Decimonovena entrada de “Los infinitos nombres del diablo” Esta vez de arrestos e interrogatorios policiales.

Operación: Arrestar al diablo

Barcelona, julio 1971

Ripoll tenía en sus manos la orden judicial para detener a Albert Gassiot.
Dos coches Z le acompañarían en la operación.
—Jorge, tengo la excusa perfecta para que vengas con nosotros, tú le
conoces.
—Eres un genio, Enrique.
—Sí, pero quiero que lleves esto… Gassiot tiene malas bromas.
Me entregó una pistola Browning FM1922 con su cargador y su funda.
—Yo no…
—Sí ya sé que no tienes licencia de armas, ya me he ocupado de eso,
firma aquí, es un autorización provisional de uso de armas cortas, aprobada
por el director general de Seguridad.
Leí el documento, de acuerdo con un decreto de 27 diciembre de 1944,
el director general me concedía una licencia del tipo D, reservada a procuradores
en cortes y las autoridades civiles, judiciales y administrativas.
Firmé el escrito. Ripoll vio la extrañeza en mi rostro.
—La discrecionalidad del reglamento permite al director general de
Seguridad dar estas licencias. ¿Sabrás usarla?
—No me hace ninguna gracia llevarla, pero sé cómo usarla.
—Cuando tengamos a Gassiot me la devuelves, la tengo registrada a
mi nombre, procura no cargarte a nadie.
—Tendría que pasar algo muy gordo para sacarla de su funda.
La funda de cuero era doble, tenía un apartado para el cargador, de
forma que podías llevar el arma y el cargador por separado, una tira de
cuero sujeta a la solapa de la funda evitaba que se cayera el arma con un
movimiento o un salto brusco. Mediante una trabilla se podía colgar en el
cinturón y eso hice.
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No podíamos ir al edificio de la facultad preguntar por él y esperar a
que bajara a la recepción, sabíamos que era muy peligroso y que, seguramente,
llevaba el bisturí asesino encima. La idea policial era arrestarle
sorpresivamente en la facultad de Teología. Evitaríamos el momento de
las clases para impedir que ningún estudiante saliera herido. Gassiot comía
en un pequeño restaurante cercano, detenerle en el momento en el
que entrara o saliera del establecimiento podía poner en peligro a paisanos
-según argot policial- de los alrededores, o a los clientes del restaurante.
Pasadas las 16.30 regresaba y algunos minutos más tarde se reincorporaba
en la biblioteca a su trabajo de clasificación e investigación documental.
El lugar permanecía casi vacío hasta las 17.30 en que llegaban
los primeros profesores y estudiantes para hacer consultas o en busca de
algún volumen. Por eso se eligió a las cinco de la tarde como la hora más
propicia. Las dos dotaciones de coches Z convergerían en las dos fachadas
de la facultad, uno en la principal de la calle Diputación y otro en la
trasera de la calle Balmes. Llegarían sin poner las sirenas y se situarían
discretamente en las puertas para impedir, a partir de las cinco en punto,
cualquier entrada o salida al edificio. Ripoll, tres agentes de paisano y yo
llegaríamos cinco minutos antes, neutralizaríamos cualquier oposición y
rápidamente nos dirigiríamos a la biblioteca, uno de los agentes se quedaría
en la entrada de la sala para evitar la huída. Ripoll y el otro policía
esperarían a que les indicara quién era Gassiot tan pronto entráramos en
la biblioteca, entonces enseñarían sus placas y le detendrían, mientras yo
quedaba en retaguardia, me había advertido Ripoll insistentemente. Todo
dependía, según el plan, de pillarle en la biblioteca, y de que no hubiese
demasiada gente cerca del profesor. La operación había sido bautizada
por la Brigada de Investigación Criminal como: Arrestar al Diablo.
