Cuarta entrada: Donde hablo de Ruth y de la Biblia del diablo

Ruth o la pasión en ropa interior


Eixample de Barcelona, mayo 1971

Mi refugium peccatorum no era precisamente una iglesia del
Opus, sino otro de corte mucho más mundano. Mis pasos se
encaminaron a la calle Enrique Granados donde vivía mi amiga
Ruth, una mujer de rompe y rasga, viuda de un anticuario barcelonés y
heredera de su fortuna. Ruth tenía tres pasiones confesables, la más pueril era un desmedido entusiasmo por la ropa interior cara y bonita; la segunda era yo, mucho más ardiente y práctica, y la tercera eran los millonarios de edad avanzada que pudieran dejarle otra considerable fortuna. Mientras encontraba a su mirlo blanco, yo era su compañero ideal de instantes felices y escapadas voraces. Ambos sabíamos de nuestra incompatibilidad para formar una tradicional familia cristiano-burguesa, y no era por la pequeña diferencia de edad-era cinco años mayor-, lo era porque la intención de Ruth pasaba por llegar a ser una de las mujeres más ricas y por ende más respetadas de Barcelona y a mí todo eso me traía sin cuidado,salvo cuando se trataba de clientes del hotel. De momento nuestra simbiosis nos daba un sinfín de posibilidades, antes de que apareciera el futuro y creso pretendiente de Ruth.
Llegué a su portal con un ramo de rosas rojas, el portero me miró indiferente porque ya me conocía de otras visitas anteriores. Dejó la escoba apoyada en una de las paredes de su garita e hizo un áspero sonido a modo de saludo. Era un tipo vago y despistado, extremadamente servil con los vecinos acomodados de la finca y siempre vigilante con los visitantes que no encajaran con su idea del buen burgués.
Subí a bordo de aquel ascensor de verjas y decoración modernista, que
renqueaba al pasar por el principal y a pesar de ello, cumplía su misión elevadora desde hacía más de setenta años. Llamé a la puerta y escondí mi rostro detrás del ramo de rosas. Ruth apartó los largos tallos de las flores y me estampó un beso en los labios. Desafiando las conjeturas de algún vecino mirón o las de los posibles viajeros del ascensor, Ruth me recibió con un conjunto parisino de ropa interior de color rojo pasión que hizo palidecer a mis rosas.
—Te echaba de menos –dijo, mientras tiraba de mi corbata desfigurando mi pulcro nudo Windsor.
—¡Estás preciosa! –dije con la sinceridad del creyente.
Ruth me observó desde la profundidad oceánica de sus ojos. Me tumbó
de un ligero empujón sobre el sofá de estampado floral del salón y
montó sobre mí como la más experta de las amazonas. Apenas había tenido tiempo de quitarme la chaqueta, me la arrancó de las manos y la lanzó al vuelo. No puedo precisar en qué momento y con qué sutil maniobra consiguió desabrocharme el cinturón y bajarme la cremallera del pantalón, al tiempo que yo contemplaba el aterrizaje de la prenda. Intuí que nos íbamos a saltar los prolegómenos. Por fortuna noté que estaba ya preparado para la acción. Ella inclinó el torso y nos besamos apasionados y perentorios.
—Sabes a mermelada -susurré, al sentir el sabor de sus labios.
—¿De fresa? –preguntó ella sin esperar mi respuesta.
Una hora después de lúdica y sensual batalla, el paisaje del salón era
irreconocible. La preciosa ropa interior de Ruth aparecía colgando en la lámpara cercana al tresillo y toda mi ropa dispersa por el lugar, en las formas más caprichosas. En su tocadiscos sonaba la Fantaisie-Impromptu de Chopin.
Ella se levantó del sofá, felina y triunfadora y se acercó al mueble
bar, giró la cabeza, sonreía con aspecto juguetón. Sin preguntar cogió
del mueble una botella de J&B de quince años, dos vasos cortos y una
cubitera.
—Te quiero –dijo antes de abrir la nevera y llenar el utensilio de cubitos de hielo.
—Yo también, cariño –dije, imaginado el sabor del whisky en sus labios de fresa.
Se sentó en el borde del sofá, su rostro estaba encendido por la pasión
vivida y sus ojos mostraban una encantadora timidez que en la práctica no existía. Alargó su perfecto brazo ofreciéndome el agua de la vida escocesa.
Bebí un pequeño trago, los dos cubitos de hielo bailaron dentro
de su pecera.
—¿Sabes qué es el Codex Gigas? –le pregunté.
Ella me miró con asombro. Ruth poseía una gran cultura, sobre todo
en antigüedades, no en vano había sido durante unos años la mujer de un anticuario. Entraba dentro de la eventualidad que hubiese oído hablar del libro. Cruzó sus largas y hermosas piernas.
—No estoy segura, suena a marca de sujetadores para mujeres con
mucho pecho –respondió, partiéndose de risa.
La acompañé en su carcajada.
—No, no es eso, pero podría haberlo sido.
Ruth tamborileó con sus dedos el respaldo del sofá, impaciente.
— ¿Y si me lo cuentas después? –dijo, desperezándose.
La besé en el cuello para iniciar otro ritual amatorio que consistía
en ir ocupando espacios de su rostro y cuello con ósculos cada vez más
apasionados. Sin embargo, ya había capturado el interés de Ruth por el
libro, o eso creí.
—¿Qué es ese códice tan importante? ¿De qué trata?
—Nada menos que de la llamada Biblia del Diablo. Un librote medieval de cerca un metro de alto y de medio metro de ancho. Es el más grande del mundo y también el más pesado, 75 kilogramos. Atribuido al mismísimo Lucifer.
—Yo peso menos –dijo Ruth, primando a sus deseos por encima de
su curiosidad.
No pude seguir con mi ilustración, los labios de Ruth buscaron los
míos como las abejas al polen. Libé con placer aquellas lozanas fresas
que trataban de demostrar que los besos pueden cambiar al mundo.



