, nos quedamos con dieciocho
de los que sobrevivieron al final de la guerra un total de once candidatos.
— Buen trabajo, Enrique. ĀæEstĆ” en la lista Joan Deulovol?
—¿El cura del lĆ­o de los obispos catalanes?
—El mismo.
—Esa sĆ­ que es buena –dijo, y se hizo un silencio de algunos segundos,
pronto oí su habitual carraspeo-. Sí, estÔ en la lista, ¿cómo lo sabías?
—Era una de las voces que detectó Nogal, por cierto ha confirmado la
de Camperol; estĆ” en nuestra lista, supongo.
—SĆ­, tambiĆ©n estĆ” Torras, nos faltan sólo dos.
El conjunto de la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona
acogĆ­a entre sus muros la residencia del arzobispo y el Palacio
Episcopal, cuya fachada daba a la Plaza Nueva. PreguntƩ a un conserje de
sotana con lamparones por Deulovol, supuse piadosamente que las manchas
blanquecinas serĆ­an de cera. Me dijo que mi visita estaba anunciada
y que me esperaba en el Archivo Municipal, a pocos metros del Palacio.
El Archivo estaba situado en otro palacete, la antigua casa de l’Ardica,
el diÔcono de la catedral. Era un edificio ecléctico de base gótica, apoyado
en la primitiva muralla romana. AdemƔs de su interƩs investigador y
cultural como archivo, su patio central era digno de verse, una hermosa
fuente y una elegante palmera datilera, le convertĆ­an en un lugar idĆ­lico y
tranquilo. Deulovol me esperaba en la escalera que conducĆ­a a la terraza
superior. Era grueso, casi orondo, como los cardenales del renacimiento,
sus escasos cabellos se habĆ­an hecho fuertes en el cogote y sobre las orejas,
grandes y carnosas, su rostro era innoble pese a su dignidad eclesiƔstica.
La negra sotana se dibujaba en el primer descansillo, su indumentaria
contrastaba con mi polo rojo, parecĆ­amos la bandera de la CNT… o la de
la Falange. Me hizo una seƱal y le seguƭ hasta la galerƭa. Algunos turistas
paseaban indiferentes por ella admirando las formas del edificio.
—AquĆ­ hablaremos tranquilos.
—VerĆ”, le he pedido esta cita porque creo que estĆ” en peligro.
—Los servidores de Dios siempre estamos preparados para le peligro
y las tentaciones –dijo, como si estuviese dando un sermón.
—No me voy a andar con rodeos, Deulovol, sĆ© lo de Flix y el nombre
de los cinco –dije para sonsacarle-. Seguro que estĆ” al corriente de las
muertes de sus camaradas, trato de evitar que a usted le pase lo mismo.
—No sĆ© de quĆ© me habla, Brotons.
—Bien, entonces esperarĆ© a asistir a otro sepelio. Buenos dĆ­as.
—Espere, espere, Brotons. ĀæPor quĆ© cree que necesito ayuda? – preguntó
en tono nervioso.
—El mismĆ­simo Opus me la ha pedido… estĆ”n tan despistados y acojonados
como usted –le respondĆ­ sosegado, pero imperativo.
—Vamos a imaginar que le creo, cómo puede ayudarme. ĀæCuĆ”l es su
historia?
—No es la mĆ­a, es la suya. Tengo constancia del supuesto pacto con
SatÔn y todo lo ocurrido, un oficial republicano les oyó la noche anterior
a que fuesen liberados. Trato de descubrir quiƩn desea eliminarles, porque
no veo al Maligno vengƔndose de ustedes. Si hubo pacto, sus almas ya no
les pertenecen, sus cuerpos todavĆ­a sĆ­.
—EstĆ” usted diciendo tonterĆ­as, Brotons, quĆ© es eso del pacto con SatanĆ”s…
—No me diga que la Iglesia no cree en el diablo.
—Ni afirmo ni niego, aunque eso de pactar con el demonio es propio
de la edad media.
—Ya, como el Codex Gigas y sus conjuros.
—No entiendo, ĀæquĆ© quiere decir? –dijo con disimulada sorpresa.
—Torras escribió el nombre del códice con su propia sangre en una
servilleta, trataba de avisar a Camperol de algĆŗn peligro que a la postre
les causó la muerte a ambos. Esa era la señal que tenían ustedes cinco
para comunicarse.
—¿QuĆ© es lo que quiere, Brotons?