A las cinco menos cinco de la tarde aparecimos en el hall de acceso a
la facultad, uno de los agentes se quedó para dar explicaciones al conserje
y a un jesuita metomentodo, nosotros cuatro nos dirigimos veloces hacia
la biblioteca atravesando el corredor de arcos del primer piso y que daba
al patio central de columnas y palmeras, uno de los policías se quedó en
la puerta para evitar que Gassiot escapara y que nadie entrara. Irrumpimos
en la sala de lectura, estábamos de suerte, Gassiot estaba enfrascado
leyendo en uno de los puntos, un par de sacerdotes también leían, pero
en lugares más cercanos a la puerta de entrada.
—No hay duda es él –dije señalando al pupitre del fondo.
—Quédate aquí –me ordenó Ripoll.
El comisario y el policía restante se encaminaron hacia el profesor.
—Buenas tardes, somos de la Brigada de Investigación Criminal –dijo
Ripoll, mostrando sus credenciales.
—Buenas tardes –contestó Gassiot, incorporándose y quedando de pie
frente a los dos agentes.
—Le ruego que nos acompañe a la comisaría.
Gassiot se mostró tranquilo, incluso sonrió a Enrique. El policía que le
acompañaba sacó unas esposas. Yo permanecía a unos metros observando
la escena, los otros lectores también se habían incorporado de sus butacas
y miraban la acción desde lejos. Apenas pasaban dos minutos de las cinco
de la tarde, las dos dotaciones de los Z ya habrían tomado posiciones. De
repente, Gassiot pegó un brinco, un salto prodigioso impropio de su edad
y de su aparente condición física, superó a Ripoll y con su mano izquierda
golpeó en el rostro del policía de las esposas quien, en un acto reflejo, se
llevó la mano a la cara. En su mano derecha apareció, como por ensalmo,
un bisturí de afilada hoja. Traté de interponerme en su camino, sus
enormes pies le impulsaron como a un jugador de baloncesto en busca de
la canasta y superó mi posición al tiempo que profería un infrahumano
grito. Me giré a tiempo para ver como empujaba al policía de la puerta
y salía veloz de la biblioteca. Corrí en su persecución mientras desbrochaba
la tira de cuero de la funda en un gesto maquinal, entonces grité.
¡Cuidado va armado! Gassiot llegaba a la puerta principal, el policía de la
dotación de Ripoll desenfundó su arma reglamentaria. En los jardines de
acceso dos de sus compañeros uniformados y uno de paisano guardaban
entradas y salidas, Gassiot no tenía escapatoria. El agente de la entrada
lanzó la advertencia de rigor: ¡Alto o disparo! Ripoll y yo escuchamos
la detonación, en aquel momento llegábamos al lugar de los hechos. La
bala se estrelló en una de las paredes a pocos centímetros de la cabeza de
Gassiot, este se giró, su rostro parecía el de una máscara china o japonesa,
el rictus contraído, la lengua fuera como la de un perro apaleado, los ojos
inyectados en sangre. Pegó un prodigioso salto y se estrelló contra uno de
los ventanales de la fachada principal y lo atravesó, los trozos del vitral
salieron despedidos por todo el recinto.
—¡Avise a los del exterior! –gritó Ripoll al policía que había efectuado
el disparo.
Desde otra ventana vimos a Gassiot caer al suelo con ambas piernas
flexionadas, como un atleta que acaba de hacer un doble mortal. Ripoll
le apuntó con su Astra, aunque no pudo disparar porque los dos policías
uniformados se lanzaron sobre el profesor y un tercer agente se incorporó
al grupo. Enrique puso de nuevo el seguro a su arma. El profesor quedaba
oculto entre los tres funcionarios que le sujetaban, antes de que pudiéramos
darnos cuenta se había deshecho del trío y los policías rodaban por
el suelo mientras él huía a grandes saltos, sus gafas de pasta quedaron
tiradas en el jardín y rotos ambos cristales. Salió pitando calle Diputación
abajo y giró en la esquina. Uno de los Z, aparcado en el patio delantero,
arrancó su motor e inició una maniobra para perseguirle, pero tuvo que
ir primero en dirección contraria a la de la huída de Gassiot y girar por
Muntaner hasta encontrar Balmes, para aquel entonces ya había desaparecido.
Los dos coches descendieron por la calle Balmes con las sirenas
puestas, una de las dotaciones examinando a los transeúntes y la otra a los
vehículos. Sin éxito.