No preguntes por el diablo, seguro que está cerca


Monasterio de Podlažice, 1212

El monasterio Benedictino de Podlažice levanta sus dos esbeltas
torres gemelas en una planicie cercana a la ciudad de Chrudim,
en el reino de Bohemia. El emperador del Sacro Imperio Romano
Germánico, Federico II, ha elevado por medio de la Bulla Aurea de Sicilia a Bohemia al rango de reino y nombrado a Otakar I su primer rey.
Al margen de las vicisitudes políticas, los Benedictinos del monasterio
de Podlažice se preparan para realizar un juicio a uno de sus monjes,
se trata del hermano Herman. El mismísimo Abad presidirá el acto. La
regla de San Benito es muy clara y rigurosa. Uno de los pecados que van contra la normas establecidas es el de la vanidad y el monje Herman es un ser extremadamente vanidoso y pagado de sí mismo, tanto, que en sus manifestaciones roza la blasfemia. Pocos monjes le reconocen ahora sus grandes méritos como amanuense, copista e ilustrador, pecando también, aunque traten de ocultarlo con palabras piadosas, de envidia y de impiedad.
Podlažice no es un gran monasterio, los monjes benedictinos que
allí habitan no están llamados a realizar grandes obras que perduren en el tiempo, por eso son un tanto miserables y el encausamiento de su hermano les proporciona un motivo de distracción y de soterrada venganza.
La exposición acusatoria del prior claustral, un anciano de rostro arrugado,unicejo, magro en carnes y de brillante verbo, le acusa de debilidades inducidas por Satanás y en las que Herman ha caído, sobre todo, en la del pecado de la vanidad; una abominación indigna de un seguidor de la orden. Nadie aboga por su hermano, algunas toses y siseos acompañan las palabras de la acusación. El segundo día el juicio se prolonga sin demasiadas variantes hasta muy pasadas las Vísperas. Hermanos y novicios sienten el gusanillo del hambre merodeando en sus entrañas y piensan más en el refectorio que en las exposiciones del padre prior. El acusado mira desafiante a sus fiscalizadores, al parecer los cargos tienen su razón de ser y el veredicto no puede ser otro que el de culpabilidad. La sentencia del Abad estremece a todos los asistentes, se declara a Herman culpable del terrible pecado de la vanidad y el de haber sucumbido a las tentaciones del Ángel Caído. La condena es brutal, a la mañana siguiente será emparedado vivo entre los muros del monasterio.
Aquella noche Herman sufrió la más terrible de las esperas. Se negaba
a aceptar que estaba viviendo sus últimas horas. Recluido en una de
las celdas del semisótano meditaba cabizbajo con la capucha negra del
hábito benedictino puesta, intentando cubrir sus miedos. Creía que no
rezaba, pero se descubrió suplicando a Dios por su vida, más que por su salvación eterna. Cruzó los brazos sobre el torso en un intento íntimo de protección, su corazón se aceleró de una forma violenta batiendo en el pecho arrítmicamente. Imaginó su lenta muerte entre el espacio de dos tabiques. El hambre, la sed, la desesperación, la asfixia, tal vez la enajenación; miles de ruegos y llantos antes de fenecer. Se apoyó rendido en una de las paredes de la celda, un extraño hedor invadió el recinto, no era su propia pestilencia ni el tufo de su sotana, era algo remoto y pertinaz.
Volvió a rogar a Dios y no sintió ningún alivió. En su locura dirigió sus
rezos y plegarias a alguien muy distinto, al Príncipe de la Tinieblas. De
repente, el fétido efluvio que llenaba la celda se tornó en un olor ácido
que le atenazó la garganta. Lo vio todo claro, su salvación estaba en las
debilidades de sus jueces y acusadores; en las suyas propias.
A los Maitines, después del rezo de los Salmos y la proclamación de
las Sagradas Escrituras, vinieron a buscarle. El sol empezaba a iluminar un nuevo día y las sombras de la noche se despintaban en torno al monasterio.
Le llevaron a la sala capitular, allí esperaban hermanos y novicios a
que el padre prior leyera la sentencia para luego conducir al reo al sótano del monasterio donde se cumpliría el castigo anunciado. En un gesto de indulgencia el padre prior dio la palabra al condenado.
—Abad, padres, hermanos benedictinos –dijo Herman, cabizbajo y
doliente-, he pecado, no sólo contra Dios y la regla de nuestro fundador,