—Advertirles de que alguien va tras de ustedes y no pararĆ” hasta verles
muertos, haga lo que quiera, yo he cumplido con la misión de avisarle
y ahora le ruego que usted haga lo mismo con los otros o si prefiere tambiƩn
lo harƩ yo-dije apostando al todo o nada.
—A GabaldĆ” llĆ”mele usted, hace mucho tiempo que no nos hablamos.
Me pareció una suerte inesperada, Deulovol confirmaba su participación
y me daba el nombre de otro de los violadores; estaba impaciente
por contƔrselo a Ripoll y a Nogal.
Salí mÔs satisfecho de lo esperado. Pasé por delante del buzón modernista
de la fachada y, como buen barcelonés, acaricié el caparazón de la
tortuga para tener unos días de suerte. La necesitaba. Era un buzón tan
peculiar como bello, labrado sobre piedra, de la Ʃpoca en que el archivo
era el Colegio de Abogados a finales del siglo XIX. A la tortuga, que
representa la lentitud de la justicia, la acompaƱan cinco golondrinas figurando
con su vuelo la independencia de la propia justicia y siete hojas de
hiedra que simbolizan los enredos burocrƔticos. Mis indagaciones eran
tan lentas como la tortuga y farragosas como la hiedra, pero tenĆ­a que
evitar que mis cinco golondrinos quedaran inmunes de su pecado, por eso
me encomendƩ a la justicia humana y a la divina.
Ripoll disfrutó con mis averiguaciones, Carles GabaldÔ i Flores era
uno de los personajes que mƔs despreciaba.
—Es nuestro cuarto jinete del Apocalipsis –dije, mientras nos sentĆ”bamos
en sendos taburetes del bar del hotel.
—Es un indecente, el hombre de las mil caras, un oportunista que
ahora presume de catalanismo, pero que fue un perseguidor de todo lo
que oliera a rojo, masón e independentista, como él siempre decía. Me
avergüenzo de que estuviese en el ejército nacional. La verdad, Jordi, es
que no me importaría que fuese el próximo de la lista.
—”Por Dios, Enrique, eres un poli!
—Precisamente por eso, sabemos distinguir entre un chorizo y un cabrón
de guante blanco y te aseguro que nos caen mejor los primeros que
los segundos. Si se me pusiera a tiro de esta… –dijo– , acariciando la funda
y la culata de su Astra.
Tuve que apagar su indignación con un J&B doble. Ripoll carraspeó
despuƩs del primer trago.
—”Es que no puedo verle! –exclamó-. Ahora Ćŗnicamente nos queda
averiguar el nombre del quinto. Y ya sabes, no hay quinto bueno.
Sacó del bolsillo de su americana una lista con los nombres que me
había adelantado por teléfono. Subrayó el nombre de Carles GabaldÔ.
—”Ese cabrón! –farfulló-. Se ha cambiado el nombre de Carlos por
Carles para parecer mƔs catalƔn, pero con el apellido no le dejan arreglar
lo del acento. Ɖl estaba en Falange y su hermano menor en el Tercio de
Nuestra SeƱora de Montserrat, era el mejor de la familia, los tuyos le
pegaron cuatro tiros en uno de los ataques de la Sierra de Cavalls, en el
Ebro.
—Siempre mueren los mejores.

—Los otros tambiĆ©n mueren, quizĆ” un poco mĆ”s tarde, pero tambiĆ©n.
A ver si hay suerte. Teniendo la lista casi completa y viendo el pelaje de
esos tipos, me serÔ bastante fÔcil localizar al último. Dame un par de días.
Salió del hotel convencido de que entre los supervivientes o en su
entorno tenĆ­amos al asesino. Lo que habĆ­a empezado con un inesperado
infarto se estaba convirtiendo en un caso con todos los ingredientes de un
cóctel policĆ­aco de primer orden y eso le encantaba a Ripoll… y tambiĆ©n
a mĆ­.

Noche de verbena

Barcelona, 23 de junio de 1971

Mi amiga Hipathia, la bibliotecaria de Egipcíacas, me llamó por
telƩfono.
—MaƱana es la verbena de San Juan, Āæsigue en pie la cena?
—Por supuesto, el cambio de solsticio siempre es un buen presagio.
—TambiĆ©n es noche de brujas –dijo, en tono jocoso.