Quise situarme en lugar de Gassiot, había golpeado a dos policías
poniendo de manifiesto su culpabilidad, no podía regresar a su casa; su
descripción, nada vulgar, estaría en manos de cualquier policía nacional o
municipal de Barcelona. ¿Dónde podía refugiarse o pedir ayuda? Presumí
que sus horas de libertad estaban contadas.
—Lamento no poder haber sido de más ayuda. –dije a Ripoll y traté
de devolverme el arma.
—No, Jordi, consérvala, Gassiot está libre y no sería de extrañar que
quisiera hacerte una visita.
—A mí tal vez no; sin embargo, podría ocurrírsele pedir ayuda Hipathia.
—Cabe dentro de la posibilidad, enviaré a un policía para que vigile la
casa de tu amiga. También los edificios de Gassiot y de Gabaldá. Llámala
para advertirla.
—Ahora mismo, Enrique, ahora mismo.
Llamé a Hipathia a la biblioteca, le conté someramente lo sucedido
con Gassiot y que la policía le pondría vigilancia frente a su edificio hasta
que lo arrestasen.
—No creo que vaya a casa –repuso Hipathia.
—Es mejor prevenir, cuando termines tomas un taxi y directa a casita.
—Vaya, pareces un novio celoso.
Reí la ocurrencia de mi amiga. Desde la ventana de mi despacho que
daba a la calle Pintor Fortuny, justo encima de la entrada principal, vi
llegar un taxi. Papi, uno de nuestros porteros, se apresuró a abrir la puerta
trasera del vehículo. De él descendieron Backster y su guardaespaldas,
pensé que sí, que tenían toda la pinta de ser agentes de la CIA. Me prometí
asistir a la conferencia que tenía que dar mi cliente al día siguiente
en la Cámara.

La historia de un demonio

Barcelona, julio de 1971

El profesor Gassiot detuvo un taxi en la plaza Urquinaona, estaba
exhausto, con una veloz carrera había escapado de cerco, el eco de
las sirenas policiales podía oírse atravesando la plaza de Catalunya
y bajando por Vía Layetana. Lo primero que hizo, después de recuperar
el aliento, fue llamar al rector de su facultad y contarle que la policía
había tratado de arrestarle y era muy probable, mintió, que fuese por su
pensamiento político contrario al Régimen. Le rogaba su intervención.
—Escóndase por esta noche, haré unas llamadas, póngase en contacto
conmigo mañana por la mañana.
Gassiot colgó el teléfono y se quedó pensando a dónde podía ir. Unos
nudillos golpeando la cabina le sacaron de su ensoñación, el corazón le
dio un brinco.
—¿Ha terminado? –dijo una mujer al otro lado del cristal.
No respondió, se limitó a salir de la cabina con el rostro semioculto
por la solapa de su americana. Paró un taxi y le dio una dirección en Pedralbes.
Veinte minutos después el vehículo le dejaba frente a un edificio
de oficinas. Pagó la carrera y se dirigió a la entrada. En cuanto el taxi se
alejó atravesó la Diagonal y buscó el edificio donde habitaba Gabaldá.
Observó a un hombre con aspecto de policía secreta vigilando la calle. Se
detuvo. El agente efectuaba pequeñas rondas frente al inmueble controlando
la entrada. Prefirió alejarse unos metros hasta el acceso a los garajes.
El complejo de viviendas era amplio y el trajín del parking privado
bastante intenso durante aquellas horas. Se ocultó aguardando ver llegar
el coche de Gabaldá. La espera le dio tiempo a rememorar cómo se conocieron
y las circunstancias que le habían llevado hasta allí.
Fue apenas iniciado el año. Gabaldá fue a verle a la facultad.
—¿Profesor Gassiot?, mi nombre es Carles Gabaldá.
—He oído hablar mucho de usted, señor Gabaldá, ¿en qué puedo ayudarle?
—Vera, sé que es usted especialista en demonología y que su talante
es muy abierto respecto a esa materia.