también contra vosotros, humildes y puros de corazón a quienes he atribulado y ofendido con mi extremada vanidad. Merezco el castigo que me habéis impuesto-continuó, levantando la vista hacia el padre prior -. Nada quiero decir en mi defensa, ni suplicar por mi vida, pero si haceros ver lo inútil de mi castigo, puesto que mi vanidad quedará enterrada entre estos muros y nuestra amada orden nada sacará con ello. En cambio, si vuestra justa condena se troca en un castigo de trabajo forzado y de por vida, podré ser útil a nuestra comunidad pagando con mi esfuerzo todos mis pecados, jactancias y pedanterías que me han llevado a esta situación.
Orar y laborar ese será mi credo. Un murmullo de desaprobación recorrió la sala capitular, todos los presentes ya trabajaban y rezaban por San Benito y acataban su regla durante todas las horas del día, no podían borrarse los terribles pecados de Herman con la promesa de trabajar y orar toda su vida, eso ya era lo propio de los monjes, su motivo de vida. El padre prior levantó su mano derecha para pedir silencio. Antes de que pudiese iniciar su disertación, Herman continuó con su ofrecimiento.
—Me propongo –dijo en tono solemne- hacer el códice más grande
del mundo y con el contenido más extenso para gloria de la Orden Benedictina y de nuestro monasterio. No importan los años que me lleve, tampoco los esfuerzos que precise, no pediré ni la ayuda de otros amanuenses, copistas, ilustradores o iluminadores, yo solo, con la ayuda de Dios, me propongo eternizar a Podlažice y ponerme de nuevo a disposición de este tribunal cuando termine el códice.
Se hizo el silencio, el Abad se levantó solemne y preguntó al monje:
—¿Cuál sería el contenido?
—Todo el conocimiento que ha llegado a nuestras manos, el Antiguo
y Nuevo Testamento; nuestras sagradas reglas; la historia de Bohemia;
todos los estudios de medicina, las traducciones latinas de Flavio Josefo sobre el pueblo judío y los veinte libros de San Isidoro de Sevilla y todo cuanto vuestra paternidad me aconseje. El mundo tendrá en un solo libro toda la sabiduría y sabrá que su recopilación fue hecha entre los muros de este monasterio –esta última frase la pronunció con tanta fuerza que estremeció a todos los presentes.
De nuevo el silencio se adueñó de la sala capitular, era tan profundo
que podía escucharse el murmullo de la fuente del claustro. El abad se
inclinó para recabar el comentario y la sugerencia del padre prior, ambos entendían que podía ser muy piadoso que de Podlažice saliera un libro de tales características y bondades. Los monjes y novicios, los legos asistentes, incluso el prior claustral, imaginaron la maravilla en la que podría convertirse el códice de Podlažice, todos conocían las extraordinarias habilidades y la capacidad de trabajo de Herman. Sin sospecharlo, estaban todos cayendo en el mismo pecado de soberbia y vanidad por el que estaban acusando a Herman. Un hedor nauseabundo invadió el recinto, era como si un viento lejano, surgido de improviso, trajera la pestilencia.
Algunos creyeron escuchar una tétrica carcajada, pero todo se atribuyó a las letrinas del monasterio y a la emoción por conocer el veredicto final.
—Aceptamos el trueque de condena, siempre que el codex sea el más
grande que haya salido de un monasterio, no sólo Benedictino sino de
toda la cristiandad. Para ello Herman será recluido en una celda hasta que termine su obra, sin conocer el paso del tiempo. Comerá y trabajará en ella, sin poder asistir ni al refectorio, ni a los rezos, salvo las misas que escuchará a través de la pared, escribirá en su propio cubículo sin pisar el scriptorium. No tendrá horarios ni jornadas, solamente un largo y laborioso día de infinitas horas hasta que termine el códice. Se le suministrará el material, los textos necesarios y las pieles precisas para completar toda la tarea. Se cumplirá con él y con rigor nuestro voto de silencio y jamás se le permitirá volver a caer en el pecado de soberbia ni contravenir ninguna de las reglas de nuestra orden.
Herman respiró aliviado, había conseguido su primer propósito y podía alcanzar su sueño de realizar el libro más grande y con mayor contenido de la historia. Sin embargo, no tenía claro a quién debía su salvación.

… cosas de Ruth


Monasterio de Podlažice

Benedictine monks poring over medieval manuscripts. Antique hand-colored print.

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