—Bueno, correrĆ© el riesgo…
La verbena de San Juan era una de las fiestas mƔs celebradas en Barcelona,
desde los hogares mƔs pudientes hasta las mƔs humildes moradas
loaban la entrada del verano con evocación pagana. Las cocas ocupaban
los escaparates de todas las pastelerƭas de la ciudad, las ventas de champaƱa
se disparaban y tambiƩn la de los efectos pirotƩcnicos; era la noche del
fuego. El cielo de Barcelona se llenarĆ­a de luminosos y ensordecedores
fuegos de artificio y en las calles y plazas las hogueras consumirĆ­an los
muebles viejos y objetos de madera que los niƱos de cada barrio habƭan
podido recoger de sus vecinos durante toda la semana. Antiguas cómodas,
listones carcomidos, puertas cansadas de abrir y cerrar, mesas con viejas
heridas de muescas y araƱazos, sillas astilladas y todo lo que pudiese
arder, formaban una lĆŗdica pila, coronada en ocasiones, por una escoba
simbolizando a las brujas o por un monigote de paja que representaba al
diablo o a un espĆ­ritu perverso; sabido es que el fuego purificador aleja
y atemoriza a los malos espĆ­ritus que campan a su albedrĆ­o durante esta
noche. Todo culminaba con el ritual de los baƱos de medianoche porque
el agua se cargaba de fuerza sanadora. Era una noche propicia para las
curaciones y los rituales mƔgicos.
En todos los barrios y en muchas terrazas los barceloneses celebraban
la llegada del nuevo solsticio con mĆŗsica y baile y degustando la famosa
coca, rellena con frutas, chicharrones, crema o cabello de Ɣngel; la orto-
doxia exigĆ­a que la coca fuese el doble de larga que de ancha. Con todos
esos componentes la noche se convertƭa en mƔgica.
Cenamos entre el fantƔstico estallido de las pirotecnias y el conjuro
de las luces surcando el espacio, dibujando las mƔs caprichosas formas.
Palmeras y cascadas de destellos multicolores acompaƱaban a los raudos
cohetes que cruzaban el cielo antes de silbar y detonar con estrƩpito,
rompiendo el imposible silencio de aquella noche. No nos pudo faltar el
champƔn y por supuesto la coca de crema preparada en nuestras cocinas.
Brindamos por los lejanos dĆ­as en que descubrĆ­ que un libro suele contener
un sueƱo. Hablamos precisamente de aquellos tiempos y me atrevƭ a
contarle que fue una de mis musas preferidas en mis primeros escarceos
por el mundo del erotismo. Se rió de mis comentarios, sobre todo de mis
espionajes infantiles cuando colocaba los libros en las estanterĆ­as.
—Te aseguro de que no era consciente, para mĆ­ siempre fuiste aquel
niƱo de pelo rizado y alborotado, con una tremenda avidez de saber y que
me miraba con ojos interrogantes.
—Es que tu biblioteca tenĆ­a todos los ingredientes de una aventura.
Lecturas maravillosas, un hada madrina y aquel olor a libros mezclado
con tu agua de colonia. Deberían homologarlo como el rincón de las palabras
sabias y las sensaciones placenteras.
Ella me miró como la profesora orgullosa del alumno que destaca.
Dejó con parsimonia su copa sobre la mesa.
—Te propongo ir a la verbena de unos amigos. No estĆ” demasiado
lejos de aquĆ­.
AceptƩ, el hotel estaba tranquilo, pese a que mƔs de un cliente estarƭa
acordƔndose de la familia de los artificieros. En el restaurante, los pocos
comensales que todavĆ­a se resistĆ­an a dar por finalizada la velada, apuraban
sus Ćŗltimos licores y en el bar del hotel las conversaciones y el humo
subĆ­an de consistencia, los camareros no daban abasto, augurando una
buena caja; todo normal en una noche de San Juan.
Nos desplazamos a pie a una finca de la calle Balmes. Las calles olĆ­an
a pólvora y los voladores de fuegos artificiales se cruzaban como estrellas
fugaces. Grupos de verbeneros felices y chispeados desafiaban a los
semƔforos en Ɣmbar. El enƩsimo quemado ingresaba en las urgencias de
algĆŗn hospital y oleadas de gente se dirigĆ­an a la playa de la Barceloneta
para baƱarse en las aguas mediterrƔneas. Al llegar a uno de los portales,
Hipathia apretó un de los timbres del portero automÔtico. El portal se abrió
sin que nadie preguntara quiénes éramos. Subimos en ascensor al último
piso, en la puerta un cartel advertĆ­a de que la juerga estaba en el terrado,
no hubiese hecho falta el aviso puesto que se oĆ­a perfectamente la mĆŗsica
y la algarabƭa. Ascendimos a piƩ un piso mƔs, la puerta abierta de la azotea
mostraba una animada verbena. Farolillos de colores se alternaban con
banderitas de paĆ­ses reales e inexistentes, el tocadiscos cantaba el Rock
de la cÔrcel con la sensual voz de Elvis, la fiesta de la prisión de Presley
se mezclaba con la de la terraza provocando el baile desenfrenado de las
parejas. Sobre una mesa las copas de champƔn y las suculentas cocas saciaban
los excesos del bailoteo y los vacĆ­os estomacales. Algunos grupos
trataban de mantener una conversación entendible entre el sonido excesivo
de la orquesta de presos de la prisión roquera. En uno de esos corrillos
alguien disertaba sobre un tema inentendible para un oƭdo reciƩn llegado.
Era un tipo de unos cincuenta aƱos, delgado y aparentemente fibroso,
de estatura superior a la media, rostro alargado, de agresivos ojos pardos
que protegĆ­a bajo los cristales de unas gafas de pasta cabalgando sobre
una prominente nariz. Boca grande y labios gruesos que separaba con un
chasquido cada vez que empezaba la frase. Destacaban sus grandes manos
de luengos dedos huesudos y algo deformes, uƱas excesivamente largas,
aunque cuidadas, las de los meñiques superaban a sus hermanas; me recordó
a las de un periodista y cliente del hotel: CƩsar GonzƔlez Ruano.
El orador verbenero me pareció un bocazas con gestos de charlatÔn y con
una suficiencia desmedida, el auditorio le escuchaba como quiƩn atiende
a un portador de orÔculos. Hipathia y yo nos acercamos, ella esperó a que
terminase uno de sus interminables monólogos y me presentó.
—El profesor Albert Gassiot…, mi amigo Jordi Brotons, director del
Manila Hotel –dijo, como si esto fuese alguna garantĆ­a de erudición.
—Encantado –contestó Ć©l, extendiĆ©ndome aquella monumental mano,
pero mirando a Hipathia de forma descarada.
Estuve a punto de retirar la mĆ­a y dejar su saludo al aire; no obstante,
si era amigo de mi bibliotecaria, no podĆ­a ser un mal tipo.
—Es un gran experto en temas medievales. Ɖl fue quiĆ©n me amplió
algunos de los datos del Codex Gigas.
—Fue un placer, amiga Luisa, –dijo, descubriĆ©ndome el verdadero
nombre de mi amiga, que nunca habĆ­a sabido o que tal vez habĆ­a olvidado-.
Luisa me comentó que tenía usted mucho interés en los temas demoníacos.
—Bueno, no en toda su extensión, sólo en un tema en concreto –dije,
apurando mi copa de champƔn.
—¿Puedo preguntar en cuĆ”l?

—En los pactos demonĆ­acos y en la forma de romperlos.
—Vaya, interesante tema. ĀæCree de verdad que se puede pactar con
SatanƔs?
—No, no lo creo… incluso dudo mucho de su existencia; sin embargo,
hay gentes que opinan lo contrario y lo que me interesa es el curso mental
y la visión de la realidad de estos individuos.
— A la sazón, usted piensa que no hay poderes extrasensoriales-dijo,
elevando el tono de voz por encima de los gorgoritos de los Bee Gees cantando
How Can You Mend a Broken Heart, preguntÔndose cómo podían
reparar un corazón roto. No sé el porqué, pero pensé en Camperol.
—Por supuesto que sĆ­ –respondĆ­-. El ser humano posee percepciones y
clarividencias extraordinarias, un sexto sentido, aunque estƩ inexplorado
para la mayorĆ­a de nosotros.
—Entonces tambiĆ©n creerĆ” en los poderes ocultos-dijo, elevando la
voz e intentando captar la atención de todos.
—¿Se refiere a los de la banca o a los polĆ­ticos? –preguntĆ©, levantando
una carcajada entre el corro de oyentes, que no gustó nada a Gassiot.
— Me refiero a los de seres que habitan en el infierno… repuso, chasqueando
sus labios de forma exagerada y salpicando de saliva a un par de
boquiabiertos asistentes.
—Seres malignos, infierno, pecadores, demonios… Āæno le parece que
tenemos mƔs que suficientes en nuestro entorno sin tener que bajar al
averno?
—Le voy a decir algo, Brotons, que espero entienda en toda su dimensión.
Los Ɣngeles caƭdos estƔn entre nosotros. SatanƔs y los demonios fueron
creados naturalmente buenos, su lucha para hacerse con el poder divino
les hizo caer en desgracia. ¿Y sabe por qué? Porque perdieron aquella
batalla. Otras leyes, otras verdades y otras razones mĆ­sticas prevalecerĆ­an
en caso de haber vencido y hoy serĆ­an otros los malos y los perversos.
—Mire, Gassiot, a mĆ­ lo que me parece maravilloso fue lo del Apolo
XI. Aquello sĆ­ fue un pacto con el progreso, permĆ­tame que ponga en
duda que seres superiores o malignos influyen en nuestras vidas; la culpa,
querido Bruto, no estĆ” en nuestras estrellas sino en nosotros mismos que
consentimos en ser inferiores –dije, parafraseando a Shakespeare.
—¿Y en las posesiones diabólicas?
—Tampoco creo en ellas, puesto que no creo en el diablo. No creo
que uno se despierte un dĆ­a y por las malas se encuentre poseĆ­do por el
demonio.
—No, no es asĆ­. Sucede si ese uno se relaciona con el mal.
—En ese caso, Gassiot, serĆ­an millones los poseĆ­dos.
La discusión terminó en aquel momento. Gassiot me miró desde sus
gafas de pasta como si fuese un ignorante irrecuperable. Hizo un gesto de
negación con su mano derecha, los dedos parecieron romperse y las uñas
brillaron a la luz de los farolillos, se dio media vuelta y se dirigió hacia
otro grupo cuyos componentes y conversación le fuesen mÔs propicios.
—Vaya, Jordi –dijo Hipathia-, creo que no os habĆ©is caĆ­do demasiado
bien…
—La verdad es que no es mi tipo.
—Hubo un tiempo en que sĆ­ fue el mĆ­o-dijo mi amiga, sorprendiĆ©ndome.
—¿Uno de aquellos tipos que te hacĆ­an llegar ruborizada por las maƱanas?
Hipathia esbozó una enorme sonrisa.
—SĆ­, sĆ© que es un creĆ­do y que le gusta hablar ex cĆ”tedra, pero es un
hombre con muchos conocimientos, capaz de deslumbrar a una joven con
poca experiencia.
Nos apartamos de las demÔs conversaciones hasta un rincón retirado
del terrado, desde allĆ­ podĆ­a verse el principio de Las Ramblas y parte de
la plaza de Catalunya.
—Al cabo de poco tiempo lo dejamos, descubrĆ­ que era yo la que
deslumbraba. Me di cuenta de que podĆ­a vivir, no una vida, sino varias.
Cada relación me abría un abanico de posibilidades. Si en una biblioteca
podemos disponer de los pensamientos de los mejores, ¿por qué debemos
satisfacernos con una o dos experiencias de vida? En un mundo en que las
mujeres somos seres de segunda división, nuestro intelecto y belleza puede
satisfacer todas las necesidades de relación escogiendo a los mejores
de cada momento, sin comprometerse atƔndose a un solo hombre. PensƩ
que no debĆ­a conformarme con alguien que podĆ­a destrozar mi existencia
o convertirla en vulgar, si podƭa enmaraƱar la vida de muchos sin estropear
la mĆ­a.
—¿Y el amor?
—El amor no llegó, o no ha llegado todavĆ­a, cuando aparezca lo sabrĆ©.
—¿Debo desear que sea pronto?
—Me quedan todavĆ­a muchos libros por leer –dijo sonriendo.
Pasadas las tres de la madrugada la acompaƱƩ a su casa. Nos besamos
frente a su portal.
—Debo hacerme a la idea de que has crecido. Sigo viendo aquel niƱo
de pelo rizado y ojos grandes-dijo, a modo de disculpa.
La observé entrar en el portal, con sus andares de neoplatónica griega,
girarse y enviarme un beso con la mano, tan casto como mis pensamientos
las primeras veces que la vi.

Buzón de la Casa de l’Ardiaca. Antiguo Colegio de Abogados y antes, casa del Arcediano. Foto: Nanae
Casa del Arcediano. Foto Nanae.
Catedral de Barcelona. Foto Nanae
Barcelona 60s "Nit de Sant Joan" | Fotos de barcelona, Fotos de ...
Dibujo para la novela de Anii Dream