— Si lo que quiere preguntarme, amigo Gabaldá, es si estudio y creo
en el diablo, debo responderle que soy un experto, tal vez el mejor.
—Me alegra oír eso. Voy a contarle una historia que necesita de su
franca credibilidad.
—Le aseguro que tendrá que ser muy buena para sorprenderme.
—Y yo le aseguro que lo es…
Gabaldá refirió punto por punto el pacto con Satán, sus consecuencias
y el deseo de romperlo por parte de los cinco. Gassiot escuchó atentamente,
aquella historia le fascinó. Hacía años que investigaba estos casos,
pero ese relato colmaba todas sus expectativas.
—¿Cómo puedo saber que no es usted un alucinado? –preguntó.
—Puede comprobar toda la historia, si lo desea.
Gassiot no cabía en sí de gozo; ahora comprendía el interés de Joan Deulovol por el Codex Gigas, un códice del que Gassiot presumía ser un experto. A pesar de que Deulovol podría llegar a ser arzobispo de Barcelona y los otros cuatro a protagonistas influyentes en la vida económica y política
de la ciudad, él tenía aquello por lo que los demás suspiraban, les había tomado la delantera en las investigaciones. Sí, él, Albert Gassiot, el mejor conocedor del diablo, tenía en su poder el conjuro arrancado del códice que permitía romper un pacto con Mefistófeles. Lo había encontrado de una forma casual hacia unos años en la biblioteca de la calle Egipcíacas. No le fue difícil deslumbrar a la bibliotecaria, una joven deseosa de saber y de experimentar, y cautivarla para poder sustraer el documento a sus espaldas y sustituirlo por otro fútil de la biblioteca del Seminario que cumpliera con los requisitos de búsqueda y codificación de la evocación satánica. Ahora, la portentosa historia de Gabaldá, le confirmaba la existencia real y viva de una quimera que había estado buscando durante mucho tiempo.
—No me hace falta, Gabaldá, su historia tiene toda la pinta de ser
cierta. Pero, ¿por qué me la ha contado?
—Sé y no me pregunte cómo, que usted tiene en su poder un conjuro
de un antiguo códice que permite romper un pacto con el diablo.
—Eso es mucho suponer.
—No tanto, yo deseo romper aquel pacto y sé que, como entonces,
tendré que hacer otra prueba de maldad.
—Efectivamente, para romper ese pacto, Satanás tendrá que ver un
gesto muy especial por su parte, puede ser su suicidio, la muerte de quién
considere su maestro o…
—O darle cuatro almas por la mía –dijo Gabaldá.
—Eso sería una buena propuesta para Belcebú.
Gassiot volvió a la realidad, había pasado más de una hora y seguía
esperando. El policía también seguía en su puesto. Sé preguntó cuánto
más tendría que esperar. Su mente regresó al momento en que aceptó la
propuesta de Gabaldá y se dispuso a preparar el sortilegio. Nadie, que él
supiera, había realizado algo similar en tiempos modernos, iba a ser el
primero en contactar con el diablo. Cada día que pasaba se sentía más cerca
de Satanás, más compenetrado con el Príncipe de los Infiernos. Llegó a
la conclusión de que su cuerpo deforme no era fruto de un mal hereditario
ni de una malformación del tejido conectivo, sus huesos infrahumanos,
como le habían dicho los médicos, los sentía ahora elásticos, capaces de
realizar prodigios y su mente estaba clara y rápida. Se sentía más especial
que de costumbre, más sabio y con más poder. Quería ser el mismísimo
diablo, por eso le propuso a Gabaldá ser él, personalmente, quien recaudara
las almas para romper con el pacto.
El ruido de un automóvil distrajo su atención. Era Gabaldá. Le vio
sacar la mano por la ventanilla y girar el llavín en la cerradura de la puerta
basculante, esta se abrió obediente y el Mercedes entró hacia su plaza de
parking. Antes de que la puerta regresara a su posición, Gassiot se coló en
el garaje y se plantó frente a Gabaldá.
—¡Gassiot, que hace usted aquí!
—La policía anda tras mis talones. Necesito un lugar para pasar la
noche.
—Creí que podría esconderse en el infierno –dijo Gabaldá con doble
intención.
Carles Gabaldá miró con cierto desprecio a su interlocutor. ¡Qué
distinto de la última vez que estuvieron juntos! Ahora tenía ante sí un
hombre agobiado y temeroso. En su postrer encuentro, Gassiot, se había
mostrado poderoso y prepotente, tanto, que no le cupo ninguna duda creer
que estaba poseído. Entonces, el profesor actuó como un ser demoníaco,
magno y crecido, leyendo el conjuro con voz grave y profunda, moviendo
sus largas manos como si ondulara el aire, con la pose de un maestro de
ceremonias demoníaco; prometiendo al Señor de los infiernos las cuatro
almas para romper el pacto, mientras las luces de las velas se inclinaban
todas en un mismo sentido y cambiaban al unísono de orientación como
si recibieran aliento de algo desconocido. Tuvieron la sensación de estar
envueltos en llamas. En aquellos momentos, Gassiot era la encarnación
de un sacerdote de misa negra que gestionaba los asuntos del diablo como
propios. Sin embargo, ahora, le parecía un ser pequeño y miedoso.
—¿Por qué debería ayudarte? –oso preguntar.
De un salto, Gassiot se encaramó al techo del Mercedes, su cara se iluminó
como por encanto y su cuerpo tomó una dimensión distinta. Ilusoriamente
era una metamorfosis total que encogió el órgano que Gabaldá
tenía por corazón.
—No te confundas Gabaldá, él está en mí.
—Tengo un piso en el barrio de Sants –balbuceó-. Nadie, excepto yo,
conoce su existencia, ni siquiera mi familia. Puedes pasar la noche allí.
Hay comida en la nevera.
—De acuerdo –respondió Gassiot.
Gabaldá abrió de nuevo el coche, se inclinó frente a la guantera y
extrajo de ella un juego de llaves. Luego garabateó sobre un papel la dirección
del apartamento.
—Ahora abre la puerta del garaje, espera que se aleje el policía y avísame
cuando pueda salir sin peligro –dijo Gassiot.
Gabaldá cumplió al pie de la letra las órdenes de Gassiot. Quien salió
disparado en cuanto tuvo ocasión. Ya en la calle se alejó a pie del lugar,
primero despacio, luego apresuró el paso. Dedujo que la policía podía
haber alertado a los taxistas y decidió tomar el metro.
Mientras tanto, Gabaldá se dirigió veloz al policía de guardia.
—Soy Carles Gabaldá, suba a mi casa, debo hablar con su jefe inmediatamente.
El agente llamó a la comisaria de Doctor Dou, en cuanto se puso el
comisario le pasó el teléfono a Gabaldá.
—¿Ripoll?, el profesor ha estado aquí… sí, me ha amenazado y he
tenido que prestarle mi apartamento de Sants… No, no me moveré. Le
paso la dirección…
Ripoll, montó el dispositivo para la detención de Gassiot, dos unidades
móviles de la policía se dirigieron al domicilio que Gabaldá les había
proporcionado. En aquel mismo momento, el interfecto trataba de pasar
desapercibido en el andén de transbordo del metro.
Llegó a la dirección de Sants pasadas las nueve de la noche de aquella
tarde llena de sobresaltos. Buscó la casa, introdujo el llavín en la cerra·
dura, el portal estaba casi a oscuras, tenuemente iluminado en su parte
delantera por la claridad que todavía llegaba de la calle y en sombras
en la parte del ascensor. La falta de sus gafas le hizo vacilar dentro del
sombrío portal. Trató de buscar el interruptor, dos pistolas Astra le apuntaron
directamente a la cabeza, oyó la voz de Ripoll repitiendo una letanía
policial en la que le anunciaba que estaba detenido por orden judicial, un
tercer hombre le inmovilizó. Notó el contacto frío de las esposas en sus
muñecas y se rindió.

Rituales de exorcismo
Rambla Catalunya años 70, foto: Catalá Roca
Enrique Ripoll
Foto de la novela de @books